Haaretz, 10/4/2026

Cómplices de las consignas: el público israelí y la retórica de la victoria total

No es una crítica más: quien habla es Shaul Arieli, coronel retirado, excomandante en Gaza, responsable de la implementación de acuerdos bajo los gobiernos de Rabin y Barak y protagonista directo de las negociaciones israelí-palestinas. Desde esa trayectoria, analiza cómo la retórica de objetivos absolutos no solo distorsiona la realidad, sino que arrastra al público israelí a una peligrosa complicidad política.
Por Shaul Arieli*. Traducción: Bemy Rychter

En los últimos años, bajo el liderazgo de Benjamín Netanyahu, se ha arraigado en Israel un lenguaje político y de seguridad basado en un mundo imaginario que se aleja progresivamente de la realidad. Este lenguaje se ha convertido en el instrumento central de la gestión política del gobierno, en la forma de promesas de «victoria total», «eliminación total» de los enemigos y la prevención de toda amenaza «a cualquier precio». El problema es la enorme brecha entre las promesas y la realidad, que se convierte gradualmente en una característica permanente de la política israelí.

Así, tras el estallido de la campaña en Gaza después de los eventos del 7 de octubre de 2023, Netanyahu declaró que el objetivo de la guerra era «eliminar a Hamas en toda la Franja de Gaza», y dijo que estábamos «a un paso de la victoria total», expresión que repitió en numerosas ocasiones. En relación con el frente iraní, al comienzo de la guerra, el 28 de febrero, Netanyahu declaró: «Esta guerra conducirá a una paz verdadera… vamos a cambiar la faz del Medio Oriente», y más adelante dijo: «Crearemos las condiciones para que el valiente pueblo iraní se libere de las cadenas de la tiranía».

No se trata de lapsus ni de exageraciones momentáneas, sino de un método que prefiere formulaciones absolutas a evaluaciones realistas, y presenta al público metas imposibles de alcanzar, e incluso de medir. «Victoria total» no es un objetivo operativo viable, sino una consigna. Y cuando el primer ministro repite semejantes consignas una y otra vez, las convierte en política y genera en el público la expectativa de que se cumplirán.

Aquí comienza el verdadero problema, porque el público no es solo un espectador pasivo: es un socio activo en la creación de la realidad política. Cuando el público adopta estas consignas sin examinar su viabilidad, se exime de la responsabilidad de ejercer el pensamiento crítico. La creencia en promesas imposibles no es solo un error o un engaño por parte del liderazgo, es también el error de un público que elige creer.

Distintas encuestas revelan cuán profundamente se han arraigado las ideas de objetivos absolutos e irrealizables. Revelan que la mayoría del público judío apoya la continuación del combate en todos los frentes «hasta lograr una victoria decisiva plena». Así, una encuesta de la Universidad de Tel Aviv (enero de 2024) encontró que más del 60% de los encuestados opinaba que había que continuar combatiendo hasta la «eliminación total de Hamas». Una encuesta del Instituto Israelí para la Democracia de marzo de este año encontró que aproximadamente dos tercios del público apoyan la continuación de la operación «Rugido del León». Estos datos no expresan solo una postura de seguridad; son testimonio de una internalización casi total, por parte del público, de la retórica gubernamental falaz.

El problema es que la realidad no se alinea con las consignas. Hamas no fue eliminado. Fue golpeado, pero continúa gobernando en Gaza. Sus capacidades militares se redujeron, pero no fueron eliminadas. Hezbolá tampoco fue derrotado, y la confrontación en el norte prosigue con intensidad variable, mientras exhibe patrones de un ejército organizado. En cuanto a Irán, no solo no hubo cambio de régimen, sino que su influencia en la región se mantiene estable, continúa operando a través de mecanismos de proxy, e incluso presionó a Trump para que declarara un cese del fuego de manera casi unilateral.

La brecha entre las declaraciones y promesas y la realidad impulsa un proceso político peligroso. Cuando un liderazgo promete un objetivo absoluto y no lo cumple, no puede reconocerlo sin pagar un alto precio político. Por eso tiende a escalar sus acciones, a ampliar los objetivos o, alternativamente, a modificar los criterios de éxito.

Así se crea un círculo vicioso: las promesas imposibles conducen a expectativas irreales y elevadas, que conducen a presión pública para continuar la acción, que conduce a una nueva escalada en un intento vano de alcanzar los objetivos, a un costo creciente. No es un asunto teórico. Esta dinámica puede identificarse en el discurso público y político israelí desde el comienzo de la guerra en 2023.

Shaul Arieli

En el caso de Netanyahu, se trata de un patrón profundo que no se limita a la campaña actual. Ya en 2002, Netanyahu alentó a los EE.UU. a invadir Irak argumentando que ese paso traería la democratización del Medio Oriente y el debilitamiento de Irán (testimonio que brindó ante el Congreso en 2002). En la práctica, la invasión de Irak en 2003 condujo al resultado opuesto: el colapso del orden regional y el fortalecimiento significativo de Irán. También entonces la brecha entre las promesas y la realidad era evidente.

Desde el comienzo de la guerra en 2023, el discurso en Israel abunda en objetivos irreales, que generan expectativas irreales, que conducen a la escalada y a un precio elevado.

El problema no reside en una evaluación situacional equivocada, sino en la preferencia de una narrativa absurda sobre la realidad. En lugar de adoptar una política que reconozca la complejidad del escenario y las limitaciones del poder, y que por ello elija objetivos alcanzables, se adopta una política basada en declaraciones grandilocuentes, destinadas a generar en el público la sensación de que el liderazgo tiene el control.

La supervivencia política de Netanyahu descansa en el cultivo de un enemigo existencial constante y absoluto (como Hamas e Irán). Lo necesita para reclamar su indispensabilidad como protector exclusivo de Israel. Si la realidad fuera percibida como compleja o como exigente de compromiso, su indispensabilidad absoluta como líder se vería erosionada. Y esa erosión es presentada y percibida como una amenaza a la supervivencia del pueblo judío.

Pero el control ilusorio no puede reemplazar al control real. Al contrario, lo debilita. Cuando el público descubre que las promesas no se cumplen, su confianza se erosiona. Cuando el liderazgo continúa prometiendo lo mismo, la brecha entre las promesas y la realidad se ensancha aún más.

Aquí entra en escena la responsabilidad del público, porque la creencia en estas promesas no es producto de la coerción, sino de la elección de preferir un mensaje simple al reconocimiento de la realidad compleja: la elección de creer que es posible «resolver» conflictos solo por la fuerza; la elección de renunciar a la duda y al pensamiento crítico e independiente. En ese sentido, el público no es solo víctima de la retórica política falaz, sino su cómplice. Quien cree que es posible lograr «una victoria total» sobre una organización fanática que opera dentro de una población civil, o «eliminar» una amenaza regional como Irán solo mediante medios militares, elige ignorar las lecciones de la historia. El resultado es el desplazamiento de una política realista. Toda propuesta de soluciones realistas en forma de compromiso, regulación o gestión del conflicto es percibida como fracaso. Todo intento de definir objetivos limitados es percibido como expresión de debilidad. Así se reduce el margen de maniobra del liderazgo, no porque carezca de opciones, sino porque está encadenado a sus propias promesas.

Esto tiene un precio también en el escenario internacional. Los Estados actúan según intereses, no según consignas. Cuando Israel presenta objetivos inalcanzables, le cuesta convencer a socios internacionales de apoyar su política a largo plazo. La brecha entre las declaraciones ambiciosas y los resultados daña su credibilidad.

La lección es clara: un liderazgo responsable no promete lo imposible ni garantiza «la victoria total», sino que define políticas y objetivos alcanzables, gestiona riesgos y reconoce las limitaciones del poder. Actúa para obtener una ventaja relativa dentro de una realidad compleja.

El hecho de que el primer ministro continúe usando la misma retórica, incluso después de haber sido refutada una y otra vez, no es casual. Sirve a una necesidad política de corto plazo, mantener el apoyo, crear la ilusión de control y rumbo, y desviar las críticas. Pero a largo plazo, esto daña la capacidad de implementar una política efectiva, y el bumerang no tarda en llegar. No ocurre necesariamente en un único evento dramático, sino en un proceso sostenido de erosión de la confianza, de escalada sin un objetivo claro y de la complacencia del liderazgo y el público en consignas vacías. La pregunta no es si la brecha entre las promesas y la realidad quedará al descubierto, ya quedó al descubierto. La pregunta es cuánto tiempo más tardará el sistema político y el público en Israel en decidir mirar la realidad de frente, extraer las conclusiones pertinentes y enfrentarla.

* Coronel (retirado) del Ejército de Defensa de Israel. Comandó la brigada norte de la Franja de Gaza y supervisó la implementación del Acuerdo Gaza-Jericó (1994). Fue jefe de la Administración de Acuerdos Interinos bajo el gobierno Rabin y jefe de la Administración de Paz bajo el gobierno Barak. Desde su retiro de las FDI en 2001, se dedica a promover un acuerdo de estatus permanente israelí-palestino y fue uno de los negociadores principales que dieron forma a la Iniciativa de Ginebra (2003).