Sobre Agustín Laje y la Fundación Faro

Un faro que proyecta oscuridad

Bajo la dirección ejecutiva del politólogo estrella del mileísmo Agustín Laje, y blandiendo la espada de “la libertad individual” en una lucha civilizatoria que denomina “la batalla cultural”, la Fundación Faro propone algo más viejo de lo que admite: restaurar jerarquías, desandar derechos y reescribir la memoria colectiva. Por supuesto, todo ello con el noble fin de “contribuir al desarrollo económico y social de nuestra Nación”. La ultraderecha se muestra desatada en un tiempo en el cual no parece pagar costo alguno por la violencia simbólica (y no tanto) que descarga día a día sobre quienes se oponen a sus políticas de ajuste estructural.
Por David Zelig

A comienzos de febrero de 2024, mediante un video difundido por sus redes sociales, un Agustín Laje visiblemente extasiado “felicitó y celebró” a la Policía. Esto ocurrió luego de la represión policial del día 1° sobre la movilización convocada en protesta por la llamada “ley bases”. El referente de la ultraderecha local dijo que “cada balazo bien puesto en cada zurdo ha sido para todos nosotros un momento de regocijo. Cada imagen de cada zurdo lloriqueando por el gas pimienta en su cara ha sido para nosotros un momento muy placentero de ver.”[1] En el mismo video, arengó a la fuerza represiva para que “apunten bien” la próxima vez que tengan que disparar balas de goma o gases lacrimógenos “contra estos salvajes”.

Si se tratara del integrante de un espacio democrático tradicional, Laje seguramente pagaría con el escarnio público ya no por su justificación de la violencia ejercida contra ciudadanos que protestaban en la vía pública, sino por el goce sádico que le provocan las heridas abiertas de esos manifestantes. Pero no es eso lo que viene ocurriendo desde el ascenso rampante e inesperado al poder de Milei. El director ejecutivo de la Fundación Faro puede festejar la violencia represiva porque se encuentra más que avalado por un gobierno en el cual no ocupa cargo alguno, pero al cual adhiere con el fervor y la crueldad de un cruzado.

Una guerra por la cultura

El edificio “lajeano” se apoya sobre elementos premoldeados e importados desde las alt-right (las llamadas “derechas alternativas”) del norte global: lo que se estaría librando es una batalla en el campo de la cultura, del lenguaje, los valores y el sentido. Según ha manifestado reiteradamente Laje, la izquierda habría fracasado en establecer un sistema político duradero tras las revoluciones del siglo XX (comenzando en octubre de 1917 con la Revolución Rusa) pero habría ganado al imponer su ideario en el campo de la cultura. Dicha corriente ideológica (independientemente de su inscripción partidaria) habría logrado “colonizar” los claustros y a los estudiantes de las universidades, los medios de comunicación masivos, los organismos internacionales y la educación en general, imponiendo de este modo una “dictadura de la corrección política”[2]. Por otro lado, Axel Kaiser, quien ocupa la subdirección ejecutiva en la misma fundación, no se ha quedado atrás en su invalorable aporte a la caracterización pseudocientífica de la “izquierda cultural”: el autor del libro “Parásitos mentales” manifestó que “hay creencias que se instalan en tu sistema nervioso como parásitos. Se llaman neuroparásitos. Esto se explica en psicología evolutiva y muchas de esas creencias tú las encuentras en grupos políticos como el kirchnerismo.”[3]

Frente a las agendas de derechos globales —trabajo digno, vigencia de los derechos humanos, género y diversidad, protección de los más débiles, libertad religiosa, el goce de un medio ambiente sano, la educación en todos sus niveles— Laje y la Fundación Faro emprenden una contraofensiva: formar cuadros con capacidad de confrontar dichas agendas, ocupar el sentido común, y rebelarse contra el “consenso progresista”.

Los inmorales nos han igualado

El relato seduce porque se presenta como insurgente y contestatario, a la vez que poseedor de una moralidad superior. Laje habla siempre desde el lugar de la “víctima censurada”: es quien se anima a decir lo que nadie dice por temor a confrontar con la corrección impuesta “por izquierda”. Pero el contenido de esa supuesta rebeldía es notablemente conservador, reaccionario y manifiestamente violento en términos discursivos y —cuando asume el control del aparato represivo del Estado— físicos. Podría decirse que no hay nada nuevo en la confrontación de las tendencias reaccionarias y anticontractualistas con la democracia liberal (que permite la disputa política dentro de un sistema en el cual tienen lugar partidos e ideologías de amplio espectro, a derecha e izquierda): son tensiones que atraviesan la modernidad desde hace casi cuatro siglos, y se expresan de modo recurrente con mayor o menor grado de virulencia. Lo novedoso, en todo caso, son los modos y la estética con la que los grupos de extrema derecha presentan sus ideas: el tono soberbio, ofuscado y provocador, la justificación de la violencia estatal como ordenadora del conflicto social, el formato de reel breve en redes sociales, el stream en YouTube, las imágenes irreales y los memes generados por IA, y el barniz “académico y cientificista” desplegado en libros y conferencias. Pero cuando se desarma el envoltorio, lo que asoma no es un programa de “emancipación del individuo de todas sus ataduras” sino su reverso: una agenda que quiere devolver al feminismo a la cocina, a las disidencias al clóset, a los trabajadores al silencio y a la dictadura militar a la categoría de “guerra” ya ni siquiera sucia, sino justa[4]. No se trata de una derecha que mire hacia adelante prometiendo desarrollo y armonía, sino que mira en el espejo retrovisor del pasado para reivindicar con “valentía” los espectros de una sociedad jerárquica, represiva y profundamente excluyente.

Afinidades electivas

Si bien el discurso de Laje y la Fundación Faro no contiene elementos decididamente antisemitas, existe entre ellos lo que el sociólogo Max Weber denominaba “afinidades electivas”: no necesariamente un fenómeno —el discurso retrógrado, violento y antiderechos de la ultraderecha— es causa de otro de manera directa —las formulaciones antisemitas clásicas—, o exista entre ambos una relación necesaria. En todo caso, significa que presentan una compatibilidad que favorece su asociación y desarrollo conjunto. En las citas previas, reemplácese a la izquierda cultural señalada como la responsable de la “infección” en las universidades, de los mensajes woke que se difunden por los medios de comunicación de masas, y de la manipulación global por parte de los organismos internacionales, por el judaísmo, el sionismo, o la “sinarquía internacional”, para recrear el tono en el que eran redactadas las notas de opinión en la revista Cabildo. Lo mismo puede decirse de los “neuroparásitos” que enferman a tal o cual grupo político, étnico o religioso. Los discursos promovidos por los referentes de la Fundación Faro se estructuran de modo análogo a los que en la Europa de los años veinte del siglo pasado caracterizaban a los judíos como comunistas y “seres inferiores”. La intolerancia se renueva eligiendo nuevos destinatarios: Laje advirtió que, si Europa no reacciona con firmeza ante lo que describe como el avance del islam, el viejo continente podría llegar a un punto de no retorno en su crisis de identidad y de los valores que lo constituyen[5]. Aunque sin trazas verificables de antisemitismo, los discursos de los intelectuales operadores del faro se encuentran reñidos con la ética judía.

La ideología del capital especulativo

Pero ¿cómo se financian las armas con las que Laje y la Fundación Faro libran la “batalla contra la izquierda cultural”? Según el balance que la fundación presentó ante la Inspección General de Justicia (IGJ), revelado por Chequeado, Faro pasó de declarar un patrimonio neto de 12 millones de pesos en 2023 a 4.394 millones en 2024: un aumento de 366 veces en doce meses[6]. ¿De dónde salió ese dinero? El 99% de esos miles de millones de pesos declarados como ingresos figura bajo el rótulo “Donaciones, cursos, talleres y prevención”, pero la documentación no identifica a un solo aportante. Cuando la IGJ pidió detalles, la fundación respondió que, “por razones de seguridad”, no podía revelar la identidad de sus donantes. Pero es aún más llamativo el destino de los fondos: la mayor parte no fue a programas sociales ni educativos, sino a inversiones financieras —fondos comunes, Letras del Tesoro y bonos por más de 4.000 millones de pesos—. Más que una “usina de ideas” para formar cuadros políticos y referentes culturales, o para desarrollar programas de formación económica y empresarial, la fundación se comporta, en los hechos, como un fondo de inversión especulativo.

Lobos con piel de demócratas

Durante décadas, las ideas hoy expresadas por Laje eran marginales, o no pasaban el tamiz de la discusión democrática. Podían encontrarse en textos ampliamente reaccionarios y xenófobos en la vidriera de la librería Huemul, o en algún puesto del Parque Rivadavia. Pero hoy esas palabras que hacen apología de la desigualdad y la violencia contra otros “inferiores” considerados “enemigos de la libertad” adquieren estado público, merced a contar con una maquinaria institucional y financiera que les da sustento. Que la Fundación Faro haya multiplicado su patrimonio de manera vertiginosa y se niegue a transparentar a sus donantes es, en este marco, un dato revelador: la batalla cultural también es un negocio, a la vez que una palanca para ejercer influencias, arrancando privilegios al poder político en beneficio de intereses particulares.

Laje, Kaiser y demás actores nucleados en torno a la Fundación Faro pueden pensar y expresar lo que quieran, aun cuando la puesta en práctica de sus ideas atente contra la estabilidad política, la equidad social, los derechos ciudadanos más básicos y la convivencia democrática. La pregunta es por qué un proyecto que aspira a desandar décadas de derechos consigue presentarse como sinónimo de “libertad”, y qué responsabilidad le cabe al sistema político y mediático en desarmar esa coartada antes que valorar sus ideas como quien dice “vinieron a hacer un aporte importante”. Cuando la restauración premoderna se disfraza de rebeldía, enunciar realmente cuáles son sus objetivos ya es un gesto político resistente.


[1] https://youtube.com/shorts/1xeVmGhBph0?si=85RAOG2hiv2Vye7D

[2] https://www.youtube.com/watch?v=wAylBqgDTiM

[3] https://www.lapoliticaonline.com/politica/kaiser/

[4] https://www.casarosada.gob.ar/informacion/actividad-oficial/9-noticias/50915-24-de-marzo-dia-de-la-memoria-por-la-verdad-y-la-justicia-completa

[5] https://derechadiario.com.ar/politica/agustin-laje-advirtio-sobre-las-consecuencias-inmigracion-ilegal-europa

[6] https://chequeado.com/investigaciones/la-fundacion-faro-de-agustin-laje-incremento-su-patrimonio-mas-de-350-veces-y-destino-la-mayor-parte-a-inversiones-financieras/