Cultura, identidad y poder

Alemania: AfD y su proyecto de dictar la memoria

La ultraderecha alemana sitúa la cultura en el centro de su proyecto político: no para interpretarla, sino para reconfigurarla.
Por Guillermo Atlas

En el ciclo electoral europeo que culmina en 2026, Alemania aparece como un laboratorio particularmente inquietante. No tanto por la repetición de una escena conocida —el ascenso de la extrema derecha— sino por la transformación cualitativa de sus ambiciones. En regiones como Sajonia-Anhalt y Mecklemburgo-Pomerania Occidental, donde Alternativa para Alemania roza o supera el 40 % de intención de voto, la hipótesis de un gobierno en solitario deja de ser una fantasía retórica para convertirse en una posibilidad institucional concreta.

La pregunta que se impone no es únicamente si la AfD puede gobernar, sino cómo gobernaría. Y es en su programa cultural donde aparece, con una nitidez poco habitual, la arquitectura profunda de su proyecto político.

La cultura como campo de batalla

En la mayoría de los programas electorales europeos, la política cultural ocupa un lugar marginal: un epílogo amable después de economía, seguridad o política social. En el caso de la AfD, ocurre lo contrario. Tras migración y familia, la cultura aparece como un eje estructurante.

La AfD no concibe la cultura como un ámbito autónomo ni como un espacio de experimentación simbólica. La concibe como un dispositivo de producción de realidad política. En este punto, su programa revela una intuición estratégica que recuerda —aunque en clave invertida— a ciertas lecturas del pensamiento de Antonio Gramsci: no hay hegemonía política duradera sin hegemonía cultural.

Pero donde Gramsci pensaba la cultura como campo de disputa abierto, la AfD la reduce a un instrumento de normalización identitaria. La cultura deja de ser un espacio de conflicto productivo para convertirse en un mecanismo “correctivo”, en el peor de los casos, restaurativo.

La enfermedad” de la identidad

El núcleo conceptual del programa cultural de la AfD es la idea de un “trastorno de la identidad alemana”. Según esta narrativa, Alemania viviría bajo el signo de una relación patológica con su propia historia: una fijación en el período 1933–1945 que habría derivado en una forma de autonegación colectiva.

Este diagnóstico no es nuevo. Circula desde hace décadas en distintos registros de la ultra derecha europea, en particular, la alemana. Lo que resulta significativo aquí es su traducción programática: la cultura debe “sanar” esa relación mediante la producción de una identidad afirmativa, despojada de culpa.

Desde una perspectiva democrática, este desplazamiento no puede leerse como un simple ajuste historiográfico. Lo que está en juego es la reconfiguración del lugar de la Shoá en la conciencia europea. No su negación absoluta —que sería políticamente inviable— sino su relativización funcional: su transformación de acontecimiento límite en episodio entre otros.

En este relato, la memoria de que el nacionalsocialismo ocupa un lugar “excesivo” en la cultura alemana no es una crítica a la memoria, sino a su centralidad normativa. Es, en última instancia, la erosión de la idea misma de que la historia puede imponer límites éticos al presente

Entre sus planteamientos figura la revisión de las políticas de restitución del arte robado por el nacionalsocialismo, poniendo en cuestión un consenso que durante décadas ha sido central en la cultura alemana de posguerra. En paralelo, propone una revalorización de la memoria militar alemana del siglo XX en museos y espacios públicos. Este doble movimiento —debilitar la memoria del saqueo y rehabilitar la memoria militar— no es contradictorio: apunta a sustituir una memoria crítica por una memoria apologética del pasado alemán.

El problema no es el pasado, sino el universalismo

En este punto, conviene evitar una lectura simplista. La AfD no combate únicamente una determinada interpretación del pasado; combate las consecuencias políticas de esa interpretación. Es decir: el universalismo.

En su narrativa, la “culpa histórica” habría producido una apertura excesiva: multiculturalismo, europeísmo, derechos humanos entendidos como principio rector. La crítica al “culto de la culpa” es inseparable de la crítica a estas formas de universalismo.

Aquí aparece una paradoja que atraviesa buena parte del debate contemporáneo: la oposición entre identidad y universalismo se formula como si fuera una alternativa inevitable.

Desde una tradición judía que ha vivido esa tensión con particular intensidad —incapaz de disolver lo particular en lo universal sin perder algo esencial, pero también incapaz de clausurarse en la identidad sin traicionar algo igualmente esencial— esta dicotomía resulta profundamente degradante

El problema no es pensar la identidad; el problema es cuando esa identidad queda cerrada en un sentido tribal. Convertirla en un bloque uniforme, impermeable a la crítica y definido en oposición a un “afuera” sospechoso.

Estética de la regresión

El programa cultural de la AfD traduce esta lógica en propuestas concretas. En arquitectura, por ejemplo, propone un retorno a formas “tradicionales”: materiales naturales, estilos historicistas, rechazo de la modernidad asociada al Bauhaus. Lo que se presenta como preferencia estética encubre una operación política: la construcción de un paisaje que naturalice una determinada idea de comunidad.

La hostilidad hacia la modernidad arquitectónica no es un detalle anecdótico. La modernidad —con todas sus ambivalencias— ha sido uno de los lenguajes privilegiados de la ruptura con el nacionalismo estético del siglo XIX. Atacar ese legado es, en cierto sentido, reabrir una posibilidad histórica que Europa creyó clausurada.

Lo mismo ocurre en el ámbito de las artes escénicas. La denuncia de unos teatros supuestamente “desnacionalizados” no responde a un análisis empírico —fácilmente refutable— sino a la necesidad de construir un antagonismo cultural. No se trata de describir lo que ocurre en los escenarios, sino de producir indignación en quienes no los frecuentan.

La ficción de la homogeneidad

Uno de los aspectos más reveladores del programa es su uso de la tradición. Figuras como Lutero, Bismarck o Nietzsche son convocadas como si formaran parte de una misma constelación coherente. La operación es conocida: producir una genealogía que legitime el presente. La tradición invocada es puro artificio pseudo histórico.

Desde una perspectiva judía, esta instrumentalización del pasado resuena de manera particular. La historia europea ha conocido formas extremas de construcción identitaria que se legitimaban precisamente mediante la invención de tradiciones (Eric Hobsbawm). El problema no es la referencia al pasado, sino su uso como herramienta de exclusión.

Cultura y aparato estatal

El escenario se vuelve más preocupante cuando se considera la posibilidad efectiva de que la AfD acceda al poder regional. A diferencia de otros ámbitos —política migratoria, relaciones exteriores— la cultura es una competencia directa de los Länder (de cada provincia). Esto implica control sobre instituciones clave: teatros, museos, universidades, políticas de memoria.

Pero también implica algo más: influencia sobre el sistema educativo y sobre los marcos interpretativos que estructuran la experiencia social. La cultura, entendida en sentido amplio, incluye la producción de narrativas sobre el pasado y el presente.

La eventual toma de control de estas instituciones por parte de un partido que ha sido clasificado como extremista por la Oficina Federal para la Protección de la Constitución no es un detalle administrativo. Es una transformación del ecosistema simbólico en el que se forma la ciudadanía.

La sociopsicóloga Beate Küpper, coeditora del influyente Mitte-Studie, advierte en una entrevista para el diario berlinés Taz del 27 de abril último, que esta penetración institucional no comienza en los parlamentos regionales sino en los consejos municipales, a través de temas aparentemente neutros —la construcción de una pileta, la gestión del transporte local— que sirven para tejer relaciones de confianza que la ultraderecha luego capitaliza políticamente. El cordón sanitario, en este análisis, no es una postura defensiva sino una necesidad estructural.

Entre cordones sanitarios y fatiga democrática

El avance de la AfD se produce en un contexto de fragmentación política que debilita los mecanismos tradicionales de contención. Según las últimas encuestas disponibles para Sajonia-Anhalt, tres partidos se encuentran en zona de riesgo respecto al umbral del 5%: los Verdes, el FDP (liberales) y el BSW (izquierda populista pro Putin).

Su eventual ausencia del Landtag concentraría la representación efectiva en tres actores: AfD, CDU y Die Linke, un escenario que complica estructuralmente cualquier intento de cordón sanitario. La CDU se vería obligada a elegir entre la parálisis institucional y la cooperación con alguno de los dos extremos, algo que hace apenas pocos años parecía impensable.

Pero el problema no es únicamente aritmético. Es también afectivo. La fatiga democrática —la sensación de que las instituciones ya no responden a las expectativas sociales— crea un terreno fértil para propuestas que prometen claridad identitaria allí donde otros ofrecen complejidad.

Los nuevos desafíos

El desafío que plantea la AfD no puede abordarse únicamente en términos de denuncia. Exige también una reflexión sobre las condiciones que hacen posible su ascenso.

La Shoá no es únicamente un acontecimiento judío ni únicamente un acontecimiento europeo. Es un punto de ruptura que obliga a repensar las condiciones mismas de la democracia, la construcción social y la convivencia política. Reducirla a un elemento entre otros en la construcción de una identidad nacional es una ruptura histórica con el legado que rige desde 1945 del Nunca Más.

Lo que ocurre en Sajonia-Anhalt no es un fenómeno aislado. Forma parte de una reconfiguración más amplia del espacio político europeo, en la que la cultura se convierte en un terreno privilegiado de disputa. La cuestión no es si la cultura debe tener un papel político —lo tiene inevitablemente— sino qué tipo de política se articula a través de ella.

En este sentido, la AfD no es una excepción, sino una variante particularmente explícita y radical de una tendencia más amplia: la instrumentalización de la cultura como mecanismo de producción de identidad y, por tanto, de exclusión.

La pregunta que queda abierta no es únicamente si la AfD gobernará, sino qué tipo de Europa emergerá de este ciclo electoral. Una Europa que asuma la complejidad de su historia —incluidas sus fracturas más profundas— o una Europa que busque en nombre de una identidad homogeneizadora, romper con más de ochenta años de diversidad, progreso y derechos humanos.

Lo que está en juego no es únicamente el resultado de unas elecciones regionales. Es la posibilidad de que, por primera vez desde 1945, un actor político con vocación de gobierno en Alemania reordene deliberadamente la relación entre cultura, memoria y responsabilidad histórica.

No se trata de olvidar el pasado, sino de volverlo políticamente irrelevante.