Haaretz, 21-4-2026

Javier Milei: el hermano que nadie necesita

Elevado a “amigo de Israel” y celebrado como superestrella, Javier Milei es retratado en Haaretz como un líder atravesado por la recesión, el ajuste y los escándalos, cuya admiración en ciertos sectores israelíes no responde a sus virtudes sino a lo que ofrece: validación externa para actuar sin críticas, sin vergüenza y sin consecuencia: “La facilidad con que Milei hace la vista gorda ante los horrores cometidos por Israel recuerda su actitud hacia la junta militar argentina”
Por Por Yoana Gonen. Traducción: Bemy Rychter.

«Su energía vital, su alegría, su determinación y su talento», se entusiasmó Avri Gilad (conductor y animador de uno de los programas de entretenimiento más populares de la televisión israelí) anteayer en el ciclo «Avri y Sharki». «Y su concepción económica, su amor por Israel», lo secundó puntualmente Yair Sharki (periodista y co-conductor del programa). «Es una superestrella», continuó Gilad exaltándose en un éxtasis casi erótico. El responsable de semejante tormenta emocional no era ningún animador nacional del calibre de Idan Amedi o Aviv Alush, sino Javier Milei —presidente de Argentina—, cuya nube de escándalos y sospechas ya se eleva bastante más alto que su famoso peinado.
El detonante del desborde admirativo fue un video del ensayo general del acto de encendido de antorchas de la Independencia, en el que se ve a Milei vociferando —con chillidos de sapo— la canción española «Libre», emblema de su campaña electoral. Amit Segal (periodista político israelí de orientación derechista) también compartió el video, derritiéndose ante la doctrina de Milei, que incluye «capitalismo, guerra contra el despilfarro… y toneladas de humor», y concluyó con añoranza: «Ojalá tuviéramos un Milei israelí con motosierra». Resulta difícil decidir qué es más urgente: explicarle a Segal qué es el «humor», o revelarle que el Estado de bienestar que tanto detesta vive y colea en los asentamientos, que se nutren de un flujo interminable de subsidios y beneficios. Los devotos de Ayn Rand en Israel se entusiasman con líderes extranjeros que explotan a ancianos y pobres, pero su apetito por el capitalismo más salvaje se detiene, curiosamente, en los límites de la Línea Verde.


Encender una antorcha, condecorarlo con la Orden Presidencial, otorgarle un doctorado honoris causa de la Universidad de Bar Ilan: la veneración por Milei en Israel es casi un fenómeno de la naturaleza. Hablamos de alguien que se vende como un mago libertario, pero que en la práctica ha profundizado la recesión, agravado el desempleo y evitado la quiebra nacional únicamente gracias a decenas de miles de millones de dólares provistos por la administración Trump y el Fondo Monetario Internacional. Su nombre está vinculado a una serie de escándalos de corrupción, entre ellos una estafa con criptomonedas, y al asumir el cargo modificó un decreto presidencial contra el nepotismo para nombrar a su propia hermana en un puesto de alta jerarquía en su despacho. Y eso antes de mencionar los insultos nauseabundos que prodiga a rivales políticos, periodistas, académicos, miembros de la comunidad LGBTQ+, activistas medioambientales y demás. Como dijo Avri: energía vital en su máxima expresión.
Pero aquí entre nosotros, todo palidece ante el título encantado de «amigo de Israel» («Javer, Javier, eso significa amigo», le explicó Netanyahu anteayer en un juego de palabras adulador). Amigo, es decir, alguien que se complace en dejarte hundir en el barro hasta el cuello. Un político corrupto y repugnante se convierte en figura admirada porque les provee a los israelíes la mercancía más codiciada de todas: validación externa. Validación de que podemos continuar con nuestras fechorías sin críticas, sin vergüenza y sobre todo sin consecuencias. En otras palabras, Milei no es querido aquí a pesar de su podredumbre, sino porque ayuda a disimular el olor de la nuestra propia.
La facilidad con que Milei hace la vista gorda ante los horrores cometidos por Israel recuerda su actitud hacia la junta militar argentina. Actuó para reescribir la historia, negó el número de asesinados durante la dictadura y presentó la maquinaria de exterminio y tortura del régimen como «excesos» ocurridos en el marco de una «guerra». Quien se niega a llamar al terrorismo de Estado por su nombre cuando ocurre en su propio país, sin duda no tendrá dificultad en avalar el terrorismo de Estado ajeno.
La admiración por Milei es una suerte de test de Rorschach. Quien lo describe como una valiente superestrella proyecta en él sus propias necesidades y fantasías. «Tenemos un milagro, el presidente de Argentina, ‘Javier, sos amigo’, como dijo Netanyahu», proclamó Hagai Segal (columnista de derecha, padre de Amit Segal, también presente en el programa) en «Avri y Sharki». Pero, a fin de cuentas, ¿quién quiere formar parte del círculo social de un terrorista condenado y de un populista corrupto? El cálido abrazo de Milei no es un regalo emotivo sino una señal de alarma: con amigos así, ya es preferible el aislamiento internacional.