Las ultraderechas, en sus diferentes versiones nacionales, llevan aproximadamente dos décadas ganando la adhesión paulatina pero creciente de diversas fracciones de la clase trabajadora y de capas medias, en áreas que van de Europa central y oriental hasta India.
Como todo proceso, éste no es lineal, pero es sostenido y América no es la excepción, incluyendo a Latinoamérica, desde los Estados Unidos hasta El Salvador, Brasil, Chile, Argentina, Uruguay y Perú. Con mayor o menor fuerza emerge una ultraderecha que se nutre del declive de las derechas liberales, y sectores de éstas se desplazan hacia la extrema derecha para no perder más espacios.
Persistentes desigualdades y asimetrías sociales generadas por un modo de producción estructurado por la apropiación del valor que crea el trabajo humano determinan frustraciones y descontentos, a los que la democracia liberal y el progresismo no dan respuestas superadoras que activen esperanzas en transformaciones políticas ni sentidos de pertenencia aglutinadores de voluntades detrás de proyectos históricos. El capitalismo no es desafiado y ante otra crisis global desata otro ajuste que provoca otra vez más guerras.
Como ocurriera durante los años 20 y 30 del siglo anterior, las pujas imperiales por la producción, los recursos y los mercados ahondan los sentimientos de inseguridad y miedo en millones que temen por sus vidas, empleos y futuro de sus hijos. La velocidad de vértigo del cambio tecnológico y su impacto en el mundo del trabajo completan el círculo vicioso de orfandad, incertidumbre, miedo y búsqueda de respuestas sencillas que prometan certezas.
Como en cada proceso nacional y regional, las determinantes de origen mundial son incididas por otras de raíz local, con las que se potencian, complementan, entran en conflicto, modifican, varían.
En Israel, el crecimiento de la derecha, y de la ultraderecha en particular, tampoco escapa a las causas globales del fenómeno y también registra una marcada influencia de factores domésticos. Uno de singular relevancia fue el fracaso relativo del proceso de paz que alumbró los Acuerdos de Oslo y la Autoridad Nacional Palestina (ANP), y cuya agonía se extendió hasta hace diez años.
Ese fracaso relativo y de origen multicausal provocó un masivo descreimiento en vastos ámbitos sociales, que durante una larga década iniciada en los `90 creyeron posible una paz definitiva entre Israel y los palestinos al cabo de siete décadas de conflicto.
La derecha fue fortaleciéndose con las adhesiones de millones de nuevos desencantados y escépticos que en los años precedentes respaldaban al centro liberal y a la centroizquierda, en tanto que la ultraderecha creció con miles que apoyaban a la derecha clásica.
Esta tendencia es muy similar a la que se observa en varios países de Europa y de toda América, más allá de la especificidad israelí, en la que el detonante de la exigencia popular de certidumbres y de seguridad es el estado de guerra permanente con una parte del campo palestino, estado fomentado expresamente por la derecha en el lado israelí y por las organizaciones islamistas en Palestina.
Una fracción de la derecha liberal se fue deslizando a posiciones cercanas al fascismo como parte de la disputa por la hegemonía en el discurso de mano dura, mientras que facilitaba a Hamás el gobierno de Gaza para debilitar más la legitimidad de la ANP.
En el transcurso de ese camino de tres décadas que desembocó en el asalto letal de Hamás al sur de Israel el 7 de octubre, la derecha logró concentrar a su alrededor la legitimidad política acerca de la cuestión palestina que la izquierda fue perdiendo a medida que la paz era bombardeada a ambos lados y la ANP se erosionaba más.
Si bien a este último resultado contribuyó también la corrupción en la ANP, las causas preponderantes fueron el estancamiento del proceso de paz y el mayor alejamiento de toda prosperidad en el horizonte existencial de los palestinos en Cisjordania y en Gaza.
Lo barato sale caro
Para un sector grande de la derecha representado por el Likud, la ocupación de Cisjordania es tanto un negocio rentable en varias dimensiones como también una señal de identidad ideológica, y la realidad de Gaza en manos de Hamás era hasta el 7 de octubre una solución práctica y barata en lo económico y en lo político.

Tras el asalto de Hamás, y con el peso relativo conquistado por la ultraderecha, la orientación de una alianza como la que encabeza Benjamín Netanyahu será todavía más beligerante en Cisjordania (donde Hamás cosecha cada vez más apoyos a expensas de Al Fatah, fuerza nacionalista popular con la que el Israel gobernado por la centroizquierda/izquierda había avanzado hacia la paz).
Esto podría ser impedido en lo inmediato solamente por una caída prematura del Gobierno, escenario que no obstante la movilización popular en su contra y las presiones internacionales a Netanyahu para que acepte un cese del fuego, solo podría configurarse, quizá, con el egreso de Benny Gantz, que no parece lo más probable.
Esta derecha israelí del tercer decenio del siglo XXI tiene solamente “soluciones” más expansionistas para el conflicto en Cisjordania, y ofrece básicamente respuestas antidemocráticas y autoritarias a los intrincados nudos gordianos pendientes de destrabar en Israel.
En este punto sobresale una perversa relación entre la religión y el Estado, en la que éste y la mayoría de la sociedad padecen de muy distintas formas el estatus de privilegio que se arroga la ortodoxia. El país está consolidado desde hace décadas, por lo que ya no son de recibo las consideraciones que David Ben Gurion ponderó para establecer que Israel fuera, en los hechos, un Estado confesional.
Derivado de esto, la dominación que aquella política fundacional le regaló a la ortodoxia, menoscabando a las otras corrientes de la religión judía, también debería terminar con una profunda reforma del contrato social que transforme a Israel en una República judía respetuosa de todas las confesiones y minorías étnico-culturales.
Esta reforma política, cuya culminación tendría que plasmarse en una Constitución del Estado, está indisolublemente ligada al final definitivo de la colonización y ocupación militar en Cisjordania. Medio siglo de ocupación ha minado mucho la legitimidad moral que dio nacimiento a Israel, ha envilecido a la sociedad como tal, y ha afirmado aún más el inaceptable dominio ortodoxo sobre la vida diaria de la mayoría, que no rige su vida por esa concepción. Urge impedir la mutación hacia un régimen integrista de ayatolás.
Como puede observarse con la Ley de Estado-nación, la reforma judicial, la ferocidad colonizadora en Cisjordania y la masacre a la población civil en Gaza, esta derecha conduce al país hacia el despotismo y al conflicto con el pueblo palestino a un abismo.
Los sectores liberales centristas, la centroizquierda y la izquierda tienen por delante, quizá por primera vez en conjunto, el desafío político, moral y existencial de concertar un programa mínimo de salvación democrática y solución política al conflicto binacional. Necesitan conectar con las masas de israelíes para transmitirles que el futuro existencial de sus hijos está muy comprometido.
Estos sectores y corrientes están llamados hoy a hacer a un lado mezquindades, ambiciones, rencillas, sectarismos y desconfianzas para dar lugar a actitudes superiores que la hora les demanda. Y esto atañe a judíos y palestinos israelíes por igual, a sionistas y no sionistas, a liberales e izquierdistas en todos sus matices. El único denominador común indispensable es el consenso democrático.
Una izquierda judía para un Israel democrático
La izquierda sionista en particular ha quedado desvinculada de la clase trabajadora y las capas medias más golpeadas por la política neoliberal, que con sucesivos gobiernos produjo en las últimas dos décadas mayor precarización laboral y pauperización extendida.
La democratización cabal del país y el final de la ocupación y la colonización son objetivos primordiales para evitar el caos y la destrucción. La concreción de cambios de esta magnitud exige inexorablemente no solo aquel consenso político sino además un consenso en la base de la población, donde los trabajadores y las capas medias son mayoría como en todas las sociedades de clases.
Este consenso social hoy parece inalcanzable a la luz oscurecida por los trágicos acontecimientos de los últimos tres meses. Pero la vida sigue y no desaparecen los cismas y fracturas que tornan tan difícil la vida de los israelíes y palestinos de distintas maneras. La superación de esto solo será posible políticamente, y aquí otra vez emerge, inocultable, la labor que deben hacer aquellas corrientes.
La izquierda sionista debe ser interlocutor ineludible de amplios estratos sociales subalternos que necesitan esclarecimiento para comprender cuán en juego están su futuro inmediato y sus vidas. Tiene una historia centenaria de ligazón con los trabajadores en la que puede reencontrar razones y principios por los que fue creada.
Usarlos en una imprescindible disputa programática y ética con la derecha en torno a qué condiciones de vida desea cada sector del país, podrá devolverle gradualmente el vínculo que perdió con el pueblo. Sin éste no habrá superación de nudo gordiano alguno porque cualquier acuerdo político adolecerá de respaldo social masivo y así nacerá débil para enfrentar ataques múltiples que provendrán de todos lados, como sucedió con el proceso de paz.
Esto resulta ya necesario, y lo será también si nacen formaciones partidarias nuevas integradas por árabes y judíos, en las que habrá naturalmente sionistas y no sionistas con vocación democrática. Las masas de trabajadores y capas medias israelíes merecen ser escuchadas y atendidas por corrientes de izquierda sionistas cuyas agendas políticas no estén compuestas casi exclusivamente por asuntos ambientales, de género y de diversidades sexuales. De otro modo la clase trabajadora judía solo mirará hacia la derecha.
Una acción política enérgica del campo democrático unido por un consenso básico de tres o cuatro puntos que tengan como ejes el final de la ocupación y la plena democratización del país no solo legitimará a la política en el mejor sentido. También reducirá la dependencia respecto de actores internacionales, sus presiones y sus condiciones para que los locales se avengan a lograr acuerdos.