El odio como prédica moral

El dolor más difícil: el destierro de la propia tribu

Hay una forma de exclusión que no viene del enemigo declarado sino del campo propio. La padecen quienes formaron su conciencia política en la izquierda y descubren, con el tiempo, que esa misma izquierda ha encontrado en el judío —o en su eufemismo contemporáneo, "el sionista"— una figura útil para ejercer el odio en nombre de la moral. No es un fenómeno nuevo. Es una estructura que se repite, muta y sofistica. Este artículo intenta entender por qué la tribu que se eligió termina, una y otra vez, expulsándolo.
Por Guillermo Atlas

«Quienes más daño hacen son quienes más empeño ponen en hacer el bien»

Oscar Wilde, The Soul of Man Under Socialism (1891)

Tenía dieciséis años, hincha de San Lorenzo. Una tarde de 1967 o 1968 fui a ver al Ciclón contra Atlanta, en su cancha, en Villa Crespo. En un momento dado, parado en medio de la calle Humboldt, la hinchada empezó a cantar: «eh chupe chupe chupe no deje de chupar, a la cancha de los rusos la vamos a quemar». Me quedé paralizado. Salí, me sentí expulsado. No sabía qué hacer. Entré a la cancha sin saber en qué idioma pensar. Me dolió mucho, venía de los míos, del lugar donde yo era «nosotros».

Ese extrañamiento nunca me abandonó del todo a lo largo de mi vida. Pocos años después, en 1972, en un espacio de militancia política de izquierda de la Facultad de Filosofía y Letras, ubicada entonces en la calle Independencia, volví a experimentarlo. Cuando me referí a la masacre de Lod utilizando precisamente esa palabra —masacre— para describir la matanza brutal de peregrinos perpetrada por terroristas japoneses por encargo de organizaciones palestinas, dos compañeros me miraron con una mezcla de indignación y corrección doctrinaria. Según ellos, no era una masacre: era una acción revolucionaria. El problema no era discrepar, sino la naturalidad con que daban por sentado que yo debía coincidir, que la pertenencia al campo exigía ese vocabulario, y que llamar masacre a una masacre era poco menos que una forma de traición.

Poco después, terminada la Guerra de Yom Kipur, mi querido amigo Víctor y yo nos fuimos a Israel como voluntarios a trabajar en un kibutz. Era 1974. Llegamos al kibutz Beeri. Tiempo después nos enteramos de que algunos compañeros de la facultad, al saber que estábamos allí, dijeron que éramos agentes del Mossad. Hoy Beeri es un nombre que el mundo conoce por otra razón: el 7 de octubre de 2023, los asesinos de Hamás perpetraron en ese kibutz una de las masacres más brutales de aquella jornada. La misma ideología de aquellos «compañeros» que nos acusaban de agentes del Mossad subsiste en la tradición política que hoy celebra la «resistencia».

Recreo estas breves glosas autobiográficas para ilustrar un mecanismo o una estructura que lleva largo tiempo funcionando y que hoy ha encontrado un vocabulario nuevo y mucho más sofisticado. El nuevo marketing político: ideas viejas en un nuevo packaging.

De la izquierda universalista a la izquierda identitaria

La hostilidad de la izquierda al sionismo no nació con Lenin ni con Stalin. Tiene raíces más profundas y más reveladoras. En 1844, el joven Marx publicó «Sobre la cuestión judía», un texto que Illouz no duda en señalar como antecedente directo del antisemitismo progresista contemporáneo. Allí Marx no atacaba a los judíos por razones raciales sino por razones filosóficas, lo que hacía el argumento más sofisticado y más persistente: el judaísmo, para Marx, era la encarnación del dinero, del egoísmo, del espíritu mercantil. La emancipación de la humanidad requería, en sus palabras, emanciparse del judaísmo. El judío no era una víctima del orden burgués sino su símbolo más acabado. Ese movimiento intelectual —convertir al judío en encarnación de lo que se quiere combatir— reaparece, con distinto vocabulario, en cada generación posterior.

A fines del siglo XIX, cuando el sionismo comenzaba a articularse como movimiento político, la izquierda europea mayoritaria lo rechazó con argumentos que sonaban universalistas pero funcionaban de manera selectiva. El Bund, organización socialista judía fundada en Vilna en 1897, el mismo año que el Primer Congreso Sionista de Basilea, defendía la autonomía cultural judía dentro de los países de residencia y consideraba el sionismo una distracción nacionalista que dividía a la clase obrera. Rosa Luxemburgo rechazó toda reivindicación nacional judía con una frialdad que numerosos biógrafos e intérpretes han considerado reveladora. En una carta de 1917 a Mathilde Wurm escribió que podía conmoverse tanto por las víctimas de las plantaciones de caucho del Putumayo como por los negros de África, pero que no tenía «un rincón especial» en su corazón “para el gueto”. La universalidad abstracta, en su caso como en tantos otros, tenía una excepción concreta.

Pero esta paradoja tiene una dimensión particular. Los judíos secularizados de fines del siglo XIX y principios del XX no llegaron a la izquierda por error ni por ingenuidad. Llegaron porque la izquierda era, en ese momento, el único campo político que ofrecía una respuesta al antisemitismo estructural de las sociedades europeas: igualdad ante la ley, universalismo, emancipación. La sobrerrepresentación judía en los movimientos socialistas, anarquistas y comunistas de la época y la continua presencia de intelectuales judíos en casi todos los movimientos contestatarios del siglo XX hasta nuestros días, no fueron una anomalía sino una consecuencia lógica. Lo que vino después —la expulsión, el eufemismo, la persecución bajo nueva etiqueta— no invalida ese origen. Lo hace más amargo.

Lenin teorizó sobre el derecho de autodeterminación de los pueblos con generosidad aparente, pero en la práctica negó sistemáticamente que los judíos constituyeran un pueblo con derecho a ejercerlo. En 1913, el joven Stalin publicó «El marxismo y la cuestión nacional», texto que Lenin aprobó y alentó, donde argumentaba que los judíos no eran una nación en el sentido marxista del término: carecían de territorio común, de lengua común, de vida económica compartida. El sionismo era, por tanto, una ilusión reaccionaria. Lo que ese argumento no podía admitir era su propia circularidad: los judíos carecían de territorio precisamente porque se los había expulsado de él durante siglos, y el sionismo era la respuesta política a esa expulsión. Nombrarlo reaccionario era culpar a la víctima de las condiciones que el victimario había creado.

El marxismo, y en particular el marxismo-leninismo, convirtió esa hostilidad doctrinaria en política de Estado. El antisemitismo de Stalin no fue una anomalía sino un instrumento: usó el judaísmo de Trotsky como arma política sistemática, impulsó en agosto de 1952 el fusilamiento de trece intelectuales judíos del Comité Antifascista Judío —entre ellos los poetas Peretz Markish y David Bergelson—, orquestó los juicios de Praga donde Rudolf Slansky y otros dirigentes comunistas checoslovacos fueron ejecutados acusados de «cosmopolitismo sionista», y en enero de 1953 lanzó el llamado «complot de los médicos», una acusación fabricada contra médicos judíos del Kremlin que solo interrumpió su propia muerte. La URSS rompió relaciones con Israel tras la Guerra de los Seis Días en 1967, pero el terreno llevaba décadas preparado. El armazón conceptual del antisemitismo decimonónico —el poder oculto, la conspiración global, la doble lealtad— sobrevivía bajo etiqueta nueva. Lo que en 1903 los Protocolos llamaban «los judíos», la propaganda soviética llamó «los sionistas» o «cosmopolitas».

El armazón ideológico era antiguo; solo cambió la etiqueta. El odio al judío encontró en el vocabulario soviético una nueva envoltura que le permitía circular como crítica política legítima —algo que analicé con más detalle en ‘La connivencia de la izquierda con la ultraderecha’, publicado en Nueva Sión el 28 de noviembre de 2025.

El odio virtuoso

Ese vocabulario migró. Cruzó la Guerra Fría, sobrevivió al derrumbe del bloque soviético, y encontró nueva hospitalidad en el campo de la izquierda postcolonial occidental. Pero allí sufrió una mutación que cambia todo. El marxismo clásico era universalista: su horizonte manifiesto (al menos) era la emancipación de toda la humanidad, y su hostilidad al sionismo se formulaba —aunque con frecuencia de manera hipócrita y selectiva— en términos de principios generales aplicables en teoría a todos los nacionalismos. La nueva izquierda identitaria abandonó ese universalismo. Renunció a los postulados de la Ilustración. Adoptó una cartografía moral donde cada identidad ocupa un lugar fijo en una escala de victimización. «Sionista» se convirtió en la contraseña, en un «Shibolet” que resuelve de un solo golpe toda esa incomodidad clasificatoria. Deja de operar como el eufemismo soviético de una palabra prohibida. Ahora se ha convertido en una entelequia que permite señalar al judío —o al Estado judío— como la máxima reificación del mal sin tener que nombrarlo explícitamente. La coartada es perfecta porque nace de una fe inobjetable y dogmática y quien la usa no se cree antisemita.

La socióloga franco-israelí Eva Illouz, una de las voces más lúcidas —y más incómodas— del debate contemporáneo sobre este tema, ha propuesto para este fenómeno una categoría: «odio virtuoso». En su ensayo El 8 de octubre. Genealogía de un odio virtuoso, publicado en 2024, Illouz argumenta que el antisemitismo que hoy opera en sectores de la izquierda progresista no nace del odio al judío como tal, sino —y aquí está la novedad inquietante— de los vericuetos que toma para que ese odio encarne la virtud. No es un antisemitismo que se sabe antisemita. Es un antisemitismo que se experimenta como cumplimiento moral. «El sionista» no es perseguido a pesar de los valores progresistas: es perseguido a través de ellos. La estructura decolonial ha convertido a Israel en lo que Illouz llama, con precisión barthesiana, una mitología: un significante que sintetiza en una sola figura el colonialismo, el capitalismo, la blancura y el cambio climático. Dentro de esa mitología, el antisionismo se convierte, en sus palabras, en «la única virtud capaz de unir a quienes lo han deconstruido todo».

Lo que hace especialmente difícil de sostener esa posición —y especialmente revelador cuando se la sostiene de todos modos— es la contradicción que produce con los propios valores declarados de ese campo. La izquierda identitaria que abraza la causa palestina con mayor fervor es la misma que reivindica los derechos de las mujeres, de la comunidad LGBT, de las minorías religiosas. Hamás ejecuta a homosexuales. Somete a las mujeres a un régimen de tutela masculina. Persigue a las minorías cristianas en Gaza. Irán, el principal sostén regional de esa «resistencia», cuelga a jóvenes gay en las plazas públicas y asesina a mujeres por no llevar el velo. La alianza entre la izquierda decolonial y el islamismo político —que Illouz documenta con rigor rastreando su genealogía desde los partidos comunistas europeos de los años setenta hasta las universidades anglosajonas de hoy— produce una paradoja que nadie en ese campo quiere nombrar: los «oprimidos» con quienes se solidarizan oprimen exactamente a quienes esa izquierda dice defender. Feministas que se callan ante el feminicidio si el victimario es palestino. Activistas LGBT que marchan bajo banderas de movimientos que los colgarían. La coherencia se ha vuelto una categoría prescindible cuando el objeto es Israel.

Pero aquí vale no regalar el argumento a quien no lo merece. La derecha contemporánea —en su versión más ruidosa y agresiva, la que lleva a cabo una «guerra cultural contra la dominación ideológica de las instituciones y su hegemonía» — ha encontrado en la crítica al antisionismo de izquierda una munición cómoda. Pero su diagnóstico es tan interesado como superficial: ver en la izquierda una fuerza intrínsecamente antisemita desde sus orígenes es falsificar la historia. El problema no es la izquierda como tal, sino una izquierda que abandonó el universalismo que la fundó.

El déjà vu

A esta altura de mi vida observo este espectáculo con una mezcla de tristeza y “déjà vu”. Tristeza, porque es el mismo campo donde formé mi conciencia política, un “déjà vu” porque la estructura es la misma que vi operar aquella tarde en Villa Crespo, y luego en los pasillos de Independencia: la pertenencia al grupo exige anular el juicio cuando el juicio incomoda. Lo que ha cambiado es la escala. Ya no es una hinchada ni una facultad de militancia. Es un movimiento global con cátedras universitarias, editoriales prestigiosas y un vocabulario técnico que confiere a la capitulación moral el aspecto de la sofisticación intelectual.

La paradoja es que la renuncia al universalismo, que debería haber abierto el campo a particularidades antes invisibles, terminó reproduciendo la más vieja de las particularizaciones europeas. El mecanismo clásico del antisemitismo reaparece intacto: no se reacciona ante un judío real sino ante una figura construida, sobre la cual se deposita todo lo que resulta intolerable de la propia historia. «El sionista» cumple hoy esa función con una eficiencia que ningún otro significante alcanza en el campo progresista: permite denunciar el colonialismo sin examinar el propio, el nacionalismo étnico sin examinar el propio, la violencia sin examinar la propia.

Vuelvo a la cancha de Atlanta. La cuento porque en ella está concentrado algo que tardé años en poder formular con precisión: el dolor más difícil no viene del enemigo declarado. Viene del lugar donde uno eligió estar, del campo donde creyó reconocerse.

Durante décadas viví esa tensión como algo personal, quizás generacional, quizás específicamente rioplatense. Desde Frankfurt, con casi cincuenta años de distancia, veo que no era nada de eso. Era la manifestación local de una estructura mucho más larga que cualquiera de nosotros. Una estructura que hoy se reproduce en las universidades europeas, en las redes sociales, en los manifiestos de movimientos que se reclaman emancipatorios. Los términos cambiaron. La operación es la misma.

Seguir siendo de izquierda cuando una parte de la izquierda usa contra vos el mismo dispositivo lógico que usó siempre quien oprime no es una contradicción que se resuelve eligiendo bando. Es una tensión que hay que zanjar con los ojos abiertos. Sin autoengaño y sin resignación. Con la incomodidad intacta.

Eso, al menos, es lo que aprendí en aquella cancha.