El Medio Oriente que se le escapa a Netanyahu

La apuesta estratégica de Israel para reconfigurar el equilibrio regional tras el 7 de octubre enfrenta un obstáculo inesperado: Donald Trump. Mientras Washington privilegia una negociación con Irán, Netanyahu ve diluirse el nuevo Medio Oriente que aspiraba a consolidar.
Por Damián Szvalb

“Ser enemigo de Estados Unidos puede ser peligroso, pero ser amigo es fatal”. Esta frase que se le suele atribuir al exsecretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger, revela como ninguna la pesadilla que está atravesando el premier de Israel, Bibi Netanyahu. Muchos se lo advirtieron, pero es verdad que nadie pensó que el abandono de Donald Trump iba a ser tan brusco y tan potencialmente peligroso para Israel. Bibi confió y parece no tener plan B. A diferencia de Zelenski, que cuando fue humillado por Trump se apoyó en los europeos y en los demócratas, Bibi no tiene a quién recurrir: el vínculo con Europa y con los demócratas estadounidenses nunca estuvo tan mal.

La extorsión que no es nuclear

El estrecho de Ormuz se transformó en la principal herramienta de extorsión de Irán, quizás mucho más decisiva que cualquier desarrollo nuclear. No solo le sirvió al régimen para mantenerse en pie a pesar de la brutal asimetría militar con Estados Unidos, sino que ahora funciona también como arma para condicionar a Israel y frenar su intento de reconfiguración de Medio Oriente, un proceso que viene impulsando desde el 7 de octubre de 2023 (7-O). Al mismo tiempo, le permitió resquebrajar el vínculo que muchos creían eterno entre Bibi y Trump.

Los iraníes encontraron en atar la cuestión del Líbano al acuerdo con Trump una herramienta que los hace más fuertes en la región, quizás incluso más que antes de la guerra. Se trata de una garantía de supervivencia para Hezbolá después de dos años y medio de castigo a manos de Israel. Y no solo el grupo terrorista tiene de su lado a los ayatolás: también cuenta ahora con Trump y su vicepresidente James Vance funcionando, en los hechos, como garantes.

Trump fracasó en su intento de hacer en Irán lo mismo que sí logró en Venezuela: golpear, salir y cambiar el statu quo. No hay ningún elemento que le permita decir que lo consiguió con Irán. El régimen quedó en pie, como el chavismo, pero a diferencia de lo que pasó en Venezuela —donde la captura de Maduro abrió paso a un sector que se disciplinó inmediatamente y sin resistencia a Trump—, en Irán quienes quedaron al mando se muestran más extremistas que aquellos eliminados en los primeros días de la guerra.

Trump no va a permitir que ni Israel ni nadie le arruinen estos 60 días de negociaciones. Ya empezó a cumplirse lo único que realmente quería: normalizar el mercado petrolero y calmar la economía doméstica, para que los republicanos puedan intentar revertir la tendencia y al menos retener una cámara en las elecciones de noviembre.

La experiencia con Irán también deja un mensaje sobre los límites que tiene el uso de la fuerza, por más poderosa que sea, para que las grandes potencias militares consigan sus objetivos. Le pasó a Putin en 2022, cuando invadió Ucrania convencido de que se quedaría con Kiev en pocos días. Y le pasó lo mismo a Trump en Irán, donde con relativamente poco lo obligaron a frenar la guerra y negociar un acuerdo en el que tuvo que aceptar condiciones impensables un segundo antes de que empezara el conflicto en febrero.

Amistades peligrosas

Trump ya llevó la relación con Bibi al mismo lugar al que lleva todas sus relaciones: el del sometimiento público y la extorsión. Lo hizo con Zelenski al inicio de su mandato. Tampoco le quedan aliados en Europa después de la debacle electoral de Orban y de la pelea de esta semana con Meloni, quien no se dejó humillar y llevó la relación diplomática entre ambos países al límite. Ahora le toca a Netanyahu, a quien básicamente le dijo que él podía definir su futuro electoral inmediato.

El presidente irani, Masoud Pezeshkian, con el memorandum firmado.

Otra mala noticia para Israel es el empoderamiento del vicepresidente J.D. Vance, quien encabezará el inicio de las negociaciones con los iraníes. Vance representa al sector del trumpismo más cercano a Tucker Carlson, ferviente crítico de Israel y con posturas que muchos califican de antisemitas, lo que agrega una capa adicional de incomodidad para Jerusalén.

La consigna de la «victoria total»

Netanyahu no da señales de repliegue. Esta semana, en una entrevista con Canal 14, volvió a exhibir el libreto de siempre: guerra permanente y un enemigo que nunca está del todo vencido. «Esto nunca acaba», sintetizó, al tiempo que reivindicó que Israel «nunca fue más fuerte» y que todavía queda pendiente terminar con los restos del eje iraní. Pese al acuerdo preliminar que Estados Unidos empujó con Teherán, Bibi no descartó retomar la ofensiva militar contra Irán «si es necesario», y fue categórico en un punto que funciona como límite innegociable mientras él siga al mando: Irán no tendrá armas nucleares.

Sobre Gaza también habló. Netanyahu mantiene sobre la mesa la migración «voluntaria» de gazatíes, iniciativa que en su momento generó fuertes cuestionamientos por interpretarse como un intento de desplazamiento forzoso. El primer ministro evitó dar precisiones —tanto sobre eso como sobre la posibilidad de habilitar asentamientos israelíes dentro de la propia Franja— y se escudó en su fórmula habitual de «hablar menos y actuar más». Con todo, se mostró conforme con el balance de guerra: dijo que cumplió con los objetivos que se había fijado: dio por cumplidos el regreso de los rehenes y el desmantelamiento militar de Hamás.

Lo que dijo en la entrevista también funciona como un adelanto de estrategia electoral. Con la carrera de octubre ya en marcha, Netanyahu se mostró dispuesto a repetir la fórmula de gobierno con la extrema derecha y los partidos ultraortodoxos, apelando a la necesidad de un «gobierno nacional amplio». Lejos de buscar una unidad que sabe inalcanzable, planteó como base tres principios no negociables para cualquier futura coalición: Israel como Estado-nación del pueblo judío, el rechazo categórico a un Estado palestino y una política de seguridad «proactiva». Es, en definitiva, el mismo terreno ideológico que lo sostuvo en el poder durante más de una década, que se profundizó a partir del 7 de octubre, y al que ahora vuelve a aferrarse en medio de la tormenta que se le vino con Trump.

El dilema imposible de Netanyahu

Trump perdió la guerra y trata de demostrar lo contrario. No tiene escrúpulos si en ese intento se lleva puesta buena parte de la estrategia que Israel viene construyendo en materia de seguridad desde el 7-10. El nuevo Medio Oriente, que parecía comenzar a tomar forma tras el restablecimiento de la capacidad de disuasión de Israel —luego del fracaso de seguridad del 7 de octubre, la reactivación de los Acuerdos de Abraham y el creciente aislamiento de Irán y de su eje regional— comienza a escapársele de las manos a Netanyahu.

El premier israelí atraviesa horas difíciles, en las que intenta hacer equilibrio entre mantener su relación con Trump —que muchos pensaron eterna— y demostrarles a los israelíes que su plan para garantizar que el statu quo habilitado por el 7-10 sigue en pie. Sabe que no puede hacerlo solo, que necesita a Estados Unidos, y que llegó hasta acá gracias a Trump, quien fue absolutamente decisivo para la liberación de los 20 rehenes con vida que Hamas mantuvo en sus túneles durante dos años. Por eso no tiene margen para romper esa relación.

Bibi le tiene que decir que no a Trump, y no sabe cómo hacerlo. No puede abandonar el Líbano porque quedaría demasiado expuesto su fracaso en no haber podido terminar con Hezbolá, que sigue activo pese a dos años y medio de duros golpes israelíes. En definitiva, Irán utilizó a Estados Unidos para salir al rescate de su socio y frenar a Israel, que deberá esperar otro round, más temprano que tarde, para volver a intentar terminar con Hezbolá.

En octubre, cuando los israelíes voten, se verá si Trump se transformó en el verdugo político de un Bibi que durante más de 15 años controló a su gusto la política israelí. Trump podría conseguir lo que ni el 7 de octubre ni los casos de corrupción lograron: terminar la carrera política de Netanyahu.