La memoria fusilada

La impunidad no solo protege a los responsables, también asesina la memoria. En un texto atravesado por su propia experiencia como sobreviviente del 7 de octubre, Moshé Rozén vincula el atentado contra la AMIA con la batalla contemporánea contra el negacionismo y la deslegitimación del derecho de Israel a existir.
Por Moshé Rozén. Miembro del kibutz Nir Itzjak, Israel

Poetas en la Grecia Antigua sabían contar mentiras parecidas
a realidades, pero -también- cuando
 así lo deseaban, proclamar verdades.

 (Vidal-Naquet, Les Assasins de la memoire, 1987)

En esta era de constante desinformación y acelerada malinformación, la posibilidad de precisar un debate sereno sobre Sionismo, Israel, pueblo judío, resulta un desafío intelectual con magras probabilidades.

Es que, desde el vamos, se perdió el valor de la palabra. La posverdad pulverizó el sentido histórico de conceptos sobre los cuales había, supuestamente, un consenso mínimo y un protocolo preliminar a toda discusión: hoy, en el estofado de las redes y los diarios, el Holocausto, Auschwitz, Gaza, Líbano, aparecen homologados, estableciendo un tipo de lenguaje que clausura la posibilidad de dialogar, inclusive de pensar: si eres israelí ya eres culpable per definiotionem.

Reconozco que para mí, como sobreviviente del ataque yihadista del siete de octubre del 2023, herido al grito de «muerte a los judíos», la paciencia necesaria para polemizar se me agota.

Respaldo a periodistas y escritores que tratan, por momentos con encomiable éxito, de analizar la realidad desde un prisma distanciado de su experiencia existencial, como mi amigo Ferrán.

Ferrán Barber, destacado cronista de diversos medios españoles, estuvo en Irak hace siete años —enviado por una productora periodística alemana — para cubrir la guerra contra Daesh.  Allí fue secuestrado por milicianos del sector kurdo y recluido con otros 160 prisioneros en un antro de tortura, pesadilla que duró aproximadamente un mes.

Ferrán, lejos de abdicar, retomó, tras ser liberado, su misión de periodista, analizando coherentemente las intrincadas secuencias de los conflictos meso orientales.

Ferrán estuvo secuestrado, hambreado y humillado por sus captores. Yo logré escapar del secuestro y de los túneles concentracionarios de Gaza. A diferencia de Ferrán, todavía no supero la fatiga que supone denunciar, de manera constante, el negacionismo y la omisión de las masacres del 7 de octubre de 2023,

No se trata solamente del «Operativo Inundación Al Aksa», hoy las redes están saturadas de un sutil proselitismo que extiende el apoyo a Hamás y a su guerra contra Israel hasta la impugnación del derecho mismo a la existencia del Estado de Israel, propugnando su reemplazo por otra entidad étnica («desde el río hasta el mar»).

Es más, Hamás y la Yihad Islámica lograron, asimismo, instalar en el debate una concepción de los judíos como un colectivo intrínsecamente condenable, al que debe combatirse, tal como lo establece la Carta Fundacional de Hamás de agosto de 1988.

Al dispensar esos anhelos de exterminio, se exime la responsabilidad de los mentores de atrocidades previas al octubre de 2023 en Israel.

Se cumplen ahora 32 años del ataque a la AMIA.

No estuve en la calle Pasteur aquel 18 de julio de 1994. Pero nadie, en ningún lugar, está realmente a salvo tras este interminable lapso de impunidad. La impunidad de los autores del atentado entraña la supresión histórica del crimen: el fusilamiento de la memoria.

No me pudieron secuestrar y llevar a Gaza aquel 7 de octubre.

Tampoco podrán secuestrar la memoria del atentado contra la AMIA: «tantas veces te mataron, tantas resucitarás…».

Foto de portada: Pintada aparecida sobre cartel en la UBA en octubre de 2023 (Fuente: TELAM).