Semblanzas de jalutzim idealistas de ayer y dolientes de hoy

Aún no me siento capaz de escribir semblanzas personales de los masacrados por Hamas en los kibutzim del sur, el sábado negro del 7 de octubre. Mucho menos podría bosquejar las de los muertos en cautiverio en los túneles de Gaza. Pero ante la imposibilidad de hacer algo más que exigir al Gabinete de Guerra la liberación de los, ahora mismo, 134 secuestrados israelíes que desde hace más de 100 días corren riesgo de morir en los túneles de Gaza, me propongo redactar semblanzas de los primeros jalutzim (pioneros) idealistas latinoamericanos caídos en kibutzim del Neguev.
Por Leonardo Senkman, desde Jerusalén

Muchos secuestrados idealistas kibutznikim de hoy continuaron la trayectoria y el espíritu de los jalutzim idealistas de ayer y anteayer, cuyo perfil humano aún es posible rescatar, lo mismo que su ethos comunitario, la memoria del kibutz en guerras, sus relaciones afectivas y pasionales. También es posible recordar la tumba de algunos idealistas olvidados, en semblanzas que tal vez enciendan las velas uhrzeit para una historia de su duelo, latinoamericanos caídos en Israel.

El adjetivo «idealista» suena a perteneciente a otra época, un anacronismo, probablemente porque no entendemos bien en qué mundo vivía el idealista, uno opuesto al del ideólogo. Es sabido que, para Ortega y Gasset, se vive en las creencias, y en las ideas se piensa. Pues bien, a los jalutzim idealistas, cuyas semblanzas deseo empezar a bocetar, les ocurría todo lo contrario: ellos vivían sus ideas, pese que también se la pasaban leyendo sobre diversos temas ideológicos. Era fascinante comprobar cómo algunas de sus creencias doctrinarias se galvanizaban en la ideología, mientras románticamente convivían con sus ideales. Es que, a diferencia de tantos izquierdistas-de-café, nuestros idealistas jalutzianos vivían intensamente todo lo que pensaban, materializaban sus reflexiones ideológicas. No por azar una de las mitzvot (preceptos) más escuchadas de los jalutzim era su promesa de hagshamá (del verbo hebreo que significa ‘realizar’, ‘concretar’, ‘encarnar’). Precisamente, el idealista jalutziano era un ser encarnado. Porque volvía «carne» no solo sus ideas: también sus sueños, sus fantasías, susilusiones y sus quimeras. Al idealista de los movimientos juveniles sionistas socialistas a menudo le reprochaban su sectarismo ideológico, que a veces lo convertía en un fanático que transformaba la política en religión y la militancia en devoción. Sin embargo, pocos de esos críticos reparaban en que la autenticidad del idealista no reposaba en su pulsión idolátrica sino en la pulsión de kibutz del deseo que cifra el personaje de Cortázar en su novela Rayuela. Y menos, muchísimo menos, esos críticos eran capaces de comprender la deuda que sentían los idealistas, tal como Janan Nudel la describe en un testimonio seminal: «La deuda no es entre el yo y el ideal del yo: esa es la insatisfacción. La deuda es entre aquello que uno dice que es y aquello que uno es. La insatisfacción es convertir en imposible ser el que uno dice que es» (Janan Nudel, «Sesenta años», 2001).

Los ideales de los jalutzim incluían la certeza de que nunca se cumplen del todo, porque no son precisamente ideologías revolucionarias sedientas de un cambio radical del mundo. Sus ideales, en cambio, podían limitarse a cambiar su propia vida.

Semblanza de un idealista y combatiente jalutz argentino

Mordejai (Motl) Wainerman (Polonia, 1921- Negba, 1948)

Hijo de Malka y David, Mordejai (Motl) Wainerman nació en un shtetl de Polonia el 1 de enero de 1921. Su familia emigró a Argentina cuando era niño y él recibió educación pública en Buenos Aires. Hizo su verdadero bar mitzvá al unirse a los 13 años al movimiento sionista socialista Hashomer Hatzair como un rito de iniciación; al poco tiempo se convirtió en el primer muchacho de su edad dispuesto a prepararse, antes de ir al kibutz, en una granja de capacitación en faenas agrícolas, la Hajshará. Varios adolescentes encontraron en Motl a un par con quien identificarse y compartir experiencias anticipadas de trabajo y camaradería grupal.Llegó a Eretz Israel-Palestina el 5 de febrero de 1946 y fue de los primeros jalutzim en arribar desde Argentina munido de uno de los diez certificados que la Agencia Judía distribuyó entre candidatos a emigrar en 1945. Hashomer Hatzair recibió tres certificados: los otros dos fueron para los javerim Jaim Kopelof y Ari Slutzky. (Los latinoamericanos en Israel, p. 28).

Al llegar, Motl se incorporó de inmediato al kibutz Negba, y empezó a trabajar en el campo compartiendo experiencias de la vida colectiva antes de volverse combatiente en una de las más encarnizadas de las llamadas «batallas del Neguev». Asimismo, en el kibutz se ocupó de contactarse con el movimiento Hashomer Hatzair en la diáspora y tradujo al castellano para el movimiento manuales de instrucciones originalmente escritos en hebreo y en idish para que fueran utilizados en América del Sur.

Negba fue establecido en julio de 1939 como uno de los 52 asentamientos nuevos en todo el país, surgidos del operativo «Torre y Empalizada». Durante el fin de la gran Revuelta Árabe (1936-1939), el kibutz afrontó ataques árabes y, simultáneamente, la interdicción, por parte de las autoridades británicas, a refugiados judíos europeos que quisieran ingresar al territorio y la drástica limitación a la colonización agrícola hebrea en Palestina.

El grupo pionero fue asistido por el núcleo Givat Ganim con miembros del movimiento juvenil Hashomer Hatzair de Polonia, a los que se unieron miembros polacos del núcleo Shamir, la mayoría de los cuales emigraron de Rumania.

El asentamiento agrícola fue establecido en el punto geográfico más austral del Neguev con la ayuda de miembros del kibutz Givat Brenner. Inicialmente, se llamó Beit Afa y aproximadamente un año después su nombre fue cambiado a Negba, para simbolizar la aspiración sionista de hacer florecer el desierto del Negev.

Con idéntica terquedad idealista con que Motl se empeñó en aprender a usar el arado, también aprendió a manejar su ametralladora, aquella con la que caería luchando en la batalla en defensa del kibutz Negba el 12 de julio de 1948.

La del Neguev fue una de la serie de batallas durante la Guerra de Independencia en las que el kibutz Negba debió enfrentarse a intensos ataques de la Fuerza Expedicionaria Egipcia, que intentó conquistarlo. En dichas batallas, además de los combatientes que residían en el kibutz de modo permanente, participaron fuerzas de las Brigadas Givati y Negev. La mayoría de los combates fueron librados en el lapso de dos meses, desde la invasión del ejército egipcio a mediados de mayo de 1948, hasta julio del mismo año, mes en el que se sucedieron diez días de intensas batallas. En el último, cayó Motl.

Su semblanza sería incompleta sin una mera descripción de los combates de esos aciagos y heroicos días, según el diario de las batallas de Negba.

El 8 de julio de 1948 comenzó un ataque egipcio combinado contra las aldeas Beit Daras, Ibadis y Julis, cuyos defensores permanecieron en alerta máxima porque se esperaba un ataque contra Negba. Al despuntar la mañana del 12 de julio (noveno aniversario de la creación del kibutz) el ruido de cañones y morteros ensordecieron a Negva durante 90 minutos. Tan pronto como terminó, dos escuadrones de bombarderos egipcios aparecieron sobre los cielos del kibutz. Los aviones Lysander lanzaron una carga de 20 bombas incendiarias y de mortero que impactaron con precisión en la granja y provocaron incendios en varias zonas del kibutz, incluidos el granero y el zoológico infantil.

Instantes después del final del bombardeo, cuatro aviones Spitfire lanzaron ocho bombas de 50 kilos cada una. Al mismo tiempo, el escuadrón Spitfire regresó y comenzó a bombardear el kibutz. Diez minutos más tarde, comenzó el avance de los vehículos blindados de transporte de tropas. En unos 20 minutos, las unidades de infantería se acercaron al campo de tiro de los defensores.

Cuatro vehículos blindados pisaron minas y explotaron. También resultaron dañados tres tanques. Un tercer tanque M13/40 pasó sobre una mina a unos 80 metros al sur de la valla y se detuvo con la cadena destrozada. Decenas de combatientes egipcios resultaron heridos por los disparos de los defensores y la vulnerabilidad a que los exponían las minas. Otro tanque egipcio alcanzó la valla y, de repente dio media vuelta y comenzó a avanzar hacia el sur, sin motivo aparente. Tras él, los otros tanques, blindados y soldados se giraron también y emprendieron la retirada.

Por la tarde los egipcios intentaron atacar nuevamente. Sin embargo, los defensores lograron rechazarlos una vez más, provocando grandes pérdidas en sus filas.

La batalla terminó al anochecer después de nueve horas de combate. El kibutz Negba sufrió cinco bajas y cuarenta y cinco heridos. (Asher Shofet et al, Diario de batallas de Negba 1948, Negba, 1979-2020)

Uno de los muertos, Mordechai (Motl) Wainerman, fue enterrado el mismo día en el kibutz.

Su nombre es recordado en el álbum «La tormenta devastada» (original en hebreo), en memoria de todos los que cayeron defendiendo el Kibutz Negba.

Pero ninguna memoria lo pinta de cuerpo entero como la oración elegiaca leída en la tumba de Motl, cuando pudimos hacerlo, compuesta por su javer, el poeta Fernando (Bielopolsky) Loven, que también vino al kibutz desde Buenos Aires.

Los que te miramos en este instante haber sido;
Los que sentimos ahora en la garganta el mismo polvo de Negba
que te lleva a la noche;
los que sabemos que no serás savia, pero si concreta y resistente
y positiva madera;
los que sabemos que no serás tierra porque serás raíz;
los que no te sabremos llorar porque en Israel no se llora;
los que apretamos los dientes contra el fusil para matar la muerte,
para que sean palomas lo que ahora hiere el aire,
para que sean naranjas lo que reviente en los campos,
los que sabemos cuánto duele el amor cuando el amor es grande,
y cuánto duele el vivir cuando el vivir es de Hombre,
sabemos, Motl, cuánto nos duele que nos estés mirando tan de cerca y tan
lejano cuando ya nos alcanza la mañana.
Pude haber sido yo, o Iosef, o Lea.
Pudimos haber sido todos o cada uno en cualquier trinchera,
pero fuiste tú al silencio que ensordece.
No, no eras poeta, ni músico, ni río,
pero habrá que buscar tu nombre en la calle señalada por los Hombres.
En nuestra casa siempre habrá una silla y un vaso para ti,
y en nuestro hombro habrá siempre tu mano, camarada.
Mucho sudor cuesta ascender estas colinas,
mucho sacrificio exige ganar la muerte que tú has ganado;
por ella, Motl, limpio compañero, amigo querido,
¡que la paz sea sobre tu frente!

(Fernando (Bielopolsky) Loven, oración leída en la tumba de Motl, cuando pudimos hacerlo), Diario de Negba, 31 de julio 1948)

Fernando Loven escribió a continuación en su diario que, luego de la lectura, visitó la pieza compartida de Motl, y entre sus papeles encontró una carta de amor, que el destino no quiso que alcanzara a entregar a A.:

Escuchemos su respiración entrecortada:

Si me alejara, A., no me llores, si es que me amas todavía. Si te dicen: “Motl ha muerto”, no lo creas. Si me amas todavía, si una noche sientes tus manos frías, tu frente cansada y sola. Tus ojos cansados de buscar en la noche y en la luna, y me buscas en el andar agitado de tu sangre. Como decía, A., y no me tienes, no maldigas a la vida ni desees la muerte, porque por tu amor yo he conocido la vida y por tu vida yo me alejé de la muerte.

No digas jamás, A., “Pude haberle dado más”, porque no será cierto. Te he amado tanto, que no pudo caber en mí otro amor que no fuera el que como sobre alas de aire corría sobre mis momentos. Lo envolvías toda y estabas más cerca ya de mí, que mis propias manos.

Me voy, sí, me voy, pero sé que habré de sentirte, y si me amas, habré de estar a tu lado. Sabrás que hemos caminado de la mano al lado de cada hoja, de cada árbol, sobre cada pedazo de esta Negba que defendemos, sobre este pedazo de Israel que me ayudaste a levantar.

No digas jamás “La guerra me lo ha llevado”, porque no fue ella sino esta vida que me busqué para llegar a tu altura; ni la maldigas, porque es nuestra como la sangre que circula en nosotros, y que, si hoy nos ahoga y me aleja, será la semilla, la savia, la fuente.

Cuando recordábamos nuestros pasados, tú de la colorida Hungría que fue luego cárcel y crematorio; y yo de la lejana Argentina, aprendimos a no horrorizarnos. ¿Recuerdas, A.? Dijimos que éste era el único camino y que esta rabia nuestra tenía un solo cauce. Esto fue y esto me ha llevado.

¿Es que cabe entonces la lágrima, A.?

¿Recuerdas, A., cuando nos separamos la última vez? Fue al lado de la fuente. Tú te alejaste hacia la posición 3 y yo hacia la Bezza; te besé los labios, los ojos y la frente, como tanto te agradaba, y te dije: “Hasta luego”. ¿Puedo acaso defraudarte?

Volveré, A., volveré. Pero si no vuelvo, no olvides que nos habíamos elevado muy alto para encontrar el amor, y que el amor, cuando es grande, duele, duele mucho, A.

(Fernando Loven, Diario de Negba, Obra literaria, Tel Aviv, 1975 p. 86-87)

Posdata

Reconozco que para la semblanza del jalutz y combatiente Mordejai Wainerman quizás no alcanzan los datos escuetos que el libro Izkor de Tzahal registra sobre todos los soldados caídos en guerras y actos de terror de Israel; posiblemente tampoco sea suficiente saber que el soldado Wainerman luchó hasta el final defendiendo el kibutz con su fusil ametralladora.

Pero tal vez sí alcancen la oración elegiaca del poeta amigo Fernando Loven leída ante la tumba de Motl y, sin ninguna duda, la carta de amor que Motl nunca envió a su querida A.