Secuestro, vacío jurídico y cinismo selectivo: Venezuela como alerta para Europa y el mundo

La operación estadounidense en Venezuela reabre debates que el mundo creía saldados desde 1945. Entre el silencio europeo, el aplauso interesado y la indignación selectiva, el caso revela una degradación del criterio ético y jurídico que atraviesa hoy la política global.
Por Guillermo Atlas

Cuando en febrero de 2022, Putin desempolvó la palabra “desnazificación” como coartada para invadir Ucrania, pudo verificarse claramente que ciertas palabras sacralizan, mienten y, sobre todo, adormecen el juicio moral y logran convertir lo siniestro en tolerable. “Nazi”, “antifascismo”, “imperialismo en decadencia”, “derecho internacional”: fórmulas que, en manos de ciertas formaciones ideológicas, serenan la conciencia frente a hechos que deberían suscitar recelos e incomodidad y, de paso, poner algunos estereotipos en duda.

Hace apenas pocos días, el 3 de enero de 2026, Estados Unidos cruzó nuevamente ese Rubicón que durante décadas había más o menos funcionado -al menos en el discurso- como límite civilizatorio desde 1945. La operación militar en Caracas terminó con la captura de Nicolás Maduro y su traslado a Nueva York para enfrentar cargos federales. Trump lo presentó como demostración de fuerza y anunció, sin pudor, que Washington “estará a cargo” de Venezuela “por ahora”.

Algunos de sus subalternos, en cambio, como el secretario de Estado Marco Rubio, intentaban después bajar el tono (“no vamos a gobernar Venezuela en el día a día”) y hablaron de una transición con Delcy Rodríguez al frente, en condición de interina.

Hasta acá, los hechos. Ahora, lo que importa es analizar el clima de época que alimenta y posibilita esa escena y el modo en que algunos la leen -o la dejan pasar- según quién sea el agresor y quién el agredido.

Este quiebre epocal es la motivación primordial para emprender un artículo sobre un tema sobre el que no soy experto ni conozco al detalle. La degradación y la relativización del criterio moral en múltiples sectores y fuerzas políticas constituyen mi incentivo principal para escribir las siguientes líneas.

El caso Venezuela sienta un antecedente ominoso

La captura de un jefe de Estado mediante una incursión militar en territorio soberano, sin mandato del Consejo de Seguridad, sin consentimiento del Estado afectado y sin una hipótesis plausible de legítima defensa, es un retroceso a prácticas que el orden internacional pretendía proscribir y creía definitivamente olvidadas desde 1945. El mundo se está convirtiendo en un lugar oscuro. Las reglas jurídicas, éticas y morales son apenas visiones selectivas y arbitrarias.

El secretario general de la ONU la llamó “un precedente peligroso”, y juristas consultados coincidieron en que el acto es difícil de encajar en el marco de la Carta de la ONU.

Dicho en forma directa, sin barroquismos: si la regla consiste en poder entrar a un país extranjero con una mera acusación penal, entonces estamos volviendo al mundo decimonónico donde las potencias definían qué es justicia y qué es secuestro; qué es arresto y qué es piratería; qué es “operación” y qué es invasión. Los principios del derecho internacional quedan reducidos a la nada.

Europa: una actitud pusilánime y medrosa

La problemática aquí descrita afecta directamente a Europa, aunque ocurra a miles de kilómetros. La Comisión Europea habló de “oportunidad” para una transición democrática venezolana, pero evitó pronunciarse sobre el método y, sobre todo, se refugió en la fórmula más reveladora de estos tiempos: “todavía es muy temprano para evaluar las implicancias legales”. Dicho de otro modo: la Unión Europea se declara guardiana de principios universales, pero cuando el que rompe la norma es Washington, se activa el reflejo de callar y esperar.

En Alemania, el problema aparece con nombre propio y tono de resignación. Merz aseguró que la calificación jurídica de la acción es “compleja” y que hay que tomarse un tiempo.

Ese “cuadro complejo” delata la parálisis de la construcción europea y ello tiene un precio, dado que Europa no está observando desde afuera: Europa se encuentra plantada en medio de la escena, atrapada en una dependencia que amenaza la seguridad institucional, política y física del continente y la lleva al borde de la desintegración de la OTAN.

En el Este, Rusia lleva años probando y forzando los límites de lo permitido en Ucrania. En el Oeste, Estados Unidos usa la fuerza sin pruritos cuando el derecho molesta para alcanzar sus objetivos geopolíticos y apropiarse de recursos estratégicos (energía, rutas, territorios).

De este modo, Europa se encuentra en una trampa sometida a los vaivenes expansionistas del Este y del Oeste.

Si Europa relativiza este hecho por conveniencia, ¿con qué autoridad osará sostener mañana que las fronteras no se cambian con tanques, que la soberanía no se viola por capricho y que el derecho internacional no es un problema estético? En un mundo donde Rusia lleva años probando los límites de lo permitido, regalarle a cualquiera -y sobre todo a Trump- la idea de que la fuerza es un instrumento legítimo constituye, como mínimo, un pésimo negocio.

En este contexto reaparece Groenlandia. Apenas después de la acción militar en Caracas, Trump volvió a mencionar que Estados Unidos “necesita” Groenlandia por “seguridad nacional” y lo dijo con su estilo habitual: “no hablo ahora del tema… hablaremos en dos meses… en 20 días”.

Dinamarca reaccionó sin eufemismos: Mette Frederiksen dijo que es absurdo hablar de “tomar control” y recordó que Groenlandia forma parte del Reino de Dinamarca. El primer ministro groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, pasó del “no decidimos nuestro futuro por un posteo” al “basta”: basta de presión, basta de insinuaciones, basta de fantasías de anexión.

The Guardian recordó además el dato que vuelve todo esto explosivo: para Mette Frederiksen, un ataque de Estados Unidos contra un aliado de la OTAN implicaría el fin de la alianza y del esquema de seguridad construido después de 1945. Y enumeró el paquete completo detrás del capricho de Trump: posición estratégica entre EE. UU. y Rusia, base militar y sistema de alerta temprana, minerales críticos, rutas marítimas árticas abiertas por el deshielo y la competencia con China. Con ese inventario, la “seguridad nacional” es un eufemismo grotesco (ver aquí).

Por suerte, el 6 de enero último, siete países europeos firmaron una declaración de solidaridad con Dinamarca frente a los embates provenientes de la Casa Blanca. El texto, firmado por los jefes de Estado de Francia, Alemania, Italia, Polonia, España, Reino Unido y Dinamarca, subraya que para la Alianza Atlántica la región ártica “es una prioridad clave” y que “los aliados europeos están intensificando sus esfuerzos”, incrementando su presencia, actividades e inversiones para “mantener el Ártico seguro y disuadir a los adversarios”.

El efecto Venezuela es obvio: cuando Washington demuestra que está dispuesto a franquear los límites por la fuerza, Europa entiende lentamente (más vale tarde que nunca) que ya no enfrenta solo a una potencia revisionista en su frontera oriental. El continente puede estar enfrentando, además, a un revisionismo “amigo”, con un lenguaje distinto, pero con métodos igualmente peligrosos.

De esta forma aparecen los ecos de Ucrania, el criterio moral según la “cara del cliente”. En 2022 muchos descubrieron matices, contextos y justificaciones cuando la violencia venía de Moscú. En 2026, en cambio, algunos redescubren el derecho internacional cuando la violencia viene de Washington.

El cinismo selectivo: indignación por Venezuela, silencio por Ucrania y viceversa

En estos días circularon comunicados en Argentina, en otros países latinoamericanos y en Europa que condenan con dureza la “agresión” a la República Bolivariana, hablan de “rapto” del presidente y denuncian la “violación al derecho internacional”, con un tono solemne y una batería de lugares comunes antiimperialistas. El problema es el contraste. No porque haya que aplaudir lo que hizo Trump -todo lo contrario-, sino por el silencio previo: las mismas voces que hoy encuentran un vocabulario jurídico y moral para Venezuela no emitieron una sola frase equivalente para la invasión rusa a Ucrania. Y ahí el asunto deja de ser Venezuela y se vuelve una radiografía del cinismo. El derecho internacional se invoca cuando es útil contra Estados Unidos; se evapora cuando el agresor es un régimen que calza mejor en el imaginario anti occidentalista.

Esto no es un detalle menor. Es el corazón de la degradación política de parte de cierto progresismo contemporáneo: un antiimperialismo reflejo, heredero del antiamericanismo clásico.

El mecanismo siempre funciona cuando el imperio real -el de los tanques, las anexiones, la destrucción de ciudades- es el otro y evoca las fantasías totalitarias de sus partidarios.

La misma maquinaria, el mismo repertorio de palabras que legitiman al propio bando antes de mirar lo que pasó, también operó cuando Israel sufrió el brutal ataque del terrorismo islamista de Hamás el 7 de octubre de 2023. Los gestos apologéticos de identificación indiscriminada con el colectivo palestino “masacrado por el sionismo colonialista blanco” también generaron, en el marco de la ideología poscolonial y antioccidental, un movimiento que persiste hasta la fecha.

Palabras grandes que funcionan como coartada y permiten suspender el juicio moral antes de mirar los hechos.

Irán, Hezbollah y el antisemitismo como política del régimen

Bajo Chávez y Maduro, el país combinó el alineamiento político con Irán, convivencia con redes criminales y una retórica “antisionista” que, una y otra vez, se deslizó hacia tropos claramente antisemitas y produjo un clima de hostilidad manifiesta y permanente.

No es casual que la comunidad judía venezolana se haya achicado drásticamente en las últimas décadas y que muchos hayan emigrado. En estos días, medios israelíes y judíos describen a una comunidad pequeña, marcada por años de presión, que observa los acontecimientos actuales con una mezcla de alivio y temor por el día después.

El vínculo Caracas-Teherán y Moscú (poco le sirvió a Maduro) y la presencia activa de Hezbollah en la región también han sido analizados en trabajos especializados (por ejemplo, Atlantic Council) como parte de un entramado de cooperación y finanzas ilícitas que beneficiaron al régimen. Hay antecedentes concretos del deterioro: la Venezuela de Chávez rompió relaciones diplomáticas con Israel en enero de 2009, en el marco de la guerra de Gaza de 2008–2009, consolidando un giro que también tuvo efectos internos.

Pero si uno toma en serio la seguridad de las comunidades judías (y no la usa como bandera de remate), no se puede creer que el fin de Maduro, por el método que sea, justifica aplaudir cualquier cosa. Sabemos que sin control cualquiera puede convertirse en el próximo “objetivo moralmente elegible”.

Israel, Netanyahu y el aplauso reflejo

La reacción del gobierno de Netanyahu, en vez de mantener una distancia mínima ante una operación que pulveriza normas básicas, fue felicitar públicamente a Trump por su “liderazgo” y celebrar la acción militar.

En términos políticos, esa adhesión es coherente con una forma de entender el mundo: la fuerza como argumento, la transacción como método, el derecho como decorado. Pero el costo es grande: deja sin voz cuando se trata de exigir reglas a los otros. Además, le regala munición a quienes reducen a Israel a un apéndice de Trump, justo cuando Israel necesitaría todo lo contrario: lucidez estratégica, una agenda para salir de la ocupación y una vía diplomática y política para resolver el conflicto central con los palestinos y sus vecinos.

Trump, Ucrania y el patrón: presionar al débil, cortejar al fuerte

Si uno mira el cuadro más amplio, Venezuela no es una anomalía. En un trabajo de investigación de Adam Entous en The New York Times sobre la ruptura del vínculo entre Estados Unidos y Ucrania bajo Trump (ver aquí), la dinámica aparece con crudeza: presión sobre Kiev porque es el eslabón más débil; indulgencia y “cortejo” hacia el Kremlin durante largos tramos; una política oscilante donde la presión se ejerce donde menos cuesta y no hacia donde debería dirigirse.

Eso es exactamente lo que Europa debería estar leyendo cuando mira Venezuela. Por eso, la intervención en Venezuela no es un episodio latinoamericano, sino un modelo de acción. Groenlandia ya entró en ese patrón.

Epílogo

La dictadura chavista deberá rendir cuentas por la brutalidad y la represión y es incuestionable que Venezuela necesita una salida política democrática que no sea ni dictadura ni el teatro imperial que están estrenando estos días.

Condenar con vehemencia el atropello de la administración norteamericana es imprescindible, porque si ayer se relativizó o se calló la invasión rusa, hoy no sería ético ni legítimo aceptar y admirar la acción de Trump ni tampoco desgarrarse las vestiduras solo porque se trata de Trump. En esa parcialidad y ese sesgo arbitrario, el criterio no sería ético sino únicamente tribal.

Si Israel aplaude esta operación, entonces también está comprando un mundo peor. Un mundo darwinista con la ley del más fuerte como principio rector. En ese vacío y con la comparsa de aplaudidores de los tiranos, también se legitima, entre otras cosas, la anexión de Cisjordania y Gaza.

Por eso, el secuestro de Maduro no es un episodio exótico y tropical. Después de Venezuela, Groenlandia parece ser el objeto del próximo asalto. Europa, atrapada entre el Kremlin y una Washington cada vez menos leal a los aliados occidentales y al orden internacional, contempla “cuadros complejos” mientras se destruyen las reglas rectoras que sirvieron para construir sociedades abiertas y democráticas.

Si esto se normaliza, el andamiaje jurídico-institucional del mundo quedará en ruinas.