Uno de los legados de Karl Marx al pensamiento contemporáneo fue la idea de la lucha de clases. Para Marx, la existencia de clases sociales con intereses antagónicos era una herramienta fundamental para entender la dinámica de la sociedad. El proletariado —aquella clase de quienes no tenían otro recurso que su capacidad para trabajar— estaba objetivamente enfrentado a quienes monopolizaban los medios de producción y se apropiaban del trabajo de toda la sociedad.
Es interesante observar que la idea de la lucha de clases fue combatida con vehemencia por todas las corrientes que niegan las contradicciones del sistema capitalista, aún cuando las clases propietarias de todo el mundo han practicado la lucha de clases contra las clases subalternas, fenómeno agudizado en las últimas décadas, como forma de acelerar su proceso de acumulación de capital.
Según Marx, las pujas por los intereses materiales de los distintos sectores eran un factor indispensable para la comprensión de los acontecimientos sociales y políticos a lo largo de la historia.
Esta visión de la sociedad arraigó en una enorme cantidad de partidos y movimientos sociales que desempeñaron papeles muy significativos a fines del siglo XIX y en el siglo XX.
Como reacción a las ideas marxistas, frente a la impotencia de los viejos conservadorismos para enfrentar a los movimientos socialistas ascendentes inspirados en ellas, surgió el fascismo, uno de cuyos líderes fundamentales, Benito Mussolini, provenía de las filas del socialismo italiano.
Mussolini formuló una teoría política concebida para refutar el marxismo: lo fundamental en el devenir histórico eran las naciones —no las clases—, y era la lucha entre ellas la que explicaba los grandes terremotos de la historia. El líder del fascismo italiano sostenía que las naciones contemporáneas podían clasificarse en «naciones proletarias» y «naciones burguesas»: Italia era una nación proletaria y fascista, mientras que Inglaterra representaba una nación plutocrática.
La operación fascista de construir una ficción política de las naciones —que tendrían homogeneidad interna frente a otras naciones igualmente homogéneas—, era fundamental para negar el postulado marxista de que los proletarios oprimidos de todos los países eran (potencialmente) los verdaderos aliados entre sí, frente a los explotadores de todos los países. Según el esencialismo fascista, los pueblos siempre son iguales a sí mismos, a través de todos los tiempos, y tienen los mismos valores en forma inmutable, casi como parte de una genética particular.
En realidad el fascismo llevaba hasta límites delirantes algunos elementos presentes en todo nacionalismo, que en todas partes hace énfasis en las particularidades nacionales que hacen “única” y “especial” a la nación de referencia. En el caso del nazismo, el particularismo fue elevado a categoría “racial” en dónde las peculiaridades nacionales estaban biológicamente determinadas por la pertenencia a una supuesta raza superior.
Las complejidades de la historia
No es que las realidades nacionales no existan realmente, sino que la interpretación fascista de las mismas era homogeneizante y negadora de los conflictos internos: se les atribuía a todos los miembros de la nación características que los separaban totalmente de los miembros de otras naciones.
La tercera Internacional, que funcionó en la URSS en sus primeros años de existencia, debió considerar un problema adicional: el de las pequeñas naciones cuya existencia era sofocada por los grandes imperios, o por potencias mayores que no permitían su plena expresión nacional.
Se trataba del vasto mundo colonial o semicolonial, sometido por los imperios y los países centrales colonialistas a sus propias necesidades de acumulación. Entre las numerosas naciones oprimidas por esa configuración del orden internacional estaban también los judíos residentes en el vasto imperio zarista, sometidos a discriminaciones múltiples y progroms por parte del arcaico régimen absolutista.
Si bien en general el marxismo consideraba negativamente al nacionalismo —precisamente por plantear la “unidad” de clases con intereses antagónicos—, tuvo una actitud más comprensiva hacia el nacionalismo de los pueblos oprimidos, un nacionalismo reactivo frente a las potencias opresoras.
Las teorías decoloniales: las naciones buenas (colonizadas) contra las naciones malas (europeas)
Circulan en la actualidad diversas corrientes intelectuales, con aparentes semejanzas con la izquierda, que generan simpatía en un público crítico y hostil al mundo de la globalización neoliberal y al predominio de los Estados Unidos, sus aliados del G-7 y a las instituciones y discursos provenientes del Occidente global.
En la periferia latinoamericana, una de esas variedades es la “teoría decolonial”. No es este el espacio para explayarnos sobre sus autores y desarrollar ampliamente sus tesis, pero vale mencionar algunos de sus argumentos principales.
Entienden que la modernidad está indisolublemente ligada a la expansión colonial europea, llegando a la arriesgada conclusión que no se puede ser moderno sin ser colonial.

Así, presentan una versión monolítica de Europa eurocéntrica y racista, mientras que por otra parte difunden una versión romántica de las regiones no-europeas/occidentales, colonizadas y expoliadas por la “modernidad” (no por el imperialismo, que tiene una base material). Desconocen las disparidades y tensiones en la propia Europa, y se deslizan hacia un culturalismo esencialista favorable a los pueblos colonizados. Dentro del legado “colonialista” que rechazan, figura también el propio marxismo, por formar parte de la “colonialidad del poder” y ser eurocéntrico y blanco.
De alguna forma caen en la esencialización racial/cultural, con lo cual invierten el etnocentrismo europeo. Se alejan del análisis de las complejidades históricas para buscar una pureza primitiva en las civilizaciones anteriores a la conquista europea.
Lo que nos parece especialmente peligroso es el desplazamiento de categorías universales, por ejemplo la de “clase social”, por categorías particularistas como razas o pueblos originarios.
Ignoran la importancia de las relaciones materiales de producción, el carácter social de la producción a nivel mundial y las pujas económicas y sociales como grandes motores de la historia. Los reemplazan por los discursos, imaginarios, especificidades culturales y cosmovisiones, lo que los lleva a esencializar e idealizar las culturas indígenas y a los pueblos “no blancos”.
La esencialización conduce inevitablemente a la preeminencia de la identidad cultural.
Al sustituir el análisis de clase por los conflictos de razas, al considerar a Occidente como sinónimo de burguesía, y al reemplazar el concepto universal de imperialismo por el de eurocentrismo, se alejan de toda posibilidad de un abordaje complejo dinámico y desprejuiciado de los hechos históricos pasados y presentes.
Muchos de estos elementos los hemos visto, en abundancia, en los muy pobres análisis sobre el conflicto israelí-palestino.
El análisis de la brutalidad criminal del gobierno de la ultra derecha israelí, respaldado por los Estados Unidos, como reacción a la masacre criminal perpetrada por fundamentalistas palestinos el 7 de octubre de 2023, fue reemplazado por lecturas que reposaban en esencia permanentes e inmutables y no en procesos históricos. Tanto las acciones de Hamas como las del Gobierno de Netanyahu, fueron adjudicadas a esencias inmutables, y no a conflictos históricos movidos por fuerzas sociales, por grandes despliegues de bloques económico sociales enfrentados a nivel internacional.
Geopolítica anti-anglosajona: ¿lucha de naciones buenas contra naciones malas?
Otra corriente que se ha abierto paso, también con lejana filiación en la izquierda, es el análisis geopolítico crítico, ajeno al discurso norteamericano tanto globalista como trumpista, que pone un énfasis marcado en la decadencia de la hegemonía norteamericana, y que postula la emergencia de un mundo multipolar en el cual occidente (EE. UU. y las potencias europeas) está perdiendo peso e influencia, siendo su dominio cuestionado por el fortalecimiento de nuevos polos de poder.
El análisis de las transformaciones del orden internacional es útil y necesario, así como tomar nota de los desplazamientos de poder y de las pujas y conflictos que se dan en el resbaladizo terreno de la crisis de la globalización neoliberal.
Pero resulta que ha habido un trasvasamiento de las pasiones que originariamente desataba la guerra fría, la lucha entre el occidente capitalista “libre” y la Unión Soviética y sus aliados, que encarnaban teóricamente dos formas alternativas de producción y de organización social, hacia las nuevas tensiones entre la vieja potencia hegemónica norteamericana y el nuevo hegemón chino, factor central del heterogéneo bloque de poder de los BRICS.
En la antigua “guerra fría” ya había sido desplazada hacia la arena de las relaciones internacionales la lucha de clases al interior de cada sociedad, que propugnaban los fundadores del socialismo. Pero si ya la pugna entre la URSS y “occidente” distaba de ser una puja por los grandes valores “puros” (la justicia, la libertad) —o la lucha mundial entre capital y trabajo— por cuestiones menos “puras”, como la dominación y el control de áreas y poblaciones, la actual geopolítica mundial está muy lejos de tener cualquier resonancia emancipatoria.
Si la declinación de la dominación universal norteamericana es un proceso que debe ser bienvenido en nombre de la democracia y del desarrollo y la soberanía de los pueblos sometidos a su control, no queda claro que por contraposición los poderes que hoy se le oponen representen un ejemplo de libertad y fraternidad universal.
Dicho de otra forma: la lucha de China y los BRICS por consolidar un poder independiente de la potencia hegemónica en los últimos 80 años, no es sinónimo de la lucha de los trabajadores del mundo por su libertad y sus derechos. Sin embargo, ha habido un desplazamiento que lleva a lecturas confusas de las situaciones internacionales concretas.
El fracaso norteamericano por imponer sus condiciones a los bombazos en el Estrecho de Ormuz, que puede ser un paso auspicioso para la construcción de un nuevo orden internacional sujeto a reglas justas y equilibradas y no hecho “a medida” de una superpotencia, no puede ser asimilado a una victoria del “proletariado”.
El gobierno iraní dista muchísimo de lo que debería ser un gobierno popular, de los iraníes que construyen cotidianamente su país. Se trata de una teocracia, una forma arcaica de funcionamiento institucional basada en textos considerados sagrados por una religión, que no debería ser confundida con un gobierno que encarna las aspiraciones de justicia y emancipación de la humanidad. La opresión de las minorías nacionales en varios de los países involucrados en “el polo del bien” ya no tiene ninguna importancia para la “gran política”. Como tampoco la plena vigencia de los derechos humanos y laborales.
Conclusión
Hemos tratado de ofrecer dos ejemplos de corrientes que, aparentemente alentadas por el rechazo al imperialismo y al colonialismo, derivan hacia el festejo de la lucha entre naciones, perdiendo completamente de vista la igualdad fundamental de todo el género humano y la necesidad de enfocar las energías en romper las formas existentes de explotación y degradación humana.
Se nota la ausencia, en este tiempo histórico, de un enfoque universalista y humanista que encauce la discusión pública centrada en las hazañas militares, en los bombardeos y matanzas —básicamente de seres humanos inocentes— hacia senderos de construcción común y de progreso compartido.