El judaísmo público de Milei. ¿Cuestión de fe?

¿Qué es esto del judaísmo público de Milei? Desde que existe escisión entre esfera pública y privada, el judaísmo estuvo circunscripto al área de lo privado. El nuevo presidente lo que hace es ponerlo en el ámbito de la vida pública, lo cual constituye una novedad para los Estados liberales. Que el judaísmo aparezca como una suerte de “religión de Estado”, de por sí es algo que no tiene parangón en la historia moderna, fuera del Estado de Israel.
Por Ignacio Rullansky e Isabel Rollandi

En 1962, Leo Strauss disertó elocuentemente en una conferencia en la Universidad de Chicago acerca de una pregunta potente: ¿por qué seguimos siendo judíos? Al igual que Hans Jonas, Hans Morgenthau, Hannah Arendt, y otros muchos intelectuales judíos alemanes sobrevivientes de la Shoá, Strauss encontró refugio en los Estados Unidos.

Al abordar esta pregunta, Strauss llega rápidamente a la conclusión de que la identidad persiste no por elección, sino en cierta medida a pesar de ella. Las limitaciones impuestas a lo largo del tiempo, incluso en medio de situaciones tan desalentadoras como la Inquisición y la conversión forzada, repliega la religión hacia la esfera de lo privado, y mantiene a los judíos en una inestable relación, en Estados no judíos, y luego, con la Modernidad, en Estados liberales.

Precisamente, en los Estados liberales, la religión encuentra su lugar en la esfera de lo privado, y las políticas públicas se adecúan al ciudadano liberal moderno, que afirma el valor de la autodeterminación en materia de fe. Sin duda la pregunta por la permanencia de lo judío en tiempos de secularización plena, de sociedades liberales con instituciones laicas, es provocadora. Se interroga si lo que se busca es recuperar de manera romántica una fe perdida para escapar del aparente vacío de valores del mundo moderno, o si acaso la victoria del individualismo y del capitalismo no empuja hacia la búsqueda de una comunidad y un sentido más allá de uno mismo.

Sin embargo, mucho más provocadora parece ser la pregunta, no por la permanencia en el individuo de la fe y los valores de cierta religión, sino por la búsqueda en adoptar una religión y proyectar la fe desde el fuero íntimo hacia su publicidad. Hoy los argentinos no pueden sino encontrarse perplejos ante la novedosa aparición de la religión judía en la política. A diferencia de la necesidad que siente Strauss de enfrentar un interrogante existencial, Milei toma la identidad judía como un hecho y busca plegarse a ella.

El nuevo jefe de Estado argentino eleva la identidad judía al discurso público de una manera que difiere de la de líderes judíos como Zelensky o Sarkozy, cuyas pertenencias al pueblo judío no necesariamente permanecieron como mero asunto personal. Esto es especialmente notorio en el caso de Zelensky, quien comparte con Milei la categoría de outsider de la política, con una trayectoria en la actuación que lo llevó incluso a encarnar a un personaje que alcanza la presidencia de Ucrania.

El paralelo es aún más relevante al notar los discursos en el contexto de la guerra con Rusia. Vladimir Putin insistió en clasificar al gobierno de Zelensky como “nazi” y caracterizó su incursión en Ucrania como una campaña libertadora de “desnazificación” del país. El liderazgo de un presidente judío solo puede recibir tal caracterización si se ilumina la narrativa oficial rusa sobre la historia del país vecino. La experiencia rusa de lucha contra el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial sigue operando discursivamente como pivote para configurar un sentido de nación y afianzar el patriotismo ruso contra aquellos que se identifica como los enemigos.

Zelensky sin duda recurre al judaísmo para defender su política y su gobierno. Pero éste cobra trascendencia también en el plano político, al considerar sus expectativas de colaboración del Estado de Israel en la contraofensiva contra Rusia. Sin embargo, el rol de Israel permanece ambiguo, intentando oficiar como mediador y ensayando un delicado equilibrio en su relación con Rusia, país aliado de los enemigos de Israel: los gobiernos de Irán y de Siria, y así, de socios como Hezboláh en Líbano y los hutíes en Yemen. 

El mismo Milei ha buscado desprenderse públicamente de las acusaciones de nazi que surgieron luego de sus encendidos comentarios en el Congreso. La acusación de nazi conduce a Zelensky a replicar con una afirmación de su identidad judía y la búsqueda de ligazón con el Estado de Israel; la misma acusación conduce a Milei a buscar comprender el judaísmo y sus raíces, y a ligarse con la comunidad judía marroquí a través del rabino Shimon Axel Wahnish (ACILBA).

Es de público conocimiento que Milei se apoya en el consejo del rabino de la comunidad originaria de Marruecos, y que recibió una especie de bendición del célebre David Pinto, también de la tradición marroquí. Asimismo, Milei cuenta públicamente que peregrinó hace tiempo a la tumba del rebe de Lubavitch (líder del movimiento homónimo dentro de la ortodoxia judía) a pedir sabiduría y, como presidente electo, volvió para agradecerle. Además, en sus eventos de campaña, la bandera de Israel, el talit (el manto de oración) y el shofar (un cuerno litúrgico), siempre se destacaron hasta por la curiosidad que concitan.

Milei quiere ser percibido como judío. Para iluminar las razones por el interés y la aparente búsqueda de conversión de Milei al judaísmo habría que adentrarse en hipótesis psicológicas. Sin duda, la discusión del oportunismo de su afinidad con el judaísmo no puede soslayarse, sobre todo cuando se consideran las ligazones políticas que el Presidente busca establecer con Israel y Estados Unidos, y el anuncio de la mudanza de la embajada argentina en Israel a Jerusalén. En añadidura, parece tener cierto peso en la tendencia de Milei hacia el judaísmo, una oposición al catolicismo. Son conocidas sus críticas al Papa, a quien acusa entre otras cosas de comunista. Si Milei, quien creció católico, rechaza esta religión y sus valores indicando que su representante es un farsante y un comunista, uno no puede dejar de preguntarse por el acercamiento de Milei al judaísmo como reacción, en búsqueda de una religión que aparece como más afín al individualismo y al crecimiento económico, público y privado. Sin duda, para entender el judaísmo de Milei, habría que entender su catolicismo.

A pesar de la naturaleza aparentemente privada de sus intimidades personales, la llamativa exposición de Milei de su identidad y su destacado perfil público lo convierten en un asunto de interés general.

Es interesante pensar en el novedoso lugar que adopta el judaísmo en la política argentina a partir de las acciones públicas del nuevo presidente. Las acciones de Milei lanzan la identidad y religión judía, sus símbolos, significados y valores, al espacio público, desafiando la histórica limitación de tales discusiones a la comunidad a puertas cerradas. El judaísmo no es proselitista y no busca convertir a los no judíos. Pero incluso más, el judaísmo, como mencionamos al comienzo, existe y permanece en las sociedades liberales en la esfera privada, y el pueblo judío se reconoce como una nación entre naciones. La secularización del poder político en la modernidad y la búsqueda de distinción entre Estado y sociedad favorece, en cierta medida, la relegación de lo espiritual o religioso a lo privado.

Pero la publicidad de la religión judía por parte de Milei pone más tensión en las instituciones liberales que en las religiosas. El presidente “libertario” recurre constantemente a los diez mandamientos para censurar conductas que considera inmorales, como por ejemplo robar o matar, y declara consultar constantemente a su rabino para tomar decisiones. El mundo privado de Milei entra en escena cuando declara guiar sus acciones políticas con un compás religioso.

Uno de los interrogantes que se abren a partir de la nueva presencia pública del judaísmo en la política argentina, y que preocupa a muchos miembros de la comunidad, es sobre las consecuencias de una asociación del judaísmo con ciertas medidas en materia económica que no necesariamente hacen justicia a la religión e identidad judía. El judaísmo, de más está decirlo, no prescribe políticas económicas neoliberales, ni puede la Torá ser leída en “clave económica” e ignorar la importancia de la tzedaká.

Finalmente, las preguntas que surgen de la filiación pública de Milei con el judaísmo son por el rol de la religión en la política. Argentina, un país mayoritariamente católico, tiene una larga trayectoria de afinidad entre gobernantes y ministros religiosos. El judaísmo aparece como rara avis en el contexto político argentino, y Milei parece abrazar esta particularidad y utilizarla para distinguirse de lo que llama la “casta” política. Sin embargo, los votantes de Milei no profesan necesariamente esta fe, y cuando las políticas públicas comiencen a recrudecerse e implicar a aquellos que componen su electorado, cabe preguntarse por los discursos que circularán en ese momento en torno al judaísmo del nuevo presidente.