La militancia mileista

Ni liberales ni libertarios: fusionistas

A pesar de su reivindicación sesgada de parte del panteón liberal y contra el prejuicio de muchos de sus opositores, el mileísmo no se alimenta apenas de variantes del liberalismo. La mayoría no son ni liberales ni libertarios, sino que su mixtura identitaria recoge parte del legado de las derechas nacionalistas reaccionarias y se construye en tensión con los principios de la democracia liberal.
Por Sergio Morresi*

La derecha -y no cualquier derecha, sino una de tintes radicalizados que socava con tono festivo algunos de los pilares de la democracia pluralista- ganó las elecciones en Argentina. Contra los pronósticos que descartaban la posibilidad de un triunfo de una fuerza personalista, carente de arraigo territorial, apoyos de los sectores organizados de la sociedad y un plan de gobierno, La Libertad Avanza (LLA) se impuso con contundencia. A falta de apoyos institucionales, el presidente Javier Milei asienta su capacidad de acción en el volumen de su electorado y en la energía desplegada por una base activista que no ha disminuido a pesar de los resultados económicos de los primeros meses de gobierno.

El voto por LLA reconoce múltiples orígenes y modulaciones (políticas, económicas, ideológicas e incluso geográficas) y ha sido objeto de estudios especializados. Pero aquí vale la pena detenerse sobre el activismo “mileísta”, no solo porque ese movimiento -más acotado- colaboró con el resultado de los comicios de 2023, sino también porque su contumacia contribuye a explicar el margen de acción de un liderazgo que atropella sin miramientos a pesar de su endeblez institucional y organizacional.

¿De dónde salieron y qué buscan los “libertarios”? La pregunta sobre la militancia mileísta tiene dos caras. Una asume que no hay respuesta que trascienda la indignación, bajo la concepción de que aquello que se rechaza a nivel teórico no debería siquiera atreverse a existir: “al derechismo no se lo estudia, se lo combate”. La otra, en cambio, procura comprender (que no es lo mismo que justificar) qué es lo que dinamizó a sectores sociales que enarbolaron o aprendieron a respetar la bandera de Gadsen, esa donde una serpiente advierte que no la pisen.

Para comprender importa tomar nota de que la aparición de los “liberales/libertarios” se produjo en un país donde, con altibajos, la derecha ya estaba presente, fuera con un formato que buscaba ganar elecciones aliándose con partidos tradicionales (fue el caso del PRO) o, más atrás, con emprendimientos que buscaron insertarse en gobiernos de jure o de facto (fue el caso de los que encabezó Álvaro Alsogaray a lo largo de cincuenta años). Dicho de otro modo: el mileísmo no surgió de la nada, sino de una base establecida.

Pero, a pesar de su reivindicación sesgada de parte del panteón liberal y contra el prejuicio de muchos de sus opositores, el mileísmo no se alimenta apenas de variantes del liberalismo. La mayoría de los mileístas no son ni liberales ni libertarios, sino que practican un fusionismo que recoge parte del legado de las derechas nacionalistas reaccionarias y se construye en tensión con los principios de la democracia liberal.

Una conjunción jacobina

Desde comienzos del siglo pasado, es posible identificar dos tradiciones derechistas. Los liberal-conservadores partían de una perspectiva liberal y cosmopolita, acendrada en la Constitución de 1853, pero al mismo tiempo se concebían como defensores de un orden jerárquico que precisaba ser apuntalado contra los abusos de los demagogos que atacaban los valores del libre-mercado y el republicanismo. Los nacionalistas-reaccionarios, en cambio, eran tan anti-izquierdistas como antiliberales, tan antiimperialistas como antisemitas y cultivaban una perspectiva organicista de la nación a la que se imaginaban fundada en la cruz y la espada, destinada a la grandeza y bajo amenaza de intereses, ideas y colectivos extranjeros y extranjerizantes.

Durante décadas, unos y otros supieron colaborar en la ejecución de golpes de Estado y enfrentarse en luchas palaciegas, pero se trataba de movimientos tácticos: cada grupo mantenía su proyecto de país (a favor o en contra del libre-comercio, a favor o en contra del alineamiento con las grandes potencias), y también su idiosincrasia, sus ámbitos de competencia y reclutamiento.

La novedad que se produjo en los últimos años, en un proceso que arrancó ya en el año 2012, creció al calor del fracaso de la experiencia macrista y explotó durante la pandemia, es el acercamiento entre estas dos ramas, no al nivel de dirigentes sino entre las propias bases que empezaron a compartir espacios de socialización y de manifestación pública. Ya no se trataba de ser “del centro”, ubicarse “dentro del espectro nacional” o estar “más allá de la izquierda y la derecha”, sino de reivindicar una agenda jacobina capaz de quebrar a una “casta” compuesta tanto por políticos de centroderecha como por sindicalistas, intelectuales progresistas, destinatarios de planes sociales, empresarios prebendarios (los “empresaurios”) y empleados estatales.

Eso no quiere decir que todos los activistas mileístas piensen lo mismo. Comparten un adversario multiforme (el “colectivismo” que puede ser socialista, populista o socialdemócrata), pero a la hora de establecer prioridades se trazan senderos distintos. Algunos ponen el acento en derrumbar a los “derechos humanos” que sólo aplican para los delincuentes (de ayer o de hoy), mientras que otros se enfrentan a los “derechos sociales” que acaban empobreciendo a quienes más esfuerzo ponen. Si para todos se trata de imponer ideas que consideran verdaderas e indiscutibles, hay grupos que priorizan luchar contra la “ideología de género” y oponerse al Plan 2030 de la ONU, mientras que otros se concentran en liberalizar y “dolarizar” como un modo de ponerle fin no solo a la inflación, sino al dominio de los políticos sobre la economía.

Así, en tanto fruto y a la vez estructura de sustentación de un fusionismo de derechas, el mileísmo desprecia e incluso se burla de las críticas de analistas e intelectuales sobre la falta de “liberalismo” o “republicanisnmo” del gobierno de LLA. Eso que para algunos son “contradicciones” o “circo” que busca esconder los malos resultados económicos de estos meses de gobierno, para ellos es una reafirmación constante del vigor de “las fuerzas del cielo”. Vinieron para eso.

* Lic. en Ciencia Política de la UBA y Dr. en Ciencia Política de la Universidad de São Paulo (USP, Brasil), Profesor Asociado en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad Nacional del Litoral (FHUC-UNL) e Investigador del CONICET.