Mi zeide nunca hablaba del pasado. Jamás le oí decir nada de su infancia, ni siquiera adonde había nacido, nunca nos contó qué le gustaba hacer de niño, ni lo que le habría gustado estudiar, ni de las razones por las cuales eligió venir a la Argentina, y mucho mucho menos acerca del asesinato de su madre y de sus hermanas por los nazis. Lo terrible es que su silencio ante el dolor tuvo un costo alto para él. Un infarto de miocardio pocos años después del final de la Segunda Guerra Mundial fue el primer aviso. El silencio había empezado a actuar sobre su cuerpo. Cuando murió de un nuevo ataque al corazón más de una década después tenía menos de 70 años.
Hasta no hace mucho no supe que la mamá, hermanos y sobrinas de mi zeide Abraham, vivían en Antopol (actual Bielorrusia, 2.500 habitantes) cuando en 1942 los nazis invadieron la Unión Soviética. Se trataba de una pequeña aldea campesina (shtetl). En aquel entonces, Antopol tenía 3.000 habitantes, 2.300 de ellos judíos, de los cuales sólo siete sobrevivieron a los fusilamientos masivos efectuados por los nazis (entre ellos Pinhas Czerniak – hermano de mi zeide-, su mujer y su hija Iritz). Este es el punto de partida de “Asesinatos Discretos”, la novela que escribí en homenaje a mi abuelo y a todas las víctimas directas e indirectas de la barbarie nazi.
Por Diego Levis *