El Talmud (Bava Kamma 60b) relata la historia de un hombre que tenía dos esposas, una joven y otra mayor. La joven le arrancaba las canas porque quería verlo más joven. La mayor le arrancaba los cabellos oscuros porque quería verlo más maduro. Finalmente quedó completamente calvo.
Pocas imágenes describen mejor la situación de muchos judíos con espíritu crítico en nuestros días.
Por un lado, sectores del mundo judío exigen adhesión incondicional a las políticas del gobierno israelí, confundiendo solidaridad con obediencia. Por otro, importantes sectores progresistas del mundo occidental exigen una condena absoluta de Israel, confundiendo crítica con deslegitimación.
Entre ambas presiones, muchos judíos se encuentran atrapados en una tensión dolorosa, indignante y aparentemente sin salida.
Muchos de nosotros no queremos sacrificar nuestra hermosa cabellera en manos de presiones sesgadas por la ceguera ideológica o la pasión sin rumbo.
Sin embargo, precisamente en esos espacios incómodos y en la determinación de no ceder a opciones fáciles y tramposas, es donde históricamente ha florecido la creatividad intelectual judía.
1. El antisemitismo no es únicamente un prejuicio: forma parte de estructuras profundas de la cultura occidental
Los acontecimientos recientes han mostrado que el antisemitismo no puede explicarse simplemente como ignorancia o intolerancia individual.
Como enseñó Shulamit Volkov, el antisemitismo funciona muchas veces como un «código cultural», un lenguaje simbólico mediante el cual distintos grupos expresan ansiedades, conflictos e identidades políticas.
Por su parte, David Nirenberg ha demostrado que el antijudaísmo no constituye un fenómeno marginal, sino uno de los componentes estructurales de la imaginación occidental. Durante siglos, «el judío» y “el Judaismo” fueron utilizados como metáfora para pensar el dinero, el poder, la ley, el universalismo, el cosmopolitismo o la corrupción. Incluso en contextos donde casi no había judíos reales, las categorías construidas alrededor de «lo judío» continuaron organizando la comprensión del mundo.
Por eso el resurgimiento contemporáneo de discursos antijudíos no debe sorprendernos. Lo sorprendente sería que esas estructuras culturales desaparecieran completamente.
2. El actual gobierno israelí ha producido un daño profundo a Israel
Sería intelectualmente deshonesto negar que las políticas impulsadas por el actual gobierno han afectado aspectos centrales de la vida israelí: la confianza en las instituciones democráticas, la cohesión social, la credibilidad en el liderazgo, la imagen internacional del país y los vínculos con importantes sectores de las comunidades judías de la diáspora.
La genialidad táctica junto a una falta de una estrategia global, que incluya poder militar junto a acuerdos políticos multilaterales, ha conducido al Estado de Israel a un callejón oscuro y a un aislamiento internacional sin precedentes.
La creencia en el poder militar como principal instrumento para rediseñar la geopolítica regional, sin una estrategia de negociación política multilateral, que predomina en importantes sectores del gobierno demuestra una gran ignorancia histórica, arrogancia y ceguera moral.
La falta de realismo político y de una visión egocéntrica y etnocéntrica del mundo, le han hecho pagar un alto precio a Israel y al movimiento sionista.
La falta de auto crítica del liderazgo político por los acontecimientos del 7 de octubre del 2023 y su bloqueo parlamentario de una investigación seria e independiente erosiona la credibilidad de la población en el liderazgo
La crítica a estas políticas no constituye una negación del sionismo. Por el contrario, nace de una visión sionista que considera que Israel debe ser no sólo un Estado judío fuerte, sino también una sociedad capaz de combinar poder con responsabilidad moral, seguridad con democracia y soberanía con autocrítica. Estos con los valores reflejados en la declaración de la independencia del Estado de Israel, una virtual constitución moral del Estado, que preserva el equilibrio entre un Estado judío y democrático.
3. Nada de esto excusa el delirio del antisemitismo contemporáneo
La crítica legítima a las políticas israelíes se ha transformado con frecuencia en una demonización sistemática de Israel y, muchas veces, de los propios judíos.
Aquí resulta iluminadora la célebre discusión entre Yehuda Bauer y George Mosse, grandes estudiosos del antisemitismo, la ideología nazi y la Shoa. Bauer enfatizaba la importancia de los marcos democráticos estables para contener las tendencias excluyentes. Mosse subrayaba el papel decisivo de las élites intelectuales y culturales en la construcción de mitologías políticas capaces de legitimar el odio articulando prejuicios y conectando estas ideologías con estructuras profundas de la sociedad.
En nuestro tiempo observamos la convergencia de ambos factores: el debilitamiento de consensos y mecanismos democráticos y la producción de narrativas culturales que presentan a Israel como encarnación singular del mal. El resultado es una nueva judeofobia que adopta lenguajes de derechos humanos, anticolonialismo o justicia social, pero que con frecuencia reproduce viejos mecanismos de exclusión. A esto se suma el papel de las redes sociales y los algoritmos en la multiplicación de prejuicios que generan veracidad mediante la estrategia de la repetición
Como afirma Pierre-Andre Tagieff en su obra La nueva judeofobia, los prejuicios centenarios del antijudaísmo no han sido reemplazados sino traducidos a nuevos lenguajes
4. Comprender el presente desde una perspectiva de larga duración
La primera obligación intelectual consiste en no dejarnos apabullar por el presente. Las crisis poseen una extraordinaria capacidad para convencernos de que todo lo anterior ha perdido sentido y de que vivimos una situación absolutamente inédita. La historia judía enseña exactamente lo contrario.

El pueblo judío ha atravesado otras rupturas que, para quienes las vivieron, parecían igualmente terminales: la destrucción del Primer Templo, la destrucción del Segundo Templo, las expulsiones medievales, los pogromos, la emancipación, la Shoá y la creación del Estado de Israel. Cada una de esas crisis implicó pérdidas irreparables, el colapso de certezas y la necesidad de reconstruir los fundamentos de la vida colectiva.
La respuesta judía nunca consistió únicamente en resistir. Consistió en afirmar la vida. En rediseñar instituciones, reinterpretar textos, elaborar nuevas formas de autoridad, construir comunidades diferentes y articular creencias capaces de responder a una realidad transformada. El judaísmo sobrevivió porque supo cambiar sin dejar de ser él mismo.
La historia también invita a la humildad. Ya conocimos, en otros momentos, movimientos zelotes y corrientes mesiánicas que confundieron la voluntad de Dios con sus propias certezas políticas y condujeron al pueblo a catástrofes de consecuencias inimaginables. La tradición rabínica no construyó su autoridad glorificando esos extremismos, sino aprendiendo de sus fracasos.
Esa memoria histórica debería vacunarnos contra toda pretensión de monopolizar el judaísmo. Ningún gobierno, ningún partido, ninguna corriente religiosa o ideológica puede arrogarse la representación exclusiva del destino judío. El judaísmo siempre ha sido una conversación plural, conflictiva e inacabada.
La interacción entre el pueblo judío y el mundo nunca ha seguido un curso lineal. Sus dinámicas son extraordinariamente complejas y, en buena medida, impredecibles. Precisamente por ello debemos desconfiar tanto de quienes anuncian el fin inevitable de Israel como de quienes proclaman con absoluta certeza conocer el sentido providencial de la historia.
La perspectiva de larga duración no elimina la gravedad del presente. Nos permite, sin embargo, devolverle proporción. Nos recuerda que la desesperación nunca fue una estrategia judía y que el fatalismo tampoco forma parte de nuestra tradición. La historia no garantiza un final feliz, pero enseña que incluso después de las rupturas más devastadoras es posible recrear instituciones, renovar ideas y abrir horizontes inesperados para la vida judía.
5. Es necesario repensar el sionismo, pero no en los términos de los anti sionistas ni de los sionistas mesiánicos
Los anti sionistas sostienen que el problema es la existencia misma de un Estado judío. Los sionistas mesiánicos sostienen que el Estado encarna el proceso mesiánico y que cualquier concesión o flexibilidad, constituye una traición y un acto de herejía.
Ambas posiciones comparten una característica: reducen la complejidad histórica y moral del sionismo.
La gran tradición sionista fue mucho más rica. Incluyó a Herzl, Ahad Haam y a Bialik, a Buber y a Gordon, al Rav Kuk y al Rav Reines, a Berl Katznelson y a Ben Gurión, a Menahem Beguin y a Yeshaiahu Leibovich. Fue una conversación sobre poder y ética, identidad y universalismo, judaísmo y derechos humanos, normalización y singularidad, autonomía y continuidad.
La tarea actual consiste en recuperar esa conversación. No abandonar el sionismo ni sacralizarlo. Renovarlo.
Repensar si el papel de ideología orientadora de un proyecto utópico, finalmente realizado, tiene sentido en el contexto contemporáneo. Pensar si la propuesta Buberiana de “Humanismo Hebreo” que incluía una conexión seria con las fuentes clásicas del pasado, junto a lo mejor de la tradición occidental y una apertura a la renovación social y cultural, podría ser el nuevo marco de referencia para nuestro tiempo.
Esto no significa negar la hostilidad ideológica del islamismo radical de grupos como Hamas, Hizbalá o Iran, que no se entienden cabalmente en Occidente.
Como lo afirmó el escritor Amos Oz en su último discurso antes de morir, Israel necesita contar con la fortaleza militar y tecnológica para disuadir a sus enemigos, y el realismo para asumir que se debe llegar a un acuerdo para evitar un deterioro permanente.
6. Existe un temor creciente de las dirigencias judías de la diáspora a nombrar esta realidad
Muchas instituciones comunitarias perciben claramente la tensión entre determinadas políticas del actual gobierno israelí y los valores que sostienen sus propias comunidades.
Sin embargo, prevalece a menudo una lógica de silencio, cautela o ambigüedad. El temor a alimentar campañas antisionistas externas o a provocar divisiones internas conduce a evitar conversaciones necesarias.
Pero el costo de ese silencio puede ser elevado. Cuando las instituciones dejan de expresar preocupaciones legítimas, pierden credibilidad ante sus propios miembros, especialmente entre las generaciones más jóvenes.
La lealtad madura no consiste en callar. Consiste en hablar desde el compromiso.
Esto no significa la aceptación de discursos antisemitas o antisionistas radicales, provengan de personas judías o no, que rechazan la legitimidad del pueblo judío de contar con una existencia nacional, encubiertos en proclamas pseudouniversalistas o anticolonialistas.
Necesitamos establecer espacios para poder sostener conversaciones difíciles y honestas, justamente porque nos importa la marcha del Estado de Israel y su impacto en el bienestar del pueblo judío.
7. Esta hora exige audacia espiritual y un nuevo lenguaje
En 1963, durante la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, el rabino Abraham Joshua Heschel envió un célebre telegrama al presidente John F. Kennedy, pidiéndole que la junta con líderes religiosos vaya más allá de ser un espacio para declaraciones ampulosas sin repercusiones prácticas.
Allí escribió una frase que conserva una extraordinaria vigencia:
«The hour calls for moral grandeur and spiritual audacity.»
«Esta hora exige grandeza moral y audacia espiritual.»
La expresión resulta profundamente pertinente para el momento actual del pueblo judío.
Audacia espiritual significa la capacidad de sostener convicciones éticas incluso cuando resultan incómodas para nuestros propios grupos de pertenencia. Significa rechazar la indiferencia, resistir el tribalismo xenófobo y negarse a convertir la identidad en una excusa para abandonar el juicio moral.
Las categorías heredadas del siglo XX ya no son suficientes para comprender plenamente nuestra realidad.
Ni la memoria de la Shoá, ni el relato heroico del sionismo clásico, ni las categorías liberales convencionales bastan por sí solas para orientar a las nuevas generaciones.
Necesitamos un lenguaje capaz de integrar seguridad y democracia, particularismo y universalismo, memoria y futuro, Israel y diáspora.
La pregunta decisiva no es solamente cómo defender al pueblo judío. La pregunta es qué tipo de pueblo judío queremos ser.
Y para responderla no alcanzan los reflejos automáticos ni las consignas ideológicas. Se necesita algo más difícil y valioso: pensamiento, coraje y responsabilidad.
* Decano de la Universidad Hebraica de México y especialista en pensamiento judío y judaísmo contemporáneo.