Sobre las izquierdas y la nueva judeofobia

Desde su fundación las organizaciones partidarias de izquierda y los partidos políticos conformados como desprendimientos de la socialdemocracia se han opuesto abierta y expresamente al terrorismo y a toda acción que de él derive. Pero algo ha cambiado en menos de 20 años, y el silencio de la mayoría de la izquierda frente al atroz ataque de Hamas a la población civil del sur de Israel, el 7 de octubre, es un dato significativamente novedoso.
Por Ernesto Alazraki

Las organizaciones partidarias del campo de la izquierda, incluyendo a los movimientos sociales aliados, y especialmente los partidos nacidos del viejo tronco socialdemócrata, es decir socialistas y comunistas, cultivaron desde fines del siglo 19 una práctica opuesta al terrorismo como método de acción política.

Se trató de una praxis cabal, desde la teoría hasta la acción, y salvo en contadas excepciones, rechazaron y repudiaron al terrorismo denunciándolo entre los pueblos por ser ajeno a los métodos de organización y lucha de la clase trabajadora, por su condición abyecta al ser provocador de sufrimiento humano, y porque sus consecuencias generaban severos perjuicios políticos.

Numerosos partidos y movimientos inscritos en la izquierda y el campo popular desarrollaron y promovieron insurgencias en Asia, África, América y Europa, frente a circunstancias adversas como invasiones, dominaciones externas y opresiones vernáculas.

Muchos de aquellos procesos se agotaron, otros no, otros nuevos han sido gestados, y tanto en el siglo 20 como en lo que va del 21 algunas de esas insurgencias fueron y son de tipo guerrillero. Pero más allá de las excepciones, esa acción política trazó una frontera metodológica decisiva entre insurgencia/guerrilla y terrorismo.

Simultáneamente, la mayoría de los partidos de izquierda, entre ellos marxistas, y muchos movimientos de liberación, defendían una prédica antibélica y en general la sostenían con sus hechos.

Denunciaban a potencias y gobiernos agresores como también a organizaciones políticas que con su violencia funcionalizaban el belicismo. Esas denuncias acompañadas de condenas públicas se hacían con particular énfasis cuando esa violencia era terrorista.

Habiendo residido la mayor parte de su vida en el área del Río de la Plata, quien escribe estas líneas recuerda ejemplos taxativos de aquellas condenas. Una mayoría de sectores de la izquierda en la región repudió el atentado contra la AMIA el 18 de julio de 1994.

Cuando otro atentado terrorista destruyó las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, gran cantidad de partidos y movimientos de izquierda en la región repudiaron el ataque. Sus declaraciones y consignas expresaron el rechazo al terrorismo y a la guerra que horas después anunció George W. Bush por igual.

Cuando el 23 de enero de 1989 el Movimiento Todos por la Patria asaltó la guarnición de La Tablada, acción ni siquiera terrorista sino guerrillera, no realizada para sembrar terror entre los civiles, los partidos de izquierda, con los marxistas a la cabeza, tomaron distancia en forma inmediata y la condenaron enérgicamente.

Durante décadas, en América Latina, dirigentes como el histórico comunista uruguayo Rodney Arismendi y tantos otros, enseñaban a desconfiar de organizaciones como las Brigadas Rojas de Italia, Sendero Luminoso de Perú, y Jemeres Rojos de Camboya, porque su accionar terrorista exhibía un sadismo muy distante de la lucha popular, y sus consecuencias favorecían siempre a la reacción.   

Girando hacia la oscuridad

En toda América y Europa, esos partidos y movimientos también rechazaban, hasta hace no tantos años, el terrorismo que practican organizaciones palestinas como Hamas y Yihad Islámica. Además, condenaban los asesinatos contra los civiles y los ataques terroristas a instituciones (casi siempre judías) y medios de comunicación, perpetrados en Europa y en Latinoamérica por grupos similares.

Pero algo ha cambiado en menos de 20 años, y parece que continúa cambiando aún más rápido. El silencio atronador de la mayoría de la izquierda frente al atroz ataque de Hamas a la población civil del sur de Israel el 7 de octubre, es un dato significativamente novedoso.

Quizás un avance de esta omisión, rayana en la complicidad en muchos casos que parecen celebrar lo ocurrido, venía siendo el silencio marcado ante cada ciclo de lanzamiento de cohetes en Gaza hacia Israel desde que éste desocupó ese territorio en 2005.

Sin embargo, lo del 7 de octubre fue un evento cualitativamente diferente respecto de toda la historia del conflicto. Nunca antes ninguna organización palestina se había precipitado al abismo moral de violaciones y otros ultrajes a las vidas y los cuerpos, aun considerando los ataques kamikazes contra civiles en las calles.     

Tampoco, nunca antes, una mayoría de partidos y movimientos de izquierda había guardado silencio ante aberraciones que reflejan lo peor de la condición humana, y que casi siempre son cometidas -cuando tienen móvil político- solo por las fuerzas del fascismo. Pasaron más de dos meses y sigue sin haber sectores y dirigentes de la izquierda que se pronuncien. Las excepciones son mínimas.

Peor, tampoco hay la más elemental expresión de compasión para las víctimas mujeres, ancianas y niños, un vacío espeluznante de empatía humana básica hacia un sufrimiento indecible de gentes absolutamente indefensas y desarmadas, vacío de organizaciones políticas cuyas ideologías se inscriben en la tradición humanista.

Es como si en esas corrientes y sus dirigentes hubiera lugar solo para la solidaridad con el sufrimiento de un pueblo y no del otro, una suerte de operación por la que se hace desaparecer a uno de los dos sujetos históricos que componen el conflicto binacional. Como si hubiera lugar para comprender solo un dolor y no otro.

Judeofobia 2.0

De las escasas declaraciones y comunicados emitidos, casi todos sugieren que la razón de ese vacío, de ese no lugar, es la asimetría de poder entre las fuerzas intervinientes en el campo de batalla. Se trata de un subterfugio de mala calidad porque, nuevamente, se suprime el hecho determinante de que este conflicto es entre dos pueblos y no la invasión a Irak o la conquista del imperio español.

En consonancia, esos partidos y movimientos, sobre todo los de tradición internacionalista cuyas concepciones se arraigaban desde hacía un largo siglo en el rechazo frontal al belicismo, hoy otorgan un respaldo implícito -y en varios casos explícito- a la acción y prédica belicista de Hamas, Hezbolá y Yihad Islámica Palestina, grupos que declaman orgullosa y explícitamente su objetivo de destruir Israel y matar judíos donde se encuentren.

Se fuerza la construcción de una narrativa para equiparar a Israel -Estado ocupante en Cisjordania- con un imperio colonial como el inglés o el portugués, y homologar a Israel con la Alemania nazi. De ahí la necesidad de introducir el concepto de genocidio para referir a la situación en Gaza, así como la asociación que se busca establecer entre los conceptos de Sionismo y Nacionalsocialismo.

Por primera vez una parte de la izquierda occidental se aboca así a diseñar un esbozo propio de ‘marco teórico’ de antisemitismo (en el sentido pinskeriano de judeofobia), que es presentado en los ámbitos académico y mediático como supuesto ‘antisionismo’.   

El desconocimiento generalizado sobre sionismo resulta simétrico al que se manifiesta acerca del conflicto, con carencias basales de historicidad y contextualización. Como en cada versión antigua y moderna de judeofobia, esta reedición 2.0 emerge en un terreno fangoso abonado por prejuicios antiguos e ignorancias actuales.

El fondo de pantalla muestra una estrepitosa crisis mundial de superproducción, que otra vez busca superarse mediante un ajuste feroz cuya ejecución solo se logra desparramando fuego y plomo. Los grandes jugadores del ajedrez global echan mano a todas sus piezas, un juego en el que los trabajadores y los pueblos siempre han perdido lo mucho o poco que acarreaban como equipaje.

Esta vez el pueblo judío luce más solo que en la ocasión anterior, gran parte de la izquierda le ha dado la espalda, y la derecha no es amiga sino socia de poderosos en negocios por dinero y dominio. Para el pueblo se torna necesario estrechar aún más los lazos con la población no judía, y hacer pedagogía mostrando que los judíos son tan distintos y tan iguales como cualquier otro grupo humano.