Exigir que la guerra termine, ¿implica ser anti israelí?

Desde los ataques demoledores a la infraestructura civil en Gaza que causaron la muerte de miles de civiles (más de la mitad, niños), en sectores de la sociedad civil israelí y también entre judíos de la diáspora se escuchan críticas por la invasión letal de Tzahal en ese territorio. Pero el consenso en Israel de medios y redes sociales que apoyan la guerra aún sigue alto, pese a que todos los días crecen las protestas de familiares de los rehenes exigiendo el alto el fuego para negociar la liberación de sus seres queridos. En Estados Unidos, rabinos y grupos de judíos pacifistas no afiliados a instituciones comunitarias van más allá, exigiendo no solo un alto el fuego en Gaza: también demandan que Israel termine la guerra y se retire de los territorios palestinos en Cisjordania.
Por Leonardo Senkman (desde Jerusalén)

Cientos de judíos, con grandes pancartas, protestaban el 19 de noviembre del 2023 ante el Capitolio en Washington para exigir el alto el fuego entre Israel y Hamas. Durante la protesta, los manifestantes vestían remeras con las leyendas «No en nuestro nombre» y «Los judíos decimos alto el fuego». La protesta fue convocada por las organizaciones progresistas judías If not now y Jewish Voice for Peace, que habían liderado días antes un acto similar ante la Casa Blanca; parte de la protesta tuvo lugar dentro del edificio Cannon, bloque aledaño a la sede principal del Capitolio. Los cuerpos de seguridad detuvieron a cientos de manifestantes sentados en el suelo. A las afueras, otro grupo gritaba consignas contra Israel y su Primer Ministro, Benjamín Netanyahu.

Varias semanas antes de Jánuca, más de 40 rabinos estadounidenses también se manifestaron frente al Congreso para exigir un inmediato cese del fuego y expresar su dolor e indignación por las víctimas de ambos lados de la frontera.

Recientemente, en la última noche de Jánuca, miles de estadounidenses encendieron la octava vela de la Fiesta de las Luminarias para exigir a Israel un cese del fuego inmediato en Gaza.

En una fría tarde de diciembre, un grupo de rabinos en Filadelfia encabezó una columna de cientos de manifestantes que reclamaban el fin a la guerra en Gaza, mientras bloqueaban el tráfico en hora pico sobre un puente con mucho tránsito a fin de que su mensaje pacifista fuera escuchado.  

La ceremonia y la manifestación fueron organizadas por Jewish Voice for Peace (J. V. P.) y Rabbis for Ceasefire, junto a una coalición de grupos multirreligiosos y multiétnicos. También hubo manifestaciones similares en Atlanta, Boston, Chicago, Minneápolis, Portland, Seattle y Washington D. C., mientras el número de muertos en Gaza alcanzaba casi a los 19.000.

Poco antes de la hora pico, los manifestantes entraron en la Interestatal 76 y se bajaron de sus coches para bloquear el tráfico. Después de que la policía dispersó a muchos manifestantes y arrestó a varias docenas, un grupo se ubicó en el puente Spring Garden Street y enseguida avanzó hacia las escaleras de entrada del Museo de Arte de Filadelfia, coreando las consignas de sus carteles: «Dejen vivir a Gaza» y «Alto el fuego ahora».

​Alissa Wise, rabina del consejo rabínico de J. V. P. y fundadora de Rabinos por el Alto el Fuego, repetía: «La forma de celebrar Jánuca este año es alterar la normalidad».

Dos de los grupos organizadores actúan desde hace años: la citada Jewish Voice for Peace, una agrupación intergeneracional y multiétnica fundada en 1996 que cuenta con el mencionado consejo rabínico; la visión del otro grupo, Red Havurah, apunta a: «Un mundo donde todas las personas, desde Estados Unidos hasta Israel y Palestina, vivan en libertad, justicia, igualdad y dignidad». Más tarde aparecería If Not Now, movimiento de jóvenes judíos surgido en respuesta a la guerra de Israel en Gaza en 2014. Hoy su objetivo es movilizar a la comunidad judía «para poner fin al apoyo de Estados Unidos al sistema de apartheid de Israel y exigir igualdad, justicia y un futuro próspero para todos los palestinos e israelíes». Por último, Judaism on our own terms, conocida antes como Open Hillel, es una red de «comunidades judías independientes, radicalmente inclusivas, dirigidas por estudiantes y con espíritu de justicia»; su red opera en los campus universitarios, comprometida con la idea de permitir «significados y realidades alternativas del judaísmo […] libres de los dictados del legado de instituciones que nos limitan y distorsionan el judaísmo».

El rabino Brant Rosen de Los Ángeles predicaba a los manifestantes que ante ellos se desarrollaba «uno de los momentos morales más trascendentales que cualquiera de nosotros experimentará en toda la vida». Advertía que las generaciones futuras se preguntarían: «¿Actuamos o nos quedamos de brazos cruzados mientras se cometía un genocidio en nuestro nombre?».

Algunos asistentes contaron al periodista de The Guardian que sus correligionarios, o incluso familiares, cuestionaban su judaísmo por su antipatía hacia Israel. «Me han llamado judía que se odia a sí misma y me han escupido muchas veces», dijo Phoebe, de 61 años, una música de Alexandria, Virginia, que ocultó su apellido y dijo haber visitado Israel cuatro veces. «Mi hermano y su familia viven en Israel. He causado enormes divisiones en mi familia; es realmente trágico» (Robert Tait, «Hundreds arrested as US Jews protest against Israel’s Gaza assault», The Guardian, 19/11/23).

Ahora bien: un rasgo común de estas organizaciones judías progresistas es que comparten, tras un pacifismo sincero, su inocultable antisionismo, que no logra disimular la odiosa cautela de no condenar expresamente a la Yihad (Guerra Santa) de Hamas contra la población civil israelí. Más aún, muy lamentablemente, sus pancartas no reclaman el rescate con vida de todos los rehenes de Israel. Después del ataque de Hamas el sábado 7 de octubre, el rabino Brant Rosen, cofundador del Consejo Rabínico del J. V. P., lamentaba lacónicamente la muerte de sus compañeros judíos, pero, por las dudas, de inmediato dejaba en claro que mantenía su «solidaridad con los palestinos». Los dieciocho ancianos judíos que el 14 de diciembre se encadenaron a las puertas de la residencia oficial de Biden para protestar por su apoyo «a las masacres de Gaza» tampoco priorizaron la liberación de rehenes. La pancarta contenía una sola exhortación: «Ancianos judíos a Biden: ¡Detengan el genocidio, cesen el fuego ya!» (El Mundo, 8/12/23)

La manifestación de judíos en el Capitolio fue histéricamente condenada por diputados republicanos. La representante Marjorie Taylor Greene se sumó a las voces que pedían que esos cientos de manifestantes judíos fueran arrestados y «tirados al gulag en Washington DC», exigiendo que sufrieran un trato idéntico al infligido a los insurrectos trumpistas que irrumpieron en el Capitolio en enero 2021 (Ben Samuels, «Republicans Compare Jewish Protesters Calling for Gaza Cease-fire to January 6 Insurrectionists», Ha’aretz, 19/10/23).

Indudablemente, la J. V. P. y demás asociaciones pacifistas judías despiertan sospechas en organizaciones como la Liga Antidifamación (A. D. L.), que van mucho más allá por sus críticas a Israel en la guerra en Gaza.

La A. D. L. denunció que esos activistas pertenecían a «organizaciones radicales de extrema izquierda [que] no representan a la abrumadora mayoría de la comunidad judía». En una declaración, el director regional de la A. D. L. en Washington DC dijo que los activistas eran «antisionistas que desafían el derecho mismo de Israel a existir. Seamos muy claros: el antisionismo es antisemitismo». Por su parte, David Friedman, el conservador ex embajador de Estados Unidos en Israel durante la presidencia de Donald Trump, fue más allá y tuiteó antes de la protesta: «Cualquier judío estadounidense que asista a esta manifestación no es judío. ¡Sí, lo dije!».

Ahora bien: aun sin compartir los términos de la condena de A. D. L., ales organizaciones pacifistas progresistas que solapadamente se pronuncian como anti-Israel y violenta y exponencialmente se declaran antisionistas, suscitan preguntas de la izquierda israelí. En especial, la J. V. O. P., que se ufana de ser «la organización antisionista judía progresista más grande del mundo, con más de 300.000 adherentes», y «un movimiento de base, multirracial, interclasista e intergeneracional de judíos estadounidenses en solidaridad con la lucha por la libertad palestina, guiados por una visión de justicia, igualdad y dignidad para todas las personas», según su sitio web.

Mi primera pregunta a la J. V. O. P.: ¿por qué no procuró alguna alianza táctica con grupos y personalidades pacifistas de Israel? Durante la primera semana de noviembre, 35 grupos de derechos humanos israelíes, judíos y árabes pedían un alto el fuego y la posibilidad de negociar acuerdos para liberar rehenes. Entre otros, Rabbis for Human Rights, Machsom Watch, The Parents Circle Family Forum, Women in Black y Yesh Gvul.

La carta abierta firmada por todos los grupos pacifistas israelíes también exigía que Israel frenase la violencia rampante de los colonos en Cisjordania y detuviese la persecución de los ciudadanos palestinos israelíes y de aquellos que expresan solidaridad con la población civil de Gaza, oponiéndose a la guerra. (Allison Kaplan Sommer, «35 Israeli Jewish and Arab Rights Groups Call for Ceasefire, Hostage Deal, Political Solution to Conflict», Ha’aretz, 6/11/2023)

Mi segunda pregunta a la J. V. O. P. es de orden más doctrinario: ¿había ocurrido un desentendimiento casual? ¿O se trató de una premeditada astucia diaspórica para que no cupieran dudas de que el pacifismo de los judíos de EE. UU. se inspiraría en un «auténtico judaísmo», completamente antagónico respecto del sionismo guerrero israelí?

Pareciera como si el alto el fuego y el pidion shvuim (rescate de cautivos) fuese para la J. V. O. P.  una exclusiva mitzvá milenaria del judaísmo en la diáspora, muy distante de las meras treguas israelíes —treguas nunca confiables, como la desconfianza hacia los falsos «procesos de paz», desde Oslo hasta hoy, que se entienden como «celadas» tendidas por los sionistas israelíes—.

O formulada la cuestión en clave doctrinaria: pareciera como si en un plano conceptual, Shalom (paz y concordia entre las personas, los pueblos, las ideologías y las religiones) fuese lamitzvá del judaísmo de la diáspora; en cambio, el Shalom hecho de treguas entre beligerancias fuese una hazaña hebrea de lamitzva sionista en el estado israelí.

En síntesis, tengo la impresión de que, para estos grupos pacifistas estadounidenses, Shalom se desdoblaría en dos pliegues: en la diáspora, la paz sería capaz de hacer desaparecer cualquier conflictoy vivir en ausencia de toda hostilidad; por el contrario, en el otro pliegue, en Israel, Shalom sería un contrahecho de paz astillada, condenada a estrellarse, sobreviviendo siempre en un equilibrio inestable.

Me pregunto (y les pregunto): tal divergencia, ¿se debería a que la paz sionista, desde el principio, aceptó una visión trágica de la justicia a raíz de la mitzva de defender la sacralidad de la tierra prometida bajo soberanía estatal? ¿O sería por esa fatalidad que el gran escritor israelí David Grossman confesó, al recibir el Premio Erasmus, que jamás había oído a ningún israelí afirmar que haya sido feliz en su hogar paterno?

«En mi infancia, en los años cincuenta, cuando la sombra del pasado aún pesaba sobre nuestras cabezas, la palabra ‘feliz’ no era algo que se suponía una persona debía usar en público. Recuerdo cómo me asombraba e incluso me avergonzaba escucharla en boca de otros o decirla por accidente. No creo haber conocido a una sola persona —en el círculo de amigos de mis padres— que se atreviera a afirmar, en voz alta, que era feliz.» («El corazón pensante», palabras de David Grossman en la ceremonia de entrega de los Premios Erasmus 2022 en Ámsterdam).

Que Israel finalice la guerra en Gaza, ¿ayudaría a frenar el antisemitismo en el mundo?

El monitoreo más riguroso realizado por prestigiosos institutos internacionales que miden las fluctuaciones de hechos antisemitas en el mundo ubica el punto de inflexión durante las confrontaciones militares de Israel-Gaza en los últimos veinte años.

El Observatorio Web detectó que durante los quince días en que se extendió la escalada de violencia Israel-Gaza en mayo de 2021, los comentarios y publicaciones con contenido antisemita se duplicaron en la plataforma Twitter y aumentaron en un 38% en Facebook. El impacto del conflicto fue tal que 8 de cada 10 comentarios antisemitas analizados en el 2021 hizo referencia al sionismo o Israel. Tal denuncia corrobora la misma tendencia que registraban los Informes DAIA sobre el antisemitismo que irrumpía durante operaciones militares de Tzahal en Gaza (Infobae, 5/7/23).

Mientras que estas mediciones anualmente vienen revelando la fuerte influencia del conflicto del Medio Oriente sobre el auge del antisemitismo solapado en las críticas a Israel, por el contrario, pareciera tabú examinar el impacto de ciertas políticas de seguridad de Israel sobre la seguridad de los judíos en las diásporas.

En América Latina, el letal ataque terrorista contra la AMIA en 1994 fue objeto de numerosas investigaciones sobre la ineficiencia de la justicia argentina, que hasta ahora no logró procesar a ningún criminal y tampoco establecer precisiones de la conexión externa en la responsabilidad del atentado.

Pero un aspecto particularmente descuidado en la investigación, sin embargo, ha sido ponderar en qué medida ciertas acciones de la política antiterrorista de Israel habrían tomado o no en cuenta el daño probable que sufrirían las comunidades judías debido a represalias por parte del terrorismo islámico. Tal línea de investigación se inscribe en un campo de pesquisa aún más amplio: el grado de contradicción y confrontación entre los intereses de la seguridad de Israel, como Estado soberano, y los intereses de la seguridad de las comunidades voluntarias judías en el mundo.

Vimos que el ascenso vertiginoso del antisemitismo y del antisionismo en coyunturas bélicas de Israel en Gaza ya habían sido verificados por el monitoreo anual. Sin embargo, queda aún por explorar la implicancia de ciertos operativos antiterroristas de Israel para los judíos de la diáspora en épocas de una beligerancia menos abierta.

La venganza de Hezbolá mediante su ataque letal para ajustar cuentas por el asesinato del jefe de la organización terrorista, primero contra la embajada de Israel y luego contra la AMIA, es un case study que excede los límites de la presente nota periodística. Apenas voy a resumirlo.

Las revelaciones publicadas por The New York Times (22/7/1922) en un artículo firmado por el periodista Ronen Bergman sintetizan la investigación realizada por el Mossad, que atribuyó la responsabilidad operativa e ideológica a Hezbolá en los dos atentados, el de 1992 y el de 1994.

El hallazgo más importante de su pesquisa fue que, contrariamente a lo que casi todo el mundo creía, los ataques no fueron instigados por ciudadanos argentinos ni por funcionarios iraníes en el país. Desde un primer momento, se había apuntado a una conexión local de funcionarios argentinos con simpatías ultraderechistas o neonazis. Pero la investigación del Mossad no encontró evidencia de tales incriminaciones: «Solo los operativos de la unidad de operaciones extranjeras de Hezbolá participaron en los ataques, sin ninguna participación de ciudadanos locales», concluyó.

El otro hallazgo del Mossad fue que Hezbolá había llevado a cabo los ataques terroristas en venganza por las operaciones israelíes contra la milicia chiíta en el Líbano, cuando, el 16 de febrero de 1992, agentes israelíes asesinaron a su jefe, el jeque Abbas Musawi.

Después de ese asesinato, siempre según el Mossad, Hezbolá envió a Buenos Aires a un agente de alto rango, Hassan Karaki, con un pasaporte brasileño falsificado. Ahí compró la camioneta utilizada en el ataque a la embajada. Hezbolá había empleado infraestructura secreta construida durante años en Buenos Aires y otras ciudades sudamericanas para planificar los actos terroristas. El subcomandante de la unidad de operaciones de Hezbolá, Talal Hamiyah, también llegó a Buenos Aires, donde conoció a Muhammad Nur al-Din, un libanés de 24 años que había emigrado a Brasil unos años antes y que aceptó actuar como terrorista suicida. Hamiyah abandonó la Argentina un día antes del ataque en el que Al-Din se inmoló; todos los demás agentes de Hezbolá también abandonaron el país, según el informe del Mossad. El resto de la historia ya ha sido investigado desde 1994.

Sin embargo, no se sabe demasiado, en cambio, sobre la investigación de las otras dos conclusiones del informe: por un lado, los ataques habrían sorprendido a Israel, que se ve a sí mismo como el protector de la seguridad de los judíos en todo el mundo, y demostraron el alcance global y la creciente amenaza de Hezbolá. El mayor general Uri Sagie, un ex jefe de inteligencia militar israelí que recomendó el asesinato de Musawi, había reconocido en una entrevista de 2016 que Israel no previó entonces una amenaza de represalia contra los judíos en Argentina. Sin embargo, un alto funcionario de la agencia de inteligencia advirtió a Shabtai Shavit, que era jefe del Mossad en el momento de la eliminación del jeque Abbas Musaw en 1992, del grave peligro de otro ataque contra judíos o israelíes en América del Sur, especialmente en Argentina (https://www.ynetespanol.com/global/america/article/s1lofvu3c «Investigación del Mossad revela nueva información sobre los dos atentados en la Argentina». Ynet, 22 de julio de 2022)

Ahora bien, durante la actual guerra en Gaza, la cuestión de la relación entre Israel y la diáspora irrumpe con toda su fuerza a medida que las manifestaciones masivas antiisraelíes y un antisemitismo creciente se extienden por todo el mundo.

Hoy en día, más que antes, surge la pregunta: ¿cuáles son los límites, las responsabilidades mutuas y las repercusiones de la relación Israel-diáspora?

A estas preguntas cruciales intentaron responder recientemente Shimón Stein, ex embajador israelí en Alemania, y el historiador Moshé Zimmerman, profesor emérito de la Universidad Hebrea de Jerusalén.

Ambos publicaron un artículo en el que responsabilizan a la guerra de Israel en Gaza de que, al mismo tiempo que cobra miles de vidas entre la población civil como lamentable «daño colateral», también deja a los judíos de la diáspora cautivos «del comportamiento de Israel». («Los judíos de la diáspora son rehenes del comportamiento de Israel», Ha’aretz, 19 de noviembre de 2023)

Afirman: «Los judíos de la diáspora han aprendido por las malas que, cualquiera sea su filiación o ideología política, se convierten en un saco de boxeo para los duros críticos de las acciones bélicas de Israel en Gaza, con incitaciones discursivas que desembocan en el antisemitismo. Es hora de que Israel al menos reconozca esta realidad«. (ibidem).

Ambos autores creen que Israel se niega a reconocer la peligrosa realidad a causa de la ideología sionista, por considerar que los judíos de la diáspora obtendrían beneficios secundarios de la existencia del Estado Judío:

“Israel no sólo sería el refugio definitivo para los judíos en tiempos de angustia, sino también el único centro de identificación, independientemente de su conducta. El supuesto que acompaña a esta convicción es que Israel es, a la vez, una necesidad y un motivo de orgullo para los judíos de la diáspora; por lo tanto, la identificación con Israel no sólo es evidente, sino que también confiere una auténtica ventaja a los judíos en tanto judíos”. (ibidem)

Stein y Zimmermann critican acerbamente al actual gobierno de Israel porque no acepta diferenciar entre el odio que provocan sus acciones bélicas del odio genérico a los judíos:

“En horas críticas como las actuales, surge un antisemitismo latente y abierto y la presunción de Israel de representar a todos los judíos es una bofetada en la cara a los judíos de la diáspora. Durante la guerra entre Israel y Hamas, oleadas de odio han provocado que los judíos alemanes, al igual que los judíos en otros países, se abstengan de salir de sus hogares, de usar símbolos identificables, desde kippot hasta estrellas de David, y de congregarse en instituciones judías. Particularmente grave para los judíos de la diáspora en su conjunto es el hecho de que el gobierno israelí actual —racista, nacionalista, teocrático y anexionista y que todavía se inviste del apoyo automático de todos los judíos— expone a los judíos de la diáspora a una hostilidad aún mayor que en el pasado”. (ibidem)

Para terminar y procurando responder a la pregunta que abre este segundo apartado acerca de si exigir a Israel que detenga la guerra implica o no ser anti israelí: ante todo, se trata de poder garantizar la liberación con vida de todos los rehenes que siguen secuestrados en los túneles de Gaza. Además, y compartiendo la cáustica opinión de Stein y Zimmermann, finalizar la guerra evitaría que numerosos judíos de la diáspora corrieran el riesgo de sentirse cautivos de la conducta política y militar del gobierno actual de Israel.