La connivencia de la izquierda con la ultraderecha

Del nacional-bolchevismo en Weimar al antisionismo poscolonial tras el 7 de octubre, un recorrido por las zonas de contacto donde izquierda y extrema derecha comparten lenguaje, enemigos y cegueras, y donde el antisemitismo reaparece como bisagra.
Por Guillermo Atlas

Este texto nació, en buena medida, de una conversación ajena. La entrevista que Olaf Kistenmacher concedió a Mena, en diálogo con Elisa Mercier, sobre el antisemitismo en el movimiento obrero de la República de Weimar (“El antisemitismo de las clases bajas se entendió como un anticapitalismo desviado”, 16 de noviembre de 2025), me llevó a retomar un problema que suele aparecer en la historiografía como un apéndice incómodo: la relación entre antisemitismo popular, crítica al capitalismo y culturas políticas de izquierda. A partir de esa lectura volví sobre el estudio de Joost Philipp Klenner acerca de “Schlageter como mito político del KPD en 1923”, que muestra hasta qué punto sectores del comunismo alemán intentaron apropiarse de símbolos y mitos nacionalistas cargados de antisemitismo. Lo que sigue es, en cierto sentido, un intento de ampliar esa cuestión: interrogar las zonas de contacto entre izquierda y ultraderecha, desde Weimar hasta el presente, allí donde el antisemitismo es interpretado –y a veces tolerado– como una forma “desviada” de anticapitalismo o de antiimperialismo.

Hay algo profundamente desconcertante en la escena política posterior al 7 de octubre de 2023. En muchas ciudades europeas, grupos de izquierda marchan con consignas que equiparan “sionista” con “nazi” y que niegan de facto el derecho de los judíos a la autodeterminación; al mismo tiempo, partidos de extrema derecha se envuelven en la bandera israelí y se presentan como defensores de los judíos frente al islamismo y la inmigración. La alianza objetiva entre discursos que se sitúan en extremos opuestos del espectro político se ha vuelto demasiado frecuente como para tratarla como una mera anomalía.

No es la primera vez que ocurre. El siglo XX está lleno de momentos en los que la izquierda se acerca peligrosamente a lenguajes y mitos que parecían patrimonio exclusivo de la ultraderecha. A veces por oportunismo táctico, a veces por una hostilidad compartida hacia el liberalismo, la democracia parlamentaria o el “globalismo”. En todos esos momentos hay un elemento constante: la figura del judío, desplazada desde el lugar de víctima paradigmática hacia el de enemigo simbólico.

Nacional bolchevismo: cuando la nación devora el internacionalismo

El nacional bolchevismo no es un partido ni una doctrina sistemática, sino una especie de punto de convergencia. Es el lugar donde se encuentran, durante un tiempo, dos fuerzas que supuestamente deberían ser incompatibles: un nacionalismo radical, antiliberal y antioccidental, y un anticapitalismo de inspiración marxista. Lo que las une es un enemigo común, al que Weimar llamó a veces “Occidente plutocrático”: democracia parlamentaria, capitalismo financiero, liberalismo anglosajón. Y, con mucha frecuencia, la figura del judío como símbolo de todo ese conjunto.

En la Alemania de entreguerras se cruzan, al menos, tres vectores que dan forma a este campo. Por un lado, los nacionalistas de derecha que empiezan a mirar a la Rusia soviética con ambivalencia: la detestan como revolución social, pero la admiran como potencia anti-Versalles, antiliberal y antioccidental. De Moeller van den Bruck a Ernst Niekisch, se fantasea con una alianza “prusiano-bolchevique” que rompa el cerco de la Entente y reconstruya una Alemania fuerte, orgánica y autoritaria. Para ellos, la URSS deja de ser el enemigo absoluto para convertirse en socio potencial contra la civilización “judeo-occidental”.

Por otro lado, una parte del movimiento comunista alemán se deja seducir por el lenguaje de la nación. Es aquí donde aparece la famosa Schlageter-Linie. El KPD, empujado por Karl Radek, intenta hablar el idioma völkisch (etno-nacionalista): patria traicionada, pueblo humillado, mártires caídos por la nación. El discurso de Radek –funcionario de la Internacional Comunista– sobre Schlageter, y la lectura que hace Klenner, muestran hasta qué punto la dirección comunista quiso entrar en el relato nacionalista para reescribirlo en clave de lucha de clases: no son los judíos, sino la gran burguesía alemana aliada con Francia y la Entente quienes traicionan a Alemania. Pero para decir eso se acepta casi todo el decorado simbólico del adversario.

El tercer vector lo forman esos personajes que la historiografía alemana llamó “Linke Leute von rechts”: gente de izquierda por derecha. Nacionalistas que se reivindican socialistas, o “socialistas nacionales” que coquetean con el comunismo. En ellos se cristaliza la fórmula nacional bolchevique: contra el capital financiero y contra Versalles, contra el parlamentarismo y contra el “cosmopolitismo judío”, por una Alemania “socialista” y autoritaria, eventualmente aliada con Moscú.

El antisemitismo atraviesa los tres vectores. Para los nacionalistas, el judío encarna la decadencia liberal, la ciudad, la bolsa, la cultura “desarraigada”. Para muchos comunistas, en cambio, aparece como un error de enfoque de las clases populares: en vez de odiar al capital como relación social, odian al comerciante, al banquero, al intermediario judío. Kistenmacher resume bien la actitud de buena parte de la izquierda obrera de la época: ese antisemitismo “desde abajo” se consideró un “anticapitalismo desviado” que se podría reconducir a una crítica correcta del capital.

El nacional bolchevismo se alimenta justamente de esa ilusión. Parte de la izquierda piensa que puede trabajar con ese odio, depurarlo mediante pedagogía y redirigirlo hacia el sistema económico. Parte de la derecha nacional-revolucionaria cree que puede utilizar el marxismo como técnica para destruir el orden liberal y abrir paso a un Estado fuerte y homogéneo. En ese intercambio, el antisemitismo deja de ser un mero detalle y se convierte en bisagra e incluso en disparador: permite que el obrero resentido y el intelectual völkisch hablen de lo mismo cuando dicen “capital financiero”, “yanquis”, “Versalles”, “sionismo”.

La historia posterior muestra que resulta muy complicado desprenderse de esa bisagra. En la posguerra, las variantes nacionalbolcheviques reaparecen en clave “nacional-revolucionaria”; luego, ya en la Rusia postsoviética, bajo formas que mezclan símbolos soviéticos y fascistas, culto al Estado fuerte, antioccidentalismo y un antisemitismo más o menos desplazado hacia la obsesión con “globalistas”, “Soros” y “sionistas”. Las alianzas “rojipardas” de los años noventa, que juntan comunistas nostálgicos y ultranacionalistas contra el liberalismo, son la versión tardía de una misma tentación: sacrificar el universalismo emancipador a cambio de una promesa de unidad nacional redentora.

La entrevista de Kistenmacher recordaba que, en Weimar, el antisemitismo de las clases bajas fue tolerado e interpretado como un “anticapitalismo desviado” que algún día se corregiría. El trabajo de Klenner sobre el mito Schlageter muestra cómo el KPD llegó a hablar el idioma de la nación herida, convencido de que podría reconducir esa energía hacia la revolución. Hoy, cuando una parte de la izquierda lee el antisemitismo contemporáneo como un “antiimperialismo mal enfocado” o un “exceso retórico” del antisionismo, repite, sin decirlo, ese mismo gesto: tratar el odio a los judíos como fuerza bruta disponible para causas superiores.

El nacional bolchevismo evidencia que ese tipo de apuesta es un tiro por la culata. El componente nacional se traga al internacionalismo; el mito identitario devora la crítica al capital; y el antisemitismo, lejos de diluirse en pedagogía, se consolida como sentido común compartido entre polos que, en teoría, deberían repelerse. Ese es el fenómeno donde deberíamos poner el foco cuando miramos las convergencias actuales entre extrema derecha anti-globalista, campismo de izquierda y discursos antisionistas que han vuelto a poner en escena a los judíos en el centro de un relato sobre las desgracias del mundo.

Del antiimperialismo al “rojipardismo”

Si seguimos buceando en el barro de la historia, caben mencionarse contubernios semejantes. El pacto germano-soviético de 1939 vino acompañado de un notable paralelismo propagandístico: en ambos lados se atacó a las “plutocracias occidentales”, al parlamentarismo liberal y al enemigo común anglosajón. En la Europa ocupada, segmentos del movimiento comunista se vieron obligados a justificar durante un tiempo la coexistencia con un régimen abiertamente antisemita, en nombre de la priorización del conflicto interimperialista.

En el mundo árabe, la circulación de materiales antisemitas procedentes tanto de la Alemania nazi como de la Unión Soviética, y su posterior relectura en clave de “socialismo árabe”, contribuyeron a fusionar discurso antiimperialista, nacionalismo panárabe y antisemitismo de matriz europea: la figura del judío como agente del colonialismo y de la decadencia occidental. Esa tradición llega hasta los panfletos islamistas de finales del siglo XX, donde el Estado de Israel aparece como punta de lanza de una conspiración global judía, una reinterpretación religiosa de los Protocolos “modernizados”.

Después de la guerra, el propio estalinismo ofrece otro ejemplo de esta deriva: de la alianza táctica con el sionismo en 1947–48 se pasa a las purgas antijudías, los procesos contra los “cosmopolitas sin raíces” y el “complot de los médicos”, mientras que a partir de 1967 buena parte del bloque comunista convierte el antiisraelismo de Estado en una forma canónica de antisemitismo político bajo la etiqueta de “antisionismo”.

Tras el derrumbe del bloque soviético, el fenómeno se reconfigura. En la Rusia de los años noventa, las llamadas alianzas “rojipardas” reúnen a sectores comunistas nostálgicos y a ultranacionalistas en un frente común contra el liberalismo, la globalización y Occidente. El Partido Nacional Bolchevique de Eduard Limonov y Alexander Dugin (el filósofo de Putin) encarna esa síntesis extrema: iconografía soviética y fascista, culto a la violencia, antisemitismo más o menos disimulado, y un antioccidentalismo compartido que pone en la misma bolsa a “globalistas”, “atlantistas” y “sionistas”.

En Europa occidental, la convergencia adopta otras formas: sectores de extrema derecha y de extrema izquierda comparten a veces el rechazo a la Unión Europea, la OTAN y el “globalismo financiero”, reciclando la figura del “poder de Wall Street” o del “lobby judío” como explicación totalizadora de la política internacional. El judío vuelve a ocupar su viejo lugar: ora como banquero cosmopolita que disuelve las identidades nacionales, ora como sionista agresor que niega la soberanía de otros pueblos.

El siglo XXI: alianzas rojo-verde-pardas

En el siglo XXI se han constituido nuevos espacios de contacto entre extrema izquierda, islamismo radical y extrema derecha, unidas por el rechazo a las democracias liberales, a la globalización y a un supuesto “imperio” occidental dirigido desde Washington, Bruselas y Jerusalén.

La alt-right norteamericana y europea ha desplegado una retórica obsesionada con “Soros”, “los globalistas” y “el Gran Reemplazo”, donde el judío vuelve a ser figura clave: el arquitecto del multiculturalismo, de la inmigración y de la disolución de las identidades nacionales. Parte de la izquierda campista, por su lado, no tiene dificultades en coincidir con esa narrativa cuando se trata de denunciar el “imperialismo” de la OTAN, el papel de Estados Unidos o la influencia del “lobby sionista” en la política exterior occidental. Diferentes lenguajes, misma lógica conspirativa.

El caso contemporáneo alemán ilustra muy bien este fenómeno. El partido BSW de Sahra Wagenknecht recupera motivos estratégicos y retóricos propios del populismo autoritario (soberanismo, antioccidentalismo, relativización de la agresión rusa) que lo acercan, en contenidos, a la AfD. La distancia con la extrema derecha queda deliberadamente difusa: la diferencia reside más en el lenguaje “de izquierda” que en la sustancia política, lo que contribuye a la normalización de posiciones ultraderechistas sin asumirlas explícitamente.

En ese terreno, Israel se ha convertido en un significante privilegiado. Para una parte de la derecha nacionalista, Israel es el muro avanzado de Occidente cristiano contra el islam y la inmigración, un modelo de “democracia étnica” y de militarización de las fronteras. Para una parte de la izquierda poscolonial, Israel es la encarnación de la blanquitud colonial, la prueba viviente de que la víctima histórica –el judío europeo– se ha transformado en verdugo. En un caso y en otro, la singularidad histórica del antisemitismo desaparece: el judío queda absorbido en una batalla más amplia donde lo que cuenta no es su historia, sino su utilidad simbólica.

Después del 7 de octubre: la política de la víctima y el antisemitismo “respetable”

El 7 de octubre de 2023 operó como revelador brutal de estas tensiones. La masacre perpetrada por Hamás contra civiles israelíes –jóvenes en una fiesta, familias en kibutzim, ancianos y niños-, seguida de la devastadora campaña israelí en Gaza, produjo una sacudida moral que descolocó a muchas tradiciones políticas. Para buena parte de la izquierda global, fue más fácil encajar lo que ocurría si se mantenía intacta la matriz colonial: Israel como único sujeto responsable, los israelíes como portadores indiferenciados de una culpa histórica, los judíos de la diáspora como extensión cultural de ese Estado.

Eva Illouz ha descrito muy bien cómo, en ese contexto, se consolidó un tipo de antisemitismo “respetable”: un odio a los judíos que se presenta como antirracismo y antiimperialismo. Para esa sensibilidad, el verdadero judío “bueno” es el que renuncia al sionismo, el que rechaza la idea misma de soberanía judía; el judío “malo” es el que reivindica el derecho a un Estado, a una defensa armada, a una frontera. El primero puede ser acogido como aliado del Sur global; el segundo se convierte en encarnación del privilegio blanco y del colonialismo.

Tras el 7 de octubre, se vio algo más duro aún: la incapacidad de algunos espacios universitarios, militantes y culturales para nombrar como masacre lo ocurrido, la tendencia a describirlo como “acto de resistencia”, la negativa casi obsesiva a condenar explícitamente el asesinato de civiles judíos. Esa dificultad para empatizar con víctimas judías –que contrasta con la empatía inmediata hacia las víctimas palestinas– señala, precisamente, el umbral donde el antisionismo se desliza hacia antisemitismo. No porque toda crítica a Israel lo sea, sino porque cuando el sufrimiento judío se considera irrelevante o sospechoso, algo mucho más profundo que la política coyuntural está en juego.

Illouz subraya otra paradoja: en ese clima, la extrema derecha intenta capitalizar el miedo judío presentándose como única protectora de los judíos frente al islamismo y la izquierda “woke”. Pero su filosionismo es altamente selectivo: se ama a Israel como bastión militar, mientras se sigue alimentando la sospecha hacia el judío cosmopolita, el judío liberal, el judío “globalista”. De nuevo, dos máscaras para la misma figura.

Las lecciones que la izquierda democrática puede aprender

No cabe duda de que el hilo con que estoy tejiendo la relación que va de la Schlageter-Linie a la ola antisionista post-7 de octubre no es tan lineal ni esquemático, pero sí resulta ilustrativo. En ambos casos, una parte de la izquierda no solo cree posible instrumentalizar códigos ajenos, sino que se identifica con ellos y los hace propios –nacionalismo völkisch entonces, antiimperialismo poscolonial hoy– sin asumir del todo las implicaciones que arrastran sobre el judío. Se confía en que la “buena causa” terminará purificando esos lenguajes. La experiencia histórica sugiere lo contrario: lo que se normaliza no es la crítica legítima a las injusticias, sino la sospecha estructural hacia los judíos como colectivo.

Para una izquierda judía democrática, la alternativa no puede ser ni fusionarse con una derecha aparentemente filosionista que instrumentaliza a Israel contra otras minorías, ni abdicar frente a un antisionismo que borra la especificidad del antisemitismo y el derecho de existencia de Israel como Estado judío y democrático en nombre de una geopolítica simplificada. La tarea pasa por algo menos espectacular y más difícil:

– defender un universalismo que no niegue las particularidades, pero que tampoco sacralice ninguna identidad –ni la propia ni la ajena–;

– sostener la crítica a los gobiernos israelíes, a la ocupación y a los proyectos mesiánicos irredentistas, sin renunciar al principio de que los judíos tienen derecho a la autodeterminación y a la seguridad;

– nombrar el antisemitismo allí donde reaparece, incluso cuando se disfraza de anticolonialismo;

– y negarse a jugar, una vez más, con el fuego de los imaginarios que la ultraderecha necesita para sobrevivir.

Si algo deja claro la historia de las convergencias entre izquierda y ultraderecha es que ninguna causa justa se construye sobre la rehabilitación, siquiera parcial, del antisemitismo. Cada vez que la izquierda lo ha olvidado, ha terminado perdiendo no solo a los judíos, sino también la posibilidad misma de un proyecto emancipador para todos.