Forbes 5/1/2026

¿Qué le sucederá a Irán mientras las potencias globales y regionales evalúan sus opciones?

Un artículo de la revista Forbes sostiene que, más allá del discurso sobre libertad y cambio de régimen, Irán es una pieza estratégica clave para Rusia y China, lo que dificulta cualquier revolución total, y un Estado atravesado por profundas divisiones étnicas que, ante la amenaza de fragmentación, reactiva el nacionalismo persa como último sostén del poder.
Por Melik Kaylan

Al momento de escribir estas líneas, Estados Unidos ha bombardeado bastiones vinculados al gobierno venezolano y secuestrado a su líder, siguiendo el protocolo de acciones pasadas de Israel contra el régimen iraní de «decapitación parcial del liderazgo». Sin duda, buscó obtener un resultado similar: liberar las manos al pueblo para propiciar un levantamiento nacional. Está incluido el menú completo: la supresión de sistemas de comunicación y vigilancia, mecanismos de coordinación, transferencia de armas y municiones, ataques al liderazgo militar, interrupción del transporte desde y hacia bases militares. En lo que refiere a cambio de régimen, Irán presenta para Estados Unidos obstáculos mucho más difíciles que Venezuela, y las implicaciones geoestratégicas son mucho más amplias.

A diferencia de Venezuela, Irán ya ha experimentado varios levantamientos populares a nivel nacional que el régimen consiguió superar. Por muy degradada que esté la infraestructura represiva, está claro que no puede haber derrocamiento mientras un lado esté armado y el otro no. Tras un masivo derramamiento de sangre civil —que el régimen está dispuesto a infligir—, el resultado sigue siendo tan predecible como antes. ¿Están los iraníes preparados para emprender una guerra civil total, y si es así, quién coordinará la insurrección, suministrará armas a los rebeldes en cantidades suficientes y ayudará con las comunicaciones? ¿Qué sucede cuando las autoridades apaguen las torres de telefonía móvil?

Parece que parte de esto ya ha sido abordado. El Pentágono y los israelíes tienen tecnología que transmite desde satélites en masa a teléfonos móviles individuales incluso después de que todas las torres nacionales sean destruidas o apagadas. De ahí la capacidad ya demostrada del príncipe heredero Reza para instar desde lejos al pueblo a marchar sobre Teherán.

A diferencia de instancias pasadas, el régimen no demostró capacidad alguna para poner blindados y equipamiento militar en las calles. Pero no hay evidencia de armas en manos de los manifestantes o de una guerra civil incipiente.

Las regiones kurdas pueden armarse fácilmente a través de sus pares al otro lado de las fronteras, y lo mismo pueden hacer los azeríes. Si eso iba a ocurrir, ya podría haber sucedido. ¿Por qué no pasó? Aquí está el meollo, el motivo por el cual Irán representa un desafío significativamente más difícil para el cambio de régimen que Venezuela. Los mulás lo saben y confían en que, cuando llegue el momento decisivo, siempre podrán activar la carta nacionalista.

La realidad es que la idea de una nación iraní unificada, anhelando en bloque liberarse del régimen, es en gran medida una ficción. Irán es también un país atravesado por profundas divisiones étnicas, con sectores de la población que podrían aspirar a la desintegración territorial si se les presentara la oportunidad, en un escenario comparable al de Rusia o Irak. En el minuto en que haya cualquier signo de fragmentación separatista, los mulás pueden contar con que los iraníes persas se unirán en torno a las autoridades en Teherán, por impopulares que sean. Si no son ellos, sus sucesores (¿Reza Pahlavi?) tendrán que abordar tarde o temprano los impulsos centrífugos del país.

Ese es uno de los obstáculos. Otro, no menor, es la enorme importancia geoestratégica de Irán para las superpotencias globales —y también para los actores regionales—. Para China, Irán funciona como un proveedor clave de petróleo y como uno de los extremos de su ambiciosa Iniciativa de la Franja y la Ruta, un dato especialmente relevante en un contexto en el que Pekín podría haber perdido a Venezuela como fuente de suministro energético.

Para Rusia, más allá del suministro masivo de drones Shahed, Irán funciona como un multiplicador de fuerza estratégico en el Cáucaso: contribuye a mantener aislados geográficamente a Armenia, Azerbaiyán y Chechenia y, al mismo tiempo, deja a los Estados de Asia Central sin salida al mar, una configuración que permite a las dos superpotencias orientales ejercer un control decisivo sobre la Ruta de la Seda.

Ni Rusia ni China permitirán que Irán se transforme en una democracia prooccidental. Un régimen debilitado no les resulta problemático —se traduce, simplemente, en petróleo y drones más baratos—, pero un cambio de régimen sí es inaceptable. De hecho, circulan informes no confirmados sobre aviones de carga rusos, chinos y bielorrusos que estarían trasladando material militar de emergencia a puertos y aeropuertos iraníes.

En síntesis, Moscú y Pekín están demasiado comprometidos con la orientación estratégica de Irán como para tolerar una revolución de carácter total.