Condenemos política y moralmente a la Pax-Americana

Después de la masacre del 7/10, a todos los gazatíes se los juzga como si fueran fundamentalistas terroristas del Hamas. Me pregunto: ¿cómo serán llamados por los israelíes los centenares de miles de desterrados que la Pax Americana hoy amenaza con su expulsión de la Franja de Gaza?
Por Leonardo Senkman, desde Jerusalen

Todos confiábamos en que el viaje de Netanyahu a la Casa Blanca no era solo una visita de un jefe de Estado privilegiado, sino la comparecencia para que Trump se asegure que su vasallo iría a poner fin a la guerra en Gaza y se lograría canjear a todos los rehenes.

Pero tras la conferencia de prensa conjunta, la declaración presidencial de los EE.UU. causa estupor en el concierto internacional, y temor entre los familiares de los secuestrados por una previsible represalia de Hamas de suspender las negociaciones. 

Trump acaba de anunciar su plan de expulsión total y permanente de los palestinos de la Franja de Gaza, quienes deberán ser “relocalizados” a otros países, sin derecho al retorno a una “inhabitable Franja y desolado sitio de demolición”, según sus palabras.

Las hipócritas palabras de gran empresario inmobiliario con que el presidente pretende humanizar sus amenazas retumban como aquellos anuncios imperiales civilizatorios contra “los bárbaros” durante la Pax Romana.

Pero para que no quepan dudas de que su slogan de planificador de bienes raíces urbano no es de este siglo, Trump procura enunciarlo como si estuviera hablado por la Pax Romana de hace dos mil años; en efecto, el martes acaba de anticipar que “EE.UU. tomará el control de la Franja de Gaza y hará allí un buen trabajo”, edificando en tierra arrasada por Tzahal una “Riviera del Medio Oriente” (¡!) Aun más, Trump tampoco descartó el despliegue de tropas estadounidenses para tomar posesión de la Franja de Gaza.

Para quienes no recuerdan, la Pax Romana aseguró el desarrollo de la civilización que Roma había establecido alrededor del Mediterráneo;  al tiempo que conseguía su expansión territorial y la asimilación de las poblaciones “bárbaras” conquistadas, lograba que acepten la administración imperial mediante el derecho romano.

Aquella fue una Pax apoyada por la red de vasallos después de empezar a gobernar el emperador Cesar Augusto, y se extendió hasta la muerte del emperador Marco Aurelio en el año 180 d. C.

Netanyahu se propuso lucirse en la conferencia de prensa como el vasallo más fiel y prosélito de Trump; elogió al presidente emperador con palabras de un devoto: “Es un honor ser el primer líder extranjero en visitarte en tu segundo mandato. Es un testimonio de tu compromiso. Eres el mejor amigo que hemos tenido en la Casa Blanca”.

Y para finiquitar su vasallaje como si le estuviera dirigiendo la palabra al emperador Augusto, pronosticó que el plan de Trump, “podría cambiar la historia (sic)”.

Resulta irresistible comparar el vasallaje y sumisión de Bibi al emperador déspota norteamericano con aquel rey tirano de Judea, Herodes el Grande (74 a. C.-4 a. C.), megalómano inflado por delirios de majestad, completamente sumiso a Roma.

Pese a diferencias de época y familiares, insoslayables entre ambos gobernantes, es inevitable comparar algunos de sus rasgos autoritarios y políticos, no solo la compartida voluntad de construcciones colosales -la expansión del Segundo Templo o el Templo de Herodes, la construcción del puerto de Cesárea Marítima y las fortalezas de Masada y Herodión-.

Herodes fue investido “rey de los judíos” por el Senado en calidad de vasallo del Imperio Romano; de modo diferente, el populista Netanyahu es aclamado Rey de Israel por los bibistas, tanto en el ruedo electoral como en el Parlamento. Tras tres años de conflicto, Herodes solicitó la ayuda de los romanos para tomar Jerusalén y acabar con Antígono, el último gobernante de la dinastía Hasmonea, quien había pactado con el Imperio parto. Pese a que Netanyahu no funge como Herodes de único regente de Judea usando el título de basileo (“rey» en griego), ser primer ministro lo ganó mediante elecciones irreprochables; sin embargo, durante años se propuso destruir las instituciones y valores democráticos mientras pactaba traicioneramente con Hamas para evitar que los palestinos proclamen en Jerusalén oriental la capital de su ansiado Estado.

Resultaría ilegítimo comparar los encontronazos del primer ministro hebreo con Biden esperando el regreso de Trump, con las deslealtades de Herodes frente a dos grandes emperadores; sin embargo, cierto aire de familia revolotea en nuestra memoria al recordar que Herodes necesitó demostrar su valía como rey ante el nuevo emperador, Augusto, ya que previamente había tomado partido por su enemigo, Marco Antonio.

Hechos estos arrimos, una enorme diferencia separa a ambas Pax. La dinastía de los Antoninos (96-192) se preocupó por que el comercio sea favorecido por las cada vez más seguras rutas de comunicación, lo que motivó el bienestar económico imperial; en cambio, Trump y sus vasallos acaban de proclamar una abierta guerra comercial, incluso contra países políticamente aliados, además de intentar frenar a su principal competidor económico global chino. Una Pax Americana totalmente opuesta a aquella Pax Romana coincidente con la denominada Pax Sinica en el este asiático, estabilidad que disfrutaron China y el Imperio romano, favorecidos por el comercio y los viajes de larga distancia entre las dos esferas de poder.

Y en lo que concierne al Medio Oriente; la peligrosa Pax Americana de Trump retrotrae a esta zona del mundo a la expansión colonial del siglo XIX y a la imperialista del XX; la amenaza de conquista norteamericana de Gaza y su limpieza étnica comparten un mismo escenario y cambio de paradigma para la derogación del derecho internacional, y avasallamiento de las soberanías nacionales que afrontarán Groenlandia, Canadá y el Canal de Panamá.

Esa Pax Trumpeana es una trampa: nos acecha a todos en vísperas de conflictos bélicos que abortarán no solo la paz en Medio Oriente: también destrozarán los acuerdos de convivencia ya firmados entre Israel, Egipto, Jordania y Emiratos del Golfo; y pese a la desinformación deliberada de los medios israelíes, sin dudas la Pax Trumpeana anulará el ya añoso intento de normalizar las relaciones entre Israel y Arabia Saudita.

La inmediata reacción a la conferencia de prensa de Trump por parte del Ministerio de Asuntos Exteriores de Riad es inequívoca al desmentir que “no habrá normalización sin la creación de un Estado palestino independiente con Jerusalén Este como su capital”.

En vez de defender los intereses a largo plazo de Israel, Netanyahu se comporta como la reencarnación de Herodes el Grande, quien anteponía los intereses imperiales de Roma sobre los de Judea. “La victoria de Israel es la victoria de EE.UU.”, afirmaba sin pelos en la lengua el exaltado primer ministro israelí al terminar la conferencia de prensa.

Posdata

Escandalosamente inmoral es el silencio ensordecedor de la oposición política al gobierno kahanista de Netanyahu para rechazar sin tapujos la Pax Americana.

Pero mucho más pérfido sonará el silencio cómplice de intelectuales y académicos israelíes que demoran en denunciar los planes de Trump y Netanyahu de expulsar a los gazatíes a terceros países en caso que Egipto y Jordania continúen rechazándolos.

Muy probablemente el derecho humanitario internacional condenará a Israel y a EE.UU. por sus amagos de expulsión de 2 millones de gazaties por constituir un acto imputable de genocidio.

Pero los hijos y nietos de expulsados y sobrevivientes,  hoy ciudadanos que viven  en el Estado Judío, ¿cómo van a mirar a los ojos de sus padres y abuelos ya desaparecidos?

Y nosotros, ¿cómo vamos a llamar a estos expulsados forzados que en Gaza habían sobrevivido a los “ausentes presentes” árabes de Israel?

En su libro Yellow Wind: The Israeli Arab Tragedy, David Grossman escribió: «La mayoría judía en Israel trata a todos los ciudadanos palestinos como ausentes presentes. Así es como son percibidos en su imaginación, y así es como son generalmente reflejados por los medios: una entidad colectiva ausente, como un grupo que existe de hecho, pero sin rostro ni nombre, y con atributos uniformes, la mayoría de las cuales son negativos. Si en 1948 los palestinos en Israel eran ´los que no son, pero de hecho son´ sobre el terreno, con el transcurso de los años se han convertido en ´aquellos que son, y de hecho no son´” (Grossman, 1992, p. 226).

Esta descripción sombría, pero muy precisa del valiente escritor hebreo, al menos nombraba a los habitantes de habla árabe de Israel en tanto «ciudadanos palestinos», denominación que los sucesivos gobiernos israelíes -y una gran mayoría de la sociedad judía- evitan deliberadamente. Por su parte, los palestinos de la Cisjordania son vistos -en el mejor de los casos- como un pueblo extra-territorial aunque vivan en “los territorios” de Yehuda y Shomron, porque se les niega el derecho de tener un Estado nacional al lado de Israel. 

Después de la masacre del 7/10, a todos los gazatíes se los juzgan como si fueran   fundamentalistas terroristas del Hamas. Me pregunto, ¿cómo serán llamados por los israelíes los centenares de miles de desterrados que la Pax Americana hoy amenaza con su expulsión de la Franja de Gaza?

Si David Grosman llamaba en 1992 a los árabes ciudadanos “aquellos que son, y de hecho no son”, ¿cómo vamos a llamar a los gazatíes desplazados por segunda y tercera vez, esos refugiados que hace tiempo “no son,” pero tampoco “están” más tras la frontera del Neguev?