De un argentino que es ciudadano israelí

Milei en Israel, vergüenza propia, vergüenza ajena

La visita de Javier Milei a Israel no dejó una imagen de Estado sino de alineamiento acrítico y oportunismo político: en medio de una guerra y de una profunda crisis interna, la diplomacia argentina fue reemplazada por gestos de tribuna que derivaron en espectáculo, exageración y, por momentos, en un claro ridículo institucional.
Por Ruben Ogorek

La Llegada de Javier Milei a Israel dejó escenas difíciles de olvidar, no por  su altura  institucional sino por la incomodidad que provocaron. Para muchos argentinos que vivimos aquí, la sensación fue doble, vergüenza ajena y vergüenza propia.

Vergüenza ajena por el comportamiento de quien debería representar con sobriedad a Argentina y eligió alinearse con los sectores más conservadores y mesiánicos del mundo religioso judío y del escenario político local, además de respaldar a un gobierno crecientemente cuestionado por su deriva belicista y por prácticas que muchos consideran contrarias al espíritu democrático.

Vergüenza propia por ver cómo, en medio de una guerra devastadora y de una crisis política interna profunda, un visitante extranjero que al ser argentino debería permitirme sentir alguna identificación con su visita me produjo exactamente lo contrario, distancia, incomodidad y una profunda lejanía.

Uno de los momentos más visibles fue su presencia en el tekes hadlakat hamasuot de Iom Haatzmaut, la tradicional ceremonia del encendido de antorchas que marca el inicio de Yom Ha’atzmaut (Día de la Independencia de Israel). Históricamente, ese acto busca expresar unidad nacional, memoria compartida y reconocimiento cívico. Es una ceremonia pensada para reunir diferencias bajo un símbolo común. Sin embargo, esta vez, para muchos ciudadanos, dejó de ser una celebración nacional para convertirse en una puesta en escena atravesada por el proselitismo partidario al servicio de Benjamin Netanyahu y de su coalición de gobierno. El día de la independencia quedó, para no pocos, empañado por la sensación de indecencia política.

En ese contexto, la presencia de Milei no aportó seriedad diplomática ni altura institucional. Aportó estridencia. Su estilo impulsivo, ciertos gestos innecesarios y la constante necesidad de mostrarse como protagonista lo volvieron funcional a la escenografía oficialista. No se vio a un jefe de Estado consciente del momento histórico, sino a un dirigente cómodo en el espectáculo político y dispuesto a reforzar alineamientos ideológicos frente a las cámaras.

El problema no es mostrar emoción sincera, algo legítimo en cualquier persona. El problema aparece cuando la emoción se vuelve teatralidad, cuando la diplomacia se reemplaza por gestos de tribuna y cuando la representación institucional se subordina al impacto mediático. Un presidente extranjero invitado a una ceremonia tan sensible debería comprender el contexto interno del país anfitrión, actuar con mesura y mantener cierta distancia frente a disputas domésticas.

Milei hizo lo contrario. Se dejó usar como trofeo político de Netanyahu en un momento en que cientos de miles de israelíes cuestionan al gobierno por la conducción de la guerra en Gaza, por las tensiones con Líbano, por la alianza con Trump y está interminable guerra contra Irán, por el deterioro institucional y por una creciente fatiga social ante años de confrontación permanente

Muchos ciudadanos israelíes observaron con tristeza cómo una ceremonia pensada para unir fue colonizada por intereses facciosos. El encendido de antorchas, símbolo de continuidad estatal y pertenencia colectiva, quedó teñido por necesidades coyunturales. Netanyahu necesitaba mostrar fortaleza, legitimidad y apoyos externos. Necesitaba transmitir que no está aislado. Milei apareció entonces como una pieza útil en ese libreto, un aliado dispuesto a brindar respaldo sin matices.

Pero no se trata solo de lo que esto significó para Israel. También existe un costo potencial para Argentina, país que conoce demasiado bien las consecuencias de quedar atrapado en conflictos geopolíticos ajenos y en la lógica del extremismo internacional. La política exterior exige prudencia, equilibrio y defensa inteligente del interés nacional. No puede reducirse a impulsos personales, gestos mesiánicos ni provocaciones simbólicas que luego pagan las sociedades.

Ni todos los israelíes son Netanyahu. Ni todos los argentinos son Milei. Parece una obviedad, pero en tiempos de polarización conviene recordarlo. Este tipo de gobiernos intentan apropiarse de la identidad nacional y hablar como si encarnaran la voluntad completa de sus pueblos. No es así. Un dirigente puede ganar elecciones y administrar poder, pero no se convierte por eso en sinónimo exclusivo de la nación.

Israel es mucho más que su gobierno actual. Es también la sociedad que protesta en las calles, las familias que reclamaron por los rehenes, quienes piden acuerdos, quienes defienden las instituciones democráticas, quienes cuestionan la corrupción, quienes rechazan nuevas guerras y quienes simplemente quieren vivir en paz sin pasar de crisis en crisis. Reducir toda esa complejidad a la figura de Netanyahu es falsear la realidad.

Argentina también es mucho más que Milei y su estilo confrontativo. Es la tradición democrática reconstruida desde 1983, la cultura crítica, la universidad y la medicina pública, los trabajadores, las pequeñas empresas, los jubilados, los jóvenes que buscan futuro y millones de ciudadanos que no creen en la agresividad como método de gobierno. Un presidente ocupa la Casa Rosada, pero no monopoliza el alma de un país.

Ambos pueblos merecen algo mejor que líderes que confunden grandeza con estridencia y patriotismo con propaganda. Confundir grandeza con estridencia es creer que gobernar consiste en llamar la atención, que el volumen reemplaza a la razón y que el escándalo sustituye a los resultados. Confundir patriotismo con propaganda es usar banderas y emociones para blindar al poder, presentando toda crítica como confrontación y toda diversidad como traición.

Patriotismo también es cuidar a la población, dar refugio en la necesidad, fortalecer instituciones, respetar la ley, proteger la convivencia y construir un futuro común. La crítica democrática no es antipatria. Muchas veces es la forma más honesta de amar a un país.

Por eso vale insistir. Ni Netanyahu agota a Israel. Ni Milei agota a Argentina. Los pueblos son más amplios que sus gobiernos, más diversos que sus consignas y más duraderos que cualquier dirigente de turno.

Ya es hora de exigir menos líderes enamorados de sí mismos y más servidores públicos comprometidos con la cordura, la paz y el bienestar común. Basta de guerras, basta de fanatismos, basta de convertir el dolor humano en plataforma política. El mundo necesita menos espectáculo y mucha más humanidad.