Israel, entre dos proyectos de país

¿Qué define realmente el futuro de Israel: las urnas o las aulas? ¿Los cambios de gobierno o la formación de las nuevas generaciones? En este ensayo, Rubén Ogorek sostiene que el verdadero conflicto enfrenta dos modelos de país y que la transformación impulsada por el nacionalismo religioso ya está reconfigurando la educación, el ejército y otras instituciones fundamentales del Estado.
Por Rubén Ogorek

Solemos pensar que el futuro de un país se decide en elecciones, parlamentos o coaliciones de gobierno. En parte es cierto. La política puede cambiar leyes, gobiernos y prioridades nacionales. Pero las transformaciones más profundas suelen ocurrir en otro lugar, allí donde se moldea, casi siempre en silencio, la conciencia colectiva. En Israel, esa conciencia se moldea principalmente en dos instituciones fundacionales: la escuela y el ejército.

La escuela moldea la conciencia cívica y cultural. Allí una sociedad decide qué narrativa histórica debe ser recordada, qué valores considera deseables y qué relatos transmite a la siguiente generación. El ejército, por su parte, moldea la disciplina, la relación con la autoridad, la noción del deber colectivo y los límites dentro de los cuales una sociedad considera legítimo el uso de la fuerza.

En Israel, más que en casi cualquier democracia occidental, ambas instituciones no son simplemente organismos estatales. Son espacios fundacionales de ciudadanía, pertenencia e identidad nacional.

Cuando escuela y ejército permanecen dentro de un marco pluralista, una democracia puede resistir incluso gobiernos mediocres, corruptos o ideológicamente extremos. Pero cuando ambas comienzan a quedar bajo la influencia creciente de una minoría religiosa, nacionalista y mesiánica —que representa apenas alrededor del diez por ciento de la población israelí— el problema deja de ser estrictamente político. Empieza a convertirse también en un problema social, cultural y, finalmente, civilizatorio.

Y cuando esa minoría logra además asociarse con una parte considerable del mundo ultraortodoxo y con un liderazgo político dispuesto a sacrificar equilibrios institucionales con tal de preservar el poder, el desafío deja de ser una amenaza futura, abstracta o lejana para convertirse en una realidad concreta, palpable y profundamente instalada en el presente.

En Israel, este proceso tiene un nombre, hadatá.

Traducirlo simplemente como “religización” resulta insuficiente. La hadatá no consiste sólo en introducir más religión en la escuela pública o en el espacio estatal. Sería más preciso describirla como un cambio profundo del marco mental desde el cual se interpreta la realidad.

Pero la hadatá no se expresa únicamente en discursos, símbolos o cambios culturales sutiles. También se traduce en legislación, regulaciones y decisiones administrativas concretas. La restricción al ingreso de alimentos no kosher en hospitales públicos, la expansión del financiamiento estatal a escuelas religiosas que enseñan apenas el currículo obligatorio, la legitimación de espacios con separación de género y el fortalecimiento del poder rabínico sobre aspectos centrales de la vida civil muestran que ya no se trata sólo de identidad cultural. Se trata de la progresiva transformación del Estado en un instrumento

cada vez más alineado con una visión religiosa particular del judaísmo.

La hadatá comienza cuando una tradición cultural deja de enseñarse como una herencia plural para pasar a transmitirse como un dogma. Es entonces cuando el pensamiento crítico pierde centralidad frente a la autoridad, la duda empieza a percibirse como debilidad y la educación deja de ser un ejercicio de libre albedrío para convertirse en adoctrinamiento.

Durante años, muchos israelíes seculares se negaron a ver la profundidad de este proceso. Interpretaron la hadatá como una molestia cultural manejable: más ceremonias, más rabinos invitados, más contenidos de tradición judía en las aulas. Nada demasiado grave, pensaron. Después de todo, Israel es un estado judío.

Las primeras huellas del cambio

Pero las primeras señales de alarma no llegaron desde grandes discursos ideológicos sino desde detalles aparentemente menores. Padres y docentes comenzaron a notar cambios concretos en los materiales escolares, incluso en los colegios seculares. En muchos libros de estudio aparecían cada vez menos mujeres. Y cuando aparecían, solían estar representadas según códigos visuales propios del mundo religioso ortodoxo, con vestimenta recatada, roles familiares tradicionales y escasa presencia en espacios de liderazgo, ciencia o vida pública.

No se trataba de una casualidad editorial. Los libros escolares no sólo enseñan contenidos. También transmiten modelos de normalidad. Le dicen a un niño quién ocupa el espacio

público, quién tiene autoridad y quién queda relegado a los márgenes.

Cuando las mujeres empiezan a desaparecer de las imágenes, o sólo son visibles dentro de moldes ideológicos muy específicos, lo que cambia no es simplemente la iconografía escolar. Cambia la idea misma de ciudadanía.

El problema nunca fue enseñar judaísmo. El problema fue qué tipo de judaísmo se enseña, quién lo decide y a costa de qué otras materias y valores. El resultado es una educación cada vez más homogénea, donde el pluralismo se achica, la diversidad de pensamiento se empobrece y otros saberes van siendo progresivamente desplazados.

La gran ironía es que esta transformación avanzó muchas veces sin resistencia, precisamente porque fue presentada como defensa de la identidad judía frente a la asimilación. Y pocos políticos entendieron mejor esa oportunidad que Naftali Bennett. Bennett comprendió algo esencial. La futura imagen de Israel no se decide primero en la Knéset. Se decide en las aulas.

Durante su gestión como ministro de Educación en el gobierno de Netanyahu, la hadatá dejó de ser una tendencia difusa para convertirse en política pública. Como documentó durante años el periodista Or Kashti, organizaciones vinculadas al sionismo religioso, financiadas por el propio estado, penetraron progresivamente en las escuelas laicas. Lo que comenzó como un complemento educativo terminó ocupando un lugar cada vez más central en el currículo, desplazando contenidos pedagógicos en favor de una agenda ideológica específica.

Un caso emblemático de esa lógica fue la exclusión del programa oficial de literatura de la novela Borderlife de Dorit Rabinyan. El motivo oficial fue casi brutal en su honestidad. Según esa lógica, la historia de amor entre una israelí judía y un palestino podía fomentar la asimilación y debilitar la identidad separada del pueblo judío. El mensaje era claro. La literatura ya no debía incomodar, complejizar o desafiar certezas. Debía reforzar fronteras identitarias.

Ese episodio permitió ver algo fundamental. La hadatá nunca se trató simplemente de religión. Se trató de control cultural.

Yeshayahu Leibowitz lo anticipó

Pero para entender cómo llegamos hasta aquí hay que volver a 1967. La Guerra de los Seis Días no sólo fue una victoria militar extraordinaria. Para gran parte del sionismo religioso fue una revelación teológica. La conquista de Judea y Samaria, Gaza y Jerusalén oriental fue vista como una señal divina, el inicio de una era mesiánica.

Yeshayahu Leibowitz entendió el peligro de inmediato. Advirtió que una ocupación prolongada no sólo destruiría la vida palestina, sino que terminaría corrompiendo también la moral y la democracia israelí.

De esa matriz nació Gush Emunim. La ocupación dejó de ser una cuestión estratégica para convertirse en un mandamiento. Cada asentamiento pasó a ser un acto redentor y cada colina ocupada, teología aplicada.

Pero las ideas necesitan cuadros humanos. Ahí aparecen las mejinot, las academias premilitares. Fueron la transición natural

entre la concientización silenciosa de los colegios y la formación intensiva de futuras élites militares y civiles. Formalmente preparan jóvenes para el servicio militar combinando liderazgo, voluntariado y estudio. En la práctica, muchas se convirtieron en incubadoras ideológicas.

Si la escuela moldea identidad, la mejiná le da disciplina. Allí la moral militar entra en acción y la teoría se transforma en obediencia, norma, jerarquía y destino único. La religión deja de ser una tradición cultural para convertirse en dogma. Y pocas cosas son más poderosas —y también más peligrosas— que mentes jóvenes moldeadas durante un año por una fuerte carga ideológica, convencidas de participar en una misión superior y guiadas por una dirigencia adulta nacionalista, religiosa y mesiánica.

La transformación del ethos militar

El siguiente escalón fueron las Yeshivot Hesder. Estas instituciones combinan estudios religiosos intensivos con servicio militar. En teoría, permiten que jóvenes religiosos sirvan al Estado sin abandonar el estudio de la Torá. En la práctica, se transformaron en fábricas de cuadros ideológicos. No producen simplemente soldados religiosos. Producen oficiales.

Y ahí empieza la segunda etapa de esta historia, la hadatá capturando al ejército.

Durante décadas, Tzahal fue una de las instituciones más secularizadas del proyecto sionista. El ethos dominante era el del viejo sionismo laborista, pragmático, estatal y secular. Pero lentamente la demografía comenzó a cambiar. Primero aumentó la presencia de soldados religiosos en unidades de combate. Luego

crecieron entre los oficiales subalternos. Finalmente empezaron a ocupar puestos de mando cada vez más sensibles.

Con el tiempo no cambió sólo la composición del ejército. Cambió también su lenguaje, su simbología y su cultura interna. Más rabinos en bases y brigadas. Más ceremonias religiosas. Más centralidad del rabinato militar. Más tolerancia a discursos donde la guerra deja de presentarse exclusivamente en términos de seguridad y comienza a adquirir un lenguaje bíblico, redentor y mesiánico.

Académicos como Yagil Levy advirtieron hace años que el problema no era simplemente la presencia de más religiosos en uniforme. El problema era la creciente teocratización de la cultura militar.

Ofer Winter, entonces comandante de la Brigada de Paracaidistas de las Fuerzas de Defensa de Israel, durante la Operación Margen Protector, en Gaza.

Durante la guerra de Gaza de 2014, Ofer Winter se convirtió en una figura emblemática de este proceso. Como comandante de la Brigada Givati, envió a sus soldados una carta redactada en un lenguaje abiertamente religioso y casi mesiánico, en la que presentaba la campaña militar como una lucha contra un enemigo que blasfema contra el Dios de Israel. No se trató de una excentricidad individual, sino de la expresión visible de una transformación mucho más profunda dentro del ejército.

Cuando una guerra empieza a interpretarse como parte de una narrativa sagrada, cambian muchas cosas. Cambia la tolerancia al sacrificio, cambia la percepción del enemigo y cambia incluso el límite de lo moralmente permitido. El adversario deja de ser un actor político o militar y se transforma en un obstáculo casi metafísico.

Pero el fenómeno ya no se limita a brigadas o academias premilitares. En los últimos años comenzó a hacerse visible también en los niveles más altos del aparato estatal.

El ascenso de David Zini como jefe de los servicios de inteligencia generales de Israel resulta particularmente revelador. Formado en el mundo nacional-religioso y profundamente identificado con esa cosmovisión, simboliza la llegada de esta corriente a los niveles más altos del establishment de seguridad.

El nombramiento de Roman Gofman ofrece otro ejemplo difícil de ignorar. Inmigrante de la ex Unión Soviética y surgido del establishment de seguridad, Gofman no proviene únicamente del mundo militar profesional. Su paso por la Mejina Bnei David del asentamiento Eli, fundada por el rabino Eli Sadan, lo vincula con uno de los principales semilleros ideológicos del sionismo religioso. Que una figura formada en ese ecosistema llegue a la cima del Mossad difícilmente pueda considerarse anecdótico.

La señal más preocupante no es la presencia de religiosos nacionalistas en posiciones de poder. Eso, por sí mismo, no debería alarmar a una democracia. El problema aparece cuando una corriente ideológica específica, con una visión nacionalista y mesiánica del Estado, comienza a concentrar influencia simultáneamente en la educación, el ejército, la inteligencia y los mecanismos de control institucional.

Aquí aparece también el fórum Kohelet, un centro de pensamiento dedicado al diseño de políticas públicas que durante años operó lejos del foco público. Kohelet no necesitó ganar elecciones ni movilizar multitudes. Produjo algo mucho más eficaz,

ideas traducibles en legislación, reformas institucionales y arquitectura jurídica.

Mientras una parte importante del campo liberal seguía pensando la política casi exclusivamente en términos electorales — cómo sacar a Netanyahu y cómo ganar las próximas elecciones—, sus adversarios entendieron algo más profundo. Es cierto que fue Netanyahu quien les abrió las puertas, los legitimó y los posicionó en lugares clave del poder. Pero una vez allí, ya no dependieron sólo de él. Construyeron autonomía, consolidaron redes propias y comenzaron a operar con una lógica de largo plazo. El poder duradero no se conquista sólo ganando gobiernos. Se conquista formando generaciones, capturando instituciones y ocupando los centros desde donde se moldea la conciencia colectiva.

Cuando una minoría logra semejante densidad de poder, deja de actuar como un sector social más y empieza a comportarse como una élite dirigente. Y cuando incluso instituciones diseñadas para limitar abusos de poder comienzan a reflejar la misma orientación ideológica, la frontera entre poder político, poder religioso y aparato estatal empieza a volverse peligrosamente difusa.

Hoy a Israel la atraviesan dos proyectos políticos y sociales profundamente distintos, dos maneras casi opuestas de imaginar el país, su identidad y su futuro.

Por un lado, están quienes imaginan un Israel democrático, liberal y pluralista, capaz de convivir en igualdad de derechos con personas de distintas nacionalidades, de alcanzar acuerdos de paz con sus vecinos y de poner fin a la ocupación y a la expansión de

los asentamientos, entendiendo que ambas corroen su tejido moral y democrático.

Del otro lado avanza un bloque iliberal, más religioso, comunitario y demográficamente más joven, con tasas de natalidad más altas, mayor peso de la vida colectiva y una identidad nacional-religiosa mucho más marcada, donde la autoridad rabínica, la cohesión grupal y la obediencia normativa ocupan un lugar central.

No se trata sólo de una disputa entre partidos ni únicamente de una alternancia de poder entre coaliciones. Se trata de una lucha por definir qué tipo de sociedad quiere ser Israel y bajo qué valores quiere organizar su convivencia.

Por eso vuelvo al punto inicial. La política importa, pero no alcanza para entender por sí sola el futuro de Israel. La escuela forma valores. El ejército forma carácter, disciplina y relación con la autoridad. Los organismos de inteligencia y supervisión estatal protegen los límites del poder.

Cuando todas esas instituciones comienzan a caer progresivamente bajo la influencia de una minoría religiosa, nacionalista y mesiánica, el problema deja de ser únicamente político. Empieza a convertirse también en un problema social, cultural y, finalmente, civilizatorio.

Esa es quizás, a mi forma de ver, la disputa más profunda que hoy define el futuro de Israel.