Momento de dolor y de decisiones

Palabras de Kevin Ary Levin en el "Shabat de Memoria y Consuelo" organizado por Tzavta, Meretz, Nueva Sion y Hashomer Hatzair.
Por Kevin Ary Levin

Comienzo esto con una confesión personal antes del análisis: unas horas antes de preparar este texto, hoy 21 de febrero, por primera vez me quebré emocionalmente dando una entrevista a un medio extranjero. En estos últimos 16 meses lo hice muchas veces, pero nunca en público. Muchas veces tuve que hablar y describir acontecimientos y realidades que me resultaban dolorosas, incluso que afectaban a personas que conocí directamente. Pero lo había podido hacer sin llorar, y en cierta forma me enorgullecía de esa entereza emocional. Hoy eso cambió, y me costó pensar por qué. Creo que para varios de nosotros, desde el 7 de octubre de 2023, nos hizo bien sentir que hacíamos algo, desde nuestro pequeño lugar, para combatir la impotencia: discutir con compañeros, publicar en redes sociales, algo que nos hiciera sentir útil. La muerte nos enfrenta a una irreversible y angustiante impotencia. La muerte de niños, mucho más.

Ahora sí, al análisis. Desde hace muchísimos meses venimos advirtiendo que la guerra se regía de acuerdo a dos objetivos que ya se había evidenciado hace tiempo eran incompatibles: terminar con Hamas y recuperar a los secuestrados con vida, todos los que se pudieran. La idea de que lo primero llevaría de alguna forma a lo segundo hace tiempo fue derribada: las condiciones particulares de encierro, la dificultad de operativos militares en Gaza sin matar población civil tanto gazatí como a los propios secuestrados, la predisposición de Hamas y otros grupos de asesinar a sus cautivos en caso de detectar el acercamiento de las fuerzas israelíes, todo esto dejó en evidencia que la única forma de recuperar a un porcentaje importante de los secuestrados con vida era mediante un acuerdo, y nada más que mediante un acuerdo. Por distintos motivos, el gobierno israelí nunca pudo borrar la idea de terminar con Hamas de su discurso oficial. Pero esa contradicción está llegando a los mayores extremos posibles, dejando ya poco margen para la ambigüedad.

Llegó el momento de decidir de forma definitiva. No es esta una discusión sobre si Hamas es cruel o no: sabemos que lo es; no se trata ni siquiera de una discusion sobre si quienes participaron del 7/10 deberían estar vivos o no. Se trata de si se priorizará a los secuestrados que quedan o no. Eso es lo que viene sosteniendo la enorme mayoría de los familiares: que por más que duela, por más que sea injusto, el precio por la libertad de sus seres queridos es alto y hay que pagarlo, porque su Estado les falló el 7 de octubre y, si les falla de nuevo, se perderán vidas y mucho más. Advirtieron también que, si se dejaba pasar tiempo, el precio iba a ser todavía más alto, y la recompensa iba a ser aún menor, porque cada vez iban a sobrevivir menos personas.

Trump, para mi sorpresa (y, aclaro, no soy fan de Trump) obligó a tomar la decision correcta: un cese al fuego y liberación de los secuestrados. A veces se puede llegar a una decisión correcta por los motivos equivocados, pero no deja de ser correcta. El acuerdo firmado tenía muchos riesgos: lo pausado, lo gradual, lo vulnerable a agujeros, y lo que estamos viendo ahora: el factor de la crueldad. Aunque la mayoría de los israelíes apoyaron y apoyan un acuerdo, cada vez que la crueldad de Hamas sale a la luz, quienes buscan boicotearlo -porque prefieren volver al combate- salen fortalecidos. Trump lo dijo ayer: Netanyahu quiere volver a la guerra. Evidentemente, siente que ahora puede.

Noto en la actualidad dos discursos que me preocupan: uno, que me resulta espantoso, que nos dice: «Estas víctimas, como Oded Lifschitz, eran de izquierda, creían que se podía hablar y hasta ‘ayudar’ al enemigo, y por esa actitud llegamos al 7 de octubre». Diré algo obvio: ni Oded Lifschitz, ni Vivian Silver, ni Alex Dancyg, ni los Bibas que no habían llegado a formar ningún tipo de identidad política, estaban en el poder el 7 de octubre, ni están ahora. ¿Les parece a quienes se identifican con el gobierno israelí que este es el momento de extraer lecciones políticas? En ese caso, me sumo: el 7/10 fue un fracaso de la derecha, que pensó que este conflicto era administrable para siempre, que Israel -teniendo superioridad militar y tecnológica- era invencible, y que efectivamente abandonó a su población fronteriza concentrando sus recursos militares en Cisjordania. Fue un fracaso de quienes declararon abiertamente que Hamas era un recurso positivo para Israel, porque mientras ellos estén en el poder en Gaza, nadie iba a presionar demasiado a Israel a ofrecer concesiones territoriales y crear un Estado palestino. No fue un fracaso de quienes sostenían hace años que era necesario construir puentes con los palestinos moderados y no debilitar a la Autoridad Palestina. No fue un fracaso de quienes, como Oded Lifschitz, venían advirtiendo que el gobierno estaba abandonando al sur y priorizando otros territorios y poblaciones por intereses políticos.

Es ahora que el legado de Oded Lifschitz, de Vivian Silver, de Alex Dancyg, de José Luis Silberman -el padre de Shiri, abuelo de Ariel y Kfir, quien hizo aliá en los setenta desde Argentina- y de tantos otros pacifistas nos llama a tomar inspiración en su camino. Fueron ellos que pusieron su cuerpo para vivir en esa zona y que siguieron creyendo en la paz. Tal vez no ahora, pero sí en el futuro. Tal vez no inmediatamente, pero sí ir construyendo, desde abajo y lentamente, las condiciones para la paz. No pienso escuchar ni al gobierno que los abandonó ni a personas que desde Buenos Aires nos dicen que estaban equivocados y que ahora se demostró su error. En todo caso, la historia los viene reivindicando. No están acá para decirnos «Te lo dije», como por estos días pretenden otros, pero tampoco creo que lo dirían si estuviesen acá, porque no hay nada que celebrar en las muertes.

La segunda expresión que me proecupa es la de las voces de venganza. Mi mayor preocupación es que la victoria de Hamas no se va a dar por la guerra, que militarmente perdieron; no se va a dar por la liberación de terroristas, que no es de por sí indicio de que se puedan reagrupar en este contexto en el que la región se mueve en su contra; la victoria de Hamas se va a dar si nos empezamos a parecer a ellos. Enfatizo que digo parecer, no a ser iguales. Nos empezamos a parecer si consideramos aceptable opinar que las muertes de inocentes sirven. Israel nunca fue ingenuo con respecto a temas de seguridad: los israelíes entendieron desde siempre que usar la fuerza para defenderse era legítimo y muchas veces inevitable, pero nunca se llamó desde el poder a la venganza. Ahora estamos escuchando voces de venganza. Es ahora que debemos escuchar y apoyar a las voces de la sociedad civil. Debemos escuchar a los residentes de Nir Oz, a la familia Bibas, a los familiares de secuestrados, que gritan desde cada espacio posible: «No queremos venganza, queremos recuperar a nuestros seres queridos. No queremos venganza, queremos enterrar a nuestros muertos. No queremos venganza, queremos que no haya más muertes».

El dramaturgo Yehoshua Sobol lo explicó mejor que yo: «Atrapados entre el horror de la muerte evitable y la necesidad urgente de salvar vidas, los israelíes nos encontramos ante dos fuerzas opuestas: el impulso a la vida y el impulso a la muerte. La masacre que los terroristas de Hamas llevaron a cabo el 7 de octubre despertó ambos impulsos en nuestro interior, y desde entonces han estado en conflicto. El afán de vivir nos obligó a rescatar a todo aquel que pudiéramos, a compensar el abandono del sur con una abrumadora ola de movilización civil: para apoyar, para reparar, para sanar, para tender una mano. Al mismo tiempo, la masacre encendió la pulsión de muerte: el deseo de matar, de aniquilar, de borrar del mundo a quienes llevaron a cabo la atrocidad. Cuando el liderazgo político israelí priorizó la derrota del enemigo y el esquivo objetivo de la ‘victoria total’ sobre el rescate de los rehenes, empujó a sus ciudadanos a un conflicto agonizante: entre la solidaridad y la responsabilidad hacia nuestros hermanos indefensos, y el odio devorador de un enemigo despiadado, el deseo de ver su mundo en ruinas. Este choque de fuerzas sumió a la nación israelí en el caos interno y la agitación moral. De ahí la alegría incontenible por cada alma arrebatada de las fauces de la muerte y devuelta a sus seres queridos, y de ahí la angustia insoportable por cada vida que no pudo salvarse de morir en manos de sus captores… En los días venideros, mientras continuamos debatiéndonos entre la vida y la muerte, debemos recordar: en ninguna parte de nuestra cultura se nos ordena elegir la muerte. Estamos obligados a persistir, a no descansar ni a ceder, hasta que se devuelva el último rehén. Debemos recordar y cumplir el mandato bíblico: Ubajartá baJaim. Y escogerás la vida».