Hay una soledad que no parece depender de quiénes nos acompañen, ni del afecto o la empatía que nos demuestren. Es la que nos invade cuando aquello que vivimos como experiencia esencial no encuentra palabras capaces de llegar al otro. Ahí ya no duele el aislamiento, sino la angustiante dificultad de traducir una memoria.
Es una dificultad que nosotros[1] -los judíos- conocemos desde siempre, porque nuestra relación con la memoria nunca coincide del todo con la de las culturas en cuyo seno habitamos. Donde la historia entiende el pasado como lo que ya ocurrió, nosotros insistimos en un pasado que no termina de pasar en tanto continúa interpelándonos en el presente. Recordar no es retroceder; es aceptar que hay algo que persiste, algo cuya verdad reclama una respuesta. Quizás por eso nuestra memoria se vuelve incómoda: porque se rehúsa al museo e insiste en la interpelación.
Para algunos pueblos, la historia se mide por siglos. Para los judíos, parece medirse, además, por las veces en que debemos comenzar todo de nuevo. La vivencia judía de la historia no es lineal, sino una retoma constante de una lengua, un libro, una mesa familiar, una conversación, un desplante. También es volver a vérnoslas con eso que retorna cambiado, pero incólume. Eso que, por enésima vez, trae a cuento las remanidas frases hechas, los complots, la sed de sangre, las cristalizaciones milenarias de una lengua que goza descubriendo su propia pólvora y que abusa de un desconcertante “derecho al cliché” que vaya uno a saber quién otorgó a quién.
Y otra vez vemos la facilidad con la que esa vieja lengua releva del pensamiento a izquierdas y derechas, a iletrados e ilustrados, a orientales y occidentales, con o sin Estado de Israel a mano y —más significativo aún— con o sin judíos. No es que retorne igual; tampoco que desaparezca por completo. Se retira, cambia sus palabras, sus argumentos, y retorna adoptando la moral del momento. Y algo esencial permanece a través del tiempo y los imperios: la necesidad —casi diría, la pulsión— de convertir al judío en una figura simbólica y no en una persona concreta. Allí donde el rostro desaparece, la abstracción se desata. Y cuando la abstracción sustituye al rostro, la violencia encuentra su mejor terreno.[2]
Hoy volvemos a encontramos en la soledad de un exilio: esta vez, somos exiliados de conversaciones que antes eran un hogar y ahora se han vuelto intemperie. Hemos sido expulsados de diálogos con quienes hasta ayer eran nuestros interlocutores, nuestros vecinos, incluso nuestros mejores amigos. Quedamos fuera no por falta de voz, sino por exceso de sentido. Es como si cada intento de diálogo conllevara una sospechosa marca invisible. Si nos escuchan, no es para entender, sino para clasificar. Si nos preguntan, no esperan respuesta, exigen documentos: ¿Qué tan “buen” o “mal” judío/a sos?

Afuera quedan no solo quienes evitan hablar, sino -y sobre todo- quienes no quieren hacerlo dejándose capturar por la moral maniquea que reina. Negarse a esa captura es excluirse tanto de tirios como de troyanos e, incluso, del “entre” ellos. Negarse a esa captura es caer en una intemperie discursiva donde las palabras no hacen pie en ningún lado; es resbalar a una zona inhóspita y embarrada donde la conversación se vuelve frontera. Porque hoy el debate público se abstiene de toda complejidad: más que argumentos, exige lealtades, más que pensamiento, exige clichés. Resistir a incluirse en un bando es prestarse a la sospecha. Ya no es solo no tener con quién hablar, es no poder hablar sin quedar inmediatamente etiquetado.
En esa intemperie, la soledad no es solo silencio, es una lengua de palabras sospechadas, una lengua muerta antes de nacer; cada frase que busca abrir un camino parece traicionar algo: o se endurece, o se vuelve inútil.
¿Qué queda, entonces?
Quizás ensayar otra forma de hablar: una que no busque convencer, ni corregir, ni alinearse. Un hablar en el que la palabra no se apure a ocupar un lugar determinado; que no sea trinchera sino -con suerte- el borde inestable de un encuentro: escucha antes que respuesta. Quizás intentar una voz mínima, casi clandestina, que insista en decir algo sin pertenecer del todo a nada. Sin avenirse a ese ser que tantos hoy pretenden definir. Porque, sí; resulta que ahora todos pretenden enseñarnos qué significa ser judío.
Pero -es preciso decirlo- la pregunta del judaísmo no es por el ser, sino por el nombre. Nombrar es reconocer una existencia única e irrepetible. El anonimato preludia la desaparición y cuando los nombres se reemplazan por abstracciones, la historia se repite. Y sustituir la palabra por la etiqueta que nos reclaman es renunciar al nombre y olvidar que existe un contexto, un momento específico de la historia que nos interpela, que no deja de interpelarnos.
Elijo, entonces, para concluir, mencionar algunos nombres. Quizás no al azar:
Cuenta Irving Howe[3] que, en marzo del ‘42, en el gueto de Varsovia, partidos laicos y grupos juveniles se reunieron para conformar una resistencia armada. En su informe, Antek Zuckerman insistió en “una representación política judía unida” que tomara contacto con los polacos para establecer “una fuerza judía combatiente general”. El representante del Bund, Mauricy Orzech, argumentó que no solo los judíos estaban siendo asesinados y que el Bund rechazaba la idea de una “unidad judía”, dado que la división de clases seguía vigente: debían esperar la rebelión del proletariado polaco y apoyarla.
Zuckerman perdió la paciencia: la declaración del Bund podría, a su juicio, haberse hecho en 1935; en 1942 no se trataba de la política de la comunidad sino de la supervivencia misma de los judíos como pueblo.[4]
Más tarde, el propio Zuckerman escribirá que la posición del Bund
«…era una de las cosas que alimentaban nuestra profunda depresión. También era uno de nuestros engaños. Así como pensábamos que, cuando el mundo se enterara de lo que nos estaba pasando, algo ocurriría, también creíamos que cuando encontráramos un lenguaje común con los polacos con la ayuda del Bund, llegaría nuestra salvación. Pero un día encontramos un lenguaje común con los polacos y eso no cambió el destino judío… Por supuesto, esto lo digo mucho tiempo después, pensándolo retrospectivamente, pero, en ese momento, hubiera matado a mis camaradas bundistas por su ceguera».[5]
Son estas -subrayemos- palabras nada abstractas, de personas nada abstractas en situaciones nada abstractas. Quizás como las de ahora.
[1] La primera persona del plural no pretende representar a nadie; es apenas una marca enunciativa. Quiere decir que no escribo sola, sino incluida en una historia, una cultura, una transmisión.
[2] No en vano Poliakov habla de un “antisemitismo abstracto” que se dirige contra la idea misma del «judío» como entidad colectiva y principio del mal, más que contra el judío real e individual.
[3] En su World of Our Fathers: The Journey of the East European Jews to America and the Life They Found and Made, Galahad Books, 2001
[4] Con todo, aún en su irritación con el sectarismo del Bund, Zukerman mantiene en sus escritos una mirada comprensiva para aquellos líderes que se aferraban a sus antiguas visiones: era a lo único que podían aferrarse en momentos de desesperación.
[5] A Surplus of Memory: Chronicle of the Warsaw Ghetto Uprising (A Centennial Book), Kindle, editado originalmente en hebreo bajo el título Sheva HaShanim HaHen 1939-1946 (Esos siete años 1939-1946).
* Psicoanalista. Escritora. Investigadora. Docente de posgrado (UNR) Dra. en Ciencias Sociales (UBA).
Vicepresidenta de Fundación IWO.