Del anticolonialismo al antiliberalismo

El rechazo a la modernidad ilustrada

Una misma lógica ideológica atraviesa un siglo de movimientos anticoloniales, nacionalistas y religiosos: el rechazo a la modernidad liberal como matriz del mal. El antisemitismo es el componente estructurante del termidor oscurantista.
Por Guillermo Atlas

El 12 de abril de 1987, Domingo de Ramos, el Papa Juan Pablo II celebra una misa ante 800.000 personas en el Obelisco de Buenos Aires. La primera vez en 400 años que un Pontífice oficia ese rito fuera de Roma. El día anterior, en la misma avenida 9 de Julio, había reunido a un millón de fieles. Juan Pablo II llegó al escenario, contempló en silencio la multitud que agitaba banderas argentinas y vaticanas, y se colocó el poncho salteño que le habían obsequiado. En su homilía rogó para que «no vuelva a haber secuestrados ni desaparecidos en la Argentina». Hablaba ante el presidente Raúl Alfonsín, que ese mismo mes enfrentaría la primera rebelión carapintada.

Pero hay otra escena de esos días que vale la pena recordar. En el escenario, antes de la llegada del Papa, una puesta en escena cuidadosamente construida: música pop estridente, bailarines desenfrenados representando al norte anglosajón y protestante como figura casi diabólica. Luego, un corte abrupto. Música del altiplano, imágenes de América profunda, y un mensaje que resumía todo: América Latina siempre será católica. El gesto aparentemente folclórico convertido en una cruzada de la Contrareforma. Ignacio de Loyola redivivo.

Esa imagen condensa un componente ideológico subyacente que este texto intenta desentrañar: la larga historia de movimientos anticoloniales, nacionalistas y religiosos que construyeron su identidad sobre el rechazo a Occidente y al liberalismo protestante de tradición anglosajona, y que en ese rechazo encontraron, con una regularidad inquietante, un lugar para el antisemitismo.

La historia tiene un patrón que se repite. Cuando el IRA buscó aliados contra Gran Bretaña en los años treinta, los encontró en Berlín. Cuando el Mufti de Jerusalén, Amin al-Husseini, buscó apoyo para su causa, viajó a reunirse con Hitler y con Himmler. Cuando Subhas Chandra Bose quiso expulsar a los británicos de la India, formó el Ejército Nacional Indio bajo patrocinio japonés y nazi. Cuando sectores del nacionalismo argentino buscaban un modelo alternativo al liberalismo anglosajón, miraban con admiración hacia la Alemania de entreguerras.

El denominador común no era la ideología fascista sino algo más simple y más perdurable: el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Gran Bretaña -y luego Estados Unidos- era el poder imperial dominante. Cualquier fuerza que lo combatiera se hacía acreedor de simpatía. Sin embargo, la lógica parecía en oportunidades más instrumental que ideológica.

Pero reducirla a puro oportunismo sería un error. Porque en muchos de esos casos había algo más: una afinidad estructural entre el antimodernismo refractario al liberalismo y ciertos elementos del pensamiento fascista que no dependía del cálculo táctico.

El rechazo al individualismo liberal, la exaltación de la comunidad orgánica, la desconfianza hacia el cosmopolitismo, la nostalgia por un orden previo a la modernidad mercantil. “Mercachifles” decían los sectores ultranacionalistas en Argentina para referirse a las fuerzas más cercanas a la democracia liberal. Estos elementos ya habían circulado con fluidez en el fascismo europeo y en distintas tradiciones anticoloniales y nacionalistas del siglo XX.

El caso argentino ilustra esa complejidad con particular nitidez. FORJA -Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina- y figuras como Raúl Scalabrini Ortiz construyeron una crítica al imperialismo británico que tenía bases empíricas sólidas: el control de los ferrocarriles, la dependencia financiera, la subordinación de la política económica a los intereses de la City londinense. Esa crítica era legítima. Pero convivía con una germanofilia que no era puramente táctica. Había en esos sectores una atracción hacia el modelo organicista y corporativista que el fascismo europeo representaba, un rechazo a la modernidad liberal anglosajona que tenía resonancias profundas con el antimodernismo católico.

El peronismo heredó esa amalgama y la volvió más compleja. La política de puertas abiertas para criminales de guerra nazis después de 1945 no fue solo pragmatismo: tenía afinidades ideológicas reales en sectores del movimiento. El antisemitismo que circulaba en esos ambientes no era siempre un derivado del antiimperialismo. Muchas veces tenía carácter constitutivo. El judío encarnaba todo lo que se rechazaba: el cosmopolitismo sin raíces, el capital financiero abstracto, la modernidad sin alma, la ciudad corrosiva frente a la comunidad orgánica.

El hispanismo ofrece otra variación del mismo patrón. La ideología de la Hispanidad -teorizada por Ramiro de Maeztu, celebrada por el franquismo- presentaba la civilización hispano-católica como alternativa espiritual al materialismo protestante y liberal. El enemigo no era el comunismo soviético sino la modernidad anglosajona: el individualismo, el mercado, la secularización, el pluralismo moral. En esa construcción, el antisemitismo no necesitaba nombrarse porque estaba estructuralmente incorporado en la tradición: la limpieza de sangre, el pueblo deicida, el agente del capital sin patria.

Esa napa ideológica no desapareció con Franco. Subsiste, secularizada y fragmentada, en distintas expresiones del antiamericanismo hispano contemporáneo, donde el “imperio anglosajón” vuelve a funcionar como categoría del mal absoluto y donde Israel ocupa, sin que nadie lo explicite del todo, el lugar del condensador simbólico de todo lo que se rechaza.

Hay un fenómeno que suele pasar desapercibido en este tipo de análisis: la teología de la liberación y, dentro de ella, la tradición jesuita latinoamericana. Los sacerdotes tercermundistas combinaban elementos que parecían contradictorios: venían de la izquierda, optaban por los pobres, leían a Marx junto al Evangelio. Pero su rechazo al individualismo liberal, al materialismo, a la modernidad secular anglosajona lo compartían con la derecha católica integrista. El enemigo estructural era el mismo, aunque los proyectos fueran aparentemente opuestos.

En muchos documentos de la teología de la liberación de los años setenta y ochenta, el sionismo funcionaba como categoría del enemigo: encarnación del imperialismo, avanzada del capitalismo anglosajón, ocupación colonial.

El análisis era calcado de la fobia antioccidentalista estructural, con el componente antisemita incorporado de contrabando bajo lenguaje político. La figura del «pueblo» como comunidad oprimida con misión redentora, el sacrificio como categoría central, el enemigo como fuerza impura y dominante: son categorías que viajan con sorprendente facilidad entre la derecha católica y la izquierda insurgente. Los jesuitas, con su método de inculturación -adaptarse a las categorías locales, asumir el lenguaje del entorno- fueron especialmente permeables a esa amalgama.

Irlanda completa la constelación y la ilumina desde otro ángulo. Porque Irlanda es el caso donde el argumento del colonialismo real es más sólido: ocho siglos de dominación británica, hambruna, emigración forzada, división del territorio. Nadie puede acusar a los irlandeses de inventar su opresión. Sin embargo, en julio de 1940, cuando una victoria nazi parecía aún probable, el IRA emitió una declaración saludando a los alemanes como “amigos y liberadores del pueblo irlandés”. Dirigentes como Seán Russell viajaron a Berlín, obtuvieron armas, discutieron con funcionarios nazis una posible invasión de Irlanda del Norte.

La paradoja que señalaron en su momento los críticos de izquierda dentro del propio republicanismo era demoledora: el IRA aclamaba como liberadores a una potencia que mantenía bajo su dominio a Austria, Checoslovaquia, Polonia y Abisinia. La lógica anticolonial devoraba cualquier principio universal.

Hoy, más de ochenta años después, Irlanda es uno de los países europeos con posición más radical contra Israel, fue de los primeros en reconocer el Estado palestino. Las razones parecen comprensibles: la solidaridad con quienes perciben como víctimas de una ocupación. Pero el arco histórico es inquietante. El mismo impulso que llevó a parte del republicanismo irlandés a Berlín en 1940 reaparece hoy, con otro lenguaje y otros actores, en la facilidad con que se suspende el juicio crítico cuando el adversario -¿o el enemigo?- es el correcto.

Esto es lo que hace que el fenómeno no pueda reducirse a puro oportunismo táctico ni a ignorancia política. Hay una estructura que se repite: la disposición a tolerar -o directamente ignorar- el carácter de los aliados elegidos con tal de mantener la coherencia del campo antioccidental.

El Mufti al-Husseini estuvo en Berlín mientras se implementaba la Solución Final y colaboró activamente con la maquinaria nazi. Sectores de la izquierda actual pretenden ignorar lo que Hamás e Irán afirman explícitamente sobre los judíos en sus propios documentos fundacionales. El mecanismo es el mismo: la causa, el objetivo borra y justifica todo.

El antisemitismo en todo esto no es un accidente ni un exceso. En muchos casos es estructural. El judío -y luego Israel- encarna con demasiada precisión todo lo que estas fuerzas rechazan visceralmente: el cosmopolitismo, el éxito material, el individualismo, la modernidad sin raíces telúricas, la soberanía ejercida sin pedir permiso.

Cuando Israel deja de ser un Estado con políticas concretas y se convierte en la encarnación de un principio metafísico, la culpabilidad adquiere un carácter inmanentista. Cada acción confirma el prejuicio y el sesgo de confirmación negativo. De esta forma, el debate político se vuelve imposible porque no se discuten hechos sino alucinaciones.

El palimpsesto ideológico que describía aquella escena en el Obelisco porteño -el norte diabólico, la autenticidad del altiplano, América Latina eternamente católica- tiene más capas de las que parecen a primera vista. Debajo del pseudo antiimperialismo hay antimodernismo. Debajo del antimodernismo hay antiliberalismo. Debajo del antiliberalismo hay, con frecuencia, un lugar reservado para el judío como figura del mal metafísico.

Lo que estas alianzas revelan, a lo largo de un siglo y en contextos tan distintos como Irlanda, la India, el mundo árabe y América Latina, es que el antimodernismo refractario al liberalismo tiene una gramática propia que trasciende culturas, religiones y posiciones en el espectro político. No es una anomalía histórica ni un error de cálculo. Es una predisposición estructural que reaparece cada vez que una causa se considera lo suficientemente sagrada como para poner entre paréntesis el juicio moral.

Hoy esa disposición se expresa en la facilidad con que sectores de la izquierda occidental, herederos nominales del universalismo ilustrado, toleran en sus aliados lo que no tolerarían jamás en sus adversarios. La causa emancipatoria se convierte en patente de corso. El universalismo se abandona precisamente cuando más se lo necesita: cuando el crimen lo comete el bando correcto.

El enemigo de mi enemigo no es mi amigo. Es, muchas veces, simplemente otro enemigo.