“En Israel, las que mantienen la salud mental son las mujeres”

Judith Bar-Hay Kovatch nació en Argentina, pero vivió toda su vida en el sur de Israel, cerca de Gaza. Ya en la adolescencia supo que se dedicaría a “ayudar a la gente a sanar”. Si bien su plan se modificó un poco, nunca abandonó la meta. Desde el 2019 trabaja en Hosen (“resiliencia”, en hebreo) un sistema comunitario que da respuesta inmediata a personas en situaciones de emergencia o catástrofes que pueden provocar efectos traumáticos. Judith pertenece a la zona regional de Eshkol, la zona más castigada por la horrible masacre perpetrada por los terroristas de Hamás, el 7 de octubre de 2023. Inquieta, entusiasta y con una enorme capacidad de servicio, ella teje redes para ayudar a los demás; y en ese camino los hilos se entrelazan con otras historias de vida para darle sentido a la suya. Y así va Judith, desatando algunos nudos y atando otros para resistir, y convertir los fantasmas -propios y ajenos- en aprendizaje, en este permanente proceso de renacer día a día, a pesar de cualquier adversidad.
Por Betina Pascar*

NS: ¿Cuándo decidiste hacer Aliá?

JK: Mis padres tomaron la decisión hace 50 años, especialmente por el empuje de mi papá que ya había estado en Israel y siempre quiso volver. En Argentina, participaban mucho dentro de la comunidad judía y nos educaron a mis hermanos y a mí en un ambiente sionista. Por diferentes circunstancias, finalmente, en julio del ‘73, llegamos al sur, con un plan de la Sojnut para familias que querían hacer un cambio. Fuimos a un moshav que se llama “Iad Natan”, ubicado entre Kiriat Gat (que entonces era una muy pequeña ciudad en desarrollo) y Ashkelon. Mi papá falleció en el 2017 pero mi mamá sigue viviendo allí, adonde llegamos cuando yo tenía 10 años. 

NS: ¿Tus hermanos también siguen viviendo en Israel?

JK: Sí, mis hermanos viven en Israel, están casados, tienen sus familias, pero ninguno en el moshav. Y yo, después de haber estudiado y vivido en otras ciudades del país, también me casé, me traje a mi marido al sur (él fue criado en un kibutz del norte), tenemos dos hijos, y ahora que ellos son grandes nos mudamos cerca de Iad Natan, a una ciudad que se llama Sderot, la más cercana a la franja de Gaza.

NS: ¿Tenés algún recuerdo especial de Argentina?

JK: La verdad es que toda mi vida transcurrió en Israel, mi infancia, mi juventud… No tengo recuerdos de Argentina, aunque mi mama guardó un montón de cosas y nos contaba (y nos sigue contando) anécdotas de allá, pero cuando vinimos acá, ya estábamos acá.

Judith es muy detallista a la hora de responder cada pregunta. Necesita asegurarse de que no quede duda de lo que ella quiere transmitir. “Tengo shpilkes en el tujes”, dice mientras se levanta de la silla, para buscar su agenda, su “tanaj”, elemento imprescindible para precisar fechas y datos. Pareciera que nada -al menos nada de lo poco que uno puede controlar- debe quedar librado al azar.  

NS: Sos psicoterapeuta, coordinadora de grupos, consultora organizacional, terminaste también Estudios de la Primera Infancia y Educación especial en discapacidades múltiples, ¿cómo llegás a dedicarte a temas de crisis y catástrofes y a ser una experta en trauma?

JK: A los pocos meses de llegar con mi familia a Israel empezó la guerra de Yom Kipur, que yo considero como mi primer trauma. Aunque no lo sentimos directamente, el asunto es un shock muy grande. Para mi bat mitzvá, me regalaron un libro donde el autor, un psicólogo, contaba cómo había sido herido muy gravemente en la guerra y cómo la fisioterapeuta lo había ayudado a curarse. Ahí me dije: “Voy a ser fisioterapeuta, yo voy a trabajar para curar heridos”. Pero no fue así…

NS: No sos fisioterapeuta, pero vos sí ayudas a curar…

JK: En el año 2000 vivíamos en un kibutz que se llama Mefalsim, a 3 km de Sderot. En el 2001 cayó el primer misil que tiraron desde Gaza a esta zona, y siguieron tirando después. Pero no tiraban constantemente, vos no podías saber ni cuándo iban a tirar ni cuánto iba a durar. Entre el 2003 y 2004, los misiles empezaron a matar, cayeron en la escuela de mis chicos, y fue creciendo la violencia. Entonces, llegaron ONG’s que eran expertas en trauma. Una de ellas, Natal, era una línea de primeros auxilios emocionales que nos enseñó qué teníamos que hacer en situaciones que podían provocar efectos traumáticos en la gente. Luego, me preguntaron si estaba interesada en hacer un curso sobre Coordinación de Grupos, a cargo de Roni Berger, el Dr. en Psicología especializado en trauma que manejaba el Depto. Terapéutico de Natal y por supuesto, dije que sí.

Yo ya había renunciado al Ministerio de Educación y a una ONG que había fundado con otras personas, donde hacíamos trabajos sociales como empoderar a las mujeres que vivían en ciudades en desarrollo, enseñar hebreo a inmigrantes a través de la cultura israelí, y también generar grupos de liderazgo en vecindades para que pudieran ayudarse mutuamente.

Por eso, una vez que terminó el curso me acerqué a Roni para preguntarle si hacían falta más coordinadores y me incorporé a Natal, en el Depto. Comunitario, donde trabajé 17 años.

NS: ¿Cuál era tu función ahí?

JK: En ese momento no había profesionales que supieran abordar temas de trauma, yo fui la primera en el sur. Teníamos que atender la línea telefónica y también ir adonde hubiera pasado algo para entrenar a la gente, o contenerlos, darles recursos, todo dentro de los primeros auxilios; es decir, inmediatamente después de que ocurriera un hecho grave y ofrecer a la comunidad afectada lo que necesitara.

En el 2005, Roni se propone formar una unidad móvil de terapeutas y me incorpora a mí. Él se iba a ocupar de la parte profesional y yo de todo lo demás; o sea promoción, organización, etc. Por ejemplo, tenía que ir a la ciudad de Netivot, sentarme con el jefe del Depto. de Bienestar Social, explicarle el proyecto, decirle cómo trabajábamos, que ante cualquier urgencia me llamaran a mí, que yo iba a tener la lista de terapeutas que ellos iban a tener que visitar. Es decir, yo tenía los datos de las casas de las familias, cuántos eran, de qué edades, y sus necesidades. Y a cada terapeuta le daba su lista, pero lo que ellos hacían no era mi función. Roni se fue de Natal y yo seguí trabajando unos años más, hasta el 2018. Al año siguiente empecé a ejercer como terapeuta de Hosen, en la zona regional de Eshkol. Nuestros hijos ya no vivían con nosotros, así que decidimos dejar el kibutz y mudarnos a una casa más chica en Sderot, que era cerca.

NS: ¿Cómo reaccionaba la gente ante estos primeros misiles que empezaron siendo esporádicos, pero se volvieron una amenaza constante?

JK: Las reacciones que veíamos antes son las mismas que vemos ahora: gente con angustia, temores, que se asusta ante los ruidos, que evitan salir de la casa… Estas reacciones, que después se pueden transformar en post trauma, son las mismas. La diferencia fue que pasamos a vivir lo que nosotros llamamos un trauma continuo.

Said Moshe (asesinado) junto a Adina, su mujer, que fue secuestrada y liberada.

NS: ¿Y cómo era un día “normal” en tu vida hasta el 7 de octubre?

JK: Yo tenía mi lista de pacientes de la zona de Eshkol. Iba a la clínica de Hosen, hacía mi turno, mis horas, y me volvía a casa.

Pero antes de octubre, en mayo, en la fiesta de Lag Baomer, empezaron a caer de nuevo los misiles. Entonces, la gente se evacuó a hoteles o a otros kibutzim. Nosotros estábamos en emergencia y hacíamos las intervenciones telefónicas; y si el ejército nos autorizaba, viajábamos a la casa donde había pegado el misil, con los chalecos y los cascos que usan ellos. Nunca me pasó, por suerte, una situación de estas características.

Nuestra rutina era el trabajo terapéutico o comunitario, lo mismo que en Natal: el de atender la línea de emergencias y el entrenamiento, o visitar guarderías, gente de la tercera edad, para hacer un trabajo de resiliencia con ellos. Hablamos de traumas que tenían que ver con el conflicto en sí.

NS: ¿Vos podías notar algún síntoma común en la gente? ¿un aumento de conductas adictivas, por ejemplo, o algo que surgiera a partir de esta amenaza constante?

JK: No, no, no… la vida seguía; lo que sí había era un desgaste muy grande. Es una vez y otra vez volver a empezar. Como me dijo una maestra: “Yo tengo un interruptor para pasar de rutina a emergencia, pero no tengo un interruptor para volver de la emergencia a la rutina”.  Y eso es nuestro trabajo: ser el interruptor que conecta de nuevo con la rutina. Hay gente que nunca vino a Hosen, que nunca pidió terapia, y hay gente que vino una vez, otra que la vimos mucho tiempo y otra que ya se la diagnosticó con trastorno post traumático. No se puede generalizar.

Es muy importe destacar que siempre estamos en un porcentaje mundial del 15% de trastornos post trauma a cualquier trauma. Y esto, el post trauma, recién se puede diagnosticar medio año después del suceso, no antes. Y hablamos de cualquier catástrofe: el atentado a la AMIA, la inundación en la Ciudad de Buenos Aires, el terremoto de San Juan… Si vemos a la gente, el trastorno post trauma siempre es el 15%. Lo que vemos primero son las reacciones y los síntomas ante un trauma que son iguales, pero no se diagnostica post traumático al momento del trauma porque, en general, esas reacciones disminuyen con el tiempo. Por ejemplo, hay un schok emocional, al principio las reacciones son muy agudas al trauma, pero medio año después recién podemos ver si se transformaron en un recuerdo, una experiencia, o siguen al mismo nivel. Si se cronificaron, ahí podemos hablar de post trauma.

Hoy veo gente hermosa del kibutz Nir Oz, que no es post traumática. Yo estoy trabajando dos días en Kiriat Gat, donde ellos se tuvieron que mudar después de estar en los hoteles. Se instalaron en edificios nuevos, como una vecindad. Tengo 15 personas y tal vez una puedo diagnosticarla post traumática. Tal vez. Las otras traumáticas, pero no post traumática ¿Por qué?: Gente con recursos internos, resilientes.

NS: Hablemos ahora del día fatídico. ¿Podrías describir lo que pasó el 7/10? ¿Como se activó el sistema de emergencias en ese caso?

JK: A las 6.15 había alarmas y ataques de misiles. En ese momento era “algo común” porque nosotros eso lo conocemos, sabemos qué hay que hacer, que es abrir la línea telefónica de Hosen para emergencias. Mi jefa manda un mensaje por WhatsApp preguntando quién puede tomar el turno. Yo puedo porque no tengo hijos. Y si no soy yo, no importa quién es, alguien toma la línea.

Hay siete centros de Hosen diferentes, cada municipalidad tiene el suyo. En ese momento también Natal y otras ong’s. abrieron sus líneas de emergencia. Este es el protocolo conocido, lo sabemos.  Se abre la línea para atender a la gente que está con stress, gente que llama y dice: “¡Ayúdenme!”. Todos en Israel conocen el número de las líneas.

Lo que pasó en este caso es que la mayoría de la gente de mi grupo vivían en los kibutzim que fueron atacados… Yo pensaba que esta persona está en este kibutz, ésta en el otro… ¡porque en sus kibutzim estaban los terroristas! Lo que estaba pasando, lo que había empezado, era otra cosa que no conocíamos ni entendíamos.

Me llaman por teléfono, atiendo la línea y habla una persona que por el acento me doy cuenta de que es argentina. Enseguida ubico quién es y dónde vive. Ella me cuenta qué estaba pasando en su kibutz: su marido había ido a trabajar al campo y por suerte los tanquistas israelíes estaban allí, en el campo, y lo metieron en el tanque, o sea estaba seguro. Pero ella estaba sola en el refugio, muerta de miedo, y su hija que es joven y ya no vive con sus padres, estaba en otra casa del kibutz. La persona que me llama me dice: “Los terroristas están tratando de abrirme la puerta”. Y así, llamados y llamados y llamados diciendo: “Están acá afuera”.

Momento en que Hamás secuestra a Adina Moshe.

¡No te digo cuando nos dimos cuenta de que había terroristas en la calle donde vivo! Salgo y cierro con llave. Hay que hacerlo rápido y mi marido es más lento: bajo un piso y cierro las puertas con llave, bajo las persianas, cierro las ventanas, apago la luz y nos quedamos adentro oyendo tiroteos afuera, en mi calle. No fuimos al refugio porque no nos daba el tiempo, son segundos y no hubiéramos llegado.

NS: ¿Tenés idea si la alarma fue en simultáneo con lo que pasaba en la fiesta, en los kibutzim?

JK: No, ni idea, ni idea… En todas las ciudades de Israel, tenemos un WhatsApp de la municipalidad. Yo recibo de Sderot y también los mensajes de Eshkol porque trabajo ahí. No siempre son cosas feas las que nos mandan, pero en ese momento el mensaje era: “no salgan de las casas, no abran las ventanas”.  No pudimos salir por 4 días mínimo, y a la gente que evacuaron los sacaron con custodia. Estábamos con la televisión prendida las 24 hs. para saber las noticias, y escuchando sin parar los ruidos de sirenas, de misiles… En algunos lugares se cortó la luz…

NS: ¿Cuándo empezó tu tarea?

JK: Desde el primer minuto del día 1. A la gente la evacuaron a hoteles de lujo en Natania, Iam A Melaj, Eilat, Tel Aviv… a muchos lugares porque eran mucha cantidad del sur, y por prevención, como empezaron los misiles en el norte, evacuaron a los residentes de allí también. Hay quienes optaron por irse a casa de su familia, y hay quien decidió no irse. Puede suceder que primero te fuiste a la casa de un pariente, pero luego decidiste ir con tu comunidad. No es fácil teniendo chicos.

Vuelvo a lo de antes: NO PODÉS GENERALIZAR. Lo que pasó acá, pasó acá; lo que me pasó a mí, me pasó a mí. En cada kibutz fue distinto. Si yo hubiera estado en Mefalsim hubiera sido otro cuento porque tienen una seguridad interna de la gente del kibutz, y ellos mismos impidieron que entraran los terroristas… La evacuación de los kibutzim estuvo organizada desde el principio porque las pérdidas fueron totales, sobre todo en Nir Oz. No lograron matar a todos, pero ¼ de la población de ese kibutz está muerto o secuestrado, o fue asesinado en cautiverio… En Holit más de la mitad del kibutz fueron asesinados, no hay secuestrados.

Hay que entender una cosa: la gente de los kibutzim que fue evacuada salió sin nada, sólo con lo puesto, sin documentos, sin pasaporte. Sin na-da. En otras ocasiones, como en mayo, les pudieron avisar para que prepararan una valija. En esta situación salieron el mismo sábado a la noche, o el domingo, caminando por su kibutz destrozado, y algunos viendo cadáveres. ¡Era como salir de un pogromo!

NS: ¿Y vos?

JK: Yo en ese tiempo trabajaba en Hosen de Eshkol y de Netivot. Hacía un turno telefónico para cada uno. Y de a poco empezaron a llegar noticias -es muy importante para mí esto- y nos confirman que a Lilaj Kipnis, una de las primeras profesionales nuestras de Hosen, la habían asesinado en Be’eri; a ella, su marido y un tailandés que vivía con ellos. Todos creíamos que estaban secuestrados en Gaza…

Lilaj Kipnis

Hace una pausa para respirar.

JK: Tengo que respirar para hablar de Lilaj. En nuestro grupo de WhatsApp nos alentábamos, pensando que seguro ella estaba cautiva y calmando a los chicos allá porque era muy creativa, inventó juegos, escribió un libro, era terapista de arte… Pero después de unos días encontraron el cadáver del tailandés, después identificaron al marido, y -a pesar de que nosotras seguíamos confiando en que ella estuviera en Gaza- nos dijeron que también habían identificado su cuerpo. Nosotros somos un equipo de trabajo muy chico, somos 20 personas. Otra amiga está viva, pero a su papá lo mataron en Nir Oz y a su mamá la liberaron después de tenerla como rehén. Y ella está cuidando a su mamá todo el tiempo. Se trata del matrimonio de Said Moshe (Z’L) y Adina Moshe.

NS: Es realmente siniestro… No poder siquiera hacer el duelo…

JK: El jueves 7/3, cuando se cumplieron 5 meses del comienzo de esta guerra, pudimos hacerle un homenaje a la memoria de Lilaj. Yo decidí dejar Netivot para dedicarme 100% a Eshkol. No podía más. A las dos semanas que empezó la guerra, mi directora me indica que me necesitaba en Eilat. La verdad que no quería viajar, pero fui. Hasta ese día lo que hacía era atender miles de llamadas en la línea, estaba como 12 y hasta 16 horas. No soy la única, obvio, tengo mi turno. Y el 23 de octubre viajé a Eilat por primera vez. También empecé, antes del viaje, a hacer terapia on line. Nosotros trabajamos los domingos en la línea o atendiendo pacientes, y de lunes a jueves yo iba a Eilat a atender y después me volvía a mi casa.

En Eilat estuve trabajando con pacientes de Nir Oz, haciendo terapia en el hotel donde estaban, pero ya no voy más porque, como te dije, ellos se mudaron a fines de diciembre a Kiriat Gat. Así que volví a trabajar a Eshkol en enero. “Se me van las semanas, se me van las fechas” -dice amargamente- pero no hay rastros de queja en su voz. Continúa con el relato.

También abrieron un Hosen terapéutico en Eilat; tuvimos que recibir muchos terapeutas y voluntarios… los esfuerzos se triplicaron, cuatriplicaron, qué sé yo… En mi grupo quedamos 18 ahora. De un grupo de 20 pasamos a ser uno de 250 terapeutas con los nuevos, muchos de los cuales no tenían experiencia en el tema y eso fue un problema del que también hubo que ocuparse.

Ahora volvimos a trabajar en la sucursal de Eshkol. Mucha gente volvió, la mayoría de los kibutzim y también hombres que trabajan en la agricultura y en las fábricas. Ellos volvieron y las mujeres se quedaron con sus hijos en los hoteles, y el fin de semana se reencuentran. Por eso, un paciente me dijo: “Van a haber muchos divorcios cuando esto pase. Yo vuelvo al hotel donde está mi mujer con mis hijos todos los días y la veo cansada, siento que tengo que ayudarla”.  Y también atiendo pacientes que piensan al revés.

A veces se me ocurre que tendría que escribir algo junto con mis pacientes porque ellos tienen observaciones muy interesantes de la realidad. Son geniales.

Pero, bueno, te repito que lo que está pasando es todo nuevo. No había un protocolo porque nunca tuvimos algo así. Otra cosa que tenemos que comprender es la incertidumbre. Tengo dos pacientes del kibutz Ein Ha Shlosha que no saben cuándo van a poder mudarse. ¿Es hoy? ¿Es mañana? ¿La semana que viene? Quizá sean los últimos porque hay kibutzim a los que todavía no se puede volver. Nosotros no decimos “nunca más”, eso no existe. “Ahora” no se puede volver a los kibutzim. Punto. Primero porque la guerra no terminó y segundo porque no sólo hay que reconstruir las casas sino los senderos que están rotos, las cañerías… es un terremoto lo que paso ahí. Y Ein Hashlosha está a un 1 km de Nir Oz.  Volvemos a no generalizar, lo que pasó en el primero no tiene nada que ver comparado con el otro. Por eso, es día a día, momento a momento. Hoy estoy bien, mañana no sé.

NS: ¿Tuviste oportunidad de atender a alguien que estuvo en Gaza y fue liberado?

JK: Sin dar detalles, tengo en terapia a personas de tres familias distintas. Cada uno es diferente. Sólo puedo decirte que una persona ya volvió a trabajar. ¡Mirá qué recursos tiene! Me advirtió de un principio: “No me preguntes nada, no voy a contar”. Cuando tuvo la admisión, esta persona pidió que quería atenderse con una terapeuta que fuera muy directa y que no mire con cara de lástima”. Puso condiciones, sabía exactamente lo que necesitaba. Yo no pregunto una palabra de lo que pasó; cuando quiere, cuenta. Sale el dolor. Y cuando no, hablamos de su trabajo y también le recomiendo confiterías de Kiriat Gat, que es un lugar que no conocía, es una persona muy divertida.

NS: ¿Y los chicos, cómo volvieron a las escuelas?

JK: Hay chicos que tienen familias que son resilientes y hay chicos que no. Vos ves las reacciones, los chicos reaccionan como sus padres. Siempre es así, lo ves. Ahora, tenemos otra cosa: los chicos que fueron secuestrados ¿cómo reaccionan?, cada uno tiene su historia, son diferentes. Pero la incertidumbre es el peor de los males, peor incluso que el miedo. El no saber cómo está tu familia que sigue cautiva en Gaza es una incertidumbre tremenda.

NS: Hay que reconocer que la solidaridad de todo el pueblo fue (y es) increíble…

JK: Así es. En Israel es increíble la ayuda mutua social civil, esto fue lo que nos salvó, la movilización civil, la capacidad de reorganizar las necesidades de toda la población.

Tengo un paciente que fue diagnosticado post traumático hace mucho y “cuando pasó lo que pasó” enseguida se evacuó de Sderot. Entró en un stress terrible, pero ahora me manda fotos de lo que está haciendo. Una vez estuvo como voluntario en un tambo, después se fue por todo el país repartiendo comida a los soldados. Me escribe que está siguiendo mi lema: “cuando siento que me necesitan, me siento menos estresado”. El me escuchó, y con 70 años se movió por todas las bases del país para ayudar y de esa forma sentirse mejor.

Yo misma movilicé a mi mama de 87 años a tejer esas muñecas que se llaman “Quita penas”. Tejió más o menos 100 muñequitos que yo repartí, y eso fue lo que ella pudo hacer. Otros lavan la ropa de los soldados… Lo que puedas hacer, hacelo. La ayuda mutua, la hospitalidad entre los vecinos, la familia, es algo muy israelí.

NS: Vos trabajaste por el empoderamiento de las mujeres, ¿cómo sentiste en lo personal la actitud de las organizaciones internacionales que dicen defender los derechos humanos en general y los de las mujeres en particular frente a los crímenes y abusos sexuales que se cometieron en esta guerra?

JK: Es una vergüenza, es un escándalo, pero es el antisemitismo… ¿qué importa de qué forma viene? Te voy a decir otra reflexión sobre el empoderamiento de la mujer que me dijo un director de Natal, el que tomó el cargo cuando Roni Berger se fue. “Vos hacé lo que sabés, yo no te voy a molestar porque sé que sabés más que yo”. “Genial, gracias”, le respondí. Y la reflexión que me dejó fue la siguiente: “las que mantienen acá la salud mental son las mujeres”. Y así es. Yo ya dirigí y no quiero hacerlo más, pero tengo mis directoras, y veo las directoras de las otras sedes de Hosen… ¡son mujeres!, en las unidades de asistencia social son mujeres, en el Depto. de Psicología Educativa son mujeres. Las mujeres somos las que sanamos. Yo trabajo en tratar de sanar las consecuencias de la guerra desde hace 20 años, esa es mi función, mi meta en la vida. Quería ser fisioterapeuta, ya viste que leí el libro sobre el herido del ’73, y bueno…

NS: Vos no necesitaste ser fisioterapeuta para ayudar a tener resiliencia. ¿Cómo se logra eso?

JK: ¡Mirando a las personas resilientes!… como mi paciente que volvió a trabajar, eso es lo que me guía. Ver sus recursos, su fuerza. Fijate que en el trabajo puede ser un poquito de lo que era antes. Y otro paciente me contó que para mayo se va a pasear al extranjero. ¡Muy bien, andá!, le dije. Hay un pasado, el trauma pasó, y este señor ya está en el futuro, ya compró los tickets. No importa si no sabemos qué va a pasar, si va a haber otra guerra o van a cerrar los aeropuertos. Hoy hay vida.

Mientras charlamos se escuchan ruidos muy fuertes y, en un momento, la casa de Judith retumba. Otra vez la incertidumbre. “Seguro explotó un misil. O quizá sean las interferencias que hay porque estamos cerca de Gaza -especula y agrega- Yo quiero la paz, no creo en las guerras. El resultado de vivir en guerra es malo, es dolor, duelo, pérdida. Hay que tratar de vivir diferente. Pero esa paz no se vislumbra por ahora… lamentablemente.

NS: ¿Quién cura a los que curan? ¿Quién los cuida?

JK: Nos cuidamos entre nosotros, tenemos la posibilidad de un terapeuta gratuito, tenemos nuestra supervisora… la mía me encanta, es divina. Y, personalmente, yo tengo mis propias terapias: mis amigos, mis conciertos de música, mis caminatas, mis paseos a la mañana…

Vamos cerrando la charla. Le agradezco mucho a Judith su tiempo, su trabajo. Y recuerdo, pero no lo digo, que me comentó antes de empezar la entrevista que ella, como su paciente, también tiene un proyecto a futuro, esa ancla que nos aferra al mañana. Le gustaría trabajar en el Ministerio de Defensa, con los heridos o con sus familias, porque más adelante no va a querer viajar y puede atender en su propia casa. Apago mi notebook. Me relajo.

Judith no es ni será fisioterapeuta, pero no necesita sus manos para curar porque sus palabras son más sanadoras que cualquier cosa. Y además tiene un lema: “cuando uno ayuda a otro también se está ayudando a sí mismo”. Ese es su mantra, su himno, donde radica su fortaleza. Y también es y será siempre, su bandera.   

* Periodista y Lic. en Psicología.