Ninguna sociedad puede observar inerme un ataque sangriento de las características del asestado por Hamas a los poblados del sur de Israel.
Para el gobierno derechista de Israel fue la ocasión para reafirmar la biblia del anexionismo israelí: “no hay con quien hablar”, “son todos potenciales asesinos”, “no se puede convivir con ellos”, “¿qué podría ocurrir si tuvieran un Estado soberano?”, etc. A su vez, un oficial militar de Hamas, entrevistado por la BBC, negó que su organización haya matado civiles: “son colonos”, señaló. Basta ese concepto para aclarar que, para su organización, todo israelí es un colono, y por lo tanto sujeto de asesinato.
Hamas logró unas semanas de popularidad entre parte de la población palestina, y gran repercusión internacional a costa de provocar una reacción militar que dejó en ruinas una parte de la Franja. Seguramente el objetivo político de la provocación fue considerado más importante que el tremendo costo humano afrontado por los gazatíes, que no tienen acceso a los profundos túneles construidos meticulosamente durante años, en los cuales está atrincherada la organización militar.
Ya a los 3 días de iniciados los bombardeos, la prensa internacional informó que los hospitales de Gaza empezaban a reportar la falta de insumos críticos. Impresiona la brutal desproporción entre la planificación meticulosa de la operación de agresión, la infraestructura militar construida junto con la logística para el lanzamiento de cohetes en cualquier circunstancia, y la falta absoluta de medidas de protección y cuidado de la población civil.
Hamas consiguió que se congelara transitoriamente el acercamiento entre Arabia Saudita e Israel, que involucra negocios geopolíticos y económicos de largo aliento. Y puso sobre la mesa el tema palestino, con su realidad de flagrante desigualdad de derechos civiles y políticos en la Cisjordania ocupada, tema de nula importancia hoy en los juegos de poder de los bloques globales. Son confusas las pistas sobre la conexión con una voluntad explícita iraní de iniciar una escalada. Irán ha señalado a través de unos de sus líderes que ellos no habían sido informados sobre el ataque que se preparaba, y el partido militar pro iraní Hezbollah, de fuerte presencia en el Líbano, también sostuvo su ignorancia sobre lo que Hamas estaba tramando.
La reacción israelí fue la declaración de guerra y la eliminación de auto-restricciones políticas que operaron en otras confrontaciones con Hamas: los civiles usados como escudos humanos por las milicias de Hamas no fueron en esta ocasión una limitación para las operaciones necesarias para destruir al enemigo, lo que llevó a un enorme costo en vidas civiles palestinas.
Así lo plantearon tanto el gobierno israelí como la mayoría de los medios de comunicación y numerosos militares y expertos: “hay que ir a fondo” en una operación militar que destruya a la organización Hamas, recupere los cientos de ciudadanos israelíes secuestrados y escondidos en túneles de dificilísimo acceso, y erradique a cualquier fuerza hostil con capacidad de agresión militar de la Franja de Gaza de aquí a futuro.
La intervención norteamericana
La diplomacia estadounidense reaccionó con la velocidad del rayo al escenario que planteó la masacre del 7 de octubre. El presidente Biden voló en persona a una zona que ya se encontraba en guerra, en la cual volaban misiles desde Gaza y desde el Líbano sobre territorio israelí, para plantear el apoyo norteamericano, pero sobre todo para contener y direccionar la respuesta israelí. El secretario de Estado Blinken arribó en varias oportunidades a la zona, manteniendo ruedas de negociaciones con numerosos actores, defendiendo el principio de igualdad de la vida de los niños israelíes y palestinos, y haciendo manifiesto el seguimiento permanente de la situación desde la Casa Blanca, en tanto las fuerzas armadas norteamericanas hacían un despliegue de portaviones y personal militar altamente pertrechado en disposición de combate.

Esa actitud decidida a la acción fue sin duda un elemento determinante, altamente disuasivo, frente a un escenario regional muy volátil, en el que todas las condiciones estaban dadas para una escalada peligrosísima.
Grupos afines a Irán operan en Siria, Irak y Yemen, y están en condiciones de atacar militarmente si así se los ordenaran. Podrían así potenciar la amenaza sobre Israel de los 150.000 cohetes y misiles, una enorme cantidad de ellos de extrema precisión, con que cuenta Hezbollah para machacar el territorio y la infraestructura israelí. Evidentemente Irán decidió desechar el “convite” de Hamas, y desescalar la situación, ya que los grupos controlados por la República Islámica, incluido Hezbollah, no fueron activados para lanzar una guerra total contra los israelíes.
El peligro para todos los Estados involucrados no es menor: Hezbollah, que opera en el norte de Israel, es mucho más poderoso militarmente que Hamas, y hubiera podido ejecutar un ataque similar al del 7 de octubre pero a un nivel superior, más destructivo y penetrando más profundamente en territorio israelí.
Una operación de tales características hubiera podido decidir a los israelíes a usar todo su poderío para destruir infraestructura en todo el Líbano, llevando al país al caos y a la confrontación interna contra Hezbolláh, que no representa ni la opinión ni los intereses de la mayoría de los libaneses. A su vez la destrucción parcial del Líbano y del Hezbolláh, si se encaraba un ataque militar masivo sobre territorio israelí, podía dar pie a una intervención directa iraní en esa escalada, o a un ataque contra Irán, de parte de Israel o de Estados Unidos, en represalia. Hay que entender la lógica de la situación global: Estados Unidos no puede permitir que ningún aliado estratégico sea destruido gratuitamente, sin actuar, ya que pondría en riesgo su propio poder disuasorio a escala global.
A esa altura de las cosas, nadie importante en el escenario mundial podría mantenerse ajeno a los acontecimientos. Por lo pronto, se complicaría severamente el área del Golfo Pérsico, y los temores que desataría semejante crisis bélica arrojarían a la volátil economía internacional a una nueva caída. Es importante señalar que las autoridades iraníes tampoco quieren ver su propio territorio arrasado, o destruida el área petrolífera que suministra buena parte de los recursos del país.
Por todas esas consideraciones, Estados Unidos se movió a toda velocidad, y lo sigue haciendo, para contener y regular la ofensiva israelí. Permitió unas semanas de fuerte reacción militar en las cuales no se consiguió la “liquidación” de Hamas pero, luego del intercambio de rehenes secuestrados por prisioneros de las cárceles israelíes concretado hace pocas semanas, ha dejado en claro al gobierno israelí que la cantidad cotidiana de muertes de civiles palestinos producto de los bombardeos no pueden continuar escalando, que se debe permitir la entrada de ayuda humanitaria a la zona, y que se deberá desembocar al fin de la confrontación en una fórmula política que dé alguna respuesta al reclamo de estatalidad palestina.
La doble imposibilidad
¿Qué quiso hacer Hamas? Sabe que no puede derrotar a Israel por la vía militar con 30.000 hombres insuficientemente pertrechados, pero en cambio es capaz de generar un hecho atroz que por su dinámica lleve al involucramiento de otros actores más poderosos, que le hagan pagar a los israelíes un alto costo en vidas, en infraestructura y en la moral de su población, además de deteriorar seriamente su imagen internacional y en la propia sociedad norteamericana. En la Carta Fundacional de Hamas se proclama que el objetivo de la organización es la destrucción de Israel, y se señala que la solución del conflicto no es política, sino religiosa…
En todo caso, el cálculo político falló: la masacre realizada no fue un detonante de una guerra regional que pusiera en riesgo la supervivencia del Estado de Israel, Hamas no recibió apoyo contundente -salvo gestos militares más simbólicos que efectivos- de sus potenciales aliados, y creó las condiciones de una intervención mayúscula -por tierra- de los israelíes, que están tratando de desbaratar su organización y su control de la única zona que gobiernan. Los padecimientos del pueblo gazatí en este momento son indecibles, y no pueden separarse del tipo de acción política militar que decidió ejecutar Hamas.
El gobierno de Netanyahu, a su vez, puso como objetivo algo que no podrá cumplir, que es la erradicación de Hamas. Podrá derrotar en parte a su brazo militar, pero la organización existe en toda la calle palestina ejerciendo influencia política y cultural, y no puede ser erradicada por medios militares.
Los tiempos de la operación militar en la Franja se están agotando, e Israel no logró derrotar al grueso de las milicias de Hamas, ni capturar a quien planificó la operación del 7 de octubre.

Vale señalar que si se lograra detener o matar a Yahya Sinwar, el jefe militar de Hamas, tendría un valor simbólico vinculado a cuestiones emocionales de alto impacto en la población israelí, pero no constituiría una victoria política significativa, ya que Israel ha “descabezado” varias veces a Hamas sin poder impedir que surjan nuevos líderes políticos y militares de ese grupo. Es sorprendente que la dirigencia israelí le siga “vendiendo” a la población este tipo de ejecuciones de dirigentes fundamentalistas como “victorias” que conducen a alguna situación de paz.
Los grupos más derechistas de la sociedad israelí han aprovechado el desastre del 7 de octubre para plantear que todos los palestinos son como Hamas, y que se debe proceder ya a la anexión de los territorios ocupados y a eventuales desplazamientos poblacionales (¿hacia el Sinaí egipcio, hacia Jordania hashemita?). Los colonos de Cisjordania, tomando la ley en sus manos, han multiplicado sus acciones vandálicas contra la población palestina.
La propaganda oficial israelí insiste hace décadas en desentenderse del problema del Estado Palestino, y es público y notorio que Netanyahu ha apostado al debilitamiento de la Autoridad Nacional Palestina mientras permitía que los fondos provenientes de Qatar le dieran supervivencia a la dictadura de Hamas en la Franja de Gaza. La idea miope de fomentar la desunión palestina y promover a los “locos” para debilitar a los negociadores parece haber entrado en crisis. Todas estas tácticas políticas retorcidas son el producto de insistir en la negación de los derechos palestinos, establecidos por Naciones Unidas en 1947.
Pareciera que el peligro real de un estallido de dimensiones mundiales en la región ha convencido a los norteamericanos de que no pueden seguir una línea diplomática que marcha detrás de los gobiernos derechistas israelíes –en definitiva, detrás de los colonos anexionistas-, porque se está poniendo en riesgo un sistema de relaciones regionales fundamental para la tarea suprema del momento para los Estados Unidos: la contención de la influencia china en todas las regiones del planeta.
Pueden verse ya cambios en la posición norteamericana en relación a la solución del problema palestino. El ex presidente Barak Obama expresó recientemente una clara “autocrítica” demócrata en relación a la pasividad estadounidense frente a la política israelí de “diluir” el tema palestino. Hace pocos días la Casa Blanca tomó la significativa decisión de negar la visa a los colonos israelíes que hayan ejercido actos de violencia en contra de la población palestina. El presidente Biden sugirió hace pocos días que Netanyahu debería hacer cambios en su gobierno. Estados Unidos parece comprender que un gobierno con varios ministros extremistas, mesiánicos y aventureros puede generar una situación ingobernable para los intereses globales norteamericanos.
Entre el río y el mar
En el territorio que va del Jordán al Mediterráneo viven aproximadamente 14 millones de personas, de las cuales 7 millones son judías y 7 millones árabes, además de otros minorías religiosas y culturales. 9 millones de ellos son ciudadanos del Estado de Israel, y 5 millones habitan en Gaza y Cisjordania, que no pueden considerarse un Estado con todos sus atributos.
Hay hoy, en este momento, numerosas iniciativas, tanto israelíes como palestinas, floreciendo, en especial en relación a la convivencia humana entre árabes y judíos. Por supuesto que la gran prensa internacional está más interesada en las imágenes sangrientas que en los heroicos esfuerzos de gente común por revertir el clima de masacre.
Lo cierto es que es imposible negar la existencia de los otros, a pesar de que las escenas vistas en Israel y en Gaza desde el 7 de octubre podrían alimentar largas décadas de infinita sed de venganza.
Israel no puede aceptar al otro lado de la frontera a una organización armada cuya ideología justifica y festeja la realización de un pogrom antijudío, considerando una tremenda masacre como algo totalmente normal.
La población de Gaza no puede seguir viviendo en las condiciones en las que venía viviendo, que hoy se han desmoronado por completo. Hay que proceder a una rápida reconstrucción, previendo opciones de progreso para su población y de reconstrucción del pluralismo palestino, hoy subsumido en la competencia por quien es capaz de arrojar más misiles sobre la población israelí.
El Pueblo Palestino como un todo debe acceder finalmente a su Estado, en el que pueda desarrollar su cultura y sus capacidades, abandonando la idea de la destrucción militar de Israel, porque esa opción estratégica implicaría continuar apostando a un escenario de aniquilamiento mutuo.
Las heridas y los odios que dejan estos episodios son incurables.
Pero no deben ser olvidados los avances que se consiguieron en su momento con los Acuerdos de Oslo y otras cumbres en las que se llegó a negociar casi todos los temas más sensibles del conflicto, y que fueron prolijamente boicoteados por Hamas y los extremistas israelíes, responsables del asesinato del primer ministro Rabin.
La mejor política, aquella orientada por los valores humanos fundamentales y universales, tiene la obligación de poder pensar los temas desde otra perspectiva, ¿cómo garantizar la vida, la dignidad y el bienestar de los 14 millones de habitantes de esta hermosa e infernal región?