Sarid (1965) tiene una amplia trayectoria como novelista, nosotros ya conocemos algunos de sus títulos como El monstruo de la memoria (2022) y Victoriosa (2023). Así como creímos que una nueva novela no nos iba a sorprender, volvimos a ser deslumbrados. Porque Poeta de Gaza no narra tan sólo una guerra, narra la historia de una búsqueda; la búsqueda en la búsqueda. Algo así como la búsqueda por la búsqueda. Un agente de inteligencia de Israel que se dedica a extraer información de distintos detenidos de países árabes contiguos. Sin embargo, hay un más allá de eso, nuestro agente cuenta con una experiencia acabada porque tiene sus contactos y superiores. Lo particular de Sarid en esta novela, es que no nos revela si se trata de una persona dedicada al Shin Bet o el Mossad porque, por momentos, se ocupa de asuntos internos del país y, por otros, de internacionales.
La lucha del protagonista es una lucha entre fronteras. No está ni en una frontera ni en la otra, está entre fronteras; está entre líneas. Una línea que puede ser más israelí por momentos y más palestina o, al menos, más extranjera por otros momentos. Pero esto no es toda la competencia -vaya palabra economicista- que tiene, porque también se encuentra con una misión y un desafío: seducir a una docente para llegar a un poeta gazatí. Esta seducción no es amorosa, es más profunda, es una relación de enseñanza. El profesor George Steiner, en su Lección de los Maestros (2004), sostuvo que “la mala enseñanza es, casi literalmente, asesina y, metafóricamente, un pecado”. Porque una palabra puede dañarnos para siempre como también puede ser motivo de salvación. La gueulá, la redención judía, quizás sea una palabra donada por un profesor a la comunidad. En ese sentido, y no en otro, la educación -y, sobre todo, la judía- se contrapone al olvido, la educación en el judaísmo es la memoria emancipadora de los nuestros que nos recuerda el porqué de lo que hacemos día a día.

La novela de Sarid recorre las tensiones en ese sentido. Al comienzo, una enseñanza, para continuar, una disputa entre madre e hijo. Una madre que es docente y no deja de pensar en su hijo; una madre que se preocupa y se ve desplazada por las cargas sobre un hijo; una madre que recorre su vida con el éxito de la literatura, pero vive angustiada por la vida de un hijo. Entonces el protagonista de El poeta de Gaza debe ir a buscar al Yotam de su Dafna para negociar con él. El hijo resulta ser un drogadicto, recluido en un espacio desértico, y deudor de lo impagable. Por lo tanto, la ayuda y sostén económico se comprende como fundamental. Dafna envía dinero y recursos, pero el hijo siempre pide más. La madre, como hemos escrito, es el personaje central de esta novela porque, por un lado, es el nexo central entre el poeta gazatí y, por otro lado, el hijo. Entonces habría dos personajes centrales: el agente y Dafna.
Si la docente, Dafna, tiene una relación con su alumno, también es porque busca a su hijo, Yotam. Busca a su hijo en la enseñanza, porque enseñar es como ver el futuro de Yotam. No obstante, ella encuentra a Yotam en enseñar porque le da medios de vivir a su hijo. El futuro es la enseñanza; la docencia es la zona de promesas de Yotam. La novela relata no sólo cómo puede subsistir una familia y un lazo roto por las drogas en un cuerpo, sino también cómo una familia disfuncional -¿habría, por el contrario, una familia funcional?- puede sobre-vivir una vida tan descuajeringada en un territorio tan hostil.
De esta forma, Sarid recorre no sólo la gesta de un agente de inteligencia israelí -de sus problemas familiares, de sus discusiones con su esposa, de su falta de profesionalidad en el trabajo, de su lucha para y por mantener su vida en un continuo-, sino también el recorrido de una familia; una familia descompuesta por la sociedad y expuesta a su propia desaparición. Porque no es una novela sobre los peligros o los riesgos de vivir en Medio Oriente y, precisamente, en Israel. El poeta de Gaza narra las exposiciones, las muestras y las dificultades de sobrellevar una vida en un ámbito hostil pero que, al fin y al cabo, vale la pena. Una vida que vale la pena vivir, una vida que se intensifica por escribir. Esto es la vida aumentada, la literatura israelí.