Asunción y primeras medidas del nuevo gobierno

La conjura contra el pueblo

Con una fuerte legitimidad electoral, el domingo 10 de diciembre pasado asumió la presidencia el mediático Javier Milei. Quienes acompañaron el evento ese día en las calles lo vitorearon eufóricos al grito de “No hay plata” y “policía, policía”, enarbolando así las banderas del ajuste y la represión. No hubo engaño alguno: el candidato ultraderechista lo prometió en campaña. Lo que no explicitó (o directamente falseó) fue a qué actores sociales proponía ajustar y reprimir. En su primera semana de gobierno, los funcionarios designados Caputo y Bullrich despejaron el humo libertario, dejando ver un programa de contracción feroz de los ingresos populares, bajo un orden represivo dispuesto a todo para asfixiar la protesta social.
Por David Suárez

El vértigo de los acontecimientos eclipsó el hecho de que el domingo de la asunción presidencial de Milei, nuestra sociedad celebraba cuatro décadas de orden democrático continuo, algo que las generaciones pasadas jamás hubieran imaginado. Imponiendo su presencia mediática -porque hay que reconocer que es un maestro en el manejo de su imagen ante las cámaras de televisión-, Milei tomó el bastón de mando con sus perritos cincelados en la empuñadura de plata, para dirigir los destinos del país. La asunción de un nuevo presidente es, sin lugar a dudas, su momento de mayor popularidad. En ese acto deja de ser el portavoz de una parcialidad política y social para convertirse en el representante del interés general de la sociedad toda. Y sobre él se depositan las esperanzas colectivas de un futuro mejor.

El peor presente

Dos días después de la jura, el ministro de economía designado por Milei, el financista Luis Caputo, anunció un conjunto de medidas que no dejan lugar a dudas sobre la naturaleza del orden económico que impondrá el nuevo gobierno: devaluación de más del 100%, eliminación de los subsidios -y consecuente incremento- a las tarifas y los transportes, supresión de todo mecanismo de control de precios, y la cancelación de la obra pública, entre las más destacadas. Se prevé también la derogación de la ley de alquileres, la liberación de precios de alimentos y combustibles  -los cuales ya han experimentado subas exorbitantes desde la victoria en el balotaje-, el congelamiento (y licuación contra la inflación) de los sueldos públicos, jubilaciones y pensiones, y la eliminación del instituto de la negociación paritaria como mecanismo para acordar el valor de los salarios en cada rama de actividad. Los efectos inflacionarios y recesivos de estas medidas son más que previsibles. No se anunciaron, al menos hasta el momento, mecanismos compensatorios para la esperada caída de los ingresos de los más pobres (salvo el incremento de la AUH y la tarjeta Alimentar). Lo que el nuevo gobierno hizo -y de un solo saque- es operar una potente y poco disimulada transferencia de ingresos desde los sectores medios y bajos hacia los sectores más concentrados de la economía. Y para quienes protesten por la baja del salario real fruto de la política de shock, la ministra de seguridad Patricia Bullrich plantea un esquema represivo sin pudores ni consideración hacia las necesidades de la población que más afectada se verá por las medidas económicas decretadas. Sólo palo por el palo mismo.

Primero hay que saber sufrir

El ajuste se legitima, desde la perspectiva libertaria, a partir de relatos religiosos: un diluvio universal que ponga fin a la degradación humana y funde un nuevo mundo; el tránsito penoso por el desierto hasta encontrar, por fin, la tierra prometida por Dios; la bienaventuranza de los pobres, pues de ellos será el reino de los cielos… Sólo por la promesa de estabilización de los precios que hoy se encuentran desbocados, un trabajador podría aceptar y convalidar una política que reduzca dramáticamente sus ingresos, y con ello su capacidad de adquirir los bienes necesarios para alimentar y dar cobijo a su familia. De acuerdo con las doctrinas que guían a Milei, es necesario destruir las instituciones estatales que imponen la regulación sobre el mercado porque, dejado a su libre albedrio y competencia, podrá potenciar el desarrollo de las fuerzas productivas con una distribución del ingreso acorde a las capacidades y aptitudes de cada individuo. En algún momento en el futuro la variación de los precios podría desacelerarse a partir de la imposibilidad de realizar los productos en la esfera mercantil por inexistencia de la demanda, deprimida por la caída del salario real. Se tratará de una estabilidad con una nueva estructura de precios relativos, sobre todo el salario que quedará virtualmente pulverizado. Se dice que hay dos formas de tratar a un enfermo: o se lo cura, o se lo mata. Y una economía sin demanda es una economía que podría exhibir baja o nula inflación, o eventualmente deflación: se tratará de una economía muerta.

¿Qué se votó?

Milei nunca ocultó su credo ideológico contrario a toda regulación estatal, ponderando la relación mercantil por sobre cualquier otro modo de interacción humana. Bajo esa alucinada lectura ve comunistas por todas partes: desde Horacio Rodríguez Larreta hasta Axel Kicillof. Tampoco dejó de señalar cuáles eran, a su juicio, “los enemigos de la libertad”: una “casta de políticos” que, en función de sus privilegios, parasitarían con “impuestos confiscatorios” a los “argentinos de bien”, entendidos como aquellas personas que trabajan para ganar su sustento ofreciendo bienes y servicios socialmente necesarios a precios competitivos. Su elección como presidente constituye una anomalía: ¿Acaso la sociedad argentina, paradigma del desarrollo con justicia social durante el siglo XX, se ha derechizado?; ¿Es posible afirmar que el “voto bronca” contra el gobierno saliente -y eventualmente el gobierno de Macri- fue determinante para conseguir el favor popular?; ¿O fueron otros los factores -como la alta visibilidad mediática y utilización hábil de las redes sociales por parte del economista iracundo, el auge de ideas conspirativas y paranoicas que encontraron en la pandemia un suelo fértil para arraigar y florecer, o la reacción ante el avance de un conjunto de derechos sociales cuestionados por un sector de la población- lo que fueron conformando un sentido común favorable a las ideas “novedosas” de la ultraderecha local?. Un cúmulo de razones pudo haber permitido el control del Estado por parte de un gobierno que pretende la supresión de la potencial intervención estatal sobre los intereses concentrados. Es probable que haya una correlación directa entre la insatisfacción respecto a la capacidad del sistema democrático para resolver los problemas de la población y el voto a un outsider mediático como Milei. Si el sistema político en su conjunto pudiera resolver las necesidades de amplios sectores de la población, las propuestas mesiánicas anarco-libertarias no superarían el voto marginal que obtiene el neonazi Alejandro Biondini.

Una crisis mil veces anunciada

Resulta insoslayable la influencia de los medios tradicionales y de las nuevas tecnologías de la información en la percepción de la realidad. De hecho, puede decirse que para amplios sectores de la población, el medio es la realidad. Un meme termina por explicar todo, sin necesidad de profundizar más allá de la mofa o la crítica que proponga esa rudimentaria imagen. Sometidas a un bombardeo cotidiano, las personas se sienten interpeladas para responder con experticia sobre cualquier tema. Hace poco más de tres años, el debate público giró en torno a las tecnologías para producir vacunas efectivas contra el COVID-19… ¿Por qué no habría de suscitarse una disputa similar alrededor de los problemas macroeconómicos de nuestro país? En este sentido, la estructura, funciones y gasto del Estado, los subsidios al consumo popular (porque los subsidios al capital concentrado son virtualmente invisibles para las mayorías), los mecanismos de propagación de la inflación, la centralidad del mercado interno en la dinámica social y laboral, y los riesgos de la financiarización absoluta y la extranjerización de la economía, fueron tópicos “plebiscitados” en las últimas elecciones. Queda claro que nadie votó para estar peor, ni nadie votó creyendo que el “ajuste” era “algo malo”, sobre todo si era ejecutado contra una “casta perversa” por un “presidente libertador”. Pero aquí y ahora, las consecuencias están a la vista: el ajuste propuesto recae sobre el pueblo que, esperanzado, votó a Milei. El tiempo permitirá mejor evaluar el daño social que las medidas provocarán, y las resistencias que no se harán esperar cuando cada vez más familias registren pasivos en sus presupuestos.