Leí “El agente literario”, de Ricardo Feierstein, con la misma alucinada alegría con la que de muy chica disfrutaba en el Parque Japonés de Buenos Aires, allá por los años ’50, de esas superficies maravillosamente grotescas y burlonas que son los espejos deformantes. Porque la escritura de Ricardo representa -con el mismo desparpajo, humor e ironía de aquellos espejos- una visión distorsionada, grotesca por momentos y siempre mordaz, de la realidad literaria, la política cultural, la angustia existencial, así como la muerte y transfiguración de sus y de mis viejos paradigmas.
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