Javier Milei volvió a la Argentina después de tres días en Israel que el gobierno local se esforzó por convertir en una puesta en escena: la Medalla de Honor del presidente Isaac Herzog, el doctorado honoris causa de la Universidad Bar-Ilán, el Muro de los Lamentos, la firma de los «Acuerdos de Isaac», el grito «¡Viva la libertad, carajo!» desde el Monte Herzl y —para rematar— una versión de Libre, de Nino Bravo, ovacionada al grito de olé. Fue, en los términos de la propia prensa israelí, el alivio mediático que Benjamin Netanyahu necesitaba en un momento de fuerte erosión interna e internacional.
Pero más allá de la coreografía, lo relevante de la gira no fue el canto, ni el baile con el rabino ultraderechista Avraham Zarbiv, ni siquiera la enésima promesa de mudar la embajada a Jerusalén. Lo relevante fue lo que Milei dijo al recibir el doctorado: anunció en público, y por primera vez, el epílogo de su próximo libro. Ahí hay una idea. Y esa idea merece ser mirada de cerca, porque marca un punto de no retorno: la caída definitiva de la máscara libertaria con la que Milei llegó al poder.
Dos Milei, uno solo
Desde antes de ser presidente, Milei definió al liberalismo con una fórmula que repitió hasta el cansancio: «el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo, basado en el principio de no agresión y en defensa del derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad». Una profesión de fe rothbardiana: Estado mínimo, libertad negativa, individuo como unidad moral última. Lo público se reducía a garantizar que nadie fuera agredido.
Pero al lado de esa fórmula convivió siempre otra cosa. En Davos, en enero de 2025, Milei sostuvo ante empresarios y líderes mundiales que «en sus versiones más extremas, la ideología de género constituye lisa y llanamente abuso infantil», y apoyó la frase en el caso de una pareja homosexual condenada en Georgia, Estados Unidos, por abusar de sus hijos adoptivos. La implicación —que la homosexualidad está vinculada al abuso infantil— no tiene respaldo en la evidencia disponible, pero sí tiene una genealogía clara en el discurso de la derecha religiosa norteamericana. Meses después, en la Cámara de Comercio de los Estados Unidos, atribuyó la caída de la tasa de natalidad argentina al «ataque a las dos vidas», es decir, a la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo sancionada en 2020. Tampoco hay evidencia que sostenga esa causalidad; lo que sí hay es una vieja bandera del conservadurismo católico.

Esos Milei —el libertario y el conservador religioso— nunca fueron dos personas distintas. Fueron, desde el comienzo, el mismo dispositivo retórico: una presentación pública libertaria que funcionaba como puerta de entrada, y un núcleo moral duro que aparecía en los costados, en los gestos, en las peleas culturales. Lo que cambió en Bar-Ilán no es la sustancia. Lo que cambió es que Milei dejó de ordenarlas jerárquicamente. El principio de no agresión era, hasta hace poco, la bandera principal. A partir de la apertura de sesiones del Congreso en marzo de 2026 —donde empezó a hablar de «la moral como política de Estado»— y ahora en Bar-Ilán, la relación se invirtió. La moral de bordes definidos pasó al frente. La libertad quedó como adorno, como grito final de cierre.
En Bar-Ilán, Milei articuló esa moral como política pública en tres patas: los valores éticos y morales de Occidente, la eficiencia económica y el utilitarismo político. El movimiento filosófico es claro: el Estado ya no existe para proteger al individuo de la agresión, sino para imponer un orden moral específico, que Milei identifica explícitamente con los «valores judeocristianos». «La elección no es política, es moral», dijo, citando el Deuteronomio. Y agregó, sin eufemismos, que «el gobernante que honra la ley de Dios no solo prospera, él hace prosperar a su pueblo».
La pregunta inevitable es quién define el bien y el mal. El liberal clásico responde: cada individuo, dentro del marco del derecho. El Milei de Bar-Ilán responde otra cosa: lo define una tradición religiosa, y el Estado está ahí para administrarla. Es un terreno más cercano a Carl Schmitt que a Murray Rothbard.
«Con determinadas culturas no vamos a poder convivir»
El momento más revelador del discurso no fue teológico sino geopolítico. Milei dijo, textual: «con determinadas culturas no vamos a poder convivir, porque si nosotros respetamos el derecho a la vida, no podemos convivir con quienes nos quieren matar». La frase, aplaudida en Bar-Ilán, suena defensiva. Pero desactiva en un párrafo todo el andamiaje del orden internacional de posguerra.
Porque si hay culturas con las que no se puede convivir, entonces no hay marco común de derechos, no hay ley universal, no hay sujeto humano abstracto. Hay nosotros y ellos. Y la simetría lógica es implacable: si yo no puedo respetarle el derecho a la vida a quien me quiere matar, quien me quiere matar tampoco tiene por qué respetármelo a mí. El conflicto pasa a ser irreductible y la única pregunta que queda en pie es quién es más fuerte o quién golpea primero. Lo que Milei describe como moral es, en el fondo, la ley del más fuerte vestida de teología.
Esto no es liberalismo. El liberalismo clásico —el de Locke, el de Kant, hasta el de Hayek— se construyó precisamente contra la idea de que la política se jugara en el terreno de las verdades últimas. Su apuesta fue la inversa: reducir el Estado a un árbitro neutral justamente porque las culturas, las religiones y las morales no se ponen de acuerdo. La tolerancia no es relativismo; es la condición de posibilidad de la convivencia.
El triángulo: Milei, Netanyahu, Trump
Lo que emerge de la gira es que la Argentina se alinea no con Israel como Estado, sino con una corriente ideológica específica que hoy gobierna Israel, Estados Unidos y, por ahora, la Argentina. La visita le sirve a Netanyahu para mostrar que, contra la estadística de apoyo decreciente en Europa y en los propios Estados Unidos, todavía le queda un aliado dispuesto a pararse públicamente a su lado. Milei cumple esa función. No es casual que haya bailado con un juez rabínico acusado de racismo mientras, a pocos kilómetros, en Tel Aviv, se celebraba una ceremonia alternativa «por el retorno a los valores de la Declaración de Independencia».
Trump cierra el triángulo. Los tres comparten una matriz: la idea de que el orden internacional basado en reglas —Naciones Unidas, tratados, acuerdos multilaterales— es un corsé decadente, y que lo que vale es la afinidad entre soberanos que reconocen el mismo marco moral. El resto es enemigo. No adversario: enemigo.
Meloni, o el conservadurismo que todavía reconoce el límite
Para calibrar la distancia conviene mirar a Giorgia Meloni. Amiga declarada de Milei y de Trump, heredera de una tradición de derecha dura, conservadora católica hasta la médula. Y, sin embargo, en los últimos meses Meloni fue tomando distancia del gesto populista de ruptura: sostuvo los marcos europeos frente a la guerra en Ucrania, moderó su discurso migratorio, votó con el consenso de la UE en temas que Milei y Trump denuncian como «globalistas». Meloni es conservadora; no es posliberal. Esa distinción —entre una derecha que cree en los límites institucionales y otra que cree que los límites son obstáculos— es hoy la línea divisoria más importante del espectro político occidental.
Milei eligió lado. Y lo eligió en el terreno más cargado de todos: una universidad religiosa en Israel, recibiendo un doctorado en reconocimiento a su «apoyo público y diplomático al Estado de Israel», precisamente mientras ese Estado atraviesa la crisis de legitimidad internacional más grave de su historia reciente.
La visita a Israel, leída en clave de política exterior argentina, puede parecer un episodio más de diplomacia personalista. Leída en clave ideológica, es otra cosa: el acto de fundación pública del Milei que siempre estuvo ahí, pero que hasta hace poco se presentaba envuelto en el celofán del principio de no agresión. El candidato que pedía sacar al Estado de la vida de la gente ahora propone un Estado que decide qué cultura merece convivir con la nuestra. Y lo hace sin el contrapeso retórico que antes lo equilibraba.
No hubo traición al liberalismo, porque no hubo nunca un liberalismo pleno del que traicionarse. Hubo, sí, una ambigüedad productiva que permitió construir mayorías cruzando públicos muy distintos. Esa ambigüedad terminó en Bar-Ilán. Y cuando una ambigüedad así se cierra, lo que queda ya no se negocia: se gobierna con ella.