Haaretz, 15/5/2026

Demasiado tarde para ser sionista, demasiado tarde para no serlo

Por qué la izquierda israelí no le debe una respuesta al movimiento woke.
Por Ofra Rodner. Traducción: Bemy Rychter.

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¿Sos sionista? En los últimos años, esta pregunta se convirtió en una especie de examen sorpresa dentro del movimiento woke[1] pro-palestino en Occidente, y se la formula una y otra vez en los campus universitarios y las redes sociales. Por eso también la izquierda israelí se encontró volviendo a atormentarse con ella.

Es obvio que para nosotros los israelíes, y en especial para la minoría del lado izquierdo, no es una pregunta nueva: a lo largo de los años nos fue royendo por dentro. A veces también fue planteada desde el lado derecho israelí, como examen sorpresa de patriotismo. Y a mí, como ciudadana israelí sin ciudadanía extranjera, siempre me pareció fútil. No porque sea aburrida, sino porque es demasiado teórica.

La amarga verdad es que no se puede dar marcha atrás: el sueño sionista de un Estado ya se concretó, a tropezones. Los otros sueños que no se realizaron, como «una sociedad modelo» o «al espíritu de los profetas», suenan hoy como un chiste pomposo, especialmente cuando se los pronuncia en clave «sionista» (como ocurrió en Kaplan 2023). El concepto «sionismo» no es relevante fuera de su contexto histórico, y en la realidad actual no es más que un trapo de decoración. Por fin nos está permitido soñar con la cura y la cordura, no porque seamos o no seamos sionistas, sino porque vivimos aquí y esto es lo que hay.

Mi relación con la contundente realidad de que no tenemos adónde ir es demasiado concreta e íntima como para convertirla en un debate teórico. Lo mismo vale para el balance de conciencia ante la casa que se derrumba. No puedo distanciarme, por ejemplo, del hebreo secular, que aquí hizo brotar una cultura y un espíritu, ni de todo aquello que me ata a este lugar. Y al mismo tiempo, la culpa y la vergüenza son una sombra real en mi vida cotidiana, desde que alcancé el uso de razón, y ciertamente hoy, cuando tanto asesinato, despojo y saqueo se comete en mi nombre.

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Es obvio que para el movimiento woke en Occidente, el debate sobre el sionismo es tan teórico que prácticamente flota en otros mundos. Los wokistas no tienen ningún plan real más allá del eslogan vago «del río al mar». Cuando preguntan «¿Sos sionista?», en realidad están preguntando, al espíritu de la cultura de la cancelación: «¿Creés que Israel debería existir en primer lugar?». A veces esto va acompañado de declaraciones como «los judíos tienen que volver a los lugares de donde vinieron». Todo eso está muy bien como entretenimiento de historia alternativa, pero no es tan serio, porque no se puede borrar un Estado del mapa como si se escracha a un famoso pedófilo. Puede que Israel sea un error histórico colosal, pero de todos modos hoy viven en él millones de judíos que no tienen otro lugar adónde ir. Y esos judíos somos nosotros, aunque algunos nos sintamos, en los últimos años, como refugiados en nuestra propia tierra, de tanta vergüenza.

Israel se ganó con creces su condición de Estado paria. Pero como alguien que vive aquí, sé que el entretenimiento de la historia alternativa es peligroso. Es una victoria para los agitadores de la guerra, y en particular para los agitadores kahanistas que secuestraron el Estado.

Porque también los fundamentalistas judíos no reconocen lo que existe, a su manera: para ellos el sueño del Estado dista mucho de estar concretado, y ningún Estado les alcanza. También ellos tienen su historia alternativa: en su imaginación, Dios les dio un Estado a los judíos, por supuesto, solo a los judíos, y no la ONU en 1948. Esa es la naturaleza ideológica del kahanismo, y por eso «Es vital que Hamas siga vivo»: mientras se perpetúe la guerra eterna no habrá compromisos, ni acuerdos, ni posibilidad de convivencia.

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Al israelí promedio le resulta fácil acusar al movimiento woke de antisemitismo. Pero cuando se recorre el discurso woke, la impresión que se lleva es que el antisemitismo no es el problema, sino rasgos más prosaicos: la pereza intelectual y la simple charlatanería. De hecho, tampoco la preocupación de los wokistas por el pueblo palestino siempre parece genuina. Es evidente que no entienden, por ejemplo, cuál es la diferencia entre Hamas y la Autoridad Palestina; y cuando se sientan en el Occidente y gritan «intifada», no son ellos quienes van a las misiones suicidas, sino los desesperados niños palestinos que no tienen nada que perder.

La parte algo divertida es que el movimiento woke se comporta como un cliché colonialista blanco, para el que todo es un juego. A veces incluso se deja arrastrar, sin darse cuenta, por el orientalismo: busquen en TikTok manifestantes bailando con darbukas y comiendo humus. Pero la parte triste es la falta de interés del woke por aprender algo sobre el conflicto en el que tan profundamente está involucrado. Por ejemplo: qué es el mar y qué es el río, cuál es la diferencia entre Gaza y Cisjordania, o en qué circunstancias se estableció oficialmente el Estado de Israel; que, dicho sea de paso, fue impulsado por Occidente, que no quería recibir a los refugiados judíos después del Holocausto.

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El movimiento woke nació en el frente de la cultura de la cancelación. Por eso, desde sus orígenes mostró predilección por retocar la historia a posteriori. Esto se expresó en América hace unos diez años, en las descomunales polémicas en torno a la literatura infantil: por ejemplo, cuando los wokistas censuraron la palabra «nigger» del «Huckleberry Finn» de Twain. Y hoy se expresa en series de televisión de moda con impronta woke, como el hit de Netflix «Bridgerton», que pretende ser «de época» pero en la que eligieron a una mujer negra para el papel de la reina de Inglaterra. Esta es la manera característica del movimiento woke de negar los agravios históricos en lugar de sanarlos. De la misma manera, los intentos de inventar una historia alternativa para el Oriente Medio, donde Israel no existe o, en el otro extremo, donde «Jesús era palestino», son apenas una tosca hurgada en la herida abierta.

Tiene algo de poético que el camino del movimiento woke se cruce con el de los fundamentalistas mesiánicos. Y esto no puede despacharse únicamente con la influencia de «la propaganda islamista financiada por Qatar». Porque su anacronismo es un asunto sintomático y crónico. Por su propia naturaleza, como movimiento hijo de la política de identidades, el woke es una mutación regresiva pese a sus adornos de progresista, y siempre prefirió hurgar en el pasado antes que sanar o mirar hacia adelante. Entre otras cosas porque eso es su combustible: la economía identitaria convirtió la herida en un valioso capital cultural y político.

En la práctica, el movimiento identitario abandonó de entrada la lucha contra la oligarquía y contra los regímenes criminales, sencillamente porque desintegró a la izquierda y la solidaridad entre los grupos más vulnerables. Lo vimos también aquí en Israel, cuando el conflicto entre sefardies y ashkenazim se convirtió en el burrito decorativo del partido gobernante bibiísta. Lo vimos también en el movimiento #MeToo, que derivó en una guerra entre los sexos y le hizo el juego al chauvinismo trumpista en América.

De manera similar, el movimiento woke le está haciendo ahora el juego a los fundamentalistas de todos los bandos del Oriente Medio. Por eso, la izquierda israelí no tiene ningún motivo para dejarse arrastrar por sus caprichos, y en particular no tiene ninguna obligación de responder a la pregunta tramposa «¿Sos sionista?» o «¿No sos sionista?». La verdad es que ahora es demasiado tarde para ser «sionista», y por lo tanto también es demasiado tarde para ser «no sionista». Todo ese anacronismo es demasiado estrecho para la realidad actual. Y la pregunta que al final todos los israelíes deberán hacerse es cómo se vive aquí juntos, árabes y judíos.

A menos que Occidente piense en invitarnos a los judíos a instalarnos en Europa y en América. Algunos de nosotros estariamos encantados.


[1] Woke: corriente político-cultural surgida en Estados Unidos, centrada en la conciencia sobre injusticias raciales y sociales, la política de identidades y la «cultura del escrache».