“Y entonces ya no tendré miedo de escribir”

Disquisiciones aplazadas sobre la pena de muerte en Israel
Por Jordan Raber*

“Nuestro pequeño país es maravilloso”, decía uno de los profesores del seminario donde cursé mis estudios rabínicos. “En menos de un siglo hemos alcanzado lo que muchas naciones más longevas aún no pueden siquiera imaginar”, agregaba con una sonrisa furtiva mientras divisaba a lo lejos, por la ventana, los montes arcillosos de Jerusalén. Pero al instante mecía su cabeza de un lado a otro. Sus ojos ambarinos adquirían un color mustio, como si perdieran su lumbre original. Y con el gesto resignado de un viejo profeta, concluía en un hebreo ríspido: “Nada de esto, por supuesto, nos exime de nuestros vicios.”

Viví lo suficiente en Israel como para comprender el significado de sus palabras de manera cabal. Conocí las innumerables bondades del país: allí aprendí a amar y a ser padre; recorrí sus ciudades, sus calles anegadas de historia, sus caminos pedregosos que llevan cincelados en cada roca mi nombre y el de mis antepasados. Al mismo tiempo, fui testigo de sus heridas, de sus fracturas internas que se profundizaban cada vez más como las fauces de la tierra que engulleron a Kóraj. A lo lejos, como una bruma alimentada por el miedo y el odio, observé que un espectro temible se cernía sobre aquel suelo ancestral.

Entendí, finalmente, que nuestro pequeño Estado, como señalaba mi antiguo profesor imbuido del espíritu sardónico de Jeremías, es a la vez maravilloso e imperfecto. Pero, en mi caso, sus taras lejos están de alejarme de él. Por el contrario, me llaman a enmendarlas con ternura y cariño, como quien acoge en sus manos a un pichón golpeado con el deseo de que vuelva a volar.

Hace cosa de un mes, prácticamente en las vísperas de la festividad de Pésaj, una llaga –ardiente y dolorosa— se manifestó sobre la piel del joven Estado hebreo. Los viejos-nuevos fundamentalismos de los que nosotros, los judíos, también somos presa en este mundo atomizado, arremetieron contra quienes aún creemos que es nuestro deber contribuir a la construcción de sociedades justas y compasivas. El sector más recalcitrante de la derecha supremacista israelí logró la aprobación de la pena de muerte, con un agravante étnico insoslayable, en el parlamento. No sólo eso, sino que, una vez concluida la sesión, los miembros del partido nacionalista religioso, henchidos por las ínfulas de la victoria, salieron a brindar invocando –acaso profanando— el inefable nombre de Dios.

Al asistir a las imágenes sórdidas de su celebración, un ímpetu soterrado que me llamó a manifestarme de inmediato. “El Dios judío representa todo lo contrario a la muerte”, apunté en mi cuaderno. Luego, evocando al profeta, anoté: “No desea la aniquilación del impío sino su retorno a la senda del bien”. Pero la fuerza que guiaba mi mano se vio refrenada por otra distinta que brotaba de mis entrañas, las obligaba a constreñirse, y luego se expandía a cada rincón del cuerpo, doblegándolo, forzándome a bajar la mirada, a agachar la cabeza. Esa sensación de sobrecogimiento me resultaba familiar. Tenía reminiscencias atávicas, insondables: era miedo. El pavor a ser señalado como traidor en tiempos en los que las heridas de los recientes traumas colectivos nos han hecho replegarnos sobre nosotros mismos. El temor al maniqueísmo de quienes consideran cualquier crítica al gobierno israelí actual como un acto de deslegitimación del Estado hebreo, cuando no como una blasfemia. “¡Renegado!”, “¡detractor de Israel!”, pensé que me insultarían como el rey Ajab a Elías cuando el profeta se atrevió a señalarle a aquél las miserias de sus sacerdotes y cortesanos.

Entonces dejé de escribir, abatido o más bien desdoblado en mis contradicciones internas. Aunque recordé el arrojo del rabino Jonathan Sacks tras la masacre de Hebrón en 1994, perpetrada por el infame Baruj Goldstein, quien se hacía llamar judío y además religioso. A riesgo de ser señalado y sometido al escarnio de su propia comunidad, Sacks no dudó en condenar la violencia, máxime la que es perpetrada por un judío. Máxime cuando ese judío se dice devoto. “Un acto de este tipo constituye una obscenidad y una tergiversación de los valores judíos”, escribió tan sólo una hora después de que la noticia llegara a sus puertas. “La violencia es vil. La violencia cometida en nombre de Dios es doblemente vil”, concluyó en una nota que trascendió las lindes de la colectividad judía local y que fue reproducida en la prensa nacional inglesa.

La mano permanecía inmóvil, pero la mente seguía recordando. Traje a la memoria las palabras de los célebres rabinos Akiva y Tarfón, quienes afirmaban con orgullo que, de haber formado parte del antiguo Sanedrín, ningún hombre habría sido ejecutado jamás. Evoqué la figura de otro maestro talmúdico, rabí Eleazar ben Azaria, quien no dudaba en calificar de sádica y asesina a una corte que ordenaba la ejecución de más de un hombre cada setenta años.

Podría seguir recordando y mencionar a Hanna Arendt y los dilemas que implica para el espíritu judío someter al cadalso incluso a un jerarca nazi. Podría pensar en Elie Wiesel y su viñeta magistral de la ejecución del sargento John Dawson a manos de Elisha, el joven sobreviviente del Holocausto que en sus desvelos se debate entre ajusticiar al soldado de la Corona –sinónimo de la opresión a los judíos en la Palestina del Mandato Británico— o dejarlo con vida. Pero me doy cuenta de que, a pesar de mis miedos y con un aplazamiento irremediable, finalmente he escrito estas líneas. Y de que hoy el calendario hebreo marca el 15 de iar, una fecha que en la tradición judía constituye una suerte de Pésaj apócrifo: la última oportunidad para quienes no lograron conmemorar la redención a tiempo, para quienes no pudieron liberarse del peso de una carga o de una palabra que a‎ún los oprime en su fuero íntimo.

He escrito porque esa palabra me atenazaba más que el miedo. Porque tengo la esperanza de que el alba suceda a la noche, como en el libro de Wiesel. Y de que el día llegue en que mis hijas regresen a su Jerusalén natal. He escrito porque preservo el anhelo intacto de que Israel viva en paz, despojado de sus detractores externos y de sus fracturas internas. He escrito porque ansío que se aparezca el profeta Elías sobre el monte Sion y el rey Ajab se levante, con los huesos aún cubiertos de polvo y cal, para besar los ojos del heraldo del Dios de la misericordia. Entonces se habrá cumplido su palabra, y los corazones de los hombres se volverán sobre los de sus enemigos. Entonces ya no tendré miedo de escribir que Israel es un país maravilloso, gesta colosal de un pueblo irredento.

Aunque nada de esto, como diría mi viejo profesor, nos exime de nuestros vicios. 

* Rabino de la comunidad Betel