-Para quienes todavía no te conocen: ¿qué podés decir sobre vos y del espacio que representas?
Tengo 29 años, soy contadora y licenciada en administración. Estudié en la UBA, donde ahora soy Consejera Superior. El año pasado fui una de las impulsoras de las marchas masivas para defender la educación pública frente a los recortes presupuestarios del gobierno nacional. Yo creo que mi generación tiene dos alternativas: bajar los brazos y resignarse, o arremangarse y entrar a la cancha para jugar el partido. Eso decidí hacer yo. Lo hice con la educación pública y quiero hacerlo con otras prioridades.
Estoy en el espacio Evolución que está conformado por la UCR, el Partido Socialista y el GEN. Lousteau es un referente importante de este espacio y aunque no participé con él en ninguna elección, él nos abrió un espacio, y tuvo un gesto de generosidad que no es común en la política. Vio un valor en esta nueva generación que viene con capacidad de proponer nuevas ideas y que podemos sumar mucho para mejorar todo lo que vemos mal.
En Evolución siempre defendimos la alternancia en la Ciudad, pero también pensamos que la alternancia es la mejor opción para un espacio político: que la hacer protagonista a una nueva generación de jóvenes es la mejor forma de evolucionar, que hay que incorporar gente nueva a los espacios y por supuesto a la Legislatura porteña.
-¿Que ves que está fallando en la gestión de la Ciudad?
Hoy hay dos políticas que nos están haciendo mucho daño, dos políticas igual de insensibles. A nivel nacional, la política de la crueldad. Y a nivel local, la política de la indiferencia.
Nosotros vemos indiferencia en la gestión de gobierno de la Ciudad. Y la indiferencia es justamente lo contrario de la gestión. Te vas a tomar el subte y la escalera mecánica no funciona. Hay olor a basura porque la recogen tarde. Buscás y buscás para alquilar porque los precios son parecidos a París. De noche te da miedo volver a tu casa. La verdad es que pareciera que la Ciudad se llama autónoma porque no la gestiona nadie.
— Sos la única candidata judía encabezando una lista: ¿cómo llevás tu judaísmo?

Con mucho orgullo, pero también con naturalidad. Es parte de quién soy, de cómo fui criada y de los valores que me guían todos los días. Me formé en Yeshurun y en ORT, crecí en una comunidad que me dio una base sólida, un sentido de pertenencia, y una ética que sigue presente en todo lo que hago.
Al mismo tiempo, no puedo dejar de decir que ser una mujer judía en la política también implica enfrentar ciertos costos. Cada vez que entro a Twitter hay una lluvia de mensajes antisemitas. Es muy duro. Y lo más grave es que muchas veces se naturaliza ese odio, como si fuera parte del debate público. No podemos permitirlo. El antisemitismo sigue muy presente, y hay que enfrentarlo con decisión.
— ¿Y el 7 de octubre cambió en algo tu percepción o sentir judío? ¿Qué te genera lo que está sucediendo en Gaza?
El 7 de octubre fue un día de un dolor enorme, y es un dolor que sigue. Tengo gente muy querida en Israel, donde siempre pensamos que íbamos a estar seguros, que ese sería el lugar donde nunca más iba a pasar lo que nos pasó como pueblo durante la Shoá. Pero volvimos a ver a familias masacradas, a personas secuestradas y todavía hay rehenes en manos de Hamas. Cada día que pasa seguimos esperando su liberación.
A partir de ese momento, también vimos cómo creció el antisemitismo en muchas partes del mundo, incluso en Argentina, disfrazado de antisionismo. Ese viejo discurso que intenta negar el derecho del pueblo judío a tener un Estado, pero que en el fondo es lo mismo de siempre: odio. Y me preocupa que desde sectores de la izquierda eso se haya naturalizado o justificado.
Deseo profundamente que este conflicto termine pronto.
— Por otro lado, hay un acercamiento notorio y sobreactuado de Milei al judaísmo y al actual gobierno israelí, en un contexto de alta radicalización del conflicto israelo-palestino. ¿Qué opinión te merece? ¿Creés que puede poner en riesgo a la comunidad?
Como casi todo lo que hace este gobierno, lo veo como un espectáculo. Una puesta en escena para no hablar de los problemas que atraviesa el país: la pobreza, la inflación, la falta de rumbo. Obviamente prefiero que el presidente no ataque a la comunidad judía, pero tampoco está bien esta sobreactuación. Si creyera realmente en el judaísmo como dice, debería también creer un poco más en la tzedaká, en ayudar al otro, en la búsqueda de justicia.
Su discurso constante de ataque a quienes piensan diferente y la crueldad con la que gobierna no tienen nada que ver con nuestros valores.