Cine

“Los niños de Windermere”

El cine ofrece una infinidad de películas que abordan, desde diferentes enfoques, las atrocidades ocurridas durante la Segunda Guerra Mundial a manos de los criminales nazis y sus colaboradores, y justificadas en nombre de una supuesta “superioridad” étnica. En este sentido, “Los Niños de Windermere”, presentada en el 18vo. Festival Internacional de Cine Judío en la Argentina, que se desarrolló en el mes de marzo en Buenos Aires, lejos de mostrarnos las aberraciones cometidas entre 1941 y 1945, nos presenta una historia inspiradora, poética, sencilla pero intensa, que pone la mirada en una de las formas más sublimes del amor: la amistad.
Por Betina Pascar *

Basada en hechos y personas reales, la trama gira alrededor de un proyecto que se llevó a cabo en Inglaterra al final del conflicto bélico más sangriento de la historia de la humanidad. Dicho proyecto consistía en rescatar a niños y jóvenes sobrevivientes de los campos de concentración para ayudarlos a superar las traumáticas experiencias vividas y, al mismo tiempo, educarlos para que pudieran volver a insertarse en la sociedad.

Así, trescientos chicas y chicos que habían quedado sin familia fueron trasladados a un complejo de cabañas cerca del lago Windermere, donde comenzó para ellos una nueva y desconocida oportunidad: la de volver a ser humanos, recuperando su identidad, su libertad y la dignidad e inocencia arrebatadas a causa de la irracionalidad de los nazis.

Sin esquivar, pero tampoco regodeándose en el dolor que llevan consigo estos jóvenes, el film conmueve y deja al espectador un mensaje de esperanza:  los vínculos afectivos son lo único que nos pueden salvar del infierno.

La despersonalización que provocó la persecución sistemática y posterior genocidio planificado por Hitler tuvo como objetivo primero dañar y luego aniquilar. Entre fosas, crematorios, y vallas electrificadas, el respeto era lo mínimo que los prisioneros podían perder en los campos de concentración o exterminio. Fueron despojados de todo, empezando por su propio nombre, (que fue reemplazado por un número tatuado a fuego en la piel); y separados, en general, de sus familias se convirtieron en el blanco de las agresiones y el desprecio constante de sus opresores, sumado a vejaciones, maltratos, hambruna, enfermedades, trabajos forzados, y otras crueldades que, quizá, ni seamos capaces de imaginar.

La violencia y el odio no sólo fue usado contra los judíos, sino que alcanzó también a gitanos, personas con discapacidades físicas o intelectuales, homosexuales y prisioneros de guerra soviéticos. Las primeras víctimas de los nazis fueron los niños pequeños, quienes, junto con los adultos mayores de 50 años, los ancianos, las personas con discapacidades y las mujeres embarazadas eran fusilados en fosas comunes o enviadas a las cámaras de gas inmediatamente.

En cambio, algunos adolescentes de entre 13 y 18 años, tenían más probabilidades de sobrevivir porque eran obligados a realizar trabajos forzados, dada la escasez de mano de obra en la economía de guerra alemana. Y para sobrevivir en los campos había que hacer cualquier cosa. Literalmente, cualquier cosa.

Los niños de Windermere hace un recorte en el tiempo y se ubica al término de la Segunda Guerra Mundial, cuando el gobierno británico aceptó albergar a 300 chicas y chicos supervivientes de los campos de concentración nazis que habían quedado sin familia. Los trasladaron a un complejo de cabañas cerca del lago Windermere, donde durante cuatro meses, el psicólogo judío Oscar Friedmann y un equipo de profesionales y voluntarios los ayudaron a sanar tanto física como emocionalmente, y los reeducaron para que pudieran volver a vivir en una sociedad civilizada, después de haber pasado por diferentes campos de concentración de Europa.

Si bien el comienzo de esta nueva etapa no fue fácil, gracias a la paciencia, voluntad, empatía y comprensión de los adultos, los jóvenes, poco a poco, fueron recuperando la fe y la confianza. Dejaron atrás los miedos y la incertidumbre, volvieron a ser reconocidos con sus propios nombres y dejaron de ser un número. Recobraron su autoestima; se enamoraron, pelearon, gritaron, lloraron, pero algo había cambiado para siempre: ya no estarían solos, y un grupo de ellos forjaría una amistad tan sólida que iba a perdurar por siempre.

La estructura narrativa del film tiene un orden lineal, donde no hay anacronías ni saltos temporales y donde el lenguaje corporal tiene tanto valor como el verbal.  El peso de las palabras se “limita” a oraciones cortas y asertivas. Pero poder dotar al discurso de la emoción que cada situación exige es una habilidad potente. No sólo en el cine sino en la vida misma. Cabe señalar que en el guion de Simón Block intervinieron los protagonistas reales de esta historia, quienes también dan su testimonio en una icónica escena, frente al lago Windermere, con los actores que los interpretan en la ficción.

Por su parte, la cámara del director Michael Samuels se mueve al ritmo de las circunstancias: a veces lenta, valiéndose de la oscuridad o las sombras para acompañar los momentos más dramáticos, y aumentando la velocidad y la luminosidad para mostrar la belleza de los bosques por donde circula la vida, por donde se puede correr para hacer deporte y no para escapar de los golpes o la muerte.

Perdidos los lazos de sangre a tan temprana edad y en circunstancias extremadamente dolorosas, la película apunta a enfatizar el inmenso valor que tiene la amistad. Sin golpes bajos, apela, además, a la memoria del Holocausto, al recuerdo de las víctimas, y demuestra que es posible renacer de los escombros, pero no sin la compañía, el apoyo, el afecto y el cuidado que nos prodigan los amigos.

El ser humano necesita pertenecer a un grupo social. La amistad nos salva del aislamiento y la soledad, nos vuelve más agradecidos y solidarios, nos rescata y reconecta con la vida. Necesitamos relaciones sanas, duraderas, leales y presentes.

Desconfíen mucho de aquellas personas que no tienen amigos. AMIGOS (repito, así, con mayúsculas) no contactos de Facebook ni seguidores de Tik Tok. Tener amigos tiene un impacto positivo en la salud y en el bienestar. Son los hermanos que elegimos, quienes nos escuchan, abrazan, comprenden, toleran y se volverán imprescindibles para nosotros. La amistad es una relación de entrega, conexión profunda y reciprocidad absoluta.

Por último, quiero mencionar el concepto de libertad, un tema debatido y analizado por filósofos de todos los tiempos, pero que adquiere relevancia en esta película, ya que nos demuestra -tal como sostenía Sartre- que el ser humano está condenado a ser libre. “…Aún en las situaciones más dramáticas, los hombres eligen qué hacer. Incluso, decir que no se es libre es una elección. No elegir o delegar en otros las responsabilidades es también una elección. Quienes dicen que no son libres han elegido ser personas que niegan su libertad”.

La libertad es inherente a la condición humana, es lo que nos diferencia de los otros seres vivos. Y el uso que se haga de ella dependerá de valores morales, convicciones y aspectos psicológicos como las emociones, sentimientos y pasiones.

Fernando Savater, en Ética para Amador, agrega: “…no somos libres de elegir lo que nos pasa, haber nacido tal día, de tales padres, y en tal país…sino libres para responder a lo que nos pasa de tal o cual modo: obedecer o rebelarnos, ser prudentes o temerarios, vengativos o resignados…”

Los niños de Windermere muestra cómo cada uno de los jóvenes hizo uso de su libertad, de este derecho natural de actuar de una manera o de otra, y de no hacerlo también. Incluso en los campos de concentración algunos prisioneros tomaron sus propias decisiones a sabiendas de las consecuencias que ello implicaba. 

En este momento donde la violencia contra los judíos y el antisemitismo está recrudeciendo a nivel mundial, me parece imprescindible seguir hablado del Holocausto, sobre todo porque existen corrientes políticas que pretenden minimizarlo, distorsionarlo, negarlo o dejarlo como un tema del pasado al que hay que superar.

«De dónde viene el ser humano todos lo sabemos, a donde quiere llegar pocos lo conocen», decía Kant, otro filósofo que Hitler tomaba para hacer sus discursos.

Por eso seguiremos conmemorando “El Día del Recuerdo del Holocausto y el Heroísmo”, seguiremos rindiendo homenaje a las víctimas del nazismo y a quienes sobrevivieron al horror. No podemos permitirnos olvidar ya que el recuerdo del pasado es precisamente lo que pone a salvo el futuro de ideologías extremistas que pueden surgir en cualquier sociedad. Y, además, porque el silencio nos haría cómplices.

Los niños de Windermere -coproducción realizada por el Reino Unido y Alemania (2020), hablada en inglés, polaco, hebreo y alemán, con subtítulos en castellano- obtuvo el Premio Europa a la Mejor Película y estuvo nominada al BAFTA (similar al Oscar) en el mismo rubro.  Entre los protagonistas más conocidos del cine inglés están Thomas Kretschmann (King Kong), acompañado por Iain Glen (Juego de tronos) y Tim McInnerny (Notting Hill), entre otros.

Permítanme dedicar esta nota a mi mamá, sobreviviente del Holocausto que, hasta su último suspiro, se encargó de recordar a sus primos y tíos asesinados en el campo de concentración de Majdanek, cerca de Lublin, en Polonia, donde todos convivieron hasta que ella vino a Argentina, en 1939. Y por supuesto a las personas que, día a día, me guían e inspiran desde hace más de 40 años: mis amigas-hermanas. Sin ellas posiblemente yo no estaría escribiendo ésta, mi historia.

* Psicóloga y Periodista

Referencias y lecturas recomendadas

  • Centro Mundial de Conmemoración de la Shoá
  • Enciclopedia del Holocausto
  • Museo del Holocausto de Buenos Aires
  • “El ejercicio de la libertad en tiempos del Holocausto”, de Estrella Mattia.
  • “Los filósofos de Hitler”, de Yvonne Sherratt