Haaretz, 1 de febrero de 2024

La guerra de «Los seis días» vs. La guerra del 7-10

La guerra actual ha llevado a la opinión pública a desilusionarse de su auto imagen de potencia mundial en un doloroso proceso de aterrizaje en la pista de la realidad.
Por Tomer Persico*. Traducción: Bemy Rychter

Las numerosas conferencias, eventos, discursos y festejos sobre el regreso a Gush Katif (colonización en la Franja de Gaza que fue evacuada por decisión del gobierno en 2005**) después de la guerra deben entenderse en el contexto de la profunda crisis en la que se encuentra el Estado de Israel.

Y más aún, en el contexto de la comprensión generalizada de que el Estado de Israel no es, lamentablemente, un imperio. Las declaraciones sobre el reasentamiento de Gush Katif e incluso el establecimiento de un «núcleo de asentamiento ultraortodoxo cerca de Rafah», o sobre la «ciudad hebrea de Gaza» (Nir Hasson, Haaretz, 29.1) son un reflejo de protesta contra el duro golpe que hemos recibido. Todo esto mientras incluso quienes promueven estas ideas tienen claro que las posibilidades de que se hagan realidad son nulas.

Se trata de un mecanismo sociológico reconocido. Cuando León Festinger, uno de los más grandes psicólogos sociales, estudió la dinámica de los grupos  cuyos sueños mesiánicos habían sucumbido, descubrió que una de las reacciones comunes a sus crisis era embarcarse en la actividad misionera. Son precisamente aquellos que han recibido un duro golpe a su visión los que tratan de hacerla realidad y obtener la aprobación social de que están en el camino correcto convenciendo a otros de su posición.

Esta dinámica es familiar desde los primeros cristianos hasta los seguidores de Jabad de hoy, dos grupos que perdieron a su Mesías y luego redoblaron sus esfuerzos para hacer almas. Esta dinámica todavía se ve ahora.

Esta vez, la disonancia cognitiva (término acuñado por Festinger) no es entre la profecía y los hechos, sino entre la imagen –el Estado de Israel es una potencia regional, capaz de hacer lo que quiera– y la realidad que se está revelando.

Es decir, que el Estado de Israel no es una superpotencia, que las FDI no son tan grandes y fuertes como creía el público israelí, que el Estado de Israel no puede hacer todo lo que quiere y que nuestra propia existencia depende casi por completo de los Estados Unidos.

Con respecto a todos estos factores, la guerra actual es una guerra anti-Seis Días. En esa guerra, en menos de una semana, Israel atacó a los ejércitos de Egipto, Siria y Jordania, conquistó sus territorios y finalmente se quitó la espada que le habían puesto alrededor del cuello. La gloriosa victoria en la guerra también fue percibida en la sociedad secular como un milagro, la euforia colectiva se extendió por la sociedad israelí. 

Ni siquiera el fracaso de la guerra de Yom Kippur logró devolver al público israelí la humildad propia de un pequeño país rodeado de enemigos. De hecho, durante 56 años, hasta el 7 de octubre, Israel se consideró a sí mismo un imperio, un jugador en una «liga diferente» entre los países, el mismo eslogan desafortunado en los carteles de publicidad de Benjamín Netanyahu y Vladimir Putin. Esta guerra es lo opuesto en todos los parámetros: larga, trágica, comenzó con un golpe sorpresivo sufrido por Israel, y saldremos de ella no eufóricos sino deprimidos.

Netanyahu tiene un claro interés personal en evitar que llegue la depresión. Sus repetidas declaraciones de que Israel continuará la guerra hasta la «victoria absoluta» hace tiempo que abrieron una brecha con la realidad.

La realidad es que las FDI están diluyendo sus fuerzas, Estados Unidos está exigiendo el fin de la guerra, e Israel se está viendo envuelto en la Corte Penal Internacional de La Haya. Para Netanyahu, esto no es solo una prolongación de la campaña bélica y una prolongación indefinida de su mandato, sino también un enmascaramiento repetido de la realidad a sus bases adictas y sus fieles servidores.

Las bases de Netanyahu desean ser engañadas. Las teorías conspirativas sobre la traición de las FDI a Netanyahu el 7 de octubre y las leyendas de un «cuchillo por la espalda» que son comunes entre los reservistas, tienen la intención no solo de salvar la imagen de «Master Seguridad», sino también de evitar admitir que el Estado de Israel no es tan fuerte como pensábamos. Añádase a esto las visiones mesiánicas sostenidas por las partes fundamentalistas del sionismo religioso, y se obtiene un mecanismo cuyo único propósito es evitar tratar con los hechos.

En la Guerra de los Seis Días, hubo quienes no se entusiasmaron con la ceguera embriagadora de la victoria: Yeshayahu Leibowitz, Yaakov Talmon, Amos Oz.

La guerra del 7.10 a diferencia de la guerra de los Seis Días, más de medio siglo después, llevó a la mayoría de la población a recuperar la sobriedad, en un doloroso proceso de aterrizaje en la pista de la realidad. Ojalá que, al hacerlo, la guerra haya hecho una contribución importante a una «israelidad» que podamos construir juntos. Pero los bibistas y mesiánicos siguen aferrados al aire de las cumbres imperiales, y Netanyahu está haciendo todo lo posible para proporcionarles oxígeno.

Desafortunadamente, un gobierno que es incapaz de decirle al público la verdad, y un público que es incapaz de aceptar la verdad por sí solo, es una fractura profunda. Los hechos obstinados eventualmente se probarán por sí mismos, lo que llevará a una conmoción existencial, la ira e incluso la violencia contra cualquiera que sea percibido como un mensajero de información u opiniones «antipatrióticas».

El fuerte deseo de negar la realidad conducirá a un intento de borrar a sus representantes. Tal vez esta sea también la razón por la que Benny Gantz y su partido político (partido de centro que se incorporó al gobierno después del 7.10. **) se abstienen de poner fin a su asociación con Netanyahu.

* El Dr. Persico es investigador en el Instituto Shalom Hartman y becario Rubinstein en la Universidad Reichman.

** Nota del traductor.