Mázel tov

Compartimos un relato enviado a Nueva Sion por el rabino Jordan Raber, que mixtura vivencias de su propia familia con pinturas literarias surgidas de su lectura, con una impronta poéticamente judaica
Por Jordán Raber*

La lluvia arreciaba afuera. La perra yacía inmóvil, como una efigie luctuosa sobre el sofá, los ojos vidriosos inyectados en sangre. El aire espeso se condensaba en las gotas que restallaban tórridas contra el ventanal. Estoy aburrida, papi, dijo una de mis hijas mientras yo pasaba las páginas de un libro sin reparar en lo que leía. Era la hora de la siesta, en la que el sopor confunde los pensamientos y languidece los cuerpos. Sumergido en el dulce trance de la duermevela, me veía incapaz de volver a inventar juegos de cartas o de acomodar las piezas para una partida de ajedrez en la que me dejaría vencer a último momento, porque eso es lo que hace un padre: siempre dejarse vencer por sus hijos.

Recalenté el café de la mañana en el microondas. Noté las manchas, la salsa de los fideos del mediodía salpicando sus paredes. Quise limpiarla, pero una fuerza imantada, como un letargo de muerte, me lo impidió. Yo también me aburro, gritó mi otra hija o acaso exigió con aires de Faraón. Apuré el café como se apura un vaso de tequila, dispuesto a despojarme de la modorra de un solo sorbo. Ensayé un gesto de repulsión mientras el líquido amargo descendía por mi garganta, mientras el humo ascendía de la taza hacia el aire petrificado como una nube que intenta surcar el cielo inexpugnable.

Puse en marcha el auto y enfilamos para el shopping más cercano. Los pasillos estaban inundados de gente y de perfume con olor a baño y luces policromáticas y retazos de música tecno que se filtraban por las puertas de los locales en una cacofonía frenética, ensordecedora. Acababa de leer, o de releer, Cien años de soledad, y todo ello me hizo acordar a la Calle de los Turcos de García Márquez, aunque en una versión más siglo XXI, más artificial y berreta.

Me abrí paso entre la multitud y logré detener las puertas del ascensor a punto de cerrarse.  La caja metálica, contranatura, frenó con un cimbronazo y nos escupió junto a la entrada del cine. Mázel tov, rezaban los carteles de un amarillo hollywoodense, casi verde limón, más radiante incluso que las polillas de Mauricio Babilonia en la novela del escritor colombiano, de seguro más vivaz que la estrella que por sambenito llevaron mis abuelos zurcida en el pecho escarmentado por la nieve y por la blanca sombra de la muerte.

Mis hijas leyeron el cartel con una cadencia lenta, masticando cada letra, cada palabra. Luego comenzaron a gesticular y a bramar como dos pequeños cabritos, con el orgullo torpe del niño que infla el pecho y decide sacar su Estrella de David fuera de la camisa o colocarse una quipá de dobleces marcados y olor a naftalina para que el mundo sepa finalmente quién es: su tesoro oculto, el lenguaje sacrosanto de los libros de su padre, de las plegarias de su madre, estaba siendo entregado como óbolo, como ofrenda de paz, a los gentiles. Me preguntaron si podíamos entrar a ver la película. Hoy no, murmuré entre dientes, quizás otro día. O acaso callé y seguí caminando, raudo, por el pasillo de luces refulgentes, porque eso es lo que hace un padre: mentir para proteger a sus hijos o decir la verdad mientras calla.  

Dejé a mis hijas jugando videojuegos. Mataban zombis o seres interestelares, o acaso zombis interestelares, con fruición. Me crucé a la librería de enfrente y hojeé algunos volúmenes de poesía.  Encontré un libro de Louise Glück: hablaba del cementerio judío en el que enterró a su padre, a su hermana, en Nueva York. Hablaba de piedras sobre tumbas, del dios de los hebreos, de Salomón. Lo apoyé sobre el mostrador mientras repasaba una antología de Juan Gelman: eres mi única palabra/ no sé/ tu nombre, se abstenía el poeta de nombrar lo inefable, como se abstiene Maimónides con su teología negativa de hablar de lo divino, incapaz el lenguaje de abarcarlo, de aprehenderlo, de comprenderlo.

A diferencia de los carteles amarillos –de ese amarillo errático y chirriante allá afuera- los versos de aquellos libros no contenían vocablos hebreos. Y sin embargo se podía percibir en sus páginas la estela del salmista, la lírica de la poeta del Cantar de los Cantares, de Judá Haleví, de Ibn Gabirol. Los compré y salí con sendos ejemplares en cada mano: ¡Mirad, he aquí nuestra doctrina!, vociferaba a viva voz como un predicador, como Moisés frente a los adoradores del becerro de oro: con un trozo de piedra, de ley, en cada mano.

Noté que todos miraban sus pantallas, que nadie reparaba en mí. Me acerqué a los juegos. Mis hijas apenas si se voltearon para verme. Dejé los libros sobre el piso y comencé a disparar con ellas. Logré dar con algunos zombis o con un ser interestelar o con ambos. Ésta por Gelman, pensé mientras gatillaba; otra por mis abuelos, por Louise Glück, por Max Aub Bashevis Singer Paul Auster Cynthia Ozick; una más por el salmista, por la poeta bíblica, por Pizarnik.

La última: por todos nosotros.

*Rabino