Según el Ministerio de Salud Pública de Gaza, setenta mil habitantes de la Franja perdieron la vida a raíz de la actual contienda bélica con Israel. La cifra tal vez indique otro intento de manipulación propagandística por parte del Hamas, pero si a este guarismo se añaden los ciento cuarenta mil heridos -muchos de ellos con alto grado de discapacidad- los gazatíes afrontan la mayor catástrofe de su historia.
Cabe preguntar si el Hamas y la Yihad Islámica evaluaron la probabilidad de tal devastación antes del lanzamiento de la «Tormenta de Al Aksa», «El Gran Proyecto», así tituló Hamas su plan de ataque a Israel, diseñado hace un lustro y desplegado en octubre de2023. El programa apuntó varias fases: destrucción de las líneas defensivas del Neguev Occidental para agredir las ciudades de Ashkelon, Netivot y Sderot.
Las matanzas, secuestros, mutilaciones y violaciones de civiles eran parte de la maquinación: la filmación de los crímenes a perpetrar y su difusión en redes sociales, también eran parte orgánica de la idea.
Un versículo del Corán, incluido como inspiración del proyecto, hacía referencia a la demolición de muros, motivo por el cual en Israel se bautizó ese plan «Murallas de Jericó» en alusión a una historia bíblica similar a la del texto islámico.
La invasión de las tropas gazatíes se programó -y ejecutó- con asistencia simultánea de todos los recursos militares acumulados durante años: artillería, misiles, flotas de vehículos marítimos y terrestres.
Obviamente, la gigantesca red de túneles bajo tierra formaba parte del plan, pero la circulación de escuadrones motorizados -equipos de calibre mayor a esas estrechas galerías- determinó que la ocupación tenga prioridad sobre superficie.
A fines de septiembre de 2023, Hamas y la Yihad Islámica desarrollaron un ejercicio militar conjunto que incluyó la práctica de tumbar vallas limítrofes.

Hamas no dejó detalle alguno al azar. La respuesta militar israelí sorprendió a gran parte de los medios de prensa occidentales, pero entró en los cálculos estratégicos de la cúpula militar y teocrática que domina la Franja: las víctimas palestinas son definidas como «shaid» -mártires en el credo musulmán- y la masiva destrucción de Gaza logró revitalizar la posición de Hamas en la órbita islámica a nivel global. La identificación con el terror excede hoy la esfera meso oriental: las manifestaciones de apoyo a la «Tormenta de Al Aksa» prosiguen más allá de lo que sucede en el escenario de los hechos, se trate de negociaciones o cese del fuego. Cierto prisma internacional evidencia una paciencia «antropológica» hacia la barbarie: se avalan, por omisión, los crímenes planeados y ejecutados con «El Gran Proyecto”, también su consideración de las víctimas gazatíes como una herramienta de propaganda. Hamas y la Yihad Islámica deshumanizan no sólo al enemigo israelí. Las consecuencias bélicas de ese plan -para la población civil de la Franja- fueron tomadas en cuenta previamente, de allí la evaluación, por parte de la cúpula gazatí, proclamando los resultados de la contienda como un logro colosal.
Tal vez para quien siga de lejos las alternativas de la conflagración, éstas no revistan ribetes distintos a los de otros conflictos en curso, como el de Ucrania. El mundo actual se habituó a la guerra en la pantalla.
Pero aquellos que comparten esta realidad como un hecho corriente, no la viven como un espectáculo ajeno. El siniestro, en Gaza y en sur de Israel, son parte de un mismo e indiviso panorama.
Mi kibutz, Nir Itzjak, se encuentra a tres kilómetros y medio de Gaza. Tres kilómetros y medio, como la distancia exacta entre las estaciones Alem y Pueyrredón del subterráneo porteño. La guerra no está en la tele: es aquí, a la vuelta de la esquina.
Foto de portada: el kibutz con una proclama: «El pueblo con los secuestrados».