Hay casos que, aun saturados de información, no logran estabilizar un sentido. El de Jeffrey Epstein es uno de ellos.
La secuencia es conocida: abusos documentados, vínculos con figuras de alto nivel, una condena tardía, una muerte en prisión bajo circunstancias que multiplicaron las sospechas, y una sucesión de archivos y documentos que, lejos de ordenar la escena, la fragmentan aún más.
No se trata de un vacío de información. Por el contrario, el caso está saturado de ella. Listas, agendas, vuelos, declaraciones, expedientes parcialmente desclasificados. Sin embargo, esa acumulación no produce claridad. Produce conexiones posibles que no terminan de articularse en una estructura inteligible. Los nombres aparecen, pero no siempre los contextos; las relaciones se sugieren, pero rara vez se demuestran; los indicios se multiplican sin converger en una explicación concluyente.
Esta forma particular de opacidad —no la ausencia de datos, sino su dispersión— es uno de los rasgos decisivos del caso. Cuanto más material circula, más difícil resulta distinguir entre lo relevante y lo accesorio, entre lo probado y lo insinuado. La información deja de operar como criterio de verdad para convertirse en materia prima de interpretación.
El caso Epstein se transforma en un objeto político. No porque revele una conspiración total, sino porque pasa a funcionar como instrumento en narrativas que necesitan algo más que hechos: necesitan una forma de ordenar la desconfianza contemporánea hacia las élites.
Esa desconfianza se apoya en experiencias concretas. Durante años, instituciones judiciales, políticas y mediáticas demostraron una incapacidad persistente para producir un relato consistente. Archivos parciales, investigaciones incompletas, responsabilidades difusas. No se trata de ausencia de información, sino de una forma específica de opacidad: aquella que resulta de la acumulación de datos que no terminan de articularse en una explicación coherente.
En ese contexto, la imaginación política tiende a radicalizar la hipótesis. En el ecosistema contemporáneo de las guerras culturales, el blanco de la sospecha tiene direcciones precisas.
En distintas ramificaciones, la asociación aparece formulada. Judaísmo, élites y poder oculto se integran en un mismo esquema narrativo que tiene antecedentes precisos en la historia del antisemitismo moderno. No hace falta explicitarlo. Es la forma que el antisemitismo le dio a la sospecha sobre el poder.
El uso expansivo del término «pedofilia» intensifica el relato y lo inscribe en un campo simbólico más amplio, donde reaparecen imaginarios de corrupción moral absoluta con antecedentes precisos en la figura del crimen ritual.
No es casual que el caso haya ocupado un lugar central en construcciones como QAnon, donde la idea de redes de abuso y élites ocultas se integra en una narrativa total sobre el poder. Allí, la sospecha deja de operar como hipótesis y se convierte en sistema cerrado de interpretación.
El problema ya no es solo qué ocurrió, sino bajo qué condiciones resulta posible distinguir entre lo que puede probarse y lo que simplemente se articula como relato. En ese terreno, la diferencia entre investigación y narración tiende a desdibujarse. Y con ella, la posibilidad misma de producir una comprensión compartida de los hechos.
Genealogía de una acusación persistente
La conexión entre Epstein y el judaísmo no es un invento reciente. Se instala en un espacio que la historia dejó abierto.
Durante siglos, el libelo de sangre funcionó como el dispositivo narrativo más eficaz del antijudaísmo europeo: la acusación de que judíos secuestraban, torturaban y asesinaban niños cristianos para utilizar su sangre en rituales religiosos. No había prueba que la sostuviera. Tampoco hacía falta. El libelo no requería verificación porque no operaba como hipótesis sino como certeza previa que los hechos venían a confirmar.
El libelo de sangre no desapareció con la modernidad. Se secularizó. El judío medieval que mataba niños por motivos religiosos se transformó en el judío moderno que los corrompe, los explota o los somete por motivos de poder. La estructura narrativa permanece: una víctima inocente, un perpetrador judío, un crimen que condensa todos los males. Lo que cambia es el lenguaje en que se formula.

Epstein provee los elementos necesarios para reactivar esa estructura. Víctimas jóvenes, abuso documentado, vínculos con el poder, un apellido. No hace falta trazar la conexión de manera explícita. El esquema ya está disponible, sedimentado en siglos de repetición. Basta con que los elementos encajen para que la narrativa se active sola. Esa es precisamente la eficacia del libelo de sangre como legado cultural: no necesita ser convocada conscientemente para operar. Funciona como una ranura en la cadena de transmisión por la que se cuela con una precisión que parece confirmar lo que ya se sabía.
Pero hay aquí una tensión que no puede resolverse fácilmente. Epstein no es una figura inventada. Los abusos ocurrieron. Los vínculos con figuras de poder fueron reales. Las víctimas existen y declararon. El caso no es una fabricación antisemita: es un crimen documentado que el sistema judicial procesó tarde, mal y de manera incompleta.
La pregunta entonces no es si algo ocurrió sino cómo algo real se convierte en andamiaje de un delirio.
Esa es la operación más dificil de desmontar, porque no trabaja sobre la falsedad sino sobre la verdad. Toma hechos verificables, los descontextualiza, los reordena y los inscribe en un esquema narrativo que los trasciende. El resultado no es mentira pura sino algo más resistente: una mezcla de lo probado y lo insinuado que se presenta como explicación total.
El valor político de la ambigüedad
Adorno y Horkheimer señalaron este mecanismo en la Dialéctica de la Ilustración: el prejuicio antisemita no es pura irracionalidad. Contiene un elemento de verdad deformada que lo hace inmune a la refutación simple. No se lo puede desmentir solo con hechos porque no opera únicamente sobre hechos. Opera sobre una disposición interpretativa previa que los hechos vienen a confirmar, cualquiera sea su contenido.
Eso explica por qué el caso Epstein resiste el cierre. Cuanta más información aparece, más se ramifica la sospecha. Cada dato nuevo no reduce la incertidumbre, sino que la amplía. Y en ese espacio de incertidumbre expandida, el libelo de sangre secularizado encuentra su condición ideal: no la ausencia de hechos, sino su exceso sin forma.
La opacidad del caso no es solo un efecto de su complejidad. En parte es producida. Archivos desclasificados a medias, investigaciones abiertas que no concluyen, responsabilidades que se sugieren pero no se determinan. Ese estado de indeterminación permanente no es únicamente el resultado de la incompetencia institucional, aunque también lo sea. Es funcional a actores que tienen interés en que el caso no se cierre del todo: ni como condena completa ni como absolución.
Esa indeterminación deliberada tiene consecuencias precisas. Mantiene abierto el espacio donde prospera la imaginación conspirativa. No hace falta una conspiración para producir conspiracionismo. Basta con que las instituciones encargadas de producir verdad —la justicia, la prensa, el sistema político— demuestren de manera reiterada que no pueden o no quieren hacerlo. En ese vacío, la narrativa conspirativa no aparece como delirio sino como hipótesis razonable. Como la única explicación que da cuenta de por qué nada termina de aclararse.
El problema no es nuevo. La desconfianza hacia las élites tiene bases empíricas que no pueden descartarse. Pero cuando esa desconfianza pierde sus anclajes críticos y se convierte en sistema cerrado de interpretación, deja de ser análisis para convertirse en otra cosa. En ese punto, cualquier dato nuevo confirma lo que ya se sabía. La investigación se vuelve innecesaria porque la conclusión precede a la evidencia.
Esa es la condición en que el libelo de sangre encuentra su versión contemporánea. No en la credulidad de los ignorantes sino en la desconfianza razonada de quienes tienen motivos reales para no confiar en las instituciones. Eso es lo que lo hace difícil de combatir. Y lo que lo hace peligroso.
La lógica que excede al caso
El problema no es Epstein. Epstein es el nombre que el presente le dio a una estructura más antigua. Lo que el caso pone en evidencia no es una conspiración sino una disposición: la disponibilidad permanente de un esquema narrativo que puede activarse cada vez que confluyen poder, escándalo y un apellido reconocible.
Esa disponibilidad no requiere intención antisemita consciente. Puede operar en quienes se consideran progresistas, en quienes denuncian genuinamente el abuso de poder, en quienes desconfían con razón de las élites. El libelo de sangre secularizado no necesita creyentes convencidos. Le basta con usuarios ocasionales que no reconocen los canales a través de los cuales se están infiltrando sus argumentos.
La pregunta que queda abierta no es judicial sino política y cultural. ¿Bajo qué condiciones una sociedad desarrolla la capacidad de distinguir entre la crítica al poder y la reproducción irreflexiva de sus fantasmas más antiguos? ¿Qué instituciones, qué prácticas, qué formas de pensamiento permiten sostener esa distinción cuando la información se dispersa, cuando la desconfianza es razonable y cuando los hechos reales proveen el andamiaje para el delirio?
No hay respuesta sencilla. Pero formular la pregunta con precisión es ya una forma de resistencia. Nombrar el mecanismo no lo desactiva, pero impide que opere en la oscuridad. Y en ese punto, la cultura de la memoria no es un ejercicio nostálgico sino una herramienta crítica: la única que permite reconocer, en el presente más inmediato, la forma que ya conocemos.
Foto de portada: Autor: Imagen de DonkeyHotey, vía Wikimedia Commons, bajo licencia Creative Commons CC BY 4.0.