IPF – 5/2/2026

La oposición israelí necesita un mejor enfoque hacia los partidos árabes

En este artículo, el analista Michael Koplow examina las tensiones internas de la oposición israelí frente a la participación de los partidos árabes tras el 7 de octubre, y advierte que excluirlos de antemano no solo dificulta la formación de un nuevo gobierno, sino que también profundiza una fractura política y social de largo alcance.
Por Michael Koplow

Distintos políticos israelíes, desde Benny Gantz hasta Naftali Bennett, están lidiando con cómo gestionar la participación política árabe en un mundo posterior al 7 de octubre. Lo que no terminan de comprender es que los últimos dos años y medio han cambiado no solo a los judíos israelíes, sino también a los árabes israelíes.

A medida que se acercan las elecciones en Israel y comienzan a desplazar todo lo demás, las figuras de la oposición se están complicando al intentar definir cómo acercarse a los partidos árabes, y en particular a la facción Ra’am liderada por Mansour Abbas. Por un lado, los partidos judíos de la oposición enfrentan un problema matemático básico: casi todas las encuestas desde que el actual gobierno llegó al poder muestran una victoria cómoda de la oposición en las próximas elecciones, pero solo si cuenta con al menos algunos escaños árabes para alcanzar el número mágico de 61. Por otro lado, tratar a los partidos árabes como menos legítimos que los judíos debido a su antisionismo ha sido una característica rutinaria de la política israelí durante décadas, y tras el 7 de octubre hay todavía menos disposición, entre la mayoría de los judíos israelíes, a incluir a cualquier partido árabe en una coalición de gobierno.

Esta última dinámica es la que se está imponiendo. Como resultado, los políticos de la oposición intentan apelar a los instintos más bajos de sus votantes prometiendo excluir a los partidos árabes de la próxima coalición, aun cuando esta estrategia de auto-restricción hace más probable que el primer ministro Binyamin Netanyahu permanezca exactamente donde está, a pesar de los pésimos números que registra en las encuestas.

Hay distintos sabores de promesas para dejar fuera a los árabes de la próxima coalición. El equivalente político de un helado de sardinas con chispas de gelatina es el preferido por Benny Gantz, quien lanzó su campaña electoral con anuncios que comparan explícitamente a Ra’am -el partido árabe que formó parte de la coalición Bennett-Lapid y cuyo líder, Mansour Abbas, acepta explícita y públicamente a Israel como Estado judío- con Itamar Ben-Gvir y su partido kahanista Otzmá Iehudit. Gantz sostiene que la seguridad de Israel requiere no depender de ninguno de los dos.

Gantz se encuentra por debajo del umbral mínimo de votos en la mayoría de las encuestas y está dando tumbos en un intento desesperado por captar cualquier votante disponible. Lo que hace que esta maniobra pase de ser meramente patética a cínicamente despreciable es que Gantz fue ministro de Defensa mientras Ra’am formaba parte de la coalición de gobierno. Sabe, por experiencia directa, que su acusación carece de fundamento y que Abbas no es un extremista. Además, según se informó, fue incluso más lejos y llamó a Abbas antes del lanzamiento de la campaña para pedirle que no se lo tomara de manera personal. Gantz puede creer que solo está participando del juego político, pero al argumentar que un líder árabe israelí indudablemente moderado y responsable, así como su partido, son extremistas irredimibles comparables al supremacista judío más notorio de Israel y al instigador racial que es Ben-Gvir, está deslegitimando la idea misma de una participación política árabe genuina en cualquier circunstancia.

Un enfoque más complejo es el de Naftali Bennett, quien fue acosado por manifestantes de extrema derecha en un acto de campaña el lunes, donde lo acusaron de colaborador de la Hermandad Musulmana por haber formado una coalición con Ra’am tras las elecciones de junio de 2021. La complejidad de Ra’am radica en que es, al mismo tiempo, políticamente moderado y profundamente conservador en lo religioso: promueve cierto grado de coexistencia judeo-árabe y acepta a Israel como Estado judío, pero también es un partido islámico vinculado a movimientos de la Hermandad Musulmana. Aunque esto sería controvertido en cualquier contexto, lo es aún más en un entorno donde toda mención a la Hermandad Musulmana se codifica automáticamente como Hamás.

La respuesta de Bennett al ser confrontado esta semana fue admitir que había violado su promesa preelectoral de no sentarse con partidos árabes, pero al mismo tiempo defender esa decisión en lugar de repudiarla. Sin embargo, esto no le impidió afirmar que no repetirá la experiencia, aunque sin recurrir a la instigación del miedo que caracteriza a Benny Gantz. La justificación de Bennett no se centró en Abbas, en Ra’am ni en los partidos árabes en general, sino en el electorado israelí. Según explicó, después del 7 de octubre el público judío israelí no aceptará un gobierno que dependa del apoyo árabe. Su propuesta es formar un gobierno sionista compuesto por israelíes que sirven en el ejército, lo que en la práctica implica excluir tanto a los partidos árabes como a los partidos ultraortodoxos. De este modo, Bennett llega al mismo resultado que Gantz, pero por un camino distinto y menos inflamatorio o peyorativo hacia los árabes, que representan el 20% de la ciudadanía israelí.

Eso no significa que Bennett tenga razón. Los políticos de la oposición se están acorralando en una posición que hará más difícil -si no directamente imposible- formar un gobierno que excluya a los partidos del actual oficialismo, guiados exclusivamente por su lectura del ánimo de los votantes judíos israelíes. Los niveles de desconfianza hacia los palestinos se encuentran por las nubes, y muchos judíos israelíes creen sinceramente que otorgar a los árabes israelíes cualquier cuota significativa de poder en el próximo gobierno es demasiado peligroso como para siquiera considerarlo.

No importa que Ra’am no haya sido quien derribó al gobierno Bennett-Lapid -esa responsabilidad recae en el propio Bennett, que no logró evitar la deserción de diputados de su partido-, ni importa que Abbas haya condenado el 7 de octubre y esté abriendo su partido a la participación judía. Lo que sí importa es que el 7 de octubre sigue siendo una herida abierta que ha transformado profundamente la subjetividad de los judíos israelíes. Por eso, cuando Bennett señala que no existe un mandato de los votantes judíos para formar una coalición que dependa de partidos árabes, está alineándose con una opinión pública ampliamente dominante.

Lo que Bennett y otros dirigentes están pasando por alto es que, al evaluar cómo debería ser el próximo gobierno, no solo deben considerarse las actitudes judías, sino también las árabes. Uno de los temores más tempranos y persistentes en la terrible inmediatez posterior al 7 de octubre fue que estallarían disturbios protagonizados por árabes israelíes en las ciudades mixtas del país, como ocurrió durante el conflicto Israel-Hamás de mayo de 2021, o que los árabes israelíes responderían al llamado de Yahya Sinwar a levantarse y atacar a los judíos. Esos temores resultaron completamente infundados. No solo los árabes israelíes no imitaron lo que provenía de Gaza, sino que en gran medida se sintieron repelidos por ello.

A pesar del miedo generalizado por su propia seguridad y de la posibilidad de represalias, una encuesta de diciembre de 2023 mostró que dos tercios de los árabes israelíes se identificaban con Israel y que el 86% apoyaba los esfuerzos civiles voluntarios para ayudar durante la guerra. Un año después, el 58% de los árabes israelíes afirmó que la guerra -que para ese momento había causado la muerte de más de 40.000 palestinos- había generado un sentido de destino compartido con los judíos israelíes. En las encuestas, Ra’am es sistemáticamente el partido más votado entre los árabes, a pesar de haber sido el único que rompió el tabú de participar en coaliciones sionistas.

Todo esto sugiere que los árabes israelíes desean cada vez más formar parte de la sociedad israelí y verse a sí mismos como integrantes del proyecto israelí. Excluirlos después del 7 de octubre constituye un error histórico. También debilita la fórmula de Bennett basada en el servicio militar, ya que, si bien es cierto que tanto los árabes como los ultraortodoxos están mayoritariamente exentos de ese requisito, la diferencia es que los árabes están mostrando una creciente disposición a convertirse en participantes plenos de la vida israelí, mientras que la mayoría de los ultraortodoxos -y, sin duda, el liderazgo de esa comunidad- prefiere mantener y reforzar estructuras paralelas que permanecen al margen de la sociedad y de las instituciones del Estado.

Hay una combinación de cinismo, cálculo político e incluso convicciones genuinas en el enfoque de la oposición hacia los árabes israelíes, pero se trata de un error. No solo puede costarle a la oposición la oportunidad de reemplazar a Netanyahu y a su gobierno, sino que también le hará perder una ocasión histórica para integrar a los árabes israelíes en la vida pública de un modo más profundo y duradero. Bennett, Gantz y otros dirigentes están escuchando exclusivamente a su electorado judío, cuando deberían esforzarse por prestar la misma atención a sus compatriotas árabes.