Censura y política contradictoria de invisibilización/visibilización de la guerra permanente

A partir de una célebre oración fúnebre de Moshe Dayan, esta nota cuestiona cómo la sociedad israelí naturaliza un estado de guerra permanente. Entre la censura interna y la exhibición ante el mundo de la humillación pública sufrida por los activistas de la Flotilla —mecanismos mediante los cuales se ocultan hacia adentro las consecuencias de la contienda bélica y se las convierte, hacia afuera, en espectáculo político—, Israel profundiza una política que invisibiliza las causas históricas del conflicto.
Por Leonardo Senkman, desde Jerusalem

Israel procura «normalizar» en todas sus manifestaciones la censura por el estado de guerra permanente, acostumbrando a la opinión pública local a estar desinformada.

De modo semejante a otros escenarios bélicos como Ucrania, el ejército frecuentemente prohíbe a los medios publicar noticias sobre movimientos de tropas, planificación militar específica y ubicaciones precisas de impactos de cohetes o drones.

Desde hace tiempo, los periodistas están legalmente obligados a presentar al Censor Militar cualquier artículo relacionado con la seguridad para su revisión antes de publicarlo. Es frecuente que la censura intervenga bloqueando numerosos materiales y editando parcialmente otros.

Desde que comenzó la guerra en octubre de 2023 y se sucedieron los operativos bélicos subsiguientes en la región, el gobierno ha implementado la mayor censura de medios de la década. Especialmente utiliza nuevas regulaciones de emergencia para restringir el acceso a los medios extranjeros e impone reglas severas respecto de la información sobre los sitios afectados. En virtud de una ley de 2024 que permite al gobierno prohibir las cadenas extranjeras que amenacen la «seguridad del estado», Israel cerró oficialmente las transmisiones de Al Jazeera en el país, allanó sus oficinas en los territorios ocupados y prohibió sus operaciones.

Es sabido que los medios tienen prohibido informar a los lectores cuando un artículo ha sido censurado. Como resultado, las principales cadenas de televisión israelíes se han alineado en gran medida con la moral de «censura nacional», limitando severamente los informes sobre los escenarios bélicos. Todos sabemos que, desde el comienzo del estado de guerra, se han tomado medidas sin precedentes para controlar la narrativa internacional con respecto a operaciones militares en Gaza, en el Líbano e Irán. Pero la mayoría ignora que la censura sobre la guerra permanente en Israel también libra batallas fuera de los siete frentes bélicos.

Una de ellas, poco conocida, es el control de la narrativa nacional de lucha antiterrorista. Al igual que en otros países en guerra, la censura invisibiliza no solo información sobre impactos físicos dentro de Israel: también está logrando ocultar algunas afirmaciones de célebres comandantes de Tzahal sobre el terrorismo, consideradas hoy «contraproducentes».

Hace 60 años, el 30 de abril de 1956, el general Moshé Dayán, jefe del Estado Mayor de Tzahal, pronunció un celebre elogio fúnebre para despedir al «joven rubio y delgado», Roi Rotberg, asesinado en el kibutz Nahal Oz por infiltrados armados palestinos en la frontera de Gaza. En 2026, los ultranacionalistas de la guerra permanente citan fragmentos de aquella oración fúnebre pronunciada frente a la tumba del muchacho, pero hoy solo recuerdan la advertencia de Dayán de vivir armados toda la vida. Sin embargo, el popular militar tuvo entonces la valentía moral de reconocer que los responsables del crimen del joven Rothberg, coordinador de seguridad del kibutz, no fueron solo los fedayín: «No acusemos hoy a los asesinos. ¿Por qué culparlos por su odio ardiente hacia nosotros? Durante ocho años han habitado los campos de refugiados de Gaza, mientras que ante sus ojos nosotros hemos transformado la tierra y las aldeas en las que ellos y sus antepasados habían habitado en nuestra exclusiva heredad. Somos una generación de asentamiento, y sin un casco de acero y la boca de un cañón no podemos plantar un árbol ni construir una casa».

En una nota publicada en Ha’aretz el 18 de mayo pasado, Roger Alper denuncia no solo a esos israelíes nacionalistas, sino también a sectores moderados de centroizquierda, quienes no toleran que un héroe militar como Dayán haya reconocido su parte de responsabilidad en la Naqba. Escribe Roger Alper: «El elogio fúnebre de Dayán se convirtió en un discurso clave de la narrativa israelí, y desde la masacre del 7 de octubre ha experimentado un resurgimiento fascista. El mismo presidente del Estado, Yitzhak Herzog, lo citó censurado en su discurso a la nación el tercer día de la guerra en la Franja de Gaza, y es particularmente popular entre los artículos del periódico de colonos, Makor Rishon. (…) Pero el reconocimiento de Dayán de la Naqba y el motivo que la impulsa —el deseo palestino de venganza— han sido omitidos y borrados hace tiempo de la memoria colectiva».

La oración fúnebre de Dayán es citada, según Alpert, por algunos militares propulsores de que Israel siga librando «una guerra eterna», pero sin recordar una palabra acerca de por qué el ex comandante de Tzahal en 1956 sentía que Israel estaba condenada a vivir siempre una existencia blindada.

En otra oración fúnebre más reciente, en este caso pronunciada por el teniente coronel R. ante la tumba de uno de sus soldados caídos en el Líbano, Alpert epitomiza el deseo israelí de subsistir bajo el amparo de la concepción fatalista y nacionalista del ‘pueblo en armas’ en su guerra permanente: «Es una poética apolítica aceptada tanto por los partidarios como por los opositores del gobierno. “Las palabras pronunciadas sobre la tumba del joven de 21 años”, dijo el reportero del sepelio con tono solemne, como en una ceremonia conmemorativa, “predijeron lo que sucedería”. Y nuevamente le cedió la palabra a Dayán, pero citando parte del archivo: “Más allá de la frontera, se alza un mar de odio y sed de venganza, a la espera del día en que la paz apague nuestra vigilancia”.  

Precisamente, Alper, en su artículo, recuerda al lector lo que pretende olvidar el teniente coronel R.: «Dayan presentó una causa (la Nakba) y una consecuencia (la guerra eterna). En el Israel contemporáneo, solo queda la guerra eterna. Sin causa».

El breve artículo de Alper va mucho más allá de recordar las palabras de Dayán censuradas por ese militar de alto rango. Porque además de la invisibilidad que promueve la censura, el periodista finaliza su nota citando nuevamente al comandante en el intento de mostrar la fatalidad de la guerra permanente que él mismo custodia en su orgulloso linaje de combatientes, transmitido de generación en generación: «“Ojalá pudiera criar hijos que fueran como los combatientes de este batallón”, dijo el comandante. Es decir, que se consagraran a la guerra eterna, sobre la cual comentó, con el espíritu del islam yihadista: “Nos queda un largo camino por recorrer, tenemos paciencia. (…) Tengo combatientes en el batallón que son hermanos y han perdido a sus seres queridos”, exclamó, refiriéndose al círculo de la muerte que comanda y en el que sus combatientes nacen como un decreto del destino, “y tengo hijos cuyos padres cayeron como combatientes y comandantes del batallón”. Su compañero, el capitán G., se jactó: “Mi abuelo sirvió y resultó herido en el Líbano; mi padre también sirvió; ahora soy la tercera generación aquí en Gaza luchando”».

La célebre oración fúnebre de Moshé Dayán fue evocada inmediatamente después del trágico 7/10 por el profesor Yagil Levy, cuando la recordó para escribir su nota, publicada en Ha’aretz el 13 de octubre del 2023, «El discurso del jefe del Estado Mayor no pronunciado en Nahal Oz», un amargo texto fabulado por el sociólogo militar y politólogo que imaginó un hipotético discurso del Jefe del Estado Mayor. En su discurso de protesta, Levy critica duramente la política de larga data de Israel con respecto a la Franja de Gaza. En lugar de acusar a los atacantes de crueldad, el discurso ficticio exige un ajuste de cuentas israelí sobre la profunda frustración y el odio en los campos de refugiados de Gaza, frente a la confiada vecindad de los kibutzim. La amarga moraleja de la fábula imaginada por Yagil Levy es que el sangriento precio pagado por las comunas kibutzianas frente a Gaza tiene mucho que ver con la continua indiferencia israelí ante el problema palestino en la franja.

Visibilidad internacional de la guerra permanente de Israel y su invisibilidad en los medios israelíes 

Muchos factores influyen en si una guerra ganará mayor o menor visibilidad internacional. Entre los principales, está el riesgo de que se propague y atraiga a otros países, incluidas grandes potencias con poderes nucleares, como en el caso de las guerras más comentadas actualmente, el de Israel y Hamás en Gaza, la guerra contra Irán y la que enfrentan Rusia y Ucrania.

Pero otros factores, como la repercusión de los conflictos bélicos en grandes centros de población, las restricciones a la circulación de periodistas y de ONG, la disponibilidad de registros —videos, fotos y relatos— circulando en redes sociales y las flotas de activistas de derechos humanos para romper el bloqueo a Gaza desempeñan un papel importante.

Según la evaluación de Paul B. Stares, jefe del Centro de Acción Preventiva del Consejo de Relaciones Exteriores (Council on Foreign Relations CFR), un grupo de investigación con sede en Washington que estudia conflictos globales, los «niveles elevados de preocupación o indignación» en las poblaciones de grandes potencias económicas y militares influyen en la disposición de estos países a «dedicar atención y recursos» a pacificar lugares en conflicto.


Moshe Dayan pronunciando el elogio fúnebre en el funeral de Rothberg. Por IDF Spokesperson’s Unit, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=159658737

Por su parte, el profesor Öberg, director de Uppsala Conflict Data Program (UCDP) señala que la visibilidad puede ser crucial para el envío de ayuda humanitaria a lugares en guerra o conflicto: «El apoyo militar puede ocurrir a menudo por razones estratégicas, incluso sin mucha atención de las personas. Pero el apoyo humanitario tiende a requerir una movilización de la opinión internacional», afirma en declaraciones a BBC News Brasil. «El número de conflictos ha aumentado y el número de muertes relacionadas con combates ha aumentado en un 97 % solo en 2022, con un aumento de más del 400 % desde el inicio de la década de 2000».

La advertencia es compartida por Paul B. Stares, del CFR: «Varias organizaciones han observado definitivamente un aumento en los niveles de conflictos armados en los últimos años, después de décadas en las que se mantuvieron históricamente bajos», dice este investigador a BBC News Brasil

Pero la visibilidad de unas u otras guerras son totalmente dispares, y pese a la muerte y destrucción que acarrean no reciben similar atención en todo el mundo. 

Un foco de constante atención de la opinión pública internacional es la guerra permanente de Israel en Gaza, en comparación con otros sangrientos conflictos étnicos y nacionales en África y Asia.

Ahora bien, resulta paradójica la total falta de sintonía entre el desinterés de la opinión pública israelí respecto de lo que opina el mundo y el gran interés de la opinión pública mundial sobre la guerra.

La contradictoria invisibilización, por parte de los medios israelíes, de las reacciones de la opinión pública mundial alcanzó ayer su punto más absurdo al humillar a más de 400 activistas de derechos humanos de la Flota Global Sumud interceptada por la armada israelí y obligada a desembarcar en el puerto de Ashdod.

El Ministerio de Relaciones Exteriores anunció el martes por la noche que la última flotilla de activistas que buscaba romper el bloqueo naval israelí de Gaza fue desarticulada con la mayoría de activistas trasladados a Israel. Comandos israelíes interceptaron las más de 50 embarcaciones de la flotilla. Una transmisión en vivo en el sitio web de la Flotilla Global Sumud mostró a los soldados abordando los barcos mientras los activistas, con chalecos salvavidas, levantaban las manos. Posteriormente, las tropas destruyeron las cámaras instaladas en las embarcaciones. «Otra flotilla de relaciones públicas ha sido desmantelada», se jactaba el Ministerio de Relaciones Exteriores en una publicación en X. «Los 430 activistas han sido trasladados a embarcaciones israelíes y se dirigen a Israel, adonde podrán reunirse con sus representantes consulares. Esta flotilla ha demostrado una vez más ser solamente una maniobra de relaciones públicas al servicio de Hamás. Israel seguirá actuando en plena conformidad con el derecho internacional y no permitirá ninguna violación del bloqueo naval legítimo de Gaza», finalizaba, jactancioso, el comunicado oficial.

Fuerzas israelíes habían interceptado el 30 de abril, frente a las costas de Creta, a 181 activistas y defensores de derechos humanos que viajaban en 21 embarcaciones civiles quienes, según agencia EFE, fueron detenidos y sometidos a violencia física.

Nuevo frente de batalla: la Flotilla Global Sumud

Las fuerzas israelíes abordaron e inutilizaron los barcos antes de trasladar a los activistas a la isla griega de Creta, desde donde éstos volvieron a sus países de origen. Pero dos de sus principales organizadores, el brasilero Thiago Ávila y el hispano-palestino Saif Abukeshek, permanecieron detenidos 10 días en Israel y luego fueron expulsados. 

Desde el inicio de esta protesta, Israel procura transformar la travesía mediterránea de la Flotilla Global Sumud en otro frente de batalla, blindando una plataforma .

Esta última flotilla, las más grande de todas, está compuesta por 54 embarcaciones, con más de 500 activistas de unas 45 nacionalidades diferentes a bordo. Y forma parte, en medio de una catástrofe humanitaria que ya dejó decenas de miles de muertos, destrucción masiva y hambre generalizada, de una creciente red internacional de iniciativas civiles que intentan romper el asedio sobre Gaza, que sufre escasez de alimentos, agua, medicinas y combustible desde que estalló la guerra entre Israel y Hamás en octubre de 2023. La Flotilla Global Sumud es la tercera de esas iniciativas.

Los partes de batalla propagandísticos sobre neutralización militar marítima de la flotilla desinforman acercan de quiénes son los supuestos «terroristas» de numerosos países que intentan romper el cerco. Entre los participantes de la actual misión hay médicos, periodistas y trabajadores humanitarios desarmados. El equipo legal de la flotilla afirmó haber notificado formalmente a la comunidad internacional que cualquier ataque o agresión contra los civiles será «responsabilidad exclusiva del régimen israelí y de los gobiernos que permitan que esto ocurra».

Pero la desinformación y la invisibilización se rompió ayer sobre esta última misión de la Flotilla, integrada por embarcaciones civiles que habían partido desde Marmaris, Turquía, con el objetivo de abrir un corredor de ayuda y desafiar el bloqueo impuesto. La segunda de esas flotillas fue interceptada por fuerzas israelíes en aguas internacionales frente a Grecia el 30 de abril y la mayoría de los activistas fueron llevados a Europa. 

Sin embargo, Israel mantuvo bajo arresto durante 10 días a dos de los tripulantes, el brasileño Thiago Ávila y Saif Abu Keshek, de origen palestino y nacionalidad española; posteriormente, fueron expulsados

Pero esta vez, a diferencia de las invisibilizadas detenciones anteriores, ayer se difundieron videos en los que el ministro ultranacionalista Itamar Ben Gvir aparece humillando a los activistas de la flotilla solidaria con Gaza, arrodillados y maniatados tras su llegada el miércoles al puerto de Ashdod.

No hay evidencia más incontrastable de la contradictoria campaña represiva de invisibilización/visibilización que la acción humillante de ayer contra los cientos de miembros de la Flotilla Global Sumud, y que ya ha desencadenado una condena internacional antiisraelí. En cadena, España, Bélgica, Francia, Italia, Turquía y Canadá, todos connacionales de los arrestados (de los cuales, 44 son españoles), han protestado y pedido explicaciones ante el violento recibimiento, también cuestionado por la Comisión Europea.

La vengativa respuesta del ministro de Seguridad Nacional, rodeado de agentes policialesvejando a los detenidos de la Flotilla, se propone romper con la invisibilizaciónanterior, al difundirél mismo las imágenes en redes con un mensaje sarcástico: «Así es como recibimos a los partidarios del terrorismo. Bienvenidos a Israel». La ONG israelí Adalah denunció también que la ministra de Transporte, Miri Regev, publicó un video en el que se los califica de «simpatizantes del terrorismo» y de estar «drogados con alcohol». Además, en otro video, que la ONG atribuye a Moti Kastel, periodista israelí del Canal 14, se muestra a los activistas arrodillados, con las manos esposadas a la espalda y la cara contra el suelo, mientras suena de fondo el himno nacional israelí, tal como publicó Luis de Vega en su nota de El País del 20 de mayo. 

Postdata

La opinión pública israelí mayoritaria seguramente continuará buscando pretextos para no escuchar condenas internacionales por la nueva política de humillación visible contra activistas de derechos humanos que se solidarizan con gazatíes hambrientos, y desplazados de modo forzoso de sus viviendas tras la destrucción de sus aldeas.

Tampoco aceptan la condena del diario Haaretz —un medio que nos honra a todos—, y cuestionan su crítica, según la cual no pudieron probar ningún cargo terrorista contra los dos últimos activistas —un brasileño y un palestino-español—, que fueron interrogados durante diez días.

Coincidentemente, la mayoría de la opinión pública tampoco aceptará la sensata recomendación de Ha’aretz de permitir a los activistas de las flotillas humanitarias el ingreso a Gaza y terminar con la invisibilización y la desinformación absoluta. Si realmente es cierta la versión oficial israelí de que no hay crisis humanitaria en la franja destruida, ¿cuál sería el temor ante la posibilidad de que los activistas de derechos humanos y pacifistas vieran con sus propios ojos la situación en Gaza?

Hay que terminar con la nefasta política contradictoria de invisibilización/visibilización, resultado de la deplorable política de guerra permanente que el gobierno de Netanyahu se empeña en continuar.