“Reading Lolita en Teherán”, coproducción israelí-italiana. Director Eran Riklis (Israel, 2024)

La lectura como resistencia cultural

Esta película -exhibida en el Festival Seret Israel- permite reflexionar sobre el cine como forma de soft power y, al mismo tiempo, sobre la lectura y la cultura como espacios de resistencia frente a la censura y el autoritarismo. Ambientada en el Irán posterior a la revolución islámica, la historia recupera el poder subversivo de la literatura y de la imaginación femenina en un contexto de represión política, religiosa y de género.
Por Ana Wortman

A partir de los festivales internacionales de cine tenemos acceso, en salas con excelentes pantallas y sonido, a películas de autor, de dificil llegada, lejos del formato standard de la industria cultural, las cuales posibilitan la difusión de nuevas miradas audiovisuales y nuevas temáticas. Este formato de circulación de films constituye un modo de posicionamiento del sector cultural de los paises, denominado soft power (poder blando) y es una estrategia que, si bien tiene algunos años, recientemente es promovida por paises que buscan posicionarse en la economía de la cultura. En Argentina contamos con el Festival de Cine de Mar del Plata, y en los últimos años también con los festivales que promueven los sectores culturales de las embajadas, como es el caso del festival de cine israelí o de cine coreano, entre otros.

En ese marco, en diciembre del 2025 tuvimos la oportunidad de ver Reading Lolita in Teherán en el marco del Festival Seret Israel en CABA, dirigida por el director israelí Eran Riklis. Este director tiene la particularidad de interesarse en sus narrativas en las tensiones entre Israel y Oriente Medio, buscando comprender las realidades socioculturales de esas sociedades[1]

La película se posicionó en la escena cinematográfica internacional al haber sido difundida inicialmente en el Festival Internacional de Roma (2024) y particularmente, en el Barcelona Film Fest(2024), que propone una selección de películas del panorama internacional relacionadas en un sentido amplio con la literatura y/o la historia. Siguiendo este criterio, la programación de la Sección Oficial estuvo dedicada, a las adaptaciones de obras literarias, como es el caso de la película en cuestión.

Notablemente este director israelí tuvo apoyo de la mayor empresa de entretenimientos de Israel –United King Films- a través de su director Moshe Edery, y también de su productor, Michael Sharfshtein. Este dato es de destacar porque da cuenta de la fortaleza del sector cultural israelí y de su independencia de la política internacional del Estado a nivel coyuntural. Por otra parte, gracias a los vínculos de Riklis con productores cinematográficos italianos, la película imaginada pudo ser concretada. Se trata entonces de una película israelí-italiana, en la cual -a través de escenarios urbanos italianos, esencialmente de Roma- se hace referencia a Irán, donde obviamente sería imposible narrar esta historia.

Literatura, exilio y regreso: el origen del relato

La película es una recreación de una novela con la que el director quedó muy atrapado: Reading Lolita en Teherán, de Azar Nafisi, publicada en inglés en 2003 y en español en 2004. Se trata de una novela autobiográfica, donde la autora relata la expectativa que le generó la revolución islámica de los años 80, instancia que provoca su regreso a Irán desde el Reino Unido, donde se había asentado durante un largo período para formarse académicamente y donde posteriormente se instaló como profesora de literatura. Lamentablemente, la expectativa por el cambio de régimen duró poco tiempo, transformándose en desencanto. La esperada revolución no se manifestó en el plano de los derechos de género. Por el contrario, la revolución islámica no se asienta en una revolución feminista, sino que es furiosamente antifeminista. Se consolida una versión musulmana ortodoxa, donde la mujer es sometida al dominio masculino, sin derechos y libertades físicas ni mentales. La censura, como en toda dictadura, atraviesa la vida cultural y en particular la vida universitaria. Es una censura sobre los cuerpos y también sobre las mentes.

En efecto, cuando la profesora iraní en la película -que narra su propia historia- regresa a la Universidad de Teherán, atraviesa múltiples censuras y ataques por parte de las autoridades a través de la llamada policía de la moral, encargada de controlar la vestimenta y la lectura de literatura, entre otras funciones de censura y represión.  En ese contexto, decide reunir en su casa, una vez por semana y en forma clandestina, a siete alumnas para leer clásicos occidentales prohibidos en Irán -Nabokov, Henry James, Jane Austen o Scott Fitzgerald-. Se destacan Golshifteh Farahani y Zar Amir Ebrahimi, actrices en el exilio que tienen prohibido volver a su país.

A través de la lectura de Lolita de Nabokov, pero también de otras literaturas vinculadas a la condición femenina y a la búsqueda de libertad interior y exterior, el grupo de mujeres reflexiona sobre sus identidades, necesidades y restricciones, habilitando en la imaginación otros derroteros posibles.  

De esta manera, la lectura se constituye como espacio de pensamiento y libertad, y es reivindicada en contextos de censura y persecución en regímenes autoritarios como el que devino la revolución islámica iraní en los años 80. En ese sentido, Reading Lolita en Teherán no es solo el retrato de una experiencia íntima ni la adaptación de una memoria personal, sino una afirmación política sobre el poder de la cultura en contextos de opresión. Allí donde el autoritarismo intenta disciplinar cuerpos y conciencias, la lectura aparece como un acto de desobediencia silenciosa, capaz de preservar la subjetividad y de sostener un espacio de libertad interior. Frente a la censura y la violencia simbólica, la literatura no ofrece soluciones inmediatas, pero sí algo quizás más perdurable: la posibilidad de imaginar otros mundos cuando el propio ha sido clausurado.


[1] Ese interés se observa en trabajos previos como el cortometraje «Cup Final» (1999) y películas importantes como Zohar (1993) y Vulkan Junction (1999) antes de su éxito internacional con La novia siria (2004)