La formalización de la derrota: el memorándum EEUU-Irán y las consecuencias para Israel

Aunque se quiera reescribir ahora la historia de la guerra contra Irán, la distancia entre los objetivos anunciados y el acuerdo alcanzado hasta ahora nos deja como resultado una derrota imposible de ocultar para Estados Unidos y -sobre todo- para Israel. El objetivo de reconfigurar las relaciones de poder en el Medio Oriente parece haberse cumplido, aunque no en la dirección deseada.
Por Kevin Ary Levin

Tras años tumultuosos y llenos de incertidumbre sobre el futuro del país, los israelíes se preparan para votar en elecciones nacionales que deberán ocurrir a más tardar a fines de octubre. Al igual que sus antecesores, estos comicios parecen llevar en su centro la ya conocida discusión por la continuidad de Netanyahu, y la pregunta sobre si Israel podrá superar una determinada forma de hacer política, transformar el país y explotar las divisiones internas dentro de la sociedad israelí.

Pero estas elecciones llegan con una novedad: después de mil días de guerra en Gaza, el Líbano e Irán, Israel no ha conseguido transformar su clara superioridad militar en una victoria estratégica ni concretar la «victoria total» proclamada por el gobierno.

Ningún episodio refleja mejor este giro que el memorándum de entendimiento suscripto a mediados de junio entre Estados Unidos e Irán. Con la mediación de Pakistán, Qatar, Turquía, Egipto y Arabia Saudita, el acuerdo —conocido como el «Memorándum de Islamabad»— puso fin a la guerra iniciada el 28 de febrero. Que una guerra iniciada en sociedad entre Israel y EEUU, y que incluía entre sus objetivos el fin del régimen iraní, ahora excluya a Israel de las negociaciones e incluya a representantes de ese régimen ya es un indicio fuerte de objetivos incumplidos. Pero un análisis del contenido del memorándum refleja hasta qué punto el acuerdo es problemático para Israel, y podríamos decir que también para EEUU.


Los 14 puntos

El memorándum es un acuerdo marco que dio inicio a una serie de negociaciones que deberían concluir a mediados de septiembre, aunque ese límite sea prorrogable. Fiel al estilo Trump de la democracia, es un documento muy breve, de una página y media, que no se enreda excesivamente en detalles técnicos y no tan técnicos, pero con inmediato impacto mediático y económico. En efecto, desde su firma, el precio internacional del barril de petróleo —que había subido de 63 dólares a casi 120 tras poco más de un mes de guerra — volvió a bajar casi a los niveles de febrero, ubicándose al momento en 68 dólares. El optimismo parece provenir casi exclusivamente de la liberación del Estrecho de Ormuz, pero no es compartido universalmente, particularmente por quienes observan las consecuencias de seguridad de este acuerdo. Debe ser analizado por lo que dice, pero también por lo que omite.

El acuerdo declara “la finalización inmediata y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluyendo el Líbano”. Esto implica en principio que Israel debería terminar sus ataques contra Hezbollah, organización que se sumó a la guerra a pesar de las protestas del gobierno libanés. Incluye un compromiso de “respetar la soberanía mutua y la integridad territorial, así como evitar intervenir en los asuntos internos del otro país”. En caso de cumplirse, esto implica entonces no colaborar con movimientos de la oposición iraní, sepultando los sueños de una transformación política en el país con colaboración extranjera. EEUU se compromete también a retirar su bloqueo naval en un plazo de 30 días a partir de la firma (uno de los puntos excepcionales en los que el acuerdo pone un plazo duro), mientras que Irán se compromete en un plazo de 30 días a eliminar los obstáculos a la navegación de buques comerciales por el Estrecho de Ormuz.

Irán se compromete a “no buscar ni desarrollar armas nucleares”, acepta negociar el futuro de su programa de enriquecimiento de uranio y contempla, bajo supervisión de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), el “desmantelamiento” o la “degradación” de sus actuales reservas de uranio enriquecido. A cambio, Estados Unidos se compromete a poner fin a las sanciones económicas contra Irán, implementar de inmediato exenciones que permitan la exportación de petróleo iraní mientras aquellas continúen formalmente vigentes, descongelar los bienes iraníes en el exterior durante el proceso de negociación y desarrollar, junto con sus socios regionales, “un plan de al menos 300 mil millones de dólares para la reconstrucción y el desarrollo económico” de Irán.

Lo que no dice

Una lectura profunda de los términos del acuerdo deja en evidencia, en primer lugar, todos los factores que llevaron a la guerra y que no aparecen mencionados en el memorándum. Considerando que el texto se convirtió en la base de las negociaciones con un plazo relativamente corto de 60 días, cabe suponer que el acuerdo final que debería surgir de esas negociaciones —si tal acuerdo surge— tampoco las contemplará. Esto incluye la cuestión de la reserva de misiles iraníes, que aparecía como un punto central en las preocupaciones sobre Irán casi a la par de la capacidad nuclear iraní.

En otras palabras, el acuerdo no parece hacer nada frente a los misiles iraníes con capacidad de atravesar los 1.600 km necesarios para llegar a Israel, y tal vez una distancia mucho mayor a futuro. No se refiere tampoco a la capacidad de producción de misiles por parte de Irán, ni a su reserva e industria de fabricación de drones, que fueron un instrumento fundamental en la oleada de ataques iraníes a sus países vecinos durante la guerra. De la misma manera, no incluye ningún compromiso por parte de Irán para frenar el financiamiento y apoyo militar, técnico, económico y político de su red de proxies a lo largo del Medio Oriente, incluyendo en Yemen, Siria, Líbano y los territorios palestinos. Que el acuerdo contemple inyectar a la economía iraní la suma de miles de millones de dólares sin buscar limitar el destino de ese dinero (al menos no en esta instancia) representa una aparente bocanada de aire fresco para estas organizaciones.

La incógnita más grande del acuerdo, tal vez, es la que se refiere al Líbano. A pocos días de firmarlo, Netanyahu afirmó que mientras él continúe en el gobierno, Israel no se retirará de su vecino del norte, preservando su “libertad de acción” frente a Hezbollah. En efecto, los enfrentamientos continuaron, aunque en una intensidad menor a la anterior a la firma. Israel Katz, el ministro de defensa israelí, llegó a afirmar que los 200.000 libaneses todavía desplazados no podrán regresar a sus hogares. Todo indica que las fuertes críticas al acuerdo no saldrán en el futuro cercano de la boca de Netanyahu, sino de miembros de su gabinete y partido. Algunos de ellos, como Itamar Ben-Gvir y Betzalel Smotrich, han incluso redoblado la retórica belicista y genocida estas semanas, afirmando el primero que “todo Líbano debe arder” y llamando el segundo a “abrir las puertas del infierno”. La extrema derecha israelí teme quedar débil ante su propio electorado frente a las limitaciones evidentes que le impone Washington a Netanyahu, su único vehículo para permanecer en el poder.

Una lectura política

Todavía es temprano para saber si el acuerdo se mantendrá en pie y si se cumplirán las estipulaciones que indica a corto, mediano y largo plazo. Sin embargo, su espíritu inaugura un nuevo capítulo para Medio Oriente y deja un precedente peligroso: un Irán que logró ejercer una presión económica y militar efectiva en el marco de una guerra asimétrica, al punto de llevar a Trump a priorizar la estabilidad económica y la disciplina política interna.

A cambio, el presidente estadounidense parece haber aceptado la realidad de un Irán con capacidad de influencia sobre el orden regional, en condiciones de imponer buena parte de los términos para el fin de la guerra. Entre ellos, una inyección económica que Washington hace todo lo posible por no presentar como una indemnización, aunque se le parece mucho; el compromiso de no respaldar a la oposición iraní; el mantenimiento intacto de sus capacidades militares convencionales; y, a cambio de liberar el estrecho de Ormuz, promesas un tanto ambiguas sobre el futuro de su programa nuclear.

Los objetivos estadounidenses para la guerra se reducen así a su mínima expresión, en un esfuerzo por salvar lo que todavía puede ser salvado. Las preocupaciones israelíes, por otro lado, desaparecieron de la mesa de negociación, más allá de la cuestión nuclear. Pero incluso en ese punto, el mecanismo elegido para responder a esas inquietudes —el levantamiento de sanciones a cambio de límites al enriquecimiento de uranio y de la supervisión de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA)— reproduce, en lo esencial, el esquema del JCPOA, el acuerdo firmado durante la administración de Barack Obama en 2015. En ese momento, entre los críticos más fuertes del JCPOA se encontraban Netanyahu y Trump, quienes advertían que el acuerdo era imperfecto, que en el mejor de los casos solo retrasaba el acceso iraní a una bomba nuclear y que fortalecía económicamente a los iraníes. Se vuelve difícil para ellos justificar el actual acuerdo, que es de hecho más generoso con la república islámica.

Atrapado entre las críticas de amplios sectores de la sociedad israelí —incluidos muchos de sus propios votantes, a quienes se les había prometido una victoria aplastante sobre Irán y que durante las primeras semanas de la guerra creyeron que ese objetivo era alcanzable— y las presiones de Estados Unidos, que ha priorizado la urgencia de poner fin al conflicto por encima de los intereses de su aliado y le recuerda cada vez con mayor claridad su condición de subordinado, Netanyahu recurrió a la reescritura del pasado reciente. Según afirmó en una reciente entrevista concedida al ultraoficialista Canal 14 de Israel, al decidir lanzar la guerra contra Irán salvó al país de «la bomba nuclear que ya estaba en sus manos» y, de no haber actuado como lo hizo, «quién sabe dónde estaríamos hoy».

Incapaz de mostrar resultados positivos reales en una guerra desastrosa, Netanyahu se ve obligado a acortar retroactivamente el camino iraní hacia la bomba. En esta nueva versión de la historia, Irán ya tenía uranio enriquecido al 90% (grado militar) y ya contaba con la ojiva capaz de convertir ese material en una bomba destructiva. Solo así, sin acercarse demasiado a los detalles, puede leerse esta guerra como algo diferente a lo que fue: una de las decisiones militares y políticas más desastrosas de la historia israelí, y un detonante para el deterioro significativo de las relaciones entre Israel y Estados Unidos.

Como señala Lucy Williamson, corresponsal de la BBC para Medio Oriente, el Memorándum de Islamabad golpea tres de los pilares de la carrera política de Netanyahu: desmorona la idea de que su estrecha relación con Washington le garantizaba a Israel un respaldo incondicional; obliga a quien hizo de Irán la principal amenaza para el Estado judío a aceptar una República Islámica fortalecida; y, finalmente, erosiona la imagen de «Señor Seguridad» que cultivó durante años, al obligarlo a aceptar un acuerdo que, desde la perspectiva israelí, debilita la seguridad del país.

Arrinconado y debilitado en estos tres puntos, Netanyahu no solo reescribirá la narrativa para hacerse a sí mismo el héroe de una historia mal contada, sino que redoblará también la energía puesta en temas vinculados a la “batalla cultural” y en atemorizar a israelíes con la idea de que una victoria de la oposición llevará a un gobierno con influencia islamista o a la creación de un Estado palestino que pondrá en peligro a los israelíes. No serán ni escenarios factibles ni amenazas reales, sino gritos de desesperación de alguien que hizo una apuesta grande y perdió.

Foto de portada, crédito: Daniel Torok / Casa Blanca