El fútbol vuelve a rodar entre ruinas en Gaza.
El gesto no normaliza la destrucción: la expone, y afirma una negativa a que la devastación presente se convierta en una segunda Nakba.
En Gaza, un grupo de jóvenes juega al fútbol entre escombros. Todos con prótesis. No hay metáfora más brutal: cuerpos mutilados corriendo sobre un paisaje mutilado. La escena no busca ternura; exige lectura política. Jugar ahí no “devuelve la normalidad”: la desmiente y, al mismo tiempo, niega que la ruina sea el final.

Para muchos gazatíes, la Nakba de 1948 pertenece al registro de la memoria transmitida: una catástrofe heredada, casi mítica. Hoy, la devastación es propia, presente, material. Y cuando desde la política se habla de expulsión como horizonte, el partido entre ruinas y la decisión de querer volver a Gaza dicen algo simple y contundente: no queremos que esta destrucción se convierta en una segunda Nakba. No queremos que el desarraigo de hoy sea el mito que otros cuenten mañana.
Este gesto no es romántico. Es terco. No promete redención. Es una negativa: no aceptar que la catástrofe se cierre como desplazamiento definitivo. Correr con prótesis es reapropiarse del cuerpo herido y del tiempo mínimo; es afirmar: seguimos siendo cuerpos que deciden.
Aquí resuena la advertencia de Kenzaburō Ōe cuando escribió sobre Hiroshima: la devastación no debe volverse paisaje ni rutina moral. Los gestos de vida conservan su verdad solo si no anestesian la memoria del daño. El fútbol entre ruinas no tapa los escombros; los vuelve insoportablemente visibles. El juego denuncia por contraste.
También resuena la experiencia que cuenta Consolee Nishimwe tras el genocidio en Ruanda: la reconstrucción no empieza con discursos grandilocuentes, sino con volver a tejer vínculos mínimos —reglas compartidas, cooperación, comunidad— cuando el mundo se rompe. En la cancha improvisada reaparece esa socialidad básica que impide que el dolor quede en soledad. No “cura” el trauma; rehace mundo por un rato.
Hay quien mira estas imágenes para tranquilizarse: “mirá qué resilientes, todo va a estar bien”. Es una lectura cómoda —y falsa—. El contraste entre juego y ruina no consuela: acusa. Jugar ahí es rechazar la anestesia moral que normaliza la destrucción.

No se trata de comparar tragedias ni de disputar jerarquías del dolor. Se trata de reconocer un patrón humano: cuando un mundo es arrasado, la primera batalla es no aceptar el borrado. Volver, habitar, jugar: actos mínimos que impiden que la violencia tenga la última palabra sobre el relato.
Ese gol entre ruinas no “cura” Gaza. Pero dice algo que importa: no queremos convertir esta devastación en mito de expulsión. No queremos una Nakba que, con los años, se cuente en pasado. Jugar —y volver— es decir: todavía estamos acá, y no aceptamos desaparecer.»