David o la unificación de las tribus

El imperio de David fue un período de gloria recordado con orgullo por el pueblo de Israel, hasta la actualidad. Pese al intento de mostrar un David temeroso de Dios, el relato revela su verdadera naturaleza: un personaje con gran voluntad de poder, pocas objeciones morales y consciente de la importancia de las apariencias. Maquiavélicamente y con astucia política, erigió su imperio. Fue el primer rey consciente de que parecer es tan importante como ser. Sedujo a Betsabé, Judea, Israel y las doce tribus, ejerciendo magnetismo incluso con filisteos y fenicios.
Por Daniel Kriner*

Canción: DAVID MELECH YISRAEL

David melech Yisrael, jai, jai, vekayam

David rey de Israel, vive, vive y perdura

El rey David es un personaje icónico del judaísmo y del catolicismo, y también lo es para mí. De niño adoré el cuento de su legendario combate con Goliat y hoy, al estudiarlo recientemente de forma más profunda e histórica, me encuentro con un David bastante diferente del que recordaba.

David tiene una enorme importancia para el judaísmo porque unificó a los reinos de Judá e Israel (conformada por las tribus de Raquel; Benjamín, Efraím y Manases) y ejerció dominio sobre las doce tribus y parte de los territorios vecinos, creando un pequeño imperio.

Este dominio judío imperó durante su reinado y el de su hijo Salomón por cien años y fue el periodo de mayor expansión geográfica de Israel.

El otro hecho que lo inmortalizó fue su conquista de la fortaleza de Jebes, sobre el monte Sion, donde se asentaría la ciudad que conocemos como Jerusalén.

La enorme importancia de David para el cristianismo es de otra índole, dada por la interpretación del profeta Natán de que Dios estableció un pacto con David (Samuel 7:10-12), dándole la tierra de Israel a él y sus sucesores. Posteriormente, profecías del antiguo testamento indicarían que el mesías, Jesucristo, descendería de la línea de David. Los Evangelios de Mateo y Lucas trazan un pretendido linaje de Jesús hasta David y sitúan su nacimiento en Belén (donde efectivamente también nació David).

Casi todas las historias sobre él provienen del Antiguo Testamento, que obviamente no es completamente fiel a la realidad histórica, dado que fue escrito con posterioridad y los relatores tuvieron motivos políticos y religiosos al documentar relatos orales.

Los descubrimientos arqueológicos confirmaron su existencia y la importancia de su dinastía para el pueblo judío. Desde el asentamiento en Canaán liderado por Josué hasta la formación de los reinos de Israel y Judá (1150-1025 a.c. aprox.), las tribus israelitas tuvieron una débil confederación, sin gobierno central, que en tiempos de crisis pedían el arbitrio de líderes, conocidos como jueces con función sacerdotal.

Un pastor escogido para reinar

Perteneciente a la tribu de Judá, octavo y menor de los hijos de Jesé, David nace en Belén, aproximadamente en el 1040 a.c.  Desde su adolescencia va a vivir a la corte de Saúl, probablemente para aprender la función de regencia, dado que estaba escogido para reinar.

La Biblia cuenta que Samuel lo elige como sucesor de Saúl por sus desavenencias, ya que Saúl no cumplió la orden de matar al rey amalecita. Dado que aún no existía la unificación entre Judá e Israel, el favorecimiento de Samuel hacia David podría ser para el reino de Judá, que aún no estaba establecido como tal, bajo influencia filistea.

El relato bíblico épico narra su enfrentamiento con Goliat, un gigante filisteo que desafió al ejército israelita. David aceptó el desafío y lo derrotó con su honda.

También cuenta que de niño defendía su rebaño de los animales salvajes y que era un hábil ejecutante de arpa, al punto de que luego, en su reinado, estableció reformas del culto tales como establecer coros en el templo con una estructura musical sofisticada puesta al servicio del culto a Yahvé. Se le atribuyen al menos setenta y tres salmos, expresiones de diversas emociones y de gran valor literario y espiritual.

Fue el espíritu musical de David el que lo acercó a Saúl, calmándolo con sus melodías y así también el que le permitió ganarse gradualmente su confianza y la amistad de Jonatán, su hijo mayor. Saúl le entregó a su hija Mical como esposa, afianzando lazos y dando el primer paso para la unificación.

Saúl, quien gobernó el reino de Israel por vez primera, y más tarde coronó también a David, había sido ungido por Samuel, el gran juez y profeta. El reinado de Saúl comenzó con éxito, dado que la unión de varias tribus le dio fuerza para derrotar a amonitas, moabitas y filisteos. Saúl se mostró al principio un rey firme, que estableció su capital en Jabesh-Gilead. Luego de unos quince años fue derrotado por los filisteos en la batalla del monte Gilboa; se suicidó para evitar ser capturado. En ese combate murieron también tres de sus hijos, por lo cual la sucesión quedó en disputa entre el único hijo sobreviviente, Isbaal, y su yerno David. Pero eso ocurrió más adelante.

David fugitivo y rey de Judá

Antes y por alguna razón que la Biblia no explica (deslealtad de uno, paranoia del otro o doble juego de David), Saúl se había enemistado con él y mandó matarlo. Alertado probablemente por Jonatán, David huyó hacia su tribu, Judá.

Judá era culturalmente más primitiva y considerada parcialmente cananea por los israelitas. Mientras Israel luchaba contra los filisteos, Judá permanecía parcialmente bajo su dominio, generando recelos entre los israelitas y desconfianza de Saúl hacia David. David, huyendo con guerreros leales, buscó protección primero en Nob. Saúl, irritado, reprendió a Jonatán y a su corte. Doeg, un edomita, informó a Saúl de la presencia de David en Nob. El rey concluyó que los sacerdotes conspiraban con David. Saúl atacó Nob, destruyó la ciudad y ordenó la muerte de ochenta y cinco sacerdotes, tarea cumplida por el edomita Doeg, debido al rechazo que generaba entre los israelitas esta matanza de los sacerdotes.

De modo que David se refugió en la zona montañosa de Judá, convirtiéndose en jefe de una guerrilla. Se produjo una guerra entre David y Saúl. Israel era más fuerte, pero David sobrevivió con tácticas evasivas. Luego, ante la dificultad de sobrevivir en Judá, instaló a su familia en la ciudad filistea de Ziklag, bajo la protección del rey Achish de Gath. Cuando Achish fue a la guerra contra Saúl, David, según la Biblia, no lo apoyó por la desconfianza de los nobles filisteos, hacia su lealtad. Judá podía ser aliado tanto de Israel como de Filistea.

La batalla del Monte Gilboa fue crucial, con victoria filistea debido a su superioridad militar. Saúl, Jonatán y otros dos hijos murieron. Esto marcó el fin del reinado de Saúl.

Entonces Abner, principal jefe militar y consejero de Israel, nombró a Isbaal rey de Israel, quien se estableció en Majanaim, Transjordania. Tras la batalla, David se dirigió a Hebrón, donde fue coronado rey de Judá.

A partir de ese momento desplegó su astucia para crear un reino fuerte. David fingió consternación por la muerte de Saúl y Jonatán, para luego negociar con Abner, consciente de la debilidad de Israel. Joab, su comandante, favorecía la conquista, y provocó una guerra donde Israel fue derrotado. Pese a la derrota, el reino de Isbaal resistió. David no quería gobernar por conquista, buscando el poder legalmente para unificar el reino. Y Abner, viendo la debilidad de Israel, negoció con él a espaldas de Isbaal. David exigió a Mical como precio de la paz y dio un alto cargo para Abner. Mical se había casado con David cuando Saúl reinaba. Tras la huida de David, fue casada con otro hombre. Las intenciones de David eran claras: como esposo de Mical y yerno de Saúl, obtendría un derecho a la sucesión. Isbaal, débil, entregó a Mical.

Abner había establecido su alianza con David. Pero Joab, comandante de David, acabó matando a Abner amenazando así los planes de David, quien realizó un acto de arrepentimiento público para evitar el desastre y también culpó a miembros de la tribu de Israel por el asesinato del rey Isbaal. David se desvinculó del crimen, ejecutando a los asesinos. Sin herederos de Saúl, los israelitas aceptaron a David como su única salvación contra los filisteos.

Rey de Israel y fundación de Jerusalén

Tras la muerte de Isbaal, los ancianos de Israel ungieron a David como rey en Hebrón. Tenía treinta años. Para ganar la simpatía de las tribus de Israel, David decidió abandonar Hebrón como capital, identificada con Judá. Entre Judá e Israel se encontraba Jebús (de la tribu de los jebuseos), una ciudad cananea independiente por la dificultad de conquistar su fortaleza en el monte Sion. David decidió establecer allí su capital, un territorio neutral que demostraría su liderazgo al vencer a una tribu cananea, uniendo a ambos reinos. La fortaleza era sumamente fuerte.

David sitió Jebús y la tomó. Construyó su palacio en Sion, la «ciudad de David». Su hijo Salomón construiría allí el primer templo, convirtiendo el cerro en el centro político y religioso de Israel. Existían diferencias religiosas entre Israel y Judá que, aun siendo más primitiva y rural, derrotó a los filisteos de manera más completa que Israel.

De este modo David tomó medidas para centralizar la religión, convirtiendo Jerusalén en su capital y así llevó allí el Arca de la Alianza, tomada por los filisteos y ubicada en Quiriat Jearim, consolidando la ciudad como centro religioso y subrayando su deseo de poner a Yahvé como esencia de un reinado que se caracterizó por la expansión territorial y la consolidación con sucesivas victorias sobre filisteos, moabitas, edomitas y amonitas. Realizó campañas militares contra Moab y Edom, aumentando su influencia. Y en el norte, derrotó a los sirios de Damasco, consolidando el control al norte del Éufrates.

Bajo su liderazgo, unificó a las doce tribus.

Betsabé, el amor prohibido

El relato del adulterio de David es un paradigma de cómo hundirse en una gran falta y sus implicaciones.

La Biblia, que misteriosamente no vuelve a nombrar a su primera esposa Mical, parece atestiguar esta índole oculta del carácter de David con detalles novelescos.

La historia comienza con un rey que, en lugar de liderar a sus tropas contra los amonitas, descansa en su palacio en Jerusalén. La ociosidad lo lleva a observar a Betsabé bañándose, la atracción es irresistible. Averigua quién es y le informan que es nieta de su consejero Aitofel, pero también que está casada con el guerrero hitita Urías.

Ignorando la prudencia, el rey manda traer a Betsabé al palacio, donde tienen relaciones sexuales. Semanas después Betsabé le informa de su embarazo. El rey intenta ocultar su responsabilidad, pidiendo a Joab que envíe a Urías a Jerusalén. Pretende que el guerrero hitita Urías pase la noche con su esposa para encubrir la paternidad, pero Urías se niega por lealtad a sus compañeros en batalla. De modo que el rey envía a Urías de vuelta al frente de batalla con una carta para Joab ordenando su muerte en combate. Joab obedece. Un mensajero informa al rey David, de las bajas, incluyendo la muerte de Urías.

Cuando el profeta Natán lo confronta por su mal juicio, David reconoce su falta; Natán anuncia el juicio divino: la espada no se apartará de su casa y el hijo de su unión con Betsabé morirá, como efectivamente ocurre. Tras el luto, Betsabé se convierte en su esposa y da a luz a un segundo bebé, Salomón, futuro rey de reyes y creador de un templo que lo hará inmortal.

La música aún perdura

Absalón, hijo mayor de David, se rebeló y se proclamó rey en Hebrón, ganando apoyo. David huyó de Jerusalén. Con ayuda de sus leales, regresó y derrotó a Absalón en la batalla del bosque de Efraín, donde Absalón murió. Cuando la salud de David declinó, Adonías, otro de sus hijos, intentó proclamarse rey. Sin embargo, con la intervención de Natán y Betsabé, David reafirmó a Salomón como su sucesor, asegurando su legitimidad.

Si bien Israel fue pequeño comparado con imperios vecinos, su influencia resultó de una importancia absoluta. Quizás su existencia se debió a un periodo sin grandes potencias regionales que la confrontaran.

El imperio de David fue un período de gloria recordado con orgullo por el pueblo de Israel, hasta la actualidad. Pese al intento de mostrar un David temeroso de Dios, el relato subrepticiamente revela su verdadera naturaleza: un personaje con gran voluntad de poder, pocas objeciones morales y consciente de la importancia de las apariencias.

David convenció a sacerdotes, a Saúl, a Jonatán, a los filisteos y a Abner. Maquiavélicamente y con astucia política, erigió su imperio. Fue el primer rey consciente de que parecer es tan importante como ser, a diferencia del tosco Saúl. David era poeta, celebraba su religión y encantaba. Sedujo a Betsabé, Judea, Israel y las doce tribus, ejerciendo magnetismo incluso con filisteos y fenicios.

Ni los antiguos que escribieron sobre él y se rindieron a su culto, ni los lectores de hoy que conocimos sus hazañas siendo niños pudimos resistirnos a su influjo, y en mi soledad todavía resuena su canción.

*Contador (UBA) y consultor profesional dedicado a las áreas financiera y administrativa.  Reside en Brasil. Este artículo es parte de un libro inédito que hace una exégesis revolucionaria sobre personajes y relatores bíblicos consagrados. Contacto:  Agencia Ayesha de Servicios Culturales de Alejandro Margulis. Ir a página del Autor. Mail: ayesha@ayesha.com.ar).

Imagen de portada: David con la cabeza de Goliat, Caravaggio, 1607.