El Servicio carcelario del Estado de Israel busca un candidato entusiasta para un nuevo puesto de carácter nacional: Verdugo. Se garantizan excelentes condiciones, empleo estable, simpatía del público y un compromiso que no encontrará en ningún otro empleo. Se garantizan el orgullo de proteger el hogar y la satisfacción de cumplir una tarea imprescindible para la seguridad del Estado. El verdugo deberá ahorcar personas del cuello con una soga hasta su muerte, ya sea por fractura de la columna cervical, paro cardíaco o asfixia. Esencia del cargo: justicia, venganza, disuasión, orgullo judío.
El anuncio está redactado en lenguaje general, pero debe entenderse de manera muy específica. Las personas que el verdugo deberá encontrar en el patíbulo son únicamente palestinos residentes en los Territorios a quienes los servicios de seguridad determinen, con sus distintos métodos, que son terroristas. Al verdugo no se le exigirá, por ahora, ahorcar árabes residentes en Israel, y desde luego no se le pedirá ahorcar judíos (por el momento). No sobrevivimos dos mil años de exilio para ahorcar judíos en la tierra de Israel.
Se busca un verdugo, uno y único. No una verdugo, no verdugos: verdugo. Un judío orgulloso y fuerte, dispuesto a mirarle a los ojos al condenado a muerte sin pestañear. Un judío vestido de negro, firme de manos y de espíritu, un hombre que no se estremezca al escuchar el momento exacto en que los huesos del cuello ceden ante la soga, que no retroceda ante el olor de un cadáver que se descompone bajo el calor del verano en la plaza de la ciudad. Un hombre cuyo nombre abra los noticieros nocturnos y se susurre de noche en los callejones oscuros de Rafah hasta Ramallah. El rostro de la disuasión israelí, un verdugo judío en el Estado de Israel. Las mujeres están invitadas a no presentar su candidatura.
Israel quiere un verdugo. Pide unirse a Irán, Somalia, Bangladesh, Siria y Botsuana. Exige marchar con orgullo contra el tiempo, la moral, la Torá oral y Occidente. Israel aspira a regresar a los días jubilosos del juicio Eichmann, cuando todo el pueblo se unió en torno a una vértebra rota por la que no lloró un solo judío en el mundo entero. Recuerda con nostalgia los años en que era posible ahorcar oficiales británicos en un bosquecillo sin que todas las almas bellas desplegaran sus banderas y salieran a manifestarse. Israel quiere ahorcar porque se ha comprobado que los muros, los fusiles, los aviones, las alambradas, los centros de detención, los dispositivos de vigilancia, la quema de aldeas, el hambre deliberada, todos han fallado. Donde las fuerzas de seguridad decepcionaron, triunfará un nudo corredizo y una pequeña tarima de madera que se abre en el momento preciso con solo apretar un botón.
Israel necesita un carpintero. Con la llegada de la primavera y la floración del lupino silvestre hay que construir un patíbulo, instalarlo en la plaza de Jerusalén, colgar a su alrededor banderas y retratos del Primer Ministro. Hay que instalar un sistema de megafonía para el discurso del ministro y puestos para vender golosinas; hay que preparar en talleres locales souvenirs con el rostro del verdugo y la fecha hebrea de la ejecución.

Israel necesita un maestro de soga y nudos, guardias de seguridad, un pregonero, un médico que certifique la hora de la muerte y un imán que le pregunte al condenado si se arrepiente de sus actos y si se siente disuadido. Hay que filmar la ejecución para que sirva de escarmiento, para las redes sociales, para el archivo del Estado. Israel necesita un sepulturero y una parcela de tierra donde se pueda cavar rápidamente, sin testigos.
Israel necesita un verdugo. Sus jueces son despreciados, sus médicos huyen para salvar la vida, sus maestros luchan por migajas. Israel ha decidido que no necesita científicos y que no hay lugar para poetas; que se sienten en los cerros y escriban poemas sobre el mar de Galilea o sobre soldados muertos. Necesita supervisores de cashrut, entertainers, estudiantes de yeshivá encorvados, operadores políticos, y ahora, un verdugo. Se parará en el patíbulo vestido con uniforme militar y sobre él la bandera nacional, será recibido con todos los honores en el parlamento y se sentará junto al presidente del Tribunal Supremo y al titular del Parlamento. Tras cien ejecuciones encenderá una antorcha el Día de la Independencia, en nombre de todos los judíos que dejaron de tener miedo, en nombre de todos los que se convirtieron en dioses y deciden quién vive y quién muere, y para gloria del Estado de Israel.
Israel está ahorcada, no está parada firme a pesar de décadas de prosperidad y construcción incesante de poderío bélico. A pesar del hi-tech, el shekel, el registro civil. Siempre siente la aspereza de una soga en torno al cuello, siempre se para de puntillas para que entre algo de aire. Sus ojos giran en sus órbitas, buscan por doquier al verdugo que sin duda enroscó la soga alrededor de su cuello, y no encuentran nada, el escenario está vacío, las tribunas están vacías, solo ella está de pie y reza para que no haya algún pequeño cuadrado debajo de ella que esté a punto de abrirse. 77 años y todavía no entendió Israel que no toda soga sirve para ahorcar y que no toda persona que se pone frente a ella es su verdugo. Para ella, el mundo entero es un patíbulo, y aún no nació el goy que no desea su cuello.
Israel necesita símbolos, como todo Estado. Había tantas posibilidades para elegir. No una paloma de la paz blanca, no hay que ser ingenuos. Incluso la Estrella de David fue abandonada, después de que los bastardos de Kaplan decidieran que también era suya. Se dejó atrapar por un momento por el orgulloso León, de noble alcurnia beitarista[1] y apropiada concordancia con los caprichos del poder de la derecha: un león que ruge, muerde, salta, devora y bombardea niños desde el aire antes del almuerzo.
Ahora ha llegado la hora del verdugo. El sionismo soñó con un hogar nacional para el pueblo judío en la tierra de Israel, pero una vez logrado, hay que definir nuevas metas. Se abandonó la paz, también se abandonó el bienestar de los habitantes. Entonces, ¿por qué no una soga? ¿Por qué no el poder de decir sin vergüenza que hay en nosotros una sed de muerte que exige ser satisfecha? ¿Por qué no un cadáver árabe meciéndose junto a un verdugo judío?
Echa un vistazo al reloj, mira al cielo y se envuelve en el talit: hay que alcanzar a rezar la minjá antes de la próxima ejecución.
[1] Del hebreo בֵּיתָּר (Beitar): relativo al movimiento revisionista sionista Beitar, fundado por Ze’ev Jabotinsky en 1923. De orientación nacionalista de derecha, constituye la rama juvenil del partido Herut y sus sucesores, entre ellos el Likud. En Israel, el término suele evocar una cultura política de dureza, belicosidad y culto a la fortaleza nacional.