La disputa por la narrativa del desastre

Netanyahu rebautizó la guerra en Gaza como Tekumá, palabra bíblica que alude a la “resurrección” de Israel. La decisión desató un fuerte debate: mientras el Gobierno intenta transformar el desastre del 7 de octubre en un mito fundacional, familiares de víctimas, intelectuales y opositores denuncian una operación narrativa para encubrir responsabilidades políticas y militares. Entre la memoria y la propaganda, se libra otra batalla.
Por Leonardo Senkman, desde Jerusalén

El gabinete de Gobierno de Israel aprobó el domingo 19, por amplia mayoría, cambiar el nombre de la guerra en Gaza de «Espadas de Hierro» a Tekumá, palabra hebrea equivalente a “renacimiento” o “resurrección”.

La iniciativa fue preanunciada en el segundo aniversario del Sábado Negro, cuando el gobierno llevó a cabo una sesión especial de duelo. La reunión comenzó con un minuto de silencio, después del cual Netanyahu anunció su intención de cambiar esa denominación.

El primer ministro afirmó: “Desde ese día negro hemos estado luchando. Esta es nuestra guerra de existencia, la ‘guerra del renacimiento’. Así es como quiero llamar oficialmente a la guerra. Desde ese día negro, hemos estado a la ofensiva en siete frentes. Nuestro contraataque contra nuestros enemigos en el eje del mal de Irán es una condición necesaria para asegurar nuestro futuro y garantizar nuestra seguridad”.

En respuesta a la solicitud de Netanyahu, el cuartel general de las familias de los secuestrados dijo: “Nos gustaría recordarle al primer ministro que no hay ni habrá un renacimiento sin el regreso de todos los secuestrados: los vivos a la rehabilitación, y los caídos y asesinados a un entierro adecuado en su país”.

La modificación del nombre fue la primera andanada disparada para disputar la narrativa sobre el desastre del 7/10 y de la guerra devastadora de dos años en Gaza.

La palabra Tekumá aparece solo una vez en la Biblia, en el libro de Levítico, en la sección «Por Mis Leyes». El versículo habla de la “resurrección” del pueblo de Israel, castigado por sus transgresiones y derrotado por enemigos.

Pero el designio de Netanyahu no se limita solo a invocar un término bíblico para olvidar la sangrienta derrota de su estrategia política respecto a Hamás y ocultar el colapso militar el sábado negro 7/10. El nombre de Tekumá abona la ilusión del primer ministro de religar las victorias militares durante la ofensiva bélica de «Espadas de Hierro» en siete frentes sucesivos y simultáneos nada menos que con las victorias fundacionales de Tzahal contra siete ejércitos árabes durante la Guerra de la Independencia en 1948-1949.

Netanyahu actúa y habla como si la Tekumá de 1948 no hubiera finalizado con la creación del Estado judío: el mito de que la Guerra de Independencia israelí no terminó, fue y es compartido por numerosos políticos e ideólogos sionistas, tanto de la derecha como laboristas. Creían -aún siguen creyéndolo, y no solo Netanyahu. que durante las sucesivas guerras las fronteras de Israel se podían expandir luego de 1948: también en 1956, 1967, 1973, incluso durante las dos guerras del Líbano, hasta llegar a 2023-2025 en la Franja de Gaza, y en otras franjas de seguridad en Líbano y Siria.

La diferencia entre los ultranacionalistas de la derecha populista liderados por Netanyahu y los políticos militaristas de formación laborista, es que los primeros sostienen la teoría de la guerra permanente desde 1948 hasta llegar al triunfo absoluto sobre los palestinos; en cambio, los últimos aceptan acuerdos de paz condicionados, aunque se resisten a reconocer los derechos de soberanía palestina en un Estado propio al lado de Israel.

Pero resulta completamente escandaloso, en términos políticos y morales encubrir el desastre del 7/10 llamando a la actual Israel de posguerra -enlutada, fracturada y humillada, condenada internacionalmente- con el histórico vocablo encomiástico de Tekumá.

Los familiares de los secuestrados y muertos en Gaza fueron los primeros en desenmascarar el designio diabólico del cambio de nombre, rechazando los alegados argumentos del primer ministro, repetidos desde hace más de un año, de que “la guerra marca un hito en el renacimiento del Estado de Israel”. Como se dijo, pese a la multitudinaria manifestación de protesta de los familiares, el Gobierno aprobó el nuevo nombre, aunque centenares de indignados ya elevaron una apelación colectiva a la Suprema Corte de Justicia.

Eyal Eshel, padre de la soldado vigía Roni Eshel, asesinada en la base militar de Nir Oz, escribió en la red X: “Cualquiera que se atreva a acercarse a la tumba de Roni Shelly para cambiar el nombre de la guerra tendrá problemas conmigo. La lápida de mi Roni no es una valla publicitaria para una campaña narrativa falsa y política”.

Sin embargo, otros padres de combatientes caídos rechazan la idea de que en la lápida de sus seres queridos no se mencione el nombre de la guerra en la que murieron en lugar de la inscripción general «cayó en batalla». Dedi Simchi, padre del combatiente paracaidista Guy Simchi, muerto en combate por el Kibutz Re’im, declaró al Canal 12 que no cree que «Guerra de la Resurrección» sea una nominación apropiada, aunque, al mismo tiempo, confiesa que sentirá alivio cuando el nombre oficial de la guerra sea por fin grabado en la tumba de su hijo.

Significativamente, quien se opuso al nuevo nombre en el gabinete de Netanyahu fue Amichai Chikli, el Ministro de la Diáspora y de Lucha contra el Antisemitismo, derechista, quien posteó acertadamente en la red X: “El nombre es inapropiado. Renacimiento es una palabra de gran peso y trascendencia en la historia judía, que nombra la transición de un exilio de dos mil años, culminado en el terrible Holocausto, hasta arribar a la Tekumá de soberanía judía en la Tierra de Israel. Debemos dejar a los combatientes de 1948 y a los líderes del Yishuv, liderados por Ben-Gurión, lo que a ellos les pertenece”.

La reacción contra el cambio de nombre

Los medios de comunicación coinciden en caracterizar de «polémico» el cambio de nombre.

La nota del periodista Avi Ashkenozi en Maariv no olvida ninguno de los artilugios de la disputa del primer ministro abogando por la modificación: “Elegir el nombre de la guerra es, en realidad, una batalla por la narrativa. Benjamín Netanyahu y su gobierno fracasaron el 7 de octubre, al igual que Tzahal y el Shin Bet, solo que su fracaso es mayor, debido a que él estaba al frente del Estado y tenía no solo responsabilidades ministeriales. Pero esto debería haber sido determinado a fondo por una Comisión de Investigación Estatal que, por cierto, debería haberse establecido aquí hace mucho tiempo. Israel, después de la guerra, necesita sanación y rehabilitación, sobre todo internamente. La gente ya está cansada de moverse en estado de guerra: cansada de oír las alarmas de Yemen, Líbano o Gaza, cansada de oír las palabras “permitido para publicación”. Cansada de pensar que después de más de dos años todavía hay rehenes y muertos en Gaza que no han sido llevados a la tumba de Israel” (Avi Ashkenazi, “Otro Renacimiento como este y estamos perdidos: Pero cambiar el nombre de la guerra significa al menos una cosa buena”, Maariv, 19/10/25).

La crítica del periodista Tzvi Barel es la más radical de todas al denunciar que a la “Naqba israelí la llaman Tekumá”, título de su artículo en Haaretz. Pero la Naqba denota no solo a la situación desastrosa posterior al 7/10 en la franja de Gaza; también connota para Barel la penosa situación de israelíes evacuados, secuestrados, muertos, y sus familias de duelo, además de las instituciones republicanas del Estado judío atacadas por el gabinete antidemocrático que aprovechó la censura bélica para reanudar su reforma autoritaria contra el sistema judicial israelí.

Sin embargo, Barel no inventó la acusación de que Israel comete «una segunda Naqba en Gaza»: el periodista recuerda que fue usada por el actual ministro Avi Dichter, ex jefe de los servicios secretos Shin Bet: “«Esta es la Naqba en Gaza de 2023», se apresuró a definir el ministro de Agricultura, Avi Dichter, a la devastación en la Franja ya en noviembre de 2023. Tras ser reprendido por el primer ministro, quien dictaminó que esta era «una declaración perjudicial», formuló rápidamente una teoría lingüística enrevesada para justificar sus palabras: Los términos árabes son acuñados por los árabes. Llaman ‘Naqba’ a lo que está sucediendo en Gaza, y sugiero que usemos sus términos. No tenemos por qué inventar términos en hebreo” (Avi Dichter, “A la Naqba israelí la llaman Tekumá”, Haaretz, 22/10/25).

Por su parte, los líderes de la oposición no ahorran inculpaciones éticas y políticas contra Netanyahu. Yair Lapid atacó en la Knesset con firmeza: “No habrá Resurrección hasta que todos los secuestrados y desplazados regresen a sus hogares. Pueden cambiar tantos nombres como quieran, pero no cambiarán el hecho de que, bajo su mandato, el pueblo de Israel sufrió el desastre más terrible desde la fundación del Estado. Este gobierno no es un gobierno de Resurgimiento, es un gobierno de culpables”.

La diputada laborista Meirav Muchaeli agregó: “No me extraña que Netanyahu quiera llamarla ‘Guerra del Renacimiento’; sabe que es responsable de la destrucción del Estado de Israel durante sus 16 años en el cargo. Solo habrá un resurgimiento después de Netanyahu”.  

Otra diputada laborista, Naama Lazimi, afirmó: “El resurgimiento se producirá cuando regresen todos los cautivos muertos. Cambiar el nombre no encubrirá el fracaso”.

Curiosamente, algunos periodistas recuerdan que los nombres de otras guerras también fueron cambiados; sin embargo, la opinión pública continúa llamándolas con sus nombres originales: “La historia del Estado de Israel enseña que no prosperan los nombres oficiales que los gobiernos usan para ocultar o embellecer momentos difíciles. Nadie en Israel llama a la Primera Guerra del Líbano por su nombre oficial, «Guerra de la Paz de Galilea». ¿Y alguien recuerda que la Segunda Guerra del Líbano se llamó inicialmente «Operación Pago Adecuado» y luego «Operación Cambio de Dirección»? David Ben-Gurión llamó a la Guerra de 1948 «Guerra de los Insurgentes» (Miljmet HaKomemiut) y, al concluir, los combatientes recibieron la insignia con ese nombre. Pero aún es costumbre entre el público llamarla «Guerra de la Independencia» o «Guerra de la Liberación». En 1956, el nombre popular «Guerra del Sinaí» prevaleció sobre el nombre oficial «Operación Kadesh». ¿Y alguien recuerda siquiera que la Guerra de los Seis Días comenzó como «Operación Moked»?” (Tal Shnaider, https://www.zman.co.il/633312/popup/).

Pero la nominación de ciertas guerras gloriosas de Israel contemporánea también encuentra fuente de inspiración en el remoto imaginario bíblico para conjurar el peligroso presente mediante la lente de un déjà vu; pareciera que Israel estuviera viendo el presente como pasado, como si el pasado fuera «la memoria del presente» a través de la invocación de determinadas fábulas legendarias de la época de los profetas.

Precisamente ese anclaje en el pasado después del 7/10 explicaría el título elegido por Tzahal para llamar «Operación León Ascendente» a los 12 días de guerra en junio contra Irán, echando mano al imaginario bíblico sobre la fuerza del león y la astucia de un mítico profeta. Mientras los medios internacionales informaban sobre ese «león ascendente» para nombrar la fulminante fuerza aérea israelí, su nombre hebreo es alegórico: Am KeLavi, que significa «Un pueblo como un león». No se trataba solo de dar un nombre en clave; tal como explica el lingüista etimólogo israelí Elon Guilad, “era arqueología lingüística en acción” (E. Guilad, “‘Rising Lion’: How an Ancient Blessing Became Modern Israel’s Battle Cry”, Haaretz, 12 de agosto, 2025).

El nombre Am KeLavi aparece en Números 23:24, donde el profeta Balaam declara: “He aquí el pueblo que como león se levantará, y como león se erguirá”. El versículo está inserto en una de las inversiones narrativas más sofisticadas de la Biblia hebrea: una maldición por encargo que se convierte en una bendición inesperada. La elección de lavi en lugar de los términos bíblicos más comunes para león, arié (o ari), resulta significativa. Lavi aparece siempre en contextos que enfatizan el poder y la valentía. La historia de Balaam es también una sofisticada exploración de la ironía divina en la Biblia hebrea, un relato donde la intención de hacer daño se convierte en una bendición inesperada. Balac, rey de Moab en guerra con los israelitas, envía mensajeros para conseguir los servicios de Balaam, el adivino, renombrado profeta cuyas maldiciones, hasta ese momento, habían sido eficaces. Tres veces Balac guía a Balaam a diferentes puntos estratégicos desde los cuales observa el campamento israelita, con la esperanza de que la perspectiva le permita maldecirlos. Pero las tres veces, en lugar de maldiciones, pronuncia bendiciones, y la amenaza se convierte en victoria. Según Elon Guilad, el nombre «Operación León ascendente» sugiere que las acciones militares israelíes contemporáneas en Irán siguen el paradigma de antiguas leyendas del pasado bíblico: “Planearon destruirnos, pero esto solo resultó ser su perdición” (E. Guilad, ibidem).

Un pasado que no pasa

Si durante la interminable guerra de dos años, Israel estaba empantanado en un sangriento pasado que no pasaba, el recuerdo del 7/10 y la posguerra amenazan derogar las posibilidades que concita el alto el fuego, congelando el presente de los israelíes en ese pasado traumático que no termina de pasar.

Tal sensación ha sido percibida con lucidez por algunos intelectuales preocupados por lo que Guy Frahi llama la «tiranía de la memoria»: “Israel, después del 7 de octubre, estaba inmerso en la memoria, y precisamente por ello, olvidó el presente. Gaza se consolidó ante sus ojos como una leyenda consumada en los anales de la historia. El discurso de la memoria y la conmemoración en torno a los acontecimientos del 7 de octubre se integraron como yeso elástico en el modelo israelí de ruinas, ceremonias conmemorativas y canciones sobre el renacimiento. Sin poder dirigir nuestra mirada a la historia, el discurso de la memoria nos transportó a ese tiempo mítico en el que Amalec, los nazis y Hamás eran uno. No importa lo que recordemos, siempre y cuando mantengamos el gesto mismo de la memoria: recordar como si lo que fue ya estuviera sellado, recordar como si nada de lo que fue estuviera sucediendo en este preciso instante” (Guy Frahi, “La tiranía de la memoria”, Hazman Hazé, octubre 2025).

Otros intelectuales atribuyen responsabilidad al militarismo israelí, que desperdicia oportunidades de un nuevo comienzo también para poder recuperar la tradición humanista del judaísmo.

Avrum Burg sale al cruce a la religiosidad nacionalista de judíos mesiánicos en Israel que “ofrecen justificación teológica” para las peores injusticias, como los crímenes de guerra en Gaza: “El judaísmo con el que crecí era un sistema moral, no un culto al poder. Una forma de vida que santificaba la vida, no la muerte. Centraba al ser humano, no la tierra. No buscaba gobernar el mundo, sino repararlo. No exigía una lealtad ciega, sino un compromiso moral lleno de dudas y conciencia. Ese judaísmo fue derrotado por la brutalidad mesiánica, por un lado, y por la debilidad del secularismo humanista, por el otro” (A. Burg, “More Ethic Less High Terch”, substack, 20-10-25).

En su condición de judío israelí religioso, Burg reclama por un impostergable trabajo de tikun, de reparación colectiva, para crear una nueva sociedad civil en su patria: “El camino de la reparación debe comenzar aquí mismo. En el nuevo Israel, debemos invertir mucho menos en la invención tecnológica y mucho más en la innovación moral. Es hora de dejar de definirnos por nuestra capacidad de justificar las matanzas masivas y empezar a definirnos por nuestra capacidad de escuchar, comprender y mostrar compasión. Solo cuando ponemos el espíritu de humanidad por encima de la máquina, la pregunta por encima de la solución y al ser humano por encima de la obediencia, puede comenzar verdaderamente la obra de reparación” (A. Burg, ibidem).

Posdata

¿Cuál será el nombre para llamar al Nuevo Israel con que sueña Burg? Y después de que los israelíes dejen de ver a la realidad actual solo como si fuera la paramnesia presente de un pasado traumático, ¿qué nombre elegirán para llamar a su nueva sociedad y Estado?

Mi esperanza radica en un tikun verdaderamente colectivo, cuando el pueblo israelí se decida a convocar tanto a una Comisión de Verdad, Memoria y Justicia, como a una Asamblea Constituyente para la fundación de la Segunda República, capaz de reconocer la responsabilidad por los fracasos del 7/10 y por los crímenes en Gaza.

De manera similar, a nivel individual y familiar, el discurso de la memoria y la conmemoración en torno al pasado traumático del 7 de octubre podría soltar amarras luego de que los israelíes completen el impostergable trabajo de duelo, pero también de reconciliación con los enemigos palestinos para labrar juntos un futuro de esperanza, sin terrorismo ni ocupación militar.