En una nota publicada en este mismo medio, hace ya un tiempo, afirmaba lo siguiente:
“La cosmovisión jabadiana contiene elementos que pueden producir tensiones con el ethos de la Nueva Derecha o con ciertas perspectivas radicalizadas. Por ejemplo, el componente comunitario pone límites al individualismo extremo ensalzado por los «libertarios»”[1].
Es claro que, a la luz de los acontecimientos, esta aseveración debería ser revisada. No porque esta tensión deje de ser operativa sino porque, es evidente, no resulta en un impedimento para que un libertario decida emprender una búsqueda espiritual en el marco de una religión que, en sus fundamentos, no tiene nada de libertaria, ni siquiera de liberal. Desde ya, el ambiente liberal resulta óptimo para el desenvolvimiento de las religiones no liberales, al mismo tiempo que los procesos de individualización, suficientemente estudiados en la sociología de la religión, son las condiciones de posibilidad de las conversiones -incluso las que van del judaísmo laico hacia el ortodoxo- que sustentan el crecimiento de estas religiosidades.
La ortodoxia concibe al pueblo judío como un organismo donde el funcionamiento de cada órgano o miembro, es decir, cada individuo judío, repercute en el estado general del organismo. Si yo dejo de comer casher o no cumplo con los preceptos de shabat o pureza familiar, produzco efectos negativos en la totalidad del pueblo judío. La misma idea de una libertad asociada a un individuo que puede ejercerla siempre y cuando no afecte al prójimo, carece de sentido cuando las personas están sumergidas en una entidad colectiva y cuando cada acto individual, incluso el más mínimo, no puede dejar de afectar al organismo en su conjunto.
Pero todo esto es hilar muy fino. Una cosa son las identidades en el papel, donde pueden reclamar coherencia interna, y otra cosa son las identidades tal como son vividas por los sujetos. Este último es el escenario de la imperfección y las “incoherencias”. Cada individuo se relaciona con lo religioso desde su propia subjetividad, seleccionando ciertos elementos de esa religiosidad por sobre otros. En todo caso, corresponderá al propio Javier Milei administrar las tensiones que pueda llegar a percibir, si es que las percibe, entre su identidad anarcocapitalista y esa identidad judía ortodoxa que reclama. O quizás construya una amalgama entre Rothbard y Schneerson. O quizás no haga nada de todo esto.

¿Nos importa lo que hace Milei con su religiosidad? Lo que realmente importa es cómo se inscribe lo judío, expresado a través de una de sus posibles facetas, en el proceso de producción de la identidad política libertaria. Si nos interesamos en cómo Milei se vincula con el judaísmo es porque el mismo Milei inscribió lo judío en el espacio público a través de la simbología de su campaña electoral. Y si, para muchos, este vínculo entre el libertarianismo de derecha y lo judío resulta plausible, entonces tenemos el derecho de preguntarnos por las condiciones de posibilidad de esta plausibilidad. Estamos muy lejos de esos momentos históricos, o quizás míticos, en que lo judío se asociaba con la izquierda. Si el sonido del shofar puede insertarse en el mismo espacio semántico que el revisionismo en torno a la dictadura cívico-militar, tenemos todo el derecho de preguntarnos cuáles son las representaciones sobre lo judío que circulan entre un sector de la sociedad.
El mito de la edad de oro
Lo judío se inscribe en el proyecto libertario a partir de su vertiente ortodoxa pero sin que ésta quede circunscripta a una única corriente. Encontramos tanto la faceta racional de lo judío expresada en los estudios con el rabino Wahnish como la faceta mística expresada en la visita al Ohel del Rebe de Lubavitch. Otra comunidad ortodoxa visitada por Milei es la Hevrat Pinto, donde recibió la bendición de David Pinto. En dicha bendición, al desearle a Milei que llevara al país a lo que había sido “antes”[2], el rabino reprodujo uno de los mitos no del judaísmo sino del liberalismo: el mito de la edad de oro de lo que algunos denominan como “Argentina potencia”, cuando el modelo agroexportador producía riqueza y conventillos.
Otro de los vectores de inscripción de lo judío en el libertarianismo parece haber sido Carlos Maslatón, quien habría regalado a Milei La historia de los judíos de Paul Johnson, un escritor que recibe también la admiración de Alberto Benegas Lynch (h)[3]. Maslatón dice que la referencia a “las fuerzas del cielo” fue tomada de escritos suyos. Esta se encuentra en el libro de los Macabeos, pero para Maslatón no resulta un vector de inscripción en la religión sino una frase motivadora que, por otro lado, él habría visto que utilizaban las Fuerzas de Defensa de Israel[4]. Cuando el 8 de febrero de 2022 Maslatón publica que Milei es macabeo, hace referencia, en sus propios términos, a una batalla real ganada por el pueblo judío[5]. No hay religiosidad en esto. El ritual central de Jánuca remite al milagro del aceite antes que a una guerra de guerrillas.
¿Otra vez el comunismo?
Hemos hecho referencia a potenciales tensiones entre el anarcocapitalismo y la ortodoxia judía. Pero también hay zonas de confluencia. Aquí es donde, en mi opinión, el imaginario político entra en juego. La ortodoxia judía y el libertarianismo se inscriben en un relato de memoria en el que se representan a sí mismos como heraldos de la batalla cultural contra el comunismo. ¿Cómo… otra vez el comunismo? Te juro que sí.
Es sabido que la ortodoxia judía ha experimentado un proceso de revitalización. Se ha escrito lo suficiente sobre esto. Ahora bien: ¿cuál es el relato que esta misma ortodoxia produce acerca de su revitalización? A grandes rasgos, se puede resumir en la idea de que los judíos estaban alejados del judaísmo, motivados por ideologías de izquierda, pero los ortodoxos lograron revertir esta tendencia. El proceso denominado de “teshuvá” contiene una dimensión política interpretada en clave espiritual. La victoria de lo que algunos conciben como el judaísmo “auténtico” es una victoria sobre una izquierda que habría pervertido lo judío.

Los seguidores del Rebe Menajem Mendel Schneerson, cuya tumba visitó Milei tras ganar las elecciones, interpretan la caída de la Unión Soviética en clave mesiánica. Esto es explicado en la biografía sobre el Rebe escrita por Samuel Heilman y Manachem Friedman. Allí se cuenta que el Rebe le había informado al científico ruso Herman Branover, allá por 1985, cuando la URSS parecía invencible, que el imperio soviético caería pronto. La transmisión, años después, de un mensaje del Rebe a través de una pantalla en la Plaza Roja, durante el encendido de las velas de Jánuca y con la ex Banda del Ejército Rojo interpretando una canción lubavitcher, fue percibida como un signo de la victoria del Mesías sobre el “imperio del mal”[6].
Religión y política no son cosas separadas. La religión, además de sus textos sagrados y su corpus de leyes, contiene imágenes que producen sentido acerca del pasado reciente. Las religiones nos hablan de Dios, ciertamente, pero no sólo de eso. A través de las biografías de sus líderes y de los relatos de las vicisitudes atravesadas por las comunidades de creyentes, producen memorias contenedoras de significaciones políticas.
El anticomunismo no es un elemento decorativo del judaísmo ortodoxo. En mayor o menor medida dependiendo de la comunidad de la que se trate, es un elemento constitutivo. Aprender a ser un judío ortodoxo comprende incorporar un conjunto de imágenes que reenvían a una representación negativa de la experiencia comunista. Sumado a su conservadurismo moral, produce un terreno fértil para su articulación con ideologías políticas de derecha para las cuales el comunismo no es un hecho del pasado sino una fuerza que opera en la actualidad a través de la así llamada “ideología de género” o del adoctrinamiento en las universidades públicas. Ciertamente, otras religiones comparten esta matriz de significaciones y otros elementos de lo judío, como se explica en la nota a la que me referí al comienzo, habilitan canales de comunicación con las derechas. No hay nada determinista en el encuentro de lo judío con las derechas, pero sí hay lenguajes y memorias que permiten producir los puntos de encuentro entre los mundos religioso y político.
*Sociólogo, investigador del CONICET
[1] https://nuevasion.com.ar/archivos/32232
[2] https://www.youtube.com/shorts/SDumR_7pq9g
[3] https://www.lanacion.com.ar/opinion/paul-johnson-el-historiador-por-excelencia-nid27012023/
[4] https://www.youtube.com/watch?v=Q5Etsx8WGrM&t=1366s
[5] https://twitter.com/CarlosMaslaton/status/1491057059076657153
[6] Heilman, Samuel y Friedman, Menachem (2010) The Rebbe, Princeton University Press, página 207.