Adaptar el pensamiento de Zygmunt Bauman a la realidad israelí contemporánea es una tarea delicada porque el tema mismo te empuja a dos errores fáciles:
- Convertir el Holocausto en un museo moral donde uno entra con respeto, se conmueve y sale igual que como entró.
- Es usarlo como martillo para golpear el presente con comparaciones perezosas, como si todo fuera lo mismo y nada importara en sus diferencias.
Memoria, modernidad y la tentación de la neutralidad moral
Bauman no sirve para eso. Bauman sirve para incomodar sin confundir. Para mirar hacia adentro sin caer en equívocos históricos. Para entender que el horror no fue una interrupción de la modernidad, fue una posibilidad que la modernidad alojó con eficiencia.
Esa es su advertencia central. Bauman te obliga a ver el Holocausto no como accidente irracional, sino como producto de racionalidad sin ética, de orden sin conciencia, de rutina sin freno moral. Te obliga a abandonar la fantasía tranquilizadora de los monstruos. Te dice que no hicieron falta demonios, hicieron falta oficinas. Protocolos. Formularios. Cadenas de mando. Gente común que se sintió eximida de responsabilidad porque estaba cumpliendo su tarea.
Leído ahora, desde Israel, ese enfoque cambia el modo de recordar. La memoria deja de ser solo un relato de victimización y se vuelve una invitación a la autovigilancia ética. Recordar no para blindarse. Recordar para preguntarse qué tipo de poder construimos cuando creemos que la seguridad nos habilita a no ver el sufrimiento del otro.
Clasificar, administrar, deshumanizar: el otro como problema técnico
Desde su visión podemos analizar cómo se fabrica un otro simbólico que desestabiliza el orden. En el nazismo, el judío fue construido como figura conceptual, ambigua, incómoda, imposible de encajar en las categorías de un mundo que quería clasificar todo. Desde Israel, el riesgo aparece cuando esa figura se desplaza y se vuelve el árabe israelí, el migrante africano, el palestino ocupado, el solicitante de asilo, el judío disidente, el judío ultraortodoxo. Cuando el otro es leído como amenaza al orden nacional o demográfico, el sistema responde como responden los sistemas modernos cuando temen el desorden. Clasifica. Segrega. Controla. Se convence de que administrar humanos es un problema técnico.
En Israel esa tentación no necesita caricaturas. Está ahí, en el modo en que el Estado y la sociedad construyen categorías que distribuyen derechos, permisos, restricciones y sospechas. Ciudadanos judíos. Ciudadanos árabes. Residentes palestinos de Jerusalén Este. Palestinos de Cisjordania. Habitantes de Gaza. Solicitantes de asilo africanos. Cada rótulo abre una puerta y cierra otra. Cada rótulo decide quién se mueve, quién trabaja, quién recibe atención médica, quién puede vivir sin humillación cotidiana, quién queda bajo vigilancia permanente. La fragmentación legal ordena el mundo, pero al mismo tiempo puede convertir la condición humana en un dato administrativo.
Ahí aparece una palabra difícil, casi fea, que Bauman usa como alarma. Adiaforización. Viene de adiáfora, cosas indiferentes. Cosas que el sistema vuelve neutras. Acciones que deberían tener peso moral y pasan a ser evaluadas como función, eficacia, control. Cuando una persona se vuelve número, amenaza, estatus, categoría, la moral se apaga sin necesidad de odio. No hace falta desear el mal. Alcanza con dejar de ver.
En Israel eso se vuelve visible cuando el lenguaje técnico reemplaza el lenguaje humano. Infiltrados. Ilegales. Terroristas potenciales. Objetivos colaterales. Zonas de seguridad. La palabra opera como anestesia. Una madre se vuelve un caso. Un niño se vuelve un riesgo. Una familia se vuelve un expediente. El dolor entra al sistema convertido en trámite.
La burocracia tiene esa virtud peligrosa. Te permite hacer daño con manos limpias. Te permite sentir que la responsabilidad está siempre en otro lado. Bauman, apoyándose en Milgram y Zimbardo, muestra cómo la obediencia racional puede operar sin responsabilidad moral. El individuo se siente pieza. Se siente instrumento. Se siente ejecutor de una norma. Y cuando eso pasa, la pregunta ética se vuelve molesta. Se aprende a no hacerla.
Por eso insiste en algo que suena simple y es muy difícil de vivir. La responsabilidad ética es personal. No se delega. No desaparece por usar uniforme. No se evapora por estar dentro de una cadena de mando. Una orden puede organizar la acción. Una orden no puede reemplazar la conciencia.
Israel conoce esa tensión desde adentro, incluso en su propia jurisprudencia. Kfar Qasem, 29 de octubre de 1956. Un toque de queda decretado tarde. Campesinos volviendo del trabajo sin haber sido informados. Una orden dada con claridad brutal. Disparar a quien viole el toque de queda, sin excepciones. El resultado fue una masacre de 49 civiles árabes desarmados, entre ellos mujeres y niños. El caso se volvió histórico no solo por el crimen, también por la discusión que obligó a abrir. Los acusados dijeron que habían cumplido órdenes. El tribunal militar estableció que aquella era una orden manifiestamente ilegal, tan evidentemente inmoral que cualquier persona debía reconocerlo y negarse a cumplirla.
Ese fallo intentó introducir un límite donde la modernidad tiende a borrar límites. Intentó romper la adiaforización en su punto de origen. Dijo que hay órdenes que no admiten refugio en la técnica, en la disciplina, en el protocolo. Que hay una moral básica anterior a la obediencia. No se mata inocentes por cumplir órdenes.

Kfar Qasem condensa dos caras del mismo fenómeno. La masacre muestra hasta dónde llega la obediencia cuando la conciencia se retira. La categoría de orden manifiestamente ilegal intenta ser una vacuna contra esa retirada. Un recordatorio de que la ética no es un accesorio del Estado. Es un freno. Es una interrupción. Es la parte humana que impide que la máquina se vuelva total.
Bauman también habla de otro mecanismo. La gestión simbólica del dolor. La modernidad no solo produce residuos humanos, también fabrica modos de narrar el sufrimiento para neutralizarlo o volverlo útil. El dolor deja de ser interpelación y se vuelve material de relato. Se explica, se reacomoda, se relativiza. Se administra.
Cuando la adiaforización y la gestión simbólica del dolor trabajan juntas, pasa algo muy oscuro. Lo intolerable se vuelve rutinario. Lo inmoral se maquilla de normalidad burocrática. La muerte se convierte en estadística técnica y el sufrimiento se convierte en argumento funcional.
En ese terreno, la memoria del Holocausto puede jugar dos papeles opuestos. Puede ser espejo o puede ser escudo. Si la memoria se usa para legitimar el presente sin examen, se vuelve blindaje. Si se usa para mirarse y preguntarse qué mecanismos de deshumanización están operando hoy, se vuelve brújula. El empuja hacia esa segunda opción. El recuerdo no como cheque moral en blanco, sino como obligación reforzada de no apagar la conciencia.
En el Israel contemporáneo ese punto es especialmente sensible. El holocausto estructura identidad, educación, ceremonias, política exterior, vínculo con el mundo. Y al mismo tiempo puede alimentar una narrativa de amenaza existencial permanente que justifica el cierre, la fuerza, la unión sin fisuras, el miedo como forma de cohesión. En esa lógica, toda crítica parece debilitar al país. La duda parece traición. La memoria se convierte en dogma. Bauman diría que cuando la memoria impide el debate deja de ser memoria. Se convierte en arma.
En ese mismo registro aparece la vergüenza como una incomodidad íntima que no se deja domesticar por ningún argumento y que no necesita espectáculo para existir, una sensación persistente que se queda pegada, aunque uno intente explicarla o correrla de lugar. Funciona como freno moral y como alarma interna porque te obliga a registrar una fisura entre lo que el sistema declara correcto y lo que tu conciencia percibe como inaceptable, aun cuando todo esté cubierto por sellos, uniformes y procedimientos.
En Israel esa vergüenza existe y se manifiesta en gestos concretos y dispersos que no buscan protagonismo, soldados que se niegan a participar de ciertas prácticas, objetores de conciencia, periodistas, médicos, docentes y ciudadanos comunes que dudan en silencio cuando sienten que el lenguaje público ya no alcanza para justificar lo que se está haciendo en tu nombre. Esa vergüenza no nace del rechazo al país ni de una pose moralista, nace de la decisión de no anestesiar el alma y de no entregar del todo la responsabilidad personal a la máquina de la obediencia.
En una sociedad altamente tecnificada, militarizada y atravesada por trauma, esa vergüenza puede ser el último faro humano. No para paralizar sino para volver a oír la moral cuando el orden estatal la empuja hasta al fondo.
Gaza, la gestión del dolor y los límites de la obediencia
También hay otro elemento que se vuelve decisivo. Lo que se ve y lo que no se ve. La administración de la mirada forma parte del dispositivo. Cuando la televisión y gran parte de la prensa no muestran lo que ocurre en Gaza, cuando se restringe el acceso de prensa extranjera, no se trata solo de seguridad. Se trata de relato. El que controla la imagen controla la percepción. El que controla la percepción controla la memoria.
Mostrar ciertas imágenes rompe el mecanismo de gestión simbólica del dolor. Si la sociedad viera en tiempo real cuerpos, madres, hospitales en ruinas, el discurso oficial perdería estabilidad. Por eso se prefiere que lo que salga sea parte oficial, mapas, conferencias, lenguaje de objetivos, explicación técnica. Y en paralelo se repiten imágenes del 7 de octubre, testimonios de rehenes, narrativas de miedo interno. Un dolor propio se magnifica. Un dolor ajeno se invisibiliza. Se crea un marco emocional cerrado donde cualquier cuestionamiento parece traición y cualquier duda se vive como debilidad frente al enemigo.
Ese cierre emocional se vuelve política. Y cuando se vuelve política, la democracia se adelgaza. La democracia como sistema puede seguir existiendo, pero el debate sustantivo se vacía. Se puede votar, pero cuesta discutir el sentido último de lo que se hace. Se puede apoyar, pero se castiga la pregunta. Se puede obedecer, pero no se tolera la conciencia.
Bauman no escribe para negar la seguridad ni para abolir el Estado moderno. Es más incómodo que eso. Te dice que el Estado moderno puede funcionar con eficiencia mientras silencia la ética. Te dice que el peligro no es solo la maldad. El peligro es no ver. El peligro es actuar sin preguntarse por el otro.
Leer ese pensamiento desde un sillón cómodo en un departamento de Tel Aviv no es señalar con el dedo ni buscar culpables externos. Es mirarse. Es aceptar la incomodidad de preguntarse qué estructuras tecnológicas, militares, jurídicas y sociales están funcionando con tanta eficacia que corren el riesgo de adormecer la conciencia moral. Es detenerse a pensar qué pasa cuando el deber de seguridad ocupa todo el espacio y deja en segundo plano el deber de humanidad. Es revisar, sin épica ni consignas, dónde queda el otro en nuestras decisiones cotidianas, qué lugar le damos cuando no encaja en el relato, y hasta qué punto estamos dispuestos a seguir adelante sin mirarlo a la cara.
Leído como israelí, Zygmunt Bauman no me ofrece consuelo ni alivio moral, me entrega una advertencia dirigida hacia adentro y difícil de esquivar. El Holocausto aparece entonces no como un pasado que protege ni como una herida que autoriza, sino como un espejo exigente que obliga a revisar el presente sin atajos. El nunca más se vuelve un principio que no se negocia con la pertenencia ni se acomoda según la conveniencia del momento. La memoria funciona como brújula que orienta y no como blindaje que justifica y permite borrarte éticamente. La vergüenza deja de ser debilidad para convertirse en freno, en señal de que algo esencial todavía resiste. Y la responsabilidad personal permanece intacta, incluso cuando la máquina del orden promete que todo está bajo control y que pensar ya no es necesario.
Si el mensaje de Bauman tiene una urgencia, es esta. La ética personal no desapareció. Puede ser silenciada. Y lo urgente es hacerla oír, incluso cuando incomoda al sistema. Incluso cuando incomoda a los nuestros. Incluso cuando nos obliga a mirar un rostro que preferíamos reducir a categoría.