Una historia particular:
Descendiendo de los barcos
Cruzaron el Océano dejando atrás el hambre, la miseria, las persecuciones religiosas y políticas, la falta de horizontes. El barco era la promesa de un pasaporte al futuro. El agua era la distancia entre una tierra que se avizoraba como posible y una ajena donde quedaban enterradas las raíces, la historia familiar, los parientes, las costumbres comunes, la patria, los reconocimientos implícitos. Había que navegar mucho más allá del horizonte. Días y días donde ya no estaba la tierra dejada y era imposible imaginar aquella donde había que intentar construir el futuro.
Apiñados promiscuamente en tercera categoría, era difícil desde el fondo de un barco soñar con «hacer la América». La llegada era tan traumática como la partida. Funcionarios a los que no se entendía, apellidos que muchas veces sufrían metamorfosis. Costumbres extrañas a las propias. El Hotel de los Inmigrantes. El ingreso a la Capital. El idioma como traba enorme. Algunos empezaron a buscar trabajo en esa ciudad extraña y europea, habitando conventillos, recorriendo sus calles, golpeando puertas. Otros se dispersaron por la vasta geografía nacional.